domingo, 26 de enero de 2014

Con nostalgia miro atrás




Las personas de mi edad compartimos un sentimiento: creemos que somos más jóvenes. Sí, tenemos treinta y pico, cuarenta y... pero no nos consideramos personas tan adultas como esos hombres y mujeres que, a nuestra edad, ya eran nuestros padres.

A mí, de hecho, me molesta que me llamen señora. No puedo evitarlo. 

Pero ha pasado el tiempo, deprisa. Por eso, cuando visité, en Vitoria, en la sala de la Obra Social de Caja Vital, la exposición Baby Boom, juguetes para todos, sentí una profunda nostalgia.

Hacia el proyector de cine con el que mi padre, al llegar nuevos al pueblo, ponía películas de vaqueros en las escuelas. 

Hacia el sofá de pseudo-piel que había en todos los salones de mi infancia. Eso, y hacia las muñecas sevillanas que, cuando fui a Inglaterra, descubrí que entusiasmaban a la señora de mi casa, a la señora Smith.



Recordé las meriendas en el molino de Monteagudo. Todos los primos cargados con la nevera y las sillas plegables. Estas navidades, cuando llevamos a los niños junto al río de Nigüella, con la tortilla y los filetes empanados, sintieron, como nosotros entonces, que aquello era una gran aventura.

Pensé que yo tenía casi 14 años cuando mis tías me compraron mis primeros vaqueros y que mis hermanos debieron cumplir los 16 para tener sus zapatillas de marca. Hoy, ¿qué niño no luce unas Munich? 

También vino a mi memoria, la Nancy, las barriguitas, las pin y pon... eran mis tías quienes solían comprarme esos juguetes. Heidi, las muñecas recortables, las escopetas y los anillos con un corazón de plástico de las fiestas. 





El Tang, que para nosotros que vivíamos en un pequeño pueblo, suponía algo excepcional. Afortunadamente, nuestros padres consiguieron que creyéramos que esas pequeñas cosas eran realmente especiales. Como la copa de Danone, que solo tomábamos muy de vez en cuando.

Las coca-colas de 25 pesetas y las cebolletas que le pedíamos a Isabel, en el bar. Y cuando llegaba el calor, los helados de corte que eran más o menos grandes en función del presupuesto. Recordé la propina de los domingos y cómo vomité encima de mi hermano aquella vez que, después del atracón de regalices, me mareé en el coche.




(© Fotos CyC)


Ha pasado el tiempo, no queda más remedio que asumirlo. Pero mientras tanto, una visita a esta bonita muestra de juguetes nos hará sonreír y emocionarnos. Porque es el reflejo de nuestra infancia. 

Hasta el 23 de febrero se puede disfrutar; merece la pena. 

lunes, 20 de enero de 2014

Una casa en El Puerto de Santa María




Carlos y Myriam han cambiado de vida. Dejaron Madrid y han tomado las riendas del negocio que, durante tanto tiempo, defendió la madre de él. 

Casa de Huéspedes Santa María (www.facebook.com/roomsantamaria) ahora es un lugar de encuentro de gente que busca establecimientos singulares y a buen precio. Ocupa, como antaño, el número 38 de la calle Pedro Muñoz Seca, en El Puerto de Santa María. 

Ambos son diseñadores y eso se nota. Haciendo gala de que la falta de presupuesto agudiza el ingenio, han llenado cada rincón de detalles especiales. Cuenta con diez habitaciones luminosas, vintage y románticas. De hecho, nosotros elegimos este destino en nuestra -peculiar- luna de miel. 





En una de las habitaciones encontré una obra de Lady Desidia, a quien yo tanto admiro. Y es que promueven que otros creadores muestren su trabajo, organizan mercadillos y un sinfín de ideas (todas buenas). 

En Casa de Huéspedes Santa María las camas son confortables. Los baños sencillos, sin lujos, pero con todo lo que se precisa. Puedes tener el tuyo propio o compartirlo con otros clientes y, por tanto, pagar menos.




