lunes, 28 de noviembre de 2016

It was long ago

Hoy he despertado con hambre. Y con el recuerdo de un olor especial. 

Hoy he despertado sintiendo que volvía a entrar a la panadería de Monteagudo de las Vicarías, escuchaba el particular ruido de la puerta, y notaba el olor a pan y a tortas. 

Cuando era niña, yo no solía comer torta; solo ocasionalmente. Eva, sin embargo, merendaba cada tarde un buen trozo con nocilla. Me encantaba ese olor a masa horneada. 

Recuerdos.

El otro día, leí un poema sobre un recuerdo de infancia. De cómo es posible guardar en la memoria, como si sucediera en este preciso instante, colores, olores y sabores. 




No sé cómo funciona el apartado de los recuerdos y si todos tenemos la misma capacidad para generarlos y hacerlo con una u otra intensidad. Supongo que es diferente. Yo siempre he sido muy recordadora, pero ahora, quizá por encontrarme lejos de casa y de los míos, quizá por la edad, recupero más que nunca algunos maravillosos. 

Recuerdo cómo cuando íbamos en familia a Zaragoza y hacíamos la compra en el supermercado de El Corte Inglés, mi padre, a escondidas, siempre cogía una gran bolsa de cacahuetes. Y mi madre siempre le decía: ¡José Luis!

Cómo era acariciar a nuestro perro, Ruscus. Y cómo cuando me caí y me hice una herida en la rodilla, él vino a ayudarme. 




Cómo eran mis zapatos de charol de los domingos, que yo limpiaba cuidadosamente con leche. 

Recuerdo, como si fuera ahora mismo, hacer la mudanza de una casa a otra, en Arándiga. Recuerdo llevar los medicamentos de la antigua farmacia a la nueva, en una carretilla. Los botes de mercromina, las cajas de esparadrapo. 

También mi chandal rojo y azul con una especie de V en el pecho. Recuerdo cómo me gustaba porque sentía que era uno de los lagartos de la serie de televisión.




Recuerdo cuando salíamos al campo con la escuela y buscábamos fósiles y orquídeas silvestres, pequeñas y de color marrón. 

Cómo en esa foto la única niña que no tiene un bollo soy yo y, sin embargo, no perdí la sonrisa.

Cómo estando en el colegio, llegó un fotógrafo para hacernos fotos individuales. Y a mí no me gustó nada la experiencia. 




Cómo el día que nos hicieron la foto de grupo en parvulitos, yo me olvidé el baby, y no solté mi libro ni la bolsa con galletas. 

Recuerdo que en la infancia supe que había niños malos e intuí que luego se convertían en malas personas. Creo que no me equivoqué.

Recuerdo el río y las acequias. Los botones de oro y soplar abuelitos. Robar fresas. Y albaricoques. 

También las luciérnagas cuando bajábamos al lavadero durante las cálidas noches de verano. 

Recuerdo cómo mi padre cogió una madera que sobró de la nueva cocina y nos hizo la mejor patineta del mundo. Lo que no recuerdo es el número de veces que me tiré por la cuesta ni el número de leotardos que rompí. 

Recuerdo aquella excursión en bici hasta Purroy en la que yo iba agarrada a su cintura, sentada sobre aquel cojín de color azul. 

Recuerdo cómo asábamos ajos en la antigua cocina de leña del sótano y cómo pusimos al rojo vivo aquella pieza de hierro y marcamos mi nombre y apellido en el banco. 





Recuerdo. Recuerdos. 


lunes, 21 de noviembre de 2016

Comunicarse





Ayer me llamó Claudia, mi sobrina. Quería darme las gracias porque había recibido la carta que le envié con las firmas y dedicatorias de un grupo de periodistas con los que viajé hace unas semanas. 

De entre todas, aseguró que le había hecho especial ilusión encontrar a una periodista de Australia que le contaba que en el lugar en el que ella nació hay muchos melocotones. Y es que en el colegio, justo en estos días, le están explicando los aspectos más relevantes de dicho país. 

Le pregunté si había leído la carta que acompañaba a las firmas. Sin pensar en las consecuencias de su respuesta, me dijo, que a medias. 

¿Cómo?. Le respondí. 

Y añadí: ¿Tu tía te escribe una carta con todo su amor y no tienes tiempo para leerla? 

Y ella que no suele alterarse por casi nada, me explicó que le interesaban más las firmas y dedicatorias. También le dije que a nosotros nos haría mucha ilusión recibir una carta de su parte y me dijo algo así como: "Lo valoraré". En fin, no debo olvidar que es una niña. 

