jueves, 31 de diciembre de 2015

Bienvenido, 2016

En apenas unas horas, comenzará 2016. Por mi parte, voy a celebrar su llegada de forma silenciosa, sin apenas hacer ruido, como si fuera una noche más. Junto a mi padre y mi madre, cenaré borraja y lubina al horno. No tomaremos uvas, porque nunca nos ha gustado hacerlo. Y yo me iré pronto a la cama para sumirme en el placer número uno de las vacaciones: leer, leer, leer...

Este año hemos decidido hacer aquello que más nos apetece: no celebrar.

Cambia el año, pero nosotros seguimos igual. ¿O quizá no?

Me alegra la idea de iniciar 2016 porque desde hace unos meses vivo un cambio en mi interior. Porque 2015 ha sido emocionalmente devastador y, entre mayo y junio, quedé hecha polvo, hecha añicos, en el más estricto sentido de la palabra.

Me levanté y todavía me reconstruyo, como puedo, con la ayuda de quienes tengo cerca. Cada día, consigo pegar más pedacitos para reconocerme y volver a ser la María que fui.

Las pérdidas, y la tristeza, la ira, la desesperación y la confusión que provocan, son parte de la vida, por eso, he decidido dejarles un huequecito en mi alma, pero pequeño, muy pequeño.

Por eso, bienvenido, 2016, por todo lo que tiene de construcción, de retos, de planes... Por todo lo que tiene de viajes, de buenas comidas, de risas y carcajadas...

Eso es lo que quiero hacer en los próximos meses: viajar, caminar, correr... y tener cerca a quienes más quiero disfrutando conmigo del viaje, sumando kilómetros bajo nuestros pies o esperándome en la meta porque ellos prefieren aguardar ahí.

Gracias, vida, por un nuevo año, te prometo que voy a vivirlo como solo sé hacerlo, para lo bueno y para lo malo:

INTENSAMENTE



Y, como dice Begoña Abad, me voy a poner la vida para diario, no pienso dejarla en el armario para las ocasiones especiales.

Reviso este blog y veo que la última entrada hablaba de deseos, pues bien, ése es el que formulo ahora, el único, y lo hago en voz alta, creyéndome cada una de sus sílabas: 


VIVIR (de nuevo) INTENSAMENTE

lunes, 30 de noviembre de 2015

De cuentos y deseos







Crecí en un pueblo chiquitito. Y cuando digo chiquitito, es chiquitito. Apenas 400 habitantes. He sido una afortunada niña de pueblo, que asistió a una escuela pública y rural, que se metió una y otra vez en el río, fuera verano o invierno, y que visitaba con frecuencia el basurero en busca de 'cacharritos'.

Volver a Arándiga, a mi pueblo, tiene un efecto terapéutico. Antes, solía provocarme nostalgia, incluso pena. Ahora, siento alegría porque mis sobrinos están más cerca que nunca y porque en este pequeño lugar hay cambios.

Ayer descubrí que existe biblioteca. Sí, quizá a algunos sorprenda que, a estas alturas de la película, no la hubiera, pero lo importante es que existe y la colección de libros es importante e interesante. 

Lo supe porque dos niñas, a las que no conocía, nos dijeron que en el ayuntamiento, en un ratito, tendría lugar un cuentacuentos. Allí que fuimos. Y fue la segunda sorpresa del día: biblioteca + cuentacuentos en mi pueblo. ¡Casi nada!

Gabi, de Binomio Teatro, fue la encargada de narrar a los niños -y a los adultos- la importancia de los deseos, de los sueños. Explicó que se pueden catalogar como urgentes, imposibles y trasnochados, entre otros. Advirtió de la importancia de tomarse muy en serio cada uno que se formula, no sea que sea el único que los duendes no concedan. 

Y entre sus fantásticas historias hubo una, para mí, especialmente entrañable: la de Antonio y Antonia. Sí, ese matrimonio al que le fueron concedidos tres deseos, y él, al notar el olor a morcilla que salía de la casa del vecino, deseó inmediatamente un plato. Y lo tuvo. Ella, Antonia, enojada hasta la médula, gritó: 'Ojalá se te ponga una morcilla en la nariz, por torpe'. 

¿Que como gastaron el tercer deseo? Está claro: rogando que desapareciera del rostro de Antonio la dichosa morcilla. 

