martes, 30 de julio de 2013

Huele a mantequilla

Me gusta la mantequilla. No lo puedo remediar y cuando se cocina con ella, el aroma que desprende hace que me sienta especialmente bien. 

En Madrid hay un lugar, pequeñito y delicioso, que huele a mantequilla. Se llama La Crêp (San Pedro Mártir, 3) y está muy próximo a la Plaza Tirso de Molina.

Hace tiempo que debí conocerlo porque es de Bashma, amiga de Joan, pero no lo hice hasta hace apenas unos días. He tardado pero volveré.

Ella es francesa, de La Bretaña, y cocina crêpes, galettes de trigo sarraceno, tortillas y dulces, todos según la receta tradicional. Son cositas ricas que aquella vez que viajamos en furgoneta probamos con tanto placer.




No faltan recetas clásicas como la de jamón de york, queso emmental y huevo, así como al gusto del cliente que puede elegir los ingredientes favoritos: verduras, frutas, mermeladas, helados, frutos secos... 




En La Crêp las cosas son sencillas. Las galletas también son de mantequilla y las elabora la vecina, que también es francesa.


(© Fotos Cyc)

Sobre una mesa hay un faro y aunque sea de mentira, a mí me encanta. Y como el olor a mantequilla, me hace sentir bien.

Bashma, vuelvo pronto tras el aroma de tu pequeño gran lugar. 

martes, 23 de julio de 2013

Aquellos oficios. Aquellas personas

Cuando vamos a su casa de Soria, mi madre suele recordar aquella otra vida.

La de la infancia y juventud en su pequeño pueblo llamado Monteagudo de las Vicarías. Ahora, son pocos los que lo habitan y alguno más el que, como nosotros, aparece de vez en cuando. No porque no quiera sino porque la rutina hace que pasen los días. Irremediablemente.

Cuando vamos a su casa de Soria, mi madre suele recordar aquellas personas que, siguiendo los ciclos de la naturaleza, de los campos y los animales, aparecían por la casa familiar. Desempeñaban oficios hace tiempo extintos, que ya no volverán pero que no deberíamos olvidar.

Mi madre recuerda a los segadores, que procedían de Alicante y que se comunicaban, entre ellos y desde la lejanía, con una concha marina. Yo que siempre he pensado que ese sistema era una fábula inventada.

No olvida a los esquiladores y añade que su llegada y su actividad suponían una fiesta en cada casa. A ella le invitaba su primo Vicente y respectivamente.

El matachín era el especialista en dar muerte al cerdo del que, como se sabe, se aprovecha todo. En una habitación de casa todavía se mantienen los ganchos de los que colgaban las piezas.

En algún momento, también aparecían y suponía una novedad, aunque fuera la visita de cada año, quienes arreglaban los colchones de lana, los calderos de cobre y los que fabricaban sogas. Entonces, se utilizaban. 

Pero creo que la persona que más simpatía despertaba a mi madre era él. El fideero, sí, ese señor que llenaba la gran mesa de la cocina con harina, agua y poco más, y hacía fideos durante horas. 

A mí seguro que también me hubiese hipnotizado. 

Aquellos oficios. Aquellas personas que ya no volverán. Y claro, yo no tengo fotografías de ellos.

lunes, 15 de julio de 2013

Piel suave

Pruebo y pruebo cremas corporales.

Y no me da ninguna pereza. Tras la ducha. Antes de dormir. En ese ratito en el sofá. Cualquier momento es bueno para acordarse de ese tarro y untarse. Con generosidad.

A veces, las preciso ligeras, fluidas. Porque tengo prisa y debo vestirme, porque hace calor y mi piel pide esa textura.

Pero en otras ocasiones, cuanto más untuosas son, más disfruto.

(© Foto Kiehl's)

Crema batida de cuerpo con leche de soja y miel. Así se llama mi nuevo producto fetiche de Kiehl's (www.kiehls.es). Está inspirada en la clásica crema de cuerpo de esta marca, creada en 1851 en una farmacia en el East Village de Nueva York.

Repara la piel. La suaviza y protege.

Proporciona una increíble hidratación durante más de 24 horas. De modo que ésta solo debería aplicarla una vez al día... ¿Solo?

jueves, 4 de julio de 2013

Sin rumbo

Pero hacia el norte. Y en furgoneta.