Afortunadamente, arregló el desaguisado emocional porque, a continuación, me contó que tiene su propia cuenta de correo electrónico y que le gustaría que nos comunicáramos por esa vía. Me preguntó si le podría enviar fotos y le dije que por supuesto. 

Me gustó la conversación porque le expliqué lo que significa comunicarse. Le dije que no es recibir una carta o un email de alguien que se ha tomado su tiempo e interés hacia ti para contarte cómo se encuentra, qué ha hecho y quizá qué va a hacer próximamente, y no responder. 

Quizá no en ese preciso instante, y mucho menos con prisas, pero hay que encontrar unos minutos de calma para escribirle. Para contestar a sus preguntas, si las hizo, y decirle qué hay de nuevo en tu vida o cómo te sientes. No se trata de escribir cinco folios ni tampoco medio. De modo que este ejercicio exige la oportuna reflexión para seleccionar lo verdaderamente relevante y contarlo de una forma concisa, pero atractiva. 

Le expliqué que escribir a mano implica hacerlo con mayor cuidado. Esforzarse para que la caligrafía sea clara, para que no cometamos faltas de ortografía y tengamos que tirar la carta y empezar de nuevo. 

Aunque no es lo mismo que recibir una carta de papel, abrirla y leerla para luego guardarla, me gustó que saliera de ella que nos comunicáramos por esta nueva vía. 

Me dijo que le parecía muy bien y que hoy, lunes, se conectaría para comprobar si yo le había escrito.

Claro que lo he hecho.  Y espero su respuesta. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Food is memories





La comida es muy importante en mi vida. No solo porque ella y yo estamos vinculadas profesionalmente, y es un placer, sino también porque es parte de mi historia, de mis recuerdos. 

Con frecuencia, cuando preparo algún plato o lo degusto, en mi cerebro se activa una tecla y recupero un sensación agradable. Quizá es un sabor, un aroma, un momento, un lugar o una persona. Es, en definitiva, un recuerdo.

Por aquí dicen: 'Food is memories'. Y en mi caso, sin duda alguna, así funciona. 

Cuando escribo esto, vuelve a mi memoria aquella cena en elBulli. La experiencia fue increíble desde el primer momento, pero alcanzó un punto máximo cuando ante mis ojos apareció aquella ensalada de caquis. Entonces, recordé a mi abuelo Juan. 

Él vivía con nosotros tres meses al año. Desde septiembre y hasta enero. Creo que su hija y su nieta, es decir yo, hemos heredado su afición por comer por la noche. Sí, despertarnos, ir a la cocina y comer para luego, sin lavarnos los dientes, volver a la cama. Lo sé: ¡Qué mala costumbre!

Aquella noche, en una cala bañada por el Mediterráneo, el recuerdo fue intenso y vívido porque mi abuelo Juan solía comer caquis en la cama. Y cada mañana, el diálogo se repetía: 

¡Padre, no coma caquis en la cama!

Pero, hija, si no como.

Padre, sí come porque los caquis dejan mancha. 

Así era cada año cuando él nos acompañaba. Siempre aparecían manchas en las sábanas y él lo negaba. Siempre el mismo diálogo y sus nietos muertos de la risa. Este sábado, en Dumfries, volvió a mi memoria otro recuerdo enorme. Y maravilloso. 

Lucille y Guillaume nos invitaron a cenar en su casa, junto a sus hijas. Como era un día frío, habían preparado una cena popular en Francia cuando las temperaturas bajan: raclette. 

Era la primera vez que yo disfrutaba de esta tradición. Sobre todo me gustó porque se trata de una cena que requiere paciencia para disfrutarla. Debes esperar a que el queso se funda para luego ponerlo sobre las patatas, los encurtidos y el fiambre. Y mientras esto sucede, sigues charlando, tomas otra copa de vino o piensas en lo rico que está todo.

La raclette me recordó las fondue de mi infancia. Solíamos celebrarlas en domingo. Nunca fueron de queso, siempre eran de carne. Me divertía la preparación. Idear junto a mi madre el mayor número de salsas para luego colocar en la mesa, la fondue con el aceite caliente y multitud de boles alrededor. 

Recuerdo que nos poníamos nerviosos hasta que saciábamos el apetito con los primeros trozos de carne. También vuelven a mi memoria las discusiones y bromas porque cada uno tenía asignado un color de tenedor y siempre otro se lo quitaba porque no podía esperar más.

Recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, a mi madre y a mi padre diciéndonos que tuviésemos cuidado con el aceite porque nos podíamos quemar. 

He pensado que cuando vuelva a casa, quizá le proponga a mi madre crear un bonito recuerdo en la memoria de mis sobrinos e invitarles a su primera fondue. 

