viernes, 29 de septiembre de 2017

Echar de menos, pero bien

Hay alguien a quien suelo decirle: 'Te echo de menos pero bien'. Se puede y conviene añorar a alguien de esa forma. También los lugares se echan de menos, mejor si es de una forma positiva. Aunque la sensación de 'pellizquito' en el estómago sea inevitable. 

Anoche, charlaba con un amiga sobre Cayetana Guillén Cuervo, que ha publicado un libro titulado Los abandonos. Yo no lo he leído pero ella, Rosa Alvares, mi amiga y gran periodista, sí. En una velada festiva nosotras volvimos a nuestro tema favorito: los duelos. De vuelta a casa (a altas horas de la madrugada), pensé en las pérdidas que suponen determinados lugares.

Yo he perdido Escocia. Echo de menos ese pueblito llamado Dumfries y por eso cada mañana, lo primero que hago es consultar el tiempo de allí. Echo de menos el frío e incluso la lluvia, pero bien. Porque los once meses en los que dormí intensamente y viví en calma, me han servido para hallar nuevos motivos de agradecimiento.

Me siento afortunada porque maduré la consigna, 'Si llueve, llueve', nacida del libro de Bolitx, El Gran Caminante, y padecida ya en la gélida Pamplona.

Es decir, el tiempo no puede recluirte en casa. En Dumfries he corrido, caminado y vivido con lluvia, viento, nieve y tremendas heladas. Incluso me caí a un río ante la atónita mirada de Catriona. Esta pequeña sentencia funciona, a modo de mantra, como mi keep walking, casi para cada situación.

Me siento afortunada porque ahora, cada mañana, no veo un árbol ni un cielo maravilloso. Pero recuerdo los que vi cada mañana escocesa.




Vuelve a mi memoria la luz que entraba en el salón de casa en torno a las 13 horas. Y siento agradecimiento. Pienso en la sensación de cansancio de los meses de oscuridad así como en la energía que me regalaron los de absoluta luz. 

Recuerdo, y el 'pellizquito' cobra más intensidad, a las personas que se cruzaron en mi camino. Echo de menos a mis alumnos, especialmente a Nova y a Janice, a Bruce y a Rachel; a mis abuelitas de los paseos de los martes y de la jardinería, especialmente a Margaret y a Elisabeth, también a Wendy. A los fruteros, cómo no. 

A todos ellos, les he escrito y mandado la primera postal desde Madrid. 

Casi cada día, en algún momento, cierro los ojos, y recorro de nuevo el maravilloso jardín en el que trabajaban los pacientes del antiguo campus, el Crichton. Respiro el olor de las vacas y regreso a Kingholm Quay, caminando o corriendo, sola o con Gail. 





Mi mirada vuelve a atravesar los cristales de mi café favorito, The Stove, y se pierde en la lluvia. Pienso en que nunca hablé con ese chico con problemas de movilidad al que veía en tantos y tantos lugares leyendo. Él siempre sonreía. 

Recuerdo los cafés tan ricos que me servía Nicole y cómo al principio no le entendía ni media sílaba. Después, incluso subí al escenario de Brave New Words y, sin vergüenza alguna, les hablé del Camino de Santiago, de mi libro y del maravilloso albergue de mi hermano, de Check In Rioja.

Cuando siento que Madrid es puro ruido, de nuevo, cierro los ojos, y estoy en The West Highland Way, posiblemente, una de las experiencias que más me ha marcado. 




Porque supe que soy fuerte, física y mentalmente. Porque intuí que algún día echaría de menos cada kilómetro de aquel camino, pero bien, que añoraría Escocia como pocos lugares en los que he vivido.




Gracias, Universo. 


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Madrid no me mata

Después de haber vivido cuatro años fuera de esta ciudad y uno de ellos, como dice mi madre, "en modo granjera" en el pueblito de Escocia, admito que Madrid se mueve a una velocidad casi de vértigo. Pero yo no pienso marearme. Ahora bien, desde hace algunos días, he sido absorbida por tal ritmo y voy a todas partes casi con la lengua fuera. 

No, Madrid todavía no me mata ni creo que lo haga. Porque me gusta demasiado.

Porque mi barrio se ha puesto demasiado moderno pero cuenta con aperturas tan interesantes como Furtivos (Ponzano, 52). De esta taberna chiquitita habla todo el mundo y no faltan razones. 




La carta es breve, no es necesario más, porque es de nivel. Al tomar asiento en la barra y echarle un vistazo, admito que sentí un poco de ansiedad y quise marcar con el lápiz cada uno de los platos. Puestos a elegir, opté por las navajas, los berberechos, la caballa marinada y el nem de bonito de Burela. 

En Ponzano, hoy por hoy, la oferta es tan amplia que uno se puede perder. Conviene detenerse en este local con un neón en forma de percebe en la ventana. Por cierto, las croquetas de lacón y grelos son obligatorias (y tremendas). 