Mi vida se mueve entre polos opuestos. A veces, debido a este bendito -y a veces surrealista trabajo- duermo en hoteles que nunca podría pagar. Y reconozco que no me siento cómoda en aquellos en los que, a media tarde, entra una dama en la habitación y deja preparada la cama. Con las zapatillas junto a ella y unos bombones en la mesilla.

Si me dan a elegir, me quedo, sin duda, con nuestra furgoneta. Realmente, es la de mi hermano Nacho, pero hemos llegado a un acuerdo y nosotros pagamos el mantenimiento. Así que: ¡Es un poquito nuestra!

En ella, con las ventanillas abiertas, admirando el campo y la luz, hemos viajado sin rumbo, pero hacia el norte.



Sin rumbo porque no sabíamos dónde dormir ni qué lugares visitar. Amanecíamos siempre junto al mar y durante un hedonista desayuno planeábamos las siguientes horas. O no.




He disfrutado con tantas flores tardías, fruto de las lluvias. Entre ellas, orquídeas silvestres. Como las de mi infancia.






Con Galicia y esas playas idílicas en las que un pez llamado faneca decidió que mi piececillo era apetecible. Y me picó.

Con el pan de esa tierra, el marisco de Suso (www.marisqueriasuso.es), en Coruña, y con el viento desatado en la Isla de Arosa.

De allí, sin rumbo pero hacia a Asturias. Y he soñado con vivir en esa tierra en la que la montaña dista apenas unos kilómetros del mar. Que tiene playas como Poo, Cue o Torimbia.








Y, claro, he envidiado la nueva vida de Ángela y Alfonso. Trabajan, y mucho, en Living Comunicación (www.livingcomunicacion.com), pero también montan en bici, bucean, toman sidra, se dejan acariciar por el sol.

Con ellos, he comprobado (una vez más) que soy glotona por naturaleza. Ni más ni menos. 

Bocartes, tortos con picadillo, cecina y salsa de cabrales, así como ese gran hallazgo llamado 'cachopu' fue su maravillosa cena de bienvenida en la terraza de El Dorado.






Antes de marchar, ya en la furgo: helado de plátano y crema tostada. De la Heladería Revuelta.




(© Fotos Cyc)

Apenas fueron 48 horas así que en la próxima visita seguiré los consejos de Ángela y reservaré mesa en la casa de Ricardo Sotres, El Retiro, en Llanes caminito de Pancar.



(© Foto Ricardo Sotres)

Y como procuraré que la visita se prolongue durante unos días, en Avilés, yo que siempre tengo hambre y si la cocina es nikkei más, me dejaré caer por Ronda 14 (www.ronda14.com), y degustaré los platos de su chef Mario Céspedes.


(© Foto Ronda 14)

Será pronto.

Próxima parada: Cantabria. Otra tierra que cada vez que la visito me cautiva más y más. Aunque la playa de Oyambre no fuera el lugar idóneo para dormir, pero repetería, ahora y luego también, el desayuno en San Vicente de la Barquera, el paseo por Santander con la visita obligada a su faro. Allí, un café bien cargado, una conversación sobre la felicidad y de camino a Logroño.

Viajar en furgoneta tiene tantas ventajas como girar en el cruce siguiente, equivocarte y descubrir que, al margen de autopistas, existen carreteras secundarias.

Ellas te llevan por lugares mágicos. Sin rumbo, pero hacia el norte.

martes, 2 de julio de 2013

The Patio

En diciembre, poco antes de Navidad, The Apartment fue un lugar precioso lleno de cosas bonitas perfectas para regalar. Un lugar que yo visité, sin dinero, pero que disfruté hasta cuatro veces. Tenía una chimenea agradable y una cocina con los vinos de The Flying Cow.

Quienes lo crearon, Miguel e Inés, de Better es mejor (esmejor.es), ahora presentan The Patio. Se encuentra en el palacio de Santa Bárbara (Hortaleza, 87) y estará abierto hasta octubre.

Me gusta porque se pueden admirar objetos realmente bellos.

Ropa de casa. Delicada, sutil. 





Sombreros para los días de sol que ya han llegado.





Revistas especializadas en diseño. Flores y plantas.





Camisetas con mucho estilo.





Y sí, también Jabones Siracusa de mi amiga Paula.




(© Fotos Cyc)

Me gusta porque, además, en el patio hay una terraza y en ella se está requetebién.