lunes, 25 de abril de 2016

Debilidad por los libros

Mis libros están repartidos por diferentes casas. Incluso, hay algunos de ellos en Check In Rioja. Si bien, cuando nos trasladamos a Pamplona sentí la necesidad de tener la mayoría cerca, a mi lado, por si necesitaba volver a ellos. 

En estos días, he decidido poner orden y ando haciendo cajas. Creo que junto a mi madre, esa voraz lectora de quien posiblemente heredé la pasión por las letras, estarán felices. Ellos y ella. Así que he empezado a empaquetarlos de forma ordenada. ¡Ojalá mis mudanzas hubiesen sido tan ordenadas!

Me reconforta repasar los títulos, intentar recordar el argumento y archivarlos por editoriales, temática, etc. Me causa algo de pena, eso sí, ver cómo por ellos también pasa el tiempo y las hojas amarillean. No importa, son mis libros y los amo por encima de muchas cosas. 

Me reconforta también comprobar que todavía no leí todos. Quedan y esos los dejo conmigo. 

Que haya iniciado un ejercicio de organización no limita mi vena compradora. Sí, continúo comprando libros. Y me gustaría recomendar tres títulos, uno que leí anoche, otro que tengo a medias y el tercero, que todavía no empecé. 




El primero se titula Esto es Nueva York. Lo compré en la caseta de Katixa, Deborahlibros, en el Día del Libro, en Pamplona. Lo elegí porque me gusta la editorial y porque en él estaba apoyado mi propio libro: ¡Continúa caminando!. Me emocionó que Katixa hubiera decidido ponerlos juntos en un día tan importante para las letras. Y lo elegí por una cuestión de afinidad y compañerismo. 

Su autor es E. B. White quien lo escribió en 1948. En tan solo 7.500 palabras capta con maestría la esencia de esa ciudad a la que yo volvería cada mes. Recomiendo Esto es Nueva York porque permite conocer una urbe inmensa, inabarcable, que se transforma cada día, cada instante, en el verano de 1948. E. B. White define con maestría algunas de su características: su energía, el milagro que supone que siga funcionando y un particular y caleidoscópico retrato social. Me gusta que él no cae en los lugares comunes, observa y profundiza cuestiones que para la mayoría pasan desapercibidas pero que, efectivamente, definen a Nueva York. 

Me quedo con una de sus frases: 'Nueva York proporciona no solo una continua excitación sino también un espectáculo continuo'.

La editorial es Minúscula, de la que guardo joyas como Verde agua, de Marisa Madieri, y La Isla, de Giani Stuparich. A pesar del tamaño mínimo de estos volúmenes, cada uno de ellos me ha conmovido profundamente. Al leerlos necesité detenerme y paladear conscientemente cada palabra y pensamiento.

Siento especial cariño hacia La Isla, lo compré en Burgos, aquel mes de febrero que decidí hacer el Camino de Santiago. Entonces, necesité evadirme con la lectura y, claro, busqué un título que apenas pesara. Pude leerlo en apenas unas horas, pero decidí hacerlo poco a poco. Saborearlo con extrema delicadeza. 





El segundo es La analfabeta que era un genio de los números, de Jonas Jonasson. Con el que estoy disfrutando de una lectura fácil, simpática e ingeniosa, que me permite desconectar. Fue el pasado verano, junto a una piscina en Cádiz, cuando devoré, literalmente, el primer título del autor: El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Se trata de un regalo de un peregrino que no quería llevar peso en la mochila y consiguió que me riera una y otra vez en un momento en el que yo lo necesitaba casi tanto como respirar. 

Tener sentido del humor con tintes surrealistas e irreverentes es un don que posee Jonasson. Y eso no es tan habitual de encontrar y a mí, personalmente, me ha convencido. Su último lanzamiento es El matón que soñaba con un lugar en el paraíso, que seguro caerá en mis manos. 




Las zapatillas rojas es el tercer libro y el que todavía no he tenido oportunidad de disfrutar. Pertenece a la Editorial Alkibla y es parte del proyecto 'Te cuento'. 