(© Furtivos)


Porque la lista de restaurantes que quiero conocer es muy amplia y estimulante. De hecho, la nevera de casa está semi vacía y nadie me pilla allí a la hora del almuerzo ni de la cena. 

Empezaré por Fismuler (Sagasta, 29), para comprobar en primera persona en qué anda metido Nino Redruello.

Continuaré con lo último de Javi Estévez, John Barrita (Vallehermoso, 72), y con Kitchen 154, el tailandés del mercado de Vallehermoso. Sin salir del mercado, no pasaré por alto otra propuesta de la que me han hablado muy bien: Tripea.

No los he probado pero sí he visitado esta plaza, que ha cobrado nueva vida y cuenta con una buena y apetecible nómina de restaurantitos. 

Porque los que sí he tenido oportunidad de conocer en primera persona (y con buen apetito) han sido Navaja (Velarde, 42) y Atlántico Casa de Petisos (Avda. de Menéndez Pelayo, 11), y me han convencido de principio a fin. Ambos son altamente recomendables, cada uno con su estilo, pero los dos con muy buen producto. 

En el primero, hay que pedir los mejillones, las ortiguillas (si las hay) y, claro, la navaja. Ah, y las sardinas. En el segundo, no se pueden pasar por alto las croquetas ni tampoco los mejillones con curry verde. De postre: quesos. La selección es muy buena así como la de vinos.



(© CyC)

Porque ahora están de moda más que nunca las tiendas y restaurantes ecológicos, y a mí, que me chifla mirar y remirar las etiquetas de los alimentos y descubrir nuevos productos, me sorprendió Kiki Market (Travesía de San Mateo, 4) y tengo pendiente conocer El fogón verde (Alameda, 4). 




(© Kiki Market)

Sí, casi en cada esquina hay tiendas ecológicas, panaderías y también heladerías. Sea tendencia o no, lo cierto es que la sorprendente combinación de ingredientes y sabores de los polos de Nordikos han hecho que, en menos de una semana, haya ido dos veces. 



(© CyC)


En cuanto al pan, me quedo con el de Oliver Nicols (Santísima Trinidad, 6) y la simpatía de su propietaria, Kay Hespen. Ella, la creadora de Hespen&Suárez y de Cosmen&Keiless, ahora atiende personalmente su pequeño mostrador. Atención a la tarta de queso... 



(© CyC)

Porque El Rastro sigue siendo un planazo para disfrutar del último día de la semana y, como manda la tradición, termina con un aperitivo. Mis locales favoritos siguen siendo La cabra en el tejado (Santa Ana, 29) y Muñiz (Calatrava, 3). Aunque, eso sí, a los 40 ya no se prolongan los domingos como a los 30. 

Lo dicho, a mí no hay quién mi pille en casa... 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Pueblito bueno

Me gusta mucho septiembre. Siento que comienza un nuevo curso y, de forma natural, noto ilusión. Se dibuja una sonrisa en mi rostro.

En este momento del año suelo buscar unos minutos de calma y analizar lo transcurrido y transitado. Practicar el agradecimiento funciona, relativizo y encuentro un extra de energía. 

Yo hoy siento que soy afortunada, mucho, porque tengo un pueblito bueno. 

Ayer, mientras regresaba de Arándiga, donde viví desde los tres y hasta los 17 años, y donde se encuentra mi casa familiar, valoraba todo lo bueno que tiene.

Quizá no es muy bonito, pero para mí es el más bonito.

A veces, como este fin de semana, huele a melocotones. Otras, a tomates, pimientos...




En estos días, sabe a moras. Otras veces, a nueces y almendras.

Siempre sabe a pan. Me encanta subir a la panadería, que abre a las 11.30 horas, y ante cuya puerta se forma una gran fila. Me gusta que algunas personas me reconozcan y que otras no tengan ni idea de quién soy hasta que el de al lado se lo chiva. 

Arándiga tiene dos ríos que se unen en un lugar llamado la juntura (no exigía mayores complicaciones), donde me encanta bañarme aunque vuelva a casa con olor a zurrapa. En las orillas, crece jabón de gitano, que a mí me recuerda a la infancia. 

Tiene tantos caminos que las posibilidades para correr o pasear son numerosas. 

Y yo he tenido la suerte de recorrerlos casi todos con una persona que tiene un efecto maravilloso en mi alma: mi padre. 






Me gusta cómo las conversaciones casi siempre giran en torno a lo mismo. No necesitamos innovar. Suelen ser recuerdos de nuestros caminos, sí sobre estos y sobre los que nos llevaron a Santiago de Compostela. Y también acerca de los que nos quedan. 

Hoy, septiembre, cuando digo hola a comienzos, reconozco todo lo que debo al lugar en el que crecí. Siento que al igual que cada cierto tiempo hay que analizar lo vivido, es positivo recordar de dónde venimos y quienes nos han ayudado a formarnos como personas. 

Y yo vengo de un pueblito bueno, en Aragón, llamado Arándiga. 

Gracias.