Food is memories, no dejemos de alimentar por tanto nuestros recuerdos. No comamos simplemente por el hecho de alimentarnos. Disfrutemos de ello. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Keep walking



Confío en el poder terapéutico de una acción tan sencilla como caminar. 

Pasé la mejor infancia posible en un pueblo en el que, a primera vista, no había demasiados planes que hacer y, sin embargo, viví multitud de aventuras. Las mejores. Nunca me aburrí. Creo que ni un solo día. 

Somos tres hermanos y mis padres siempre se esforzaron, y todavía hoy lo hacen, por que creciéramos unidos. Así, el ocio familiar se resumía en un gran paseo cada sábado y cada domingo, después de comer. Nosotros apenas veíamos la tele. 

Recuerdo perfectamente aquellos recorridos por los caminos de mi pueblo, junto al río o quizá cerca de alguna acequia. Cierro los ojos y nos veo caminando bajo los olivos, tirándole piedras a alguno de nuestros perros: Ruscus, Remo, Jara... Recogiendo flores, comentando con mi madre el nombre de las plantas. Los paseos, naturalmente, suponían largas conversaciones. Y eso, suele unir. 

Quizá por esta costumbre íntimamente vinculada a mi familia, caminar es importante para mí. Cuando nos encontramos en el pueblo, seguimos haciéndolo y ése es el mejor plan con mis sobrinos. 

Hace algunos años, mi padre y mi hermano Nacho me introdujeron en otro gran camino, el de Santiago. Y trabajando como hospitalera en Check In Rioja y dirigiendo mis pasos tras las flechas amarillas, he creído firmemente en que caminar es necesario, sencillo y reparador. 

Ayer volví a ser consciente de lo importante y saludable que es. Y si es acompañado, mejor todavía. Pese al mal tiempo o a la pereza. 

Conocí a Margaret en Incredible Edible, el grupo de jardinería en el que participo como voluntaria. Le comenté que quería salir a correr con alguien porque me costaba hacerlo sola. Ella y Jill me animaron a crear un grupo en Facebook, y así lo hice. Desde hace unas semanas, salgo cada lunes y miércoles. A las 5.30 horas dirijo mis pasos hasta la iglesia del campus y espero unos minutos. Hasta la fecha, no he corrido sola porque había alguien para compartir conmigo la carrera.

Aquel día, Margaret me preguntó si me gustaba caminar. Le dije que sí y me explicó que los martes, a las 13.00 horas, se reunían en el centro y caminaban durante una hora. Le prometí acercarme y ayer, lo hice. 

La sorpresa fue que me encontré con un gran grupo. Conté 20 mujeres, de diferentes edades. Formaron dos grupos y Margaret fue a la cabeza de uno de ellos. Ella es una mujer muy activa y entre las tareas que desempeña se encuentra la de voluntaria en Paths for all

Disfruté de un agradable paseo, sin prisa y junto a la otra voluntaria que cerraba el grupo, que estaba atenta para que nadie se quedara atrás. 

Paseamos por una zona del río que no conocía. Charlamos sobre la vida en Dumfries, sobre las ovejas, las vacas... Después, fuimos a un lugar que me gusta especialmente, the The Usual Place, para tomar un café y seguir charlando.

Cada día, hay un registro de las personas que participan en los paseos. Es decir, una lista que se debe firmar. Además, yo rellené y entregué el formulario porque me gustaría volver. 

Me di cuenta de que algunas las mujeres tenían problemas de salud y supe que han llegado hasta allí porque su médico de cabecera lo creyó conveniente. Los voluntarios conocen estos detalles y prestan atención, por ejemplo, a la continuidad. 

Sin duda, caminar funciona. Márcate un día y una hora, busca a alguien y camina. 

Keep walking!

lunes, 7 de noviembre de 2016

Una galería y seis tiendas en Edimburgo

Tras diez días fuera de casa, de nuevo me encuentro en Dumfries. Envuelta por la calma de la vida en el campus, impresionada por el color de los árboles y por cómo caen sus hojas a modo de nieve. También agradecida porque no llueve y luce el sol. Tanto que ayer, que no había nada de niebla, pudimos ver el mar desde aquí. Y el mar siempre trae consigo agradables sensaciones.

Los días anteriores tuve la oportunidad de viajar y conocer Escocia y también Inglaterra. Viajar siempre es buena idea. Conocí un poco mejor Edimburgo y hoy me quedo con una galería y seis tiendas de esta ciudad.  