¿Que por qué me gustó esta historia? Porque siendo niña, en mi otro pueblo, Monteagudo de las Vicarías, junto a mis primas y a Eva, precisamente, representamos este cuento. Y lo de pegar la morcilla (auténtica) con cinta aislante en la cara de una de mis primas, si no recuerdo mal, fue toda una película. Con la propina que los vecinos echaron a la gorra, creo que nos compramos unos helados. Y tan felices. 

Ayer, tras las historias, Gabi invitó a los niños a escribir en una tarjeta sus propios deseos. Después de pensarlo muy bien. Solo uno, eso sí. 

Álvaro, que sigue en sus trece, deseó una bailarina voladora. También una furgoneta, pero como solo se podía pedir uno, le dije que de la furgoneta me ocupaba yo. 

Diego, una moto voladora. Y Claudia, buenas notas (moraleja: estudia y deseo concedido). 

Los niños y los pueblos, infancias inolvidables. Sin duda. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Otra de pelis tristes

No me encontraréis en una sala de cine en la que proyecten una comedia. Buscadme en la que haya silencio, ni una risa. Buscadme en la que se intuyan las lágrimas, e incluso, se oiga suavemente algún 'hip-hip' de tantas vertidas en silencio. 

Os puedo asegurar que la mayoría serán mías.

En el cine o en casa, lo dije, lo mío son las pelis tristes. Y recientemente he visto dos superlativas. Sí,  lo son en varios sentidos: en tristeza, en reflexión, en profundidad, en realidad y en bofetada vital. Porque la vida, a veces, es, como narran ambos largometrajes, muy perra. Y aún así merece ser vivida intensamente. 

La primera es Siempre Alice (Still Alice). Escribo el título también en inglés porque, con frecuencia, las palabras en otro idioma ofrecen otra dimensión, otros matices. 

Recomiendo, además, verla en versión original y disfrutar de la voz de esa poderosa actriz llamada Julianne Moore. Hasta la fecha me resultaba una mujer fascinante, bella como pocas y, tras ver esta interpretación, me rindo ante ella. 




No diré demasiado porque, quizá, alguien tras leer esta entrada, decida buscarla y llorar casi tanto como yo lo hice. 

Still Alice es la enfermedad que siempre llega en mal momento, si bien, algunos parecen especialmente crueles. Nunca nos viene bien su visita, ni que llame a nuestra puerta, a ninguna puerta. Y que sea como sea, mortal, progresiva o degenerativa, no importa porque cuesta encajarla. 

Trata de diagnósticos necesarios, pero terribles. De pruebas de genética que no eres capaz de entender y que cambian tu vida. Para siempre. 

De lo que fuiste, de todo lo que alcanzaste, y de todo lo que pierdes y perderás. Me conmovió Julianne Moore, su rostro, a medida que se hacía pequeñita, en todos los sentidos, presa de la enfermedad.

El segundo título es Truman, de Cesc Gay, de quien creo haber visto todas las películas y que en ésta, cómo no, recurre a sus actores clave. 

Los protagonistas son Ricardo Darín y Javier Cámara, el primero más gigante que el segundo, sin duda. Tremendo actor, tremenda voz. 




Me quedo con algo que ya sabía, lo duro que es encontrarse solo; en apariencia rodeado de tanta gente y en realidad, solo. ¿O no? Porque el amor de un perro no es menos importante. 

También con lo difícil que es hablar con los que más cerca tenemos. Decir lo verdaderamente relevante. Dejarse de estupideces y dar las gracias, expresar el miedo, confesar que el momento es tan duro que estás asustado. 

No añadiré más. 

Ambas películas plantean el derecho a saber o no; el derecho a continuar o no. Son cuestiones, queramos o no, a las que ya nos hemos enfrentado, a través de familiares o amigos cercanos, y a las que no tardando tendremos que mirar a la cara.

No quedará más remedio que sentarnos a dialogar con nosotros mismos. 

Y, claro, yo que lloro y últimamente mucho más, cuando escribo estas líneas, seco mis lágrimas con el puño del jersey.

Keep walking! aunque solo veamos ante nosotros cuestas y más cuestas...

lunes, 16 de noviembre de 2015

De mentiras y otros asuntos

Existe una palabra que me resulta especialmente fea. Su forma, su sonido no me gustan y, sin embargo, últimamente su significado lo manejo a la perfección.

Me refiero a procrastinar. ¿Es o no es una palabra fea? 

