lunes, 23 de febrero de 2015

Alimentación consciente

Por fortuna y por su carrera profesional, mi madre es una enciclopedia andante en lo que a nutrición se refiere.

Por eso, por esa suerte, mientras vivimos en casa hasta los 17 años, a los tres hermanos nos alimentó correctamente y durante toda nuestra vida nos ha inculcado una cultura culinaria de gran valor. Gracias a ella, mi dieta es equilibrada, siento curiosidad por probar nuevos alimentos y sabores, pero luego sé qué debo incluir y de qué debo prescindir. 

Mi hermano Pablo ha heredado su vocación profesional y, como ella, es licenciado en Farmacia y después amplió sus estudios con Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Él tiene claro el secreto para mantener una figura esencialmente saludable: Comer de forma consciente, elegir adecuadamente los alimentos y quemar mucha zapatilla. Es tan sencillo como caminar 30-40 minutos al día. 

No tenemos que ingerir infusiones mágicas, tampoco pastillas milagrosas ni tampoco convertirnos en triatletas. Debemos comer de forma razonable y razonada, y en función de nuestro estilo de vida. 

Yo no soy farmacéutica, soy periodista y, desde hace algunos años, escribo sobre gastronomía. Pruebo todo, siento curiosidad, pero en mi vida cotidiana, al margen de los restaurantes, me alimento esencialmente de verduras, frutas, legumbres, cereales y pescado, aunque de éste cada vez desconfío más dado el estado de vertedero en el que hemos convertido nuestros mares y océanos. 

Adquiero y leo muchísimos libros sobre alimentación y nutrición, más que sobre recetas. Además, procuro asistir a actividades que estén vinculadas con ello. Este fin de semana, han sido dos realmente interesantes. 

El viernes, fue una clase de abdominales saludables con Marta Baena de Yoga Studio Pamplona. Nos enseñó técnicas hipopresivas y charlamos largo y tendido sobre alimentación. Aprendí cosas nuevas y reafirmé mi creencia sobre la idoneidad de no comer azúcar ni blanca ni morena; prescindir de las harinas en la medida de lo posible; elegir cereales y pasta integrales; cambiar la sal de mesa común por marina; buscar el aporte de proteínas en alimentos vegetales o elegir una carne de calidad; e introducir semillas en la dieta. 

No voy a dejar de tomar lácteos de vaca aunque los combine con vegetales. No voy a dejar de tomar huevos aunque serán de las gallinas de mi pueblo o ecológicos.

Seguiré teniendo mis dudas acerca de los llamados súper alimentos, porque la industria del marketing es poderosa y así como llegaron las bayas goji (que nunca me gustaron) han desaparecido. 

Además, prestaré atención a mi cuerpo, procuraré escucharle para saber qué le sienta bien a él, sea una moda o no. 

Por otro lado, el sábado asistí a una charla en Biecor para aprender a leer (e interpretar) las etiquetas de los alimentos con Miren Navaz, de Atcysa. Ella añadió sensatez y calma al pánico alimentario que rodeó la pequeña sala en la que estábamos. 

Se pueden ingerir infinidad de alimentos, pero aprendamos a leer las etiquetas. Tomémonos un tiempo a la hora de hacer la compra porque nos jugamos nuestra salud. 

Diferenciemos la fecha de caducidad de la de consumo preferente; prestemos atención al valor nutricional y no solo al precio (en la medida en que podamos, obvio); conozcamos los aditivos y conservantes más comunes; sepamos mantener y tratar adecuadamente los alimentos una vez en casa; desconfiemos de palabras como 'artesano', 'de la abuela', 'como en casa'... No todas las abuelas cocinan bien, ¡la mía, sin ir más lejos, no lo hacía! 

Bromas al margen, seamos responsables con nuestra alimentación porque es algo serio. No sintamos pánico y pensemos que solo comemos veneno. No, no es así; hoy en día existen más alternativas que nunca y tenemos derecho a la información. 

Mi fin de semana de inmersión nutricional no acabó ahí. El sábado amplié mi biblioteca con dos nuevos títulos:





(© Fotos Cyc)

El primero es delicioso y creo que voy a seguir muchas de las recetas y a descubrir ideas para mis ensaladas. En cuanto al segundo, no estoy realmente de acuerdo en alguno de los planteamientos pero lo interesante también es leer libros que nos hagan conocer otros puntos de vista y ser capaces de creer en nuestras propias ideas. Del volumen de Mulet me atrajo el título. Y es que, tras leer y asistir a ambas actividades, mi cabeza sufrió un pequeño colapso y me pregunté: ¿Y entonces qué podemos comer?

Probablemente nunca antes la seguridad en la alimentación ha sido mayor ni la información. Es cuestión de elegir en función de nuestro gusto, ética y poder adquisitivo. 

Después de un fin de semana tan sabroso tengo más claro que nunca que hay leer las etiquetas y elegir con criterio; hay que procurar comprar con cabeza y no con el estómago o el apetito, menos cantidad y más a menudo. ¡Es una cuestión de planificación y organización!

