lunes, 26 de mayo de 2014

De cruasanes y palmeras

Recuerdo un verano en el que estaban mis primas con nosotros. El panadero del pueblo de al lado venía en la furgoneta y mi madre compraba bolsas de cruasanes. Por encima, tenían una capa de fino almíbar... 

A veces no llegaban a la tarde. Y mi madre solía esconderlos en algún lugar. El habitual -y que conocíamos de memoria- era esa olla grande de color rojo en la que, llegado el mes de septiembre, preparaba las conservas.

Hasta aquí todo parece normal. Pero no lo es porque adquirir cruasanes en mi pequeño pueblo no era tarea fácil. Ni donuts u otras delicias, quizá por eso, en la actualidad, sufro tal adicción.

Me encantan los cruasanes. Sobre todo, con leche fría y cola cao. 

Los de la panadería de la Avda. Navarra, Viena, en Logroño.

Los de esa cafetería de otra época de la Plaza San Ildefonso, en Madrid. Nunca sé cómo se llama pero sí sé que me gustan sus cruasanes. No son demasiado dulces y me encantan.




Ahora, todo el mundo habla de los de Fonty. Así que he ido y he regresado, pero he llegado tarde para probarlos. Parece ser que, a partir de media tarde, no suelen quedar. Se agotaron: todos.

En su lugar, y dado que fui dos tardes seguidas, opté por otras cositas:





(© Fotos Fonty)

Y si los cruasanes, con sabor a mantequilla, ni 'chiclosos' ni tampoco con demasiado hojaldre, me fascinan, qué decir de las palmeras de chocolates o de las recubiertas con confitura de melocotón.

En Pamplona, son deliciosas las de Confiterías Goya, todo un clásico de Vitoria que cuenta con sucursal navarra. De sus famosos vasquitos y nesquitas hablamos otro día. Seguro que la lata os suena.


(© Foto Confiterías Goya)


Y si continuamos en Pamplona buscando bollos y otros dulces, ese obrador humilde de la calle Estafeta del cual desconozco el nombre, ¿Beatriz?, es la mejor dirección para pecar... ay, de sus mini napolitanas con chocolate con leche o blanco.

¡Ay, ay! 


lunes, 19 de mayo de 2014

Sobre la muerte (y la vida)

Creo que no estamos educados para la muerte. No pensamos sobre ella. No nos preparamos para su llegada.

Es como la vida, solo que la otra cara de la moneda. Como nos resistimos a que ocupe algún minuto de nuestro tiempo, cuando irrumpe siempre causa un efecto devastador.

Su llegada nunca será bienvenida, obvio, pero si nos educaran para asumirla, quizá el duelo sería un poquito menos duro. Un poquito, solo eso.

Todo ello viene a colación de dos libros que he leído recientemente y de una película.

El primero es La Isla, de Giani Stuparich y editado por esa gran y delicada colección llamada 'Minúscula', que reúne otros títulos tan maravillosos como Verde Agua, escrito por Marisa Madieri.



Pero vuelvo al primer volumen. Es un librito pequeño, pero cuya lectura requiere pausas. Sí, para respirar y continuar. Es el viaje de un padre y un hijo a la isla en la que nació el primero. A ella desea viajar en sus últimos días. Y para ambos supone un paréntesis para recordar y volver a quererse. Esto es, una despedida serena.

La cocinera de Himmler, firmado por Franz-Olivier Giesbert. Devoré literalmente este volumen en apenas 24 horas. En primera persona narra la historia de esa cocinera llamada Rose. Larga vida la suya que permite páginas y páginas de un canto a la existencia y a las muertes que quedan por el camino.



Una oda al sexo, a la libertad, a los derechos humanos... una maravillosa novela que enseña a tomar impulso tras cada tropiezo.

Y la película no es otra que Amor, de Michael Haneke. No fui capaz de verla de principio a fin; necesité tres sesiones, tres trocitos para digerir tanta pena. Y tanta generosidad. 


(© Fotos CyC)

Es lunes, empieza la semana, la gente vive y la gente muere. No lo olvidemos, nos ayudará. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Todas esas cositas

Cuando era pequeña nunca tuve pegatinas de Tarta de Fresa ni de otras muñecas, de esas que tenían purpurina. El objeto más preciado que conseguí fue un estuche de plástico rígido, color amarillo. Eso y unas mini pinzas y unos mini imanes que me regaló Aurora, la practicante amiga de mi madre.

No tenía rotuladores ni bolígrafos chulos. Tenía los básicos y necesarios. 

Ahora, me encanta abrir el estuche de Claudia y mirar todo lo que guarda. Por eso, echo de menos que a Pamplona no haya llegado Tiger (www.tiger-stores.es) ni tiendas como Soufflé (www.soufflemadrid.com). 





Y aunque no soy nada manitas y suspendía Plástica, me gusta tener celos con dibujos y colores; cordones y pegatinas que luego no sé cómo utilizar.






El hecho de no tenerlas en la infancia hace que, ahora que soy adulta, disfrute en espacios como Soufflé, lleno de caprichos y cositas bonitas. 



(© Fotos Soufflé)

¿Quién se anima a abrir algo parecido en Pamplona? Prometo comprar casi todas las semanas...

lunes, 5 de mayo de 2014

Personas tan bellas

Soy afortunada. Porque muy cerca de mí existen personas realmente bellas por dentro que comparten su tiempo, sus inquietudes y sus sueños conmigo.

Lola Castejón es una de ellas.

Gracias a ella, hace unos años nació este blog. Le escribí, le planteé mi deseo de crearlo y no hizo que le dijera nada más para que diseñara el logotipo. Ahora le da vueltas a una vuelta de tuerca... ¡Con todas las cosas que tiene que hacer!

Cuando vivía en Madrid y escribía sobre tiendas, con frecuencia pasaba por la que fue suya, Oliphant, y hablábamos un ratito. Siempre salía con un bonito vestido o con alguno de sus complementos. 

Tras la desaparición de esa tienda, tal y como la concebía Lola, no he vuelto a encontrar ropa bonita con facilidad.

No hizo que le dijera tampoco ni una palabra cuando le comuniqué nuestra boda. Y ella se ocupó de toda la papelería... de unos detalles maravillosos. Una vez más apenas hicieron falta unas palabras para que captara qué nos apetecía en ese día.







La nuestra ha sido una relación muy cercana, la mezcla de amistad y apoyo laboral justa para sentirnos tan bien la una al lado de la otra.

Desde hace unos meses ha hecho realidad su anhelo: crear el estudio de diseño a medida llamado Thilopía (www.thilopia.com). 

Recupera su estilo a la hora de diseñar collares con bonitos colgantes, tanto esmaltados como con ilustraciones. 








Son pendientes que cuelgan delicadamente.




Gemelos para ellos.




Horquillas para niñas como Claudia. Tanto ella como yo todavía tenemos las del gatito de la suerte que diseñó Lola hace años.




La naturaleza, con sus plantas y animales, le inspira una vez más. Es su amor por la botánica, siempre presente. 

Cada pieza es realizada a mano. Una a una, se moldea la pasta de papel y se esmalta. En el caso de las ilustraciones son, por supuesto, únicas, salidas de la cabecita de esta madrileña.

Pero además, Lola ilustra dormitorios para bebés, redecora rincones de cualquier hogar o espacio que requiero un poquito de magia y encanto, y realiza proyectos de papelería a medida. Como los de nuestra boda, sí, pero también para fiestas infantiles.






(© Fotos Thilopía)

Qué suerte la mía que tengo cerca a personas tan bellas como Lola Castejón.