El caso es que, en los últimos tiempos, retraso, dejo para otro momento las tareas importantes y me entretengo en otras, mucho más absurdas. La conclusión es que, al final, siento cargo de conciencia y estrés porque la lista de obligaciones es enorme, de la primera a la última son relevantes y, sí, tengo que hacer todo lo que pospuse. Un rollo, en resumidas cuentas, o mejor dicho, la pescadilla que se muerde la cola, una y otra vez. 

También he percibido que miento. A los demás y a mí misma. Lo he hecho durante tanto tiempo que me he creído mis propios razonamientos. Y esta semana he decidido comenzarla reconociendo que sí me gusta la Navidad, que sí me gusta celebrar mi cumpleaños y que sí me gusta recibir regalos.

Ah, y una mentira más: sí me gusta correr junto a otras personas y sí me gusta participar en carreras. Y mucho. 





Ayer fue la última, la II Carrera Solidaria a favor de ANFAS, en Pamplona. El precio del dorsal fue 12 euros y la recaudación se destinó íntegramente a esta asociación navarra a favor de las personas con discapacidad intelectual o del desarrollo; algunos de sus integrantes también corrieron y a mí me  encantó compartir esfuerzo con ellos. 

En los últimos 30 días, he participado en dos pruebas. La primera supuso un reto emocional y también deportivo, claro. Significó correr después de mucho tiempo, con unos kilos de más y con un catarro que no me abandona. Me refiero a la Carrera de las Murallas, también en la ciudad en la que ahora resido. Fue de noche, con la Ciudadela iluminada y fue tan especial el recorrido y tan emotivo cruzar la meta que rompí a llorar. 

No volveré a creerme mis propias mentiras. Porque es cierto que cuando era niña y me llevaron junto a otros compañeros del colegio a correr a un pueblo no me gustó nada la experiencia, pero he descubierto que, hoy por hoy, me fascina correr junto a otras personas. Es una cuestión de energía. Y acelero, vaya qué sí acelero, cuando alguien me dice: '¡Aúpa!'. 

Porque es cierto que sí soy competitiva y me pongo nerviosa esperando sola la salida mientras el resto se divierte con los amigos. 

Porque me he demostrado a mí misma que, a pesar de los kilos y de sufrir lesiones que nunca antes había sufrido y entrenar menos, mis piernas me llevan allá dónde yo quiero, puedo disfrutar y terminar aunque solo hayan sido 6 y 5 kilómetros, respectivamente. 

Me gusta superar el momento de debilidad, generalmente a los 3 kilómetros, y ser capaz de continuar. Me emociona, y mucho, cruzar la meta. Y sobre todo, encontrarme con mi amor que tan orgulloso se siente de mí.

No voy a mentir más y voy a intentar deshacerme de la palabra procrastinar, al menos durante la semana que hoy empieza.

jueves, 8 de octubre de 2015

Recetas de lluvia y azúcar



Cuando era pequeña devoraba libros, pero no tuve demasiados cuentos. Supongo que influyó que era la pequeña de tres hermanos, y leía los suyos. Así que, como Pitxu, de la Objetería los días felices, sucedía que solía ir unos años por delante en lo que a lecturas se refería. Ella me lo contó esta semana, mientras charlábamos de cualquier cosa y nos reíamos, como siempre, a carcajada limpia.

Cuando mi madre viajaba, solía volver con caramelos, donuts (que en nuestro pueblo no vendían) y libros del Barco de Vapor. Y ya entonces, quedó clara mi preferencia por las historias tristes. Cucho fue mi libro favorito durante mucho tiempo. Me emocionaba la historia de ese niño y de su abuela con apenas recursos para comprar unas gafas nuevas. Antes de dormir, leía sus páginas y dormía pensando en cuánta gente existe que, pese a todo, es feliz cuando está cerca de los suyos. 

En mi primera comunión, varios invitados me regalaron cuentos. Y los guardo como tesoros: Rapónchigo y Tistú el de los pulgares verdes, entre otros. Están en casa de mis padres y cuando regreso, casi siempre los releo. 

Y claro, como recibir libros ilustrados era algo excepcional, desde que soy mayor invierto parte de mis ahorros (pobres) en ellos. Sucede como con los cuadernos bonitos y los lápices y bolígrafos de colores, que como no los tuve en la infancia... ¡Ahora los compro a pares!