No contaba con demasiado tiempo y mi primera parada fue la Galería Nacional. En primer lugar cabe destacar que en Reino Unido la entrada para visitar las colecciones permanentes de fundaciones, museos y galerías es gratis. Solo es preciso pagar cuando se desea contemplar una muestra temporal. Es una estrategia eficaz si de desea acercar el arte a los ciudadanos. Quien desea contribuir, encuentra urnas para introducir una donación. En cualquier caso, es opcional. 

En este centro es posible admirar obras desde principios del Renacimiento y hasta finales del siglo XIX. Son maestros como Rafael, Tiziano, Rubens, Rembrandt, Degas, Gauguin y también Monet, Cézanne y Van Gogh, tan solo por citar a algunos.

Una sala o habitación con obras de arte me conmueve. Y siempre me surge la misma pregunta: ¿Cómo los autores han sido capaces de crear tanta perfección? 

Yo soy una visitadora de museos un tanto atípica. Mi madre asegura que voy demasiado deprisa y que no me entero de nada. Creo, sin embargo, que en algún lugar de mi cerebro guardo un recuerdo de colores, formas y, a veces, es preciso. Me gusta disfrutar de las obras de arte sin la necesidad de registrar autores, fechas y estilos. Simplemente, mirar una primera vez para luego regresar, admirar y disfrutar de una profunda fascinación. Con naturalidad, sin prejuicios, sin la obligación de entender, solo por el placer estético. 

Y suele ocurrir que percibo otros detalles, quizá superficiales. Soy así. 

En la Galería Nacional de Edimburgo fue el color de la tela que cubría cada sala. Eran sedas de colores brillantes e impactantes. Rojo, verde, azul... ojalá supiera el nombre de cada uno de esos colores, pero los desconozco. Me fascinó el contraste del arte y los marcos barrocos y dorados, sobre paredes tan espectaculares. Reparé en los diferentes tamaños, en cómo tantas y tan diferentes obras, por su color, tamaño, escuela, etc, componían un conjunto perfecto. 

Después, decidí pasear por una calle que me encanta: George Street. Se encuentra en la parte nueva, alejada de los grupos de turistas que, con frecuencia, caminan sin saber hacia dónde dirigen sus pasos. Me gusta por su elegante arquitectura, porque no la transitan demasiado coches y porque desde ella se contempla el mar. 

Dije que no me gusta ir de compras, pero no está reñido con el hecho de descubrir tiendas y contemplar cómo presentan los objetos, cómo hacen uso de la luz, de la música. Y pasear por ellas sin buscar nada. Eso sí me gusta. 

Jo Malone. A cierta edad, hay que elegir buen vino y buenas velas. Nuestra casa escocesa huele a almendra dulce y macaron.




Anthropologie. Descubrí esta tienda en Nueva York y si existe en la ciudad en la que me encuentro, suelo encontrar un ratito para disfrutar con todo lo que reúne. Solo una vez compré unos pequeños pendientes verdes; he de admitir que me parece irracionalmente cara.

Además, me resulta simpática la selección de libros. Son tan bonitos que no importa el contenido. Sin olvidar, los textiles para la cocina. 

Jigsaw. Me gustan las rayas y los buenos abrigos, y esta firma británica los tiene de casi todos los colores. 






Lululemon. Cuando se practica deporte es importante adquirir algunas prendas básicas. Yo deseé llevarme la mitad de este espacio en el que ofrecen, de forma gratuita, clases de fitness o yoga. 

Es una marca canadiense enfocada principalmente a la práctica de yoga, pero con línea también para correr, surf, etc. Para ellos y para nosotras. 

Lakeland. Es ese tipo de tienda del que sí me llevaría todo, pero el hecho de vivir en otro país y saber que es importante no acumular demasiados objetos, hizo que reprimiera mis deseos. Está especializada en artículos de cocina, algunos ingredientes y libros. Entre ellos, el de mi último descubrimiento: Amelia Freer. 

Su libro Cook. Nourish. Glow se ha convertido en mi manual de referencia. Recoge buenos consejos para una vida saludable y recetas sencillas, nutritivas y deliciosas. Y es que si algo he descubierto en Reino Unido es la fascinación que sienten por los libros de cocina y el boom que vive el sector editorial. Cada vez que visito la biblioteca y llego al mostrador con libros y más libros, me preguntan si me gusta cocinar. 




Penhaligon's. Es una deliciosa tienda, pequeña, coqueta y se encuentra encima de un café que resulta muy acogedor. Esta casa fue fundada en 1870 en Londres y resulta imprescindible cuando se trata de confirmar que los clásicos nunca pasan de moda. 




Otro día, vuelvo a Edimburgo y esta vez subo a lo alto de Holyrood, donde se encuentra el mítico Arthur's seat, para contemplar la ciudad desde las alturas. Que eso también me fascina.