Se trata de una colección de doce libros que combinan texto e imagen documental. Están dirigidos a niños, a partir de los 10 años, y a adultos que desean favorecer el espíritu crítico. Y es que cada uno de los ejemplares supone una versión de los cuentos de siempre, de los clásicos, en relación con discursos e imágenes actuales. 




En este caso es Belén Gopegui quien narra la historia de Sofía, Carmen y Natalia, las justicieras de los cuentos. Las fotografías pertenecen a Clemente Bernad y corresponden al 15M de Madrid. 

Lo dicho, tengo pendiente su lectura. Y muchas más.

Que todos los días celebremos los libros. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Mi lista de 'volveres'

Lo sé. 'volveres' no existe, pero me gusta como palabra, como concepto y como intención. A mí Madrid no me mata. Me pone las pilas a tope y me inspira una lista de 'volveres'. Fue siempre así, mientras viví metida en su vorágine y también ahora, cada vez que regreso. 

La última visita se ha prolongado más de la cuenta y me ha dado tiempo a casi todo. A pesar de la lluvia, sí, a pesar de que la ciudad que amo por encima de tantas no recordara que donde vivo llueve como para que yo tenga mi cupo de agua cubierto por una larga temporada. Pero no importa, Madrid, no te lo tengo en cuenta. Estoy segura de que la semana que viene, que regreso, lucirá el sol.

Me pone las pilas el número de aperturas de restaurantes interesantes; la gente con rollo, que no sigue la corriente; los escaparates bonitos vendan lo que vendan y, cómo no, esa lista interminable de planes por realizar. Por ejemplo:

1.- Quedar con los amigos para el aperitivo y terminar a las 18.00 horas. Ahora, las cañas tienen carritos de bebé y no se convierten en copas, pero casi. Se nota que ya no vivo en Madrid porque fueron ellos, los amigos, los que propusieron el lugar. Y acertaron de lleno. 

Fue La Mina, en el número 8 de General Álvarez, en mi antiguo barrio y con unas gambas, unas banderillas y unos precios para volver. Y claro, la cerveza tirada de miedo. Pero eso no es realmente una novedad en Madrid. 

Conocía esta taberna, pero fue hace demasiado tiempo y ahora está reformada. Me encantó la elección porque justo la había anotado en la lista de 'volveres' al leer la entrevista que mi admirado David Moralejo (@dmoralejo) realizó, allí, a Óscar Jaenada para el último número de Tapas

2.- Cenar en la calle Echagaray y, sin embargo, creer que estás en Londres. Sucedió en Chuka Ramen. Por fin conocí en primera persona el proyecto de John, Rodrigo y Lorena. Suponía entrar de nuevo a un pequeño local donde tantas veces tomé asiento y buen sushi junto a Edi, cuando era un japonés llamado, si no me equivoco, Aki. 







(© Fotos Chuka)



Disfruté con la comida, me encantó el ambiente y me gustó especialmente el estilo de los camareros. Ah, y el moscow mule, un cóctel a base de vodka, lima y ginger beer. Tanto que ya pienso en el próximo. 

3.- No tirar la toalla y volver a Motteau y, a la tercera, conseguir mesa y disfrutar del placer de una maravillosa conversación con Rosa. Es un obrador y pequeño salón que Borja me recomendó hace un tiempo. 



(© Foto CyC)


El brownie es altamente recomendable y la pinta de las delicias que elabora Juan Manuel D'Alessandro son una razón de peso para que yo lo visite pronto. 

Mientras él no paraba ni un instante, mezclaba ingredientes, horneaba y seguía concentrado en su tarea, los afortunados que ocupábamos las tres mesas de su salón, charlábamos de nuestras cosas. Me encantó cómo, de repente, se formó una gran fila ante el pequeño mostrador. Había quien buscaba la merienda, el capricho de media tarde o la sorpresa para alguien querido. Me pareció que para todos aquellas personas estar en lugar tan especial era algo realmente cotidiano, como quien entra en una panadería cualquiera, y supe que eran unos suertudos. En su barrio se encuentra Motteau. 