(© Fotos Thule)

Desde que existe Claudia, la mayoría de los libros son para ella. Los compro, los leo, deseo no tener que entregarlos, pero me doy cuenta de que a ella le convertirán en mejor persona. El último ha sido Recetas de lluvia y azúcar, escrito e ilustrado por Eva Manzano y Mónica Gutiérrez Serna. De la edición se ha ocupado Thule

Fue Pitxu, mi adorada 'objetera feliza', la que me lo descubrió. Sé que es el mejor regalo que puedo hacerle a mi sobrina por su décimo cumpleaños. Ojalá ella aprenda, antes que yo, a descubrir, pensar y repensar en torno a las emociones. 

No diré mucho más porque esta joya debe ser descubierta por cada uno. Tan solo añadiré algunas de sus palabras, de cómo definen emociones que, con tanta frecuencia nos pillan desprevenidos, y algunos trucos para manejarlas:

"El miedo está siempre escondido porque es muy asustadizo". 

Para combatirlo: 
"Cantar en voz alta. Al miedo le da mucha rabia"

Recetas para estar alegre: "Darse besos en los brazos". 

"El enfado nunca es lo que parece". 

Para olvidarlo: 
"Ponerse cabeza abajo, resulta mucho más incómodo y enseguida, se te olvida el enfado".

Receta para ser cariñoso: 
"Practicar con un espejo de besos, empieza él y sigues tú". 

"Tener confianza es encender una linterna cuando no hay luz". 

Para tenerla: 
"Se recomienda pensar que uno es más listo que tonto". 


Y seguiría, pero lo bonito es contemplar las ilustraciones, rozar las páginas con la yema de los dedos. En definitiva, dedicarle unos minutitos y pensar en cómo nos sentimos y qué nombre tienen las emociones; tanto las que nos sanan como las que nos hieren.  

Si os gustan los libros que son bonitos, por dentro y por fuera, visitad a Pitxu y desearéis cambiarle el puesto y quedaros a vivir en su Objetería (Plaza del Castillo, 38. Pamplona). ¡Ella seguro que agradece unas mini-vacaciones!

lunes, 21 de septiembre de 2015

Principios y finales tristes

Me gustan las historias tristes. Las prefiero antes que las felices. No sé muy bien la razón, pero es así. En cuestión de películas, canciones y libros, mi instinto me lleva a elegir las que, de principio a fin, están teñidas de una atmósfera, de unos personajes y de una trama, digamos, gris. 

Poco después de conocernos, mi compañero de vida detectó mi debilidad. Como él no la comparte, no solemos leer los mismos libros y, cuando está fuera de casa, aprovecho para disfrutar, con alevosía, de algún drama en toda regla. 

El sábado elegí Loreak. Me gusta el título porque me gusta el nombre de niña Lorea ('flor'). Después de verla entiendo y me alegra que la película sea precandidata para representar a España en los Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa. 




Los autores son Jon Garaño y Jose Maria Goenaga. Es un película vasca muy intimista. Cuenta mucho no solo a través de los diálogos y rostros de los personajes, sino también a través de la lluvia, de la oscuridad, de los interiores y de otros recursos. 

Me hizo llorar porque puede ser tremendamente triste o no, según se mire. Y es que cada día se puede volver a empezar. Me gustó, además, su música. 

Pero si en algo soy especialista es en elegir novelas tristes. Quizá por eso uno de mis títulos favoritos sea Tokio Blues, de Haruki Murakami. La lista incluye muchos más, entre ellos, Del color de la leche (Nell Leyshon) e Intemperie (Jesús Carrasco).




Miguel de Santos, editor de El Hedonista, que según intuyo también adora las novelas tristes, me recomendó la primera y me habló con grandísimo entusiasmo de la segunda, que ya ocupaba un espacio en mi nutrida estantería de próximas lecturas. 

En cuanto me recomendó la primera, la compré y comencé a leerla en el metro. Del color de la leche es una joya descarnada. Es preciosa en forma, pero con un fondo terrible. 

Es verdaderamente realista gracias a cómo está escrita, al uso del lenguaje, no solo en lo que a significado se refiere. Y todo ello en apenas 174 páginas. 

Y no diré más, bueno, sí, que su lectura despierta unos silencios enormes. Generalmente se está en silencio cuando se lee, claro, pero esta obra provoca silencios en el alma. No sé muy bien cómo explicarlo. A mí me encogió el corazón. 




