lunes, 26 de agosto de 2013

Te he copiado, Jesús Terrés

Me gusta leer Nada Importa. Jesús Terrés desvela una forma de ver, entender y pasar la vida similar a la mía. Disfrutando que es gerundio.

Uno de sus últimos textos me ha fascinado, como acostumbra, pero un poquito más. Tanto que decidí tomar la idea. Su título es Cosas que amar

Es éste:


El mío comienza a continuación y le añado el adverbio: irremediablemente. Porque es una de las palabras que a mí más me gusta y porque mi idilio con lo que sigue escapa a todo tipo de raciocinio. 

El Nescafé con leche fría.

La leche fría sin Nescafé en la que sumergir esos bollos que en mi casa llamamos 'niceratos'. Nicerato es el panadero. La verdad es que amo la leche fría en la que sumergir casi de todo: galletas Príncipe, las magdalenas que Fina hace en las vacaciones de verano...

Los mimos de Diego. Cuando mete la cabeza en el hueco de la clavícula y se acaricia como un gatito. 

Que Claudia responda: 'Tía, yo a ti también te quiero. Mucho'. 

Dormir sin despertador.

Anocher y amanecer junto al mar.

El tomate frito, la mermelada, el gazpacho, los huevos rellenos y casi todo que cocina mi madre. 

Y de ella, que nunca canta, escuchar su risa.

Llamarle a él, solo a él: 'Flaco'. 

Reírme como antes. Sí, como cuando no existían los problemas, como cuando todo lo hacíamos a lo bestia. Así lo recordó una vez Patricia. 

Utilizar palabras que solo existen en Aragón y comenzar a recordar muchas más. Y, claro, no parar de reír. 

El invierno. La lluvia, meterme bajo la ducha y, tras ella, embadurnarme el cuerpo con crema hidratante. Ponerme el pijama y dormir. 

Desayunar en la cama. Desayunar en casi cualquier lugar. Sobre todo tostadas de pan de molde, gordas y con mucha mantequilla. 

Precisamente la mantequilla de Soria. Y los torreznos de la Casa del Guarda, en Valonsadero. Los de allí y los de cualquier barra que se precie en la capital numantina. 

Hablar con mi padre y que me diga: 'Tata'.

Y la lista de cosas que amar irremediablemente continúa... Por fortuna. 


lunes, 19 de agosto de 2013

Diego dice: ¡Qué bueno!

Hemos regresado a La Granja de Alcuneza (www.lagranjadealcuneza.es).

Es un restaurante familiar situado en el municipio de Alcuneza, a poca distancia de Sigüenza, esa ciudad medieval en la que yo soñé que pasaría los veranos. 

Es familiar y apetece ir en familia. La última vez, Diego y Claudia, que siempre tienen hambre y les encanta ir a restaurantes, disfrutaron como lo que son: como enanos.

Después de probar las famosas migas, las chuletitas, la sopa castellana y el conejo al ajillo, Diego, de forma espontánea, le dijo al dueño de La Granja de Alcuneza: Señor, ¡qué bueno todo lo que hacéis!

Y el hombre, pues claro, feliz. 

Me gustan esos restaurantes en los que no importa la decoración. No importa que la atmósfera sea sofisticada. Importa, nada más y nada menos, que la comida esté bien hecha, que el trato sea cercano y que se note cariño, día a día.

Por eso, espero regresar más veces a este restaurante que ahora llora la muerte del que ha sido su cocinero. Santos, el hijo convertido en chef que ganó varios concursos por sus ricas tapas. Ellas siguen en la carta y su memoria entre la clientela, es decir, esas familias que cuando volvemos le recordamos.

La cocina bien hecha, el cariño, el buen trato y la ausencia de este joven son más que razones suficientes para reservar mesa en La Granja de Alcuneza. Y ser conscientes de que los negocios locales, en manos familiares, son un ejemplo de tesón. A ellos deberíamos apoyarles. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Volver a Gerona






Septiembre, en mis recuerdos, es sinónimo de vacaciones en familia. El destino terminó siendo, en los últimos años, el mismo: la Costa Brava. 

Tiempo después, pienso en coger la furgoneta y dirigirme a Gerona. Sumergirme en su mar Mediterráneo, tumbarme a la sombra de los pinos y, por la mañana, correr, parar y recoger piñones.

Si volviera, procuraría no perderme algo. Procuraría tener mesa en Los secretos de Toshiko y conocer a ella, esa mujer que guarda sorpresas, y a Fede. 




Procuraría hacerlo porque yo siempre tengo hambre y si la propuesta es japo, mucho más. Porque me gusta conocer a las personas, ésas que convierten un almuerzo o cena en un recuerdo imborrable.

Por ello, en el cruce oportuno, giraría el volante hacia Mas Coquells (www.mascoquells.com), en Vilanant. Llamaría a la puerta de esa masía del siglo XIV y esperaría respuesta. 

Toshiko cocina los alimentos cercanos. Observa la tradición de su país y la une al producto del Empordà. 

Procura integrar el ying yang en todas sus especialidades. Y el equilibro se roza con el paladar. 






(© Fotos Mas Coquells)

Rumbo a Gerona, pronto. 

lunes, 5 de agosto de 2013

Mejillones en escabeche

Cuando éramos niños, mi hermano Nacho, el mayor, sentía debilidad por algunos alimentos.

Comía el queso de medio kilo en medio kilo. Así que parábamos con frecuencia en la pequeña tienda de Honorata, en Chodes, para comprar otro queso más. 

Bebía la leche de vaca por litros. Quizá por eso mide 1,87 y yo 1,57 cm.

Y también comía latas de calamares, berberechos y mejillones de dos en dos. Mis padres desesperados, las escondían por aquello de que cuando había visita, no quedaba nada para el aperitivo. Pero él, Nacho, siempre hallaba los escondites y se las comía. 

Quizá por esa tradición familiar yo también he comido muchos mejillones en escabeche. 

En la residencia de monjas, los domingos no teníamos comida y yo me preparaba un bocadillito como una marquesa.

Pan, tomate, los mejillones y el escabeche empapando todo. Desde entonces, soy bastante pesada con elegir buenos mejillones.

Mis favoritos:


(© Foto Frinsa)


De las Rías Gallegas, fritos en aceite de oliva. Los de Frinsa (www.frinsa.es) son una absoluta locura. Su escabeche mezclado con queso de untar no puede estar más bueno.


(© Foto Ramón Peña)

Ramón Peña. Al abrir una nueva lata, me pregunto cómo algo tan pequeño y tan ordinario como una lata puede contener tanto sabor. Cojo pan y mojo hasta terminar el escabeche.

Lo bueno de profesar tanta debilidad por un producto así es que siempre encuentras otros locos del asunto. Ángela y Jana lo son. Y ellas hicieron que en mi último viaje a Asturias buscará incesantemente un supermercado Alimerka para llenar la cesta de los mejillones de dicha marca. 

Diré que los hay exquisitos que bien merecen pagar su precio pero en las estanterías de algunas tiendas descansan humildes marcas que son absolutamente recomendables. ¡Y por poco más de un euro!

Esta noche, de cena: bocata de mejillones.