Juan me contó que el nombre es un homenaje a la pequeña pastelería que su bisabuelo regentó en Normandía. Y me mostró la foto en la que se ve a aquel hombre y también a su hija, la que debió labrarse un futuro en Buenos Aires, porque el negocio familiar no daba para llenar todas las bocas. 

En mi lista de 'Volveres' queda anotado probar el merengue con chocolate. Y no me olvido. Que para mí las cosas del comer son sagradas. 

jueves, 14 de abril de 2016

Gratitud, siempre presente

Siento agradecimiento por infinitas razones. 

Sé que multitud de personas en todo el mundo escriben diarios de gratitud. De hecho, en mis manos cayó el libro de Janes Kaplan, El diario de la gratitud, y decidí iniciar el mío.

Fue el pasado 11 de marzo. Elegí un cuaderno bonito, que recibí en mi 30 cumpleaños como regalo y para el que todavía, casi 9 años después, no había hallado merecido destino. Ya lo tiene.




Reconozco que siempre me han gustado los diarios. Siendo niña escribí varios que, lamentablemente, debí arrojar a la basura temiendo, quizá, que los encontraran mis padres o hermanos. Ahora me arrepiento.

Hubiese sido revelador conocer mi forma de expresarme por aquel entonces. Quizá decidiera entonces volver al psicoanalista que visité hace 6 años y explorar qué pensaba y sentía una niña en un pueblo en el que tan solo había otra amiguita de su misma edad. Lo cierto es que prefiero la terapia de la conducta. 

Dicho esto, escribir cada día un pensamiento de gratitud surte efectos positivos. Mi forma de escribir es concisa; también lo son mis agradecimientos. He aquí algunos:

Hacia el sol que calienta mi rostro. Cuando lo hace sutilmente, pero se nota. Ayer, tomé asiento en un banco cercano al Museo Thyssen y cerré los ojos. Desde que vivo en Pamplona agradezco, más si cabe, su luz y energía. 

Hacia las personas que se cruzaron en mi camino y vuelven. Ayer fue Matthew, aquel peregrino que camina por las páginas de mi libro y que ha regresado con un pie biónico.

Me gusta que alguien como él, con el que compartí unos días de nuestras vidas en Check In Rioja, haya vuelto y sentido la confianza de llamar a nuestra puerta y quedarse en casa. La familiaridad y confianza de las personas me hacen sentir bien.

Pienso en estos tiempos en los que algunos se empeñan en poner zancadillas a quienes solo intentan sobrevivir. Pienso en lo fácil que es tender una mano, abrir la puerta de tu casa, conversar. Con frecuencia no entiendo al ser humano ni el mundo que pretende construir. Me quedo con el agradecimiento.

También me encontré con Lola, que llegó en mi último camino. Fue en la Taberna Los Chanquetes, con Pedro y esos boquerones con patatas fritas que me vuelven loca. Gratitud. 

Asimismo siento gratitud hacia las personas que aparecen. Por fortuna, mi trabajo me permite entrar en contacto con profesionales tremendamente interesantes. Ayer, por ejemplo, tuve la oportunidad de conocer a Beatriz Parreño, diseñadora de la carta de tés del Hotel Ritz, en Madrid.




Me fascinó su vitalidad, cuánto sonreía y su pasión hacia el té. Disfruté con su forma de derribar tantos tópicos que acompañan al consumo de esta exquisita bebida. Y claro, sentí agradecimiento por tener acceso a productos excepcionales.

Ayer, la suerte fue doble porque, unas horas antes, descubrí Zalacaín y su lasaña, sus patatas soufle... ¡Ahí es nada!



Siento gratitud por las ciudades que vivo y disfruto, y por las que quedan. Por los libros que leí y por los que leeré. Incluso, por el placer de beber una cerveza.

También porque la semana pasada alguien, a quien hasta entonces no conocía, se empeñó en que yo hiciera un sudoku. Ayer intenté hacerlo por mí misma y no fui capaz, así que necesito volver a encontrarme con él. 

Si no sintiera gratitud por todo lo que me rodea, sería una insensata. Eso y alguna cosa más. Así que no lo permitiré. 

Siento, cómo no, gratitud por quienes me recuerdan que este blog merece la pena.