Debemos tomar conciencia de la cantidad de alimentos que arrojamos a la basura. Y tener presente que aquí al lado, posiblemente en el edificio y barrio en el que residimos, hay personas que pasan hambre. 

Porque nunca antes hemos tenido más comida y nunca antes ha estado tan injustamente repartida. Mientras la mitad del mundo sufrimos dietas, en la otra mitad (o más) no tienen qué llevarse a la boca.

Y eso es una vergüenza y una injusticia. Depende de cada uno tomar partido. 


lunes, 16 de febrero de 2015

De alfajores y madera

Cuando vives en una ciudad pequeña estás más atento a los estímulos externos. Me refiero a conciertos, mercadillos, exposiciones, charlas o cursos.

En Madrid siempre hay propuestas de ocio, si no tienes entradas para ésta, conseguirás para aquella. En Pamplona, cambia el asunto. Desde que vivo aquí, presto atención a la programación teatral y musical, repaso la sección de agenda semanal del periódico y me paro para leer los carteles que encuentro en la calle. Quizá suene un poco duro, pero la realidad es que para algo que se puede hacer interesante, no dudo ni un segundo en hacerlo. 

Recientemente, en el Mercado de Santo Domingo, abrió Zentral. Es un espacio que acoge actuaciones de diferentes géneros y también un mercadillo. Fue ayer, y claro, yo tenía anotada la cita en el móvil desde hacia semanas. 

Y mereció la pena. 

Saludé a Ece Ozturk, creadora con sus manos y con mucho amor, de unos alfajores riquísimos. La conoceréis como Dulce de Flecha. Y yo que nunca he sentido debilidad por este dulce argentino, debí tragarme mis palabras y un par de ellos, con sumo placer. 




(© Fotos Cyc)

Como esta ciudad es así de chiquitita, resulta que somos vecinas. Y como las redes sociales tienden lazos sorprendentes, ayer nos pusimos cara aunque nos conocíamos a través de Instagram. Nos seguimos mutuamente. 

En Zentral Market también descubrí a Ángela, de Madera & Mentha. Recupera muebles y les imprime un bonito aire nórdico. Conmigo se vino una mesilla de noche de color mostaza que quedará perfecta en nuestro hostel Check In Rioja.





(© Fotos Madera&Mentha; Cyc)


No es verdad que en las ciudades pequeñas no haya actividad ni mentes inquietas que se muevan. Los hay pero hay que saber buscarlos y no perder ni la más mínima ocasión. Cuando se encuentran, se les reconoce más mérito si cabe. 

La vida pausada en una ciudad como Pamplona tiene más cosas positivas de lo que parece.

Por cierto, y esta semana ha abierto una tienda de Tiger a un paso de mi casa. ¡Y eso también es un motivo de alegría!

lunes, 9 de febrero de 2015

En este invierno

En mi vida no ha habido nieve. De mi infancia, apenas recuerdo dos nevadas. Pero fueron muy grandes. Los campos se quedaron blancos por unos días y nosotros, los niños del pueblo, convertimos algunos caminos y acequias, cubiertos por una firme capa de hielo, en improvisadas pistas de patinaje.  

Recuerdo que los chicos, todos y de todas las edades, fuimos al lavadero, recogimos botellas vacías de suavizante para la ropa, de las de antes, de ésas que eran todas iguales, azules, y nos hicimos rudimentarios patines. No recuerdo que hubiese ningún herido o brazo roto que lamentar. Tengo un recuerdo de absoluta felicidad, porque aquello era algo inusual e inesperado. 

Antes, las estaciones eran verdaderamente diferentes entre sí. Existía el otoño y la primavera, ahora tan diluidos entre calores y fríos extremos, o lluvias que no corresponden a la fecha. Entonces, hacía frío cuando debía hacerlo, pero en mi pueblo de Aragón, no nevaba. 

En mi vida no ha habido nieve, pero la semana pasada, en el lugar en el que ahora resido, Pamplona, nevó reiteradamente. Y yo sentí una alegría, como en la infancia, cuando levanté la vista del ordenador, miré por la ventana y caían copos de nieve cada vez más gordos. O estando en la clase de yoga, cuando debía tener los ojos cerrados y yo los abrí para descubrir que, de nuevo, empezaba a nevar. 

Me ha gustado esta nieve. Y he sentido el invierno más que nunca, tanto que, como algunos animales, he necesitado dormir y dormir. He comprobado que mi ritmo se hacía lento, pero no le he dado más importancia. He leído, he descansado y he trabajado con menos estrés. ¿Para qué? Si mi cuerpo ha mandado señales de no poder más, de estar en un periodo de ajuste. 

En estos días, verdaderamente heladores, también he reflexionado sobre cuestiones que durante las estaciones cálidas y con más luz, no surgen. Hace unos días, por ejemplo, en la peluquería me contaron que poco antes de que yo llegara, había estado un cliente despidiéndose. Lo hacía porque le habían dado apenas dos semanas de vida. Y quería despedirse de algunas persona. 