Me gusta su balcón con luces. Desde el que, aquella noche, brindé por última vez con el vino que Juan nos regaló. 

Me gustan las manchas de humedad que ellos han transformado, a modo de lienzos, en pequeñas historias. Y me resulta amable que, como sucede en el albergue de mi hermano, Check In Rioja, se confíe en la buena voluntad de las personas: ellas se sirven lo que necesitan de la cocina y dejan el importe en la hucha. Nunca falta un céntimo.

Me hace sentir bien ese patio típico de las casas andaluzas en el que el perro, Sancho, no perdía detalle de la historia que me contaba Carlos. 



(© Fotos Casa Santa María)

Era sobre su tatarabuela, aquella mujer adelantada a su tiempo que fundó el primer establecimiento hotelero de la localidad y que emprendió infinidad de empresas hasta que el atentado de la boda de Alfonso XIII provocó su ruina. Pero ésta es una larga historia y quien mejor la narra es Carlos. 

Habrá que visitarle y reservar en su Casa de Huéspedes Santa María y así conocer también a la dulce Myriam. 

lunes, 13 de enero de 2014

Steak tartar, una obsesión

Al sushi, a los donuts y al queso, se suma otra obsesión culinaria: el steak tartar.

No es reciente, llevo disfrutándola largo tiempo. Puedo tomarlo en el almuerzo y la cena, día tras día. No me canso. Es lo primero que busco en la carta del restaurante, y si lo encuentro: no hay lugar a dudas. Steak tartar alegre, picantito.

Tres son los últimos hallazgos que sumo a mi larga lista.

El de El 38 de Larumbe (www.pedrolarumbe.com). Con todo lo que debe tener. Delicioso. Infalible.









El de Al Trapo (www.altraporestaurante.com), el nuevo restaurante de Paco Morales en Madrid, es diferente de principio a fin. Con helado de mostaza, cebolla roja en vinagre y una propuesta estética poco habitual. Muy rico.




El de MEATing (www.restaurantemeating.com), junto con el clásico (e infalible) ahora se añade el llamado 'allez-retour', sencillamente marcado a la plancha. Poquito. 






Ambos son elaborados con cadera de vaca, limpia de grasa y nervio. Para morirse. 

Yo y mis obsesiones...


martes, 7 de enero de 2014

Agujas y lana

Sé juntar letras, una al lado de la otra y que queden bien. Pero los trabajos manuales no son mi fuerte. Así que durante los primeros cinco minutos de la clase, anuncié que quería llorar y que mejor me iba por donde había venido. Todas mis compañeras me dijeron: '¡Ni hablar! Seguro que lo haces fenomenal'.

He empezado a asistir a clases de punto. Y aunque de pequeña mi tía Margarita me enseñó punto bobo, llegué y supe que lo había olvidado completamente. Juntas hacíamos patucos, ropita para las muñecas...

He descubierto que es sumamante relajante y satisfactorio confeccionar tus propias prendas. La primera será, si la profesora no la deshace entera, una bufanda calentita, para estos días fríos de Pamplona.

No soy la única persona que ha descubierto esta afición. En internet es posible encontrar tiendas con todo lo necesario para empezar por uno mismo. Ovillos, agujas, patrones y tutoriales.


Por ejemplo, www.weareknitters.com




(© Foto We are knitters)









(© Fotos Knitting point)



Decides qué quieres hacer, eliges las lanas y colores que te gustan, y lo recibes en casa. A partir de ahí, do it yourself!

Teniendo en cuenta mi torpeza manual, yo he optado por lo tradicional. Por las clases presenciales en un lugar con mucho encanto llamado La chica de las lanas (www.lachicadelaslanas.com).

(© Foto CyC)


Confieso que me gusta mi nueva afición. Tanto que pongo el punto y final y cojo las agujas.