miércoles, 26 de noviembre de 2014

Baños, cosas que sí, cosas que no



(© Foto Check In Rioja)

Tengo la suerte de visitar hoteles. Cuando digo hoteles, me refiero a muy buenos hoteles. Y aunque no lleve toda la vida haciéndolo, mi corta experiencia ha sido tan intensa que podría escribir un tratado sobre cuestiones que sí y cuestiones que no.

Empezaré por el baño. 

Los hay sensatos y también los he encontrado insensatos.

Duchas imposibles de entender de forma lógica y que, por tanto, te dan alguna que otra sorpresa. Sea por agua inesperada, por aquí por allá, o por temperatura inadecuada.

Duchas que resbalan. Y otras de las que por algún lugar se sale el agua.  

Toalleros demasiado lejos; o demasiado cerca. O demasiados altos para alguien tan pequeño como yo.

Otro apartado: las tazas. Las hay con un diseño complicado, demasiado altas (creo que no solo para mí) y sin escobilla. ¿Cómo puede ser? Sí, todos deberíamos usar este objeto doméstico. 

Existen baños con rollo sexy pero algunos se pasan y resultan muy indiscretos.

Me gustan los espacios integrados, sí, pero cada elemento debe estar en el lugar adecuado y a salvo de miradas. De miradas e insonorizado. Vamos que es suficiente con una puerta y unas paredes que vayan del suelo al techo, que no se queden a medias. Que se oye todo, y uno puede cortarse o no, y entonces es peor.

Duchas a la vista, bien, bueno, eso quizás. Pero la taza del váter, nunca. O al menos que haya una forma de decidir si ver y ser visto o pasar de ello.

Acerca de las bañeras, seré franca, no suelo tener peros. Pueden ser más o menos grandes, pero suelen ser maravillosas. Sé que la práctica de sumergirse en agua caliente es poco ecológica, pero de vez en cuando sienta tan bien... es como un ejercicio de limpieza interior, se lleva la tensión, lo malo del día... todo eso se va por el desagüe, con el agua. Recuerdo algunas memorables. De ninguna tengo queja, yo que suelo viajar con el set de sales de baño y mascarillas para regalarme una sesión de 'spa hotelero pero doméstico'.

El apartado de las tallas mini de productos de cosmética también da para un tratado, sobre todo, el hecho de que, nos gusten o no, siempre nos las llevamos. 

La sensatez e insensatez de ese lugar llamado baño (de hotel). 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Cuando lo que cuento es tan personal

Sé que este blog se ha transformado. Empezó porque varias personas que me quieren (especialmente una) no podían leer lo que yo escribía, dado que se publicaba solo en Madrid. Para que ellos -que tanto interés tenían- pudieran leerme, creé este espacio.

Sé que ahora no es como era antes. Sé que en los últimos tiempos, no lo actualizo con tanta frecuencia, pero sigo necesitando expresarme a través de él. Y el cuerpo y el alma ahora me piden compartir aspectos de mi vida que son muy personales. Cuestiones que quizá no le interesan a casi nadie, que aburren, pero que yo necesito compartir.

Y hoy necesito volver al Camino de Santiago. Apenas he regresado y, sí, me siento en esa fase de 'tortazo' contra la realidad, en ese querer huir y no aceptar que el día a día se está haciendo duro y complicado. 



(© Foto cedida por Javier)

Es lo que tiene vivir en el Camino durante 15 días. Supone acomodarse en una zona confortable: madrugar, caminar, encontrar una cama y una ducha y... otra vez, la misma rutina, día tras día.

Cero preocupaciones. Caminar, seguir flechas, que el agua no moje el interior de la mochila, que las molestias en los pies no impidan un nuevo paso. Poco más. 

He caminado desde Sahagún a Santiago de Compostela, junto a mi padre. Ha vuelto a ser maravilloso acompañarle, escucharle, cuidarle, buscarle galletitas y escuchar: 'Me gusta caminar contigo porque compras cosas ricas'.

Agacharnos y coger tantas castañas que nos llenaron la tripa.

Cocinar pasta y beber vino peleón. 

Reírnos ante tanta lluvia y preguntarnos el uno al otro: '¿Pero qué carajo hacemos aquí?'. 

Echar de menos a los nuestros. Y continuar caminando.

En este Camino se ha cruzado un ángel llamado Lola. Estoy segura de que cuando el loco aquel se le apareció en medio del bosque y le dijo que daba abrazos a cambio de donativo, ella -que solo pensaba en que nadie le pegara los chinches- continuó sonriendo. 

Apenas caminamos durante dos días con Javier, pero nos despedimos con un 'Os voy a echar de menos a ti y a tu padre'. Son esas cosas que solo suceden en el Camino, que añoras a quien apenas conoces.

Ha sido un placer conocer a Julia, al 'taichiman', a Gerard(o), que venía desde Holanda, y a Gema y Javier, con quienes tantas risas compartimos (y alguna jota). Sí, eso y también alguna lagrimilla al llegar a la meta. Y es que cada uno tenemos nuestra historia, y ésa, llegados a cierta edad, conlleva luces y sombras. 

Sé que la vida no es el Camino, que es otra, mucho menos confortable y más complicada, pero no quiero dejar de vivir recordando todo lo bueno que tiene el mero -y simple- hecho de caminar hacia Santiago de Compostela. Gracias a él soy mejor persona, no tengo ninguna duda. 

Keep walking,