lunes, 16 de marzo de 2015

Simplificar y sentir








Desde hace unos meses he iniciado un cambio, y me siento feliz.

En diciembre, coincidiendo con el final de 2014, paré, dije que no a muchas cosas y me sentí tan perdida que busqué ayuda. Fue una mezcla de pérdida y al mismo tiempo de certeza y de seguridad: por ese camino no quería continuar. 

¡Bendita la hora en la que sentí dicho bloqueo! Ha significado replantearme cuestiones clave y ha implicado que en mi mente ocupan un lugar capital dos palabras y todo lo que significan: simplificar y sentir.

¿Sentir? Ah, pero si eso lo hacemos durante todo el día. Pues resulta que no, que yo hablo mucho de sentimientos, al parecer y dado que soy periodista, los expreso con palabras bonitas, pero no me concedo el regalo de experimentarlos verdaderamente. 

Estoy aprendiendo a hacerlo. 

El otro día dije que mi sobrino Diego es un amor de niño. Se acerca a ti, te abraza, te da besos porque sí y expresa su cariño de una forma tan dulce que apetece achucharlo eternamente. El psicólogo me dijo que así deberíamos ser todos, que ganaríamos en salud emocional. Expresar nuestros deseos, nuestras carencias, lo que pasa por nuestra mente y también por nuestro corazón.

En estos últimos meses, he descubierto que soy excesivamente racional. Que mi lenguaje es categórico y que estoy acostumbrada a utilizar palabras tan grandes que determinan mi forma de ver el mundo y enfrentarme a él: nunca, siempre, infinito...

En esta etapa de transición, no quiero vivir enfadada ni ser la salvadora de ninguna causa. Quiero estar tranquila y, aunque no me lo ha dicho nadie, me he planteado el ejercicio de apartar de mi mente pensamientos negativos. Sí, esos que surgen cada instante, que se agolpan unos encima de otros: 'Pues vaya pintas que lleva ésa. Pues le voy a decir que. Pues no voy a volver a ayudarle...'. 

Sí, multitud de pensamientos de ese tipo y que a veces te enfrentan de algún modo con personas que ni conoces, que simplemente te cruzas por la calle.

En estos momentos, quiero ser menos exigente conmigo misma y por ende, con los demás. Quiero disfrutar del placer de, sencillamente, no hacer nada. Que es mucho. Y no pensar que está mal y no tener culpa. Supongo que los 'freelance' que lean estas líneas, entenderán a qué me refiero. Hacer, hacer, hacer... ¿y parar un poquito para cuándo?

No quiero cerca de mí personas ni proyectos que no suman pero que sí restan. No quiero seres ni acciones que absorban mi energía. Es mía y la quiero para mí, para aprender a sentir, a expresar mis emociones y querer más y mejor a quienes me rodean y a mí misma. Querer y dejar que me quieran.

Simplificar y sentir, ¡en ésas ando en estos momentos!