martes, 17 de mayo de 2016

¿Conversaciones casuales?





Posiblemente, en este 'mini-espacio' he confesado mi debilidad por los cuadernos, bolígrafos y lápices de colores. Si un psicoanalista me leyera, diría que tiene que ver con mi infancia. Y así es. 

Cuando era pequeña viví en Arándiga, un pueblo tan pequeño que por no vender, no vendían ni el periódico. Y aunque mis padres viajaban y nos traían donuts (que religiosamente nos repartíamos, dos para cada hermano), caramelos de la vaca lechera (que creo solo me gustaban a mí) y libros del Barco de Vapor (que devorábamos en un 'pispas'), el material escolar se resumía en un lápiz, una goma de borrar y, un poco más adelante, en un boli bic. 

Cuento esto porque llevo unos días pensando en mi infancia, tema recurrente en mis recuerdos. Señores psicoanalistas, no hace falta que me digan el porqué. Cuento esto, además, porque recuerdo mi última visita a mi papelería favorita de Barcelona: Raima

Y si hay algo que me gusta especialmente de este lugar son las personas que allí trabajan. De hecho, la descubrí gracias a que en mi visita, hace un par de años, a Konema, en Rambla de Cataluña, 43, quien me atendió me dijo que no podía abandonar la Ciudad Condal sin conocer la tienda madre, situada entre la Plaza de Cataluña y el Barrio Gótico.




En mi última visita volví a entusiasmarme con las casualidades, con esas conversaciones espontáneas que te hacen pensar. 

En apenas un ratito, disfruté de la compañía de una mujer que me demostró sentir pasión por su trabajo. En apenas unos minutos, mientras yo elegía los lápices de colorear para el cuaderno de mandalas que me regalaron Rocío y Sergio, charlamos sobre el presente y la situación laboral que nada tiene que ver con lo que imaginamos; sobre el matrimonio y las segundas partes; sobre la infancia y el lujo que, entonces, suponía tener un boli de cuatro colores.

Casualidades, poco tiempo después, Josetxo Zubiria, el psicólogo que me ha ayudado durante un buen puñado de meses, me regalaba a modo de despedida un boli de cuatro colores. Eso sí, nada de los clásicos rojo-negro-azul-verde, éste es morado-rosa-verde manzana-azul celeste.

Dejadme que vuelva a aquella conversación en Barcelona, en mi librería favorita y con esa mujer desconocida. En apenas unos minutos, nos reímos, nos deseamos suerte y ella, cuya verdadera profesión y vocación es pintora, me dijo que no hay nada imposible, que era yo quien creía no ser capaz de pintar. 

No recuerdo tu nombre, aunque creo que me lo dijiste, pero en mi próxima visita a Barcelona, a Raima, te prometo que me compro el 'artilugio' para pintar con acuarela en mis cuadernos. Y así en las tardes de oscuridad que están por venir, recordaré las conversaciones casuales. O que suceden porque era necesario que así fuera. 

Gracias, vida, por estos encuentros.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Todo el mundo necesita un poco de belleza

Hoy es miércoles, el día en el que dedico dos horas de la tarde a acompañar a los usuarios de París 365, en Pamplona. En un ratito, iré y posiblemente eche un vistazo a los periódicos y comente las noticias del día, resuelva un autodefinido o me atreva con un sudoku. Ninguna de estas cosas las haré sola, intentaré que sea en compañía de alguna de las personas que pasan la tarde allí.

Cuento esto porque el otro día visité a Katixa, en su maravillosa librería, Deborahlibros, y al hilo de mi experiencia como voluntaria, me recomendó un libro. Su título es Solo pido un poco de belleza, escrito por el periodista Bru Rovira, y verdaderamente recomendable.




Es un relato periodístico, historias reales de personas reales. Su lectura me dejó en silencio, largo tiempo, sin palabras, con mis pensamientos. Con el cuerpo y la cabeza dados la vuelta. Soy consciente de la situación de extrema pobreza económica, social y emocional que viven tantas personas, pero este libro consiguió que sintiera cabreo e impotencia. 

Ayer volví a repensar en lo leído porque estuve en Barcelona y recorrí algunos de los espacios citados en las páginas. La Plaza de George Orwell, también conocida como la 'Plaza del tripi', el edificio de Correos, etc. Pensé que justo en ese preciso instante en el que yo caminaba por ahí, a mi alrededor, estaban personas que podían ser protagonistas del libro de Rovira. 

Todo el mundo necesita un poco de belleza. También aquellos a los que, con frecuencia, ni dedicamos una de nuestras miradas. A pesar de que no cuesta dinero. Son personas, como tú y como yo, a las que la vida se les puso cuesta arriba y no encontraron las herramientas para tener fuerzas y subir. Son personas a las que la pérdida de un trabajo, de una familia, de una pareja o de aquello que hasta entonces conocían les hizo perder los referentes y tambalearse una y otra vez.

Solo pido un poco de belleza es la historia de la especulación inmobiliaria, de los robos que algunos cometen amparados por el sistema, un sistema que no funciona para la gran mayoría, pero que enriquece a una inmensa minoría. Son historias de parejas de ancianos que, con la llegada del euro, no pueden pagar el alquiler y se ven sometidos a todo tipo de extorsiones para abandonar la que siempre fue su casa. 

Los protagonistas son Vittorio, Ramon, Josefa, Abdellah y otros muchos que nos recuerdan que en la sociedad actual si mueres sin recursos, tienes derecho a un nicho y a un féretro, pero que pasados dos años, si nadie reclamó tu cuerpo, pasas a un osario general y te conviertes en un mero registro administrativo.

Personas que aseguran que lo peor de vivir en la calle o con un pie en ella no es el hambre. Lo peor es el miedo y la soledad. 

Personas, como tú y como yo, que admiten lo difícil que es recurrir a un comedor social, lo impotente que te sientes, mientras otros consideran que allí comen gratis gracias a los impuestos de los que sí son trabajadores.

Personas que creen que el hombre transgrede todas las leyes de la naturaleza y así nos va.

Personas que sueñan con pintar, plantar un árbol o tener un animal y recibir su cariño. Y otras que aseguran que incluso el amor de un perro o de un gato les daba miedo. Y es que cuando tu familia te ha echado de casa siendo una niña, difícilmente conoces el significado de ese sentimiento.

Personas que saben que la Navidad es una putada. Que conocen el significado de la autocompasión y aunque no les guste, a ella vuelven de vez en cuando. 

Personas que piensan acerca de la muerte cuando no tienen claro el sentido de la vida. Personas que abandonaron los pueblos y en la ciudad sintieron la soledad más extrema. 

Personas que se plantean si la maldad es una herencia genética. 

Personas como tú y como yo. 

Gracias, Katixa, una vez más por una buena recomendación. Gracias, Bru Rovira, por escribir un libro tan necesario. Gracias, París 365, por hacerme sentir tan afortunada.