Reflexioné sobre si es una ventaja o una tragedia saber que te vas a morir. Creo que es lo primero, aunque no lo parezca. Me reconfortó, aunque suene raro, saber que pronto no estarás y que por tanto es el momento de una gran comida con los amigos a los que hace tiempo que no ves, o de decir esas palabras que siempre han faltado.

Bueno, así pasan estos días de frío y de nieve. Y así los vivo yo. 

Pronto será primavera...

lunes, 2 de febrero de 2015

Lugares a los que regresar

Nunca pensé que viajaría tanto. Según se mire y según con quien se compare, es mucho o no tanto, pero a mí me parecen más kilómetros, hoteles, calles y experiencias de los que nunca imaginé. Me gusta conocer lugares por vez primera y también regresar a los ya vividos. 

Recientemente, he regresado a tres. 

Aunque nunca arrojé una moneda a la Fontana di Trevi, lo cierto es que he viajado en tres ocasiones a Roma. La última fue durante las pasadas navidades como medida de higiene mental y familiar. Y funcionó realmente bien. 




Recorrimos sus calles con el libro de Enric González, Historias de Roma, como guía. Gracias a este periodista miré a los lados y a las alturas. Y así, descubrí una de las barberías con más encanto de la ciudad y en lo alto del edificio, divisé la Torre della Scimmia, con su virgen y ese farolillo que nunca se apaga. 

También seguimos sus pistas culinarias pero no tuvimos suerte: o los locales estaban llenos hasta la bandera o cerrados por ser Año Nuevo. No importó porque tratándose de Roma, fue fácil hallar exquisitos establecimientos en los que yo, al menos, gasté mi cupo de pasta y pizza de los próximos dos años. 

Y gracias a Gabriela yo, que nunca he sentido debilidad por los helados italianos, confirmé que posiblemente el mejor sea el de Grom, en Piazza Navona. Tanto que volví una y otra vez, pese al frío. 

Concluí que la iglesias de esta ciudad están llenas de turistas, sí, pero agotados. De tanto entrar y de tanto sentarnos en sus bancos, yo sentí, sin apenas darme cuenta, que superaba un duelo y que no era la primera vez que esto sucedía en Roma, concretamente en sus iglesias.  

Por casualidad y cuando creíamos que las fuerzas no nos llegaban para un paso más, entramos en un pequeño templo. Actuaba un coro. Sus voces, desnudas pero cálidas, sin instrumentos que las acompañaran, consiguieron algo mágico. Olvidé dónde estaba, repasé la pena vivida y le dije adiós. Lloré en silencio, pero como hacia tiempo que no lloraba. 

Hablando de turistas y de Roma, volví a creer que el hombre es un ser maravilloso y, en ocasiones, también sumamente estúpido. Lo digo por el palito para hacerse fotos con el móvil. Y no añadiré nada más.




Regresé a Londres. Estuve en tres ocasiones, con 14, 15 y 16 años. Lo cual significa que la última vez fue hace más de 20 años. Entonces, en la adolescencia, yo apenas había visitado grandes ciudades, quizá Madrid o Barcelona, pero ninguna otra. De aquellas excursiones desde Cambridge, donde pasaba un mes aprendiendo y desaprendiendo inglés, recuerdo que me causó sorpresa ver a personas de color y con rasgos que nunca antes había visto, pero no me impresionó la ciudad en sí, quiero decir, su tamaño, su volumen, su velocidad. 

La semana pasada, cuando entrada la noche me asomé al Waterloo Bridge y advertí la silueta iluminada del London Eye, a un lado, y la de multitud de rascacielos, al otro, sencillamente enmudecí. Sentí algo parecido a la primera vez que viajé a Nueva York. 

Al día siguiente, bien temprano me calcé las zapatillas y salí a la calle. Como yo, miles de personas, algunas asimismo corriendo y otras a paso acelerado rumbo a la oficina. Al ver que algunos comercios empezaban su frenética actividad cuando apenas eran las 07.30 horas y que infinidad de peatones corrían mientras comían cualquier cosa y bebían ya el enésimo café de la mañana, reafirmé mi necesidad de un ritmo más pausado, más lento. Es lo que pido en mi nueva vida. 

Descubrí Shoreditch, con sus tiendas, arte urbano y pintadas tan sorprendentes como la de 'Rioja independencia'. Recordé cómo durante la adolescencia me entusiasmaron los carteles publicitarios y volví a fotografiar algún otro. Me maravilló, por variedad y calidad, la riqueza tipográfica de los rótulos de tiendas, restaurantes, bares, etc.



(© Fotos Cyc)


Por último, he regresado a Madrid. Ha sido hace apenas dos días y lo he hecho con vocación turística. Es decir, fijándome en los edificios, descubriendo lo que puede llegar a cambiar una ciudad en apenas una década o en tan solo un mes, y dándome el gustazo, como buena turista, de comer en apetecibles restaurantes. Ahí quedan los tacos de mi mexicano favorito Taquería Mi Ciudad y el festín japo en Miyama

Lo bueno de atesorar emociones de hace 20 años es regresar y descubrir algunas parecidas y otras totalmente nuevas.