Como impresionante es la primera novela de Jesús Carrasco. De ella me habló una mañana Isabel Marías y salí del café-librería en el que estábamos con ella en el bolso. He tardado, como es costumbre en mí, un par de años en abrirla. A pesar de que quienes la leían en mi entorno, me recomendaban no posponer ni un solo día más su lectura. 

Lo hice este verano y aunque se trata de un obra pequeña, de 221 páginas, no pude devorarla con ansiedad. 

La prosa es extrema, con un uso magistral de cada palabra. Es ésa y ninguna otra la que podía y consigue transmitir todo lo que el autor desea. 

Apenas leía unas líneas, apenas un párrafo sí y otro también, crecía mi desasosiego e inquietud. Sucedió que tuve que levantarme en varias ocasiones y beber agua. Sí, beber agua... si la leéis, entenderéis la razón.

Imaginaba qué sucedería en la trama, pero no quería que así fuera. A medida que avanzaba y pasaba las páginas, crecía mi angustia. 

Intemperie es uno de esos grandes libros que se encuentran cada muy poco tiempo, pero que, por fortuna, todavía existen. 

Me gustaría conocer la infancia y el entorno familiar de Carrasco. Porque el trabajo lingüístico que desarrolla en torno a las labores del campo, el cuidado de los animales y la vida doméstica en el área rural de antaño, es admirable. 

Intemperie resulta más dramática si cabe porque parece lejana y creo, sinceramente, que no lo es tanto. Porque en este mundo nos empeñamos en caminar hacia atrás. Y si no, encendamos la televisión ahora mismo.

Hoy por hoy, cuando tanto se escribe y tan pocos trabajos se pueden tildar de calidad, es un regalo topar con dos novelas como éstas que alimentan mi incorregible debilidad por las historias tristes.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Autobombo, ¡Sí, señor!

Vuelvo a hablar de mi libro. Es imposible que entre quienes leen este pequeño blog, si es que todavía queda algún fiel lector, haya alguien que no sepa que en mayo autopubliqué mi primer libro:

¡Continúa caminando! Un albergue en el Camino de Santiago




Y como la cosa va de 'auto': edición, distribución, comunicación y, casi, venta puerta a puerta... pues hoy me dedico una ración de ¡¡¡autobombo!!!

Quienes ya han leído mi pequeña obra y se han puesto en contacto conmigo, me han hecho llegar palabras de gratitud. Aseguran que han leído unas páginas que hubiesen querido escribir ellos mismos. Es así porque han reconocido emociones que vivieron gracias a esa experiencia que supone seguir las flechas amarillas. 




Efectivamente, trata de eso, de emociones, sentimientos... Puede que demasiado. Incluso hay quien me ha felicitado por ser valiente y mostrarme tal cual soy. No es una guía del Camino, por tanto, ni tampoco un libro de autoayuda. Tiene más de relato biográfico... no sé. 

Yo no he podido volver a leerlo. Ni un solo capítulo porque me duele un poquito. Mi vida no es la que imaginé hace apenas 3 meses. Y las palabras que cierran este pequeño relato, de hecho, ya no son realidad.





Pero la vida sigue y hay que continuar caminando. Así que el próximo jueves, 17 de septiembre, a partir de las 19.30 horas, estaré en Café Teo (Compañía, 9. Frente al Albergue Municipal de Peregrinos. Pamplona) enfrentándome a mis tristezas y sumergiéndome de nuevo en el libro que, con tanto amor, escribí. 

Por las 108 páginas desfilan personas, peregrinos que he encontrado en mis dos Caminos o en Check In Rioja y que han sido fuente de inspiración. Y es que la mayoría son ejemplos de superación.




Me encanta la idea de que el Café Teo sea el escenario de mi presentación. Me gusta porque, aunque en Pamplona paso mucho tiempo en casa y no en la calle y en sus cafés, éste es realmente especial.

Es así porque su propietario es amable y tiene unos dulces, que elabora su pareja, deliciosos. Me gusta porque, al estar tan cerca de la Escuela Oficial de Idiomas, reúne a estudiantes que intercambian conversación.

Cuando decidimos trasladarnos a vivir a Pamplona y buscábamos piso, el primero que visitamos está justo al lado y, al verlo, con su cartel en ese azul que tanto me gusta, pensé que era un lugar realmente apetecible para desayunar y pasar buenos ratos. Al final no soy vecina, pero procuro visitarlo.

Lo dicho, el próximo jueves, 17 de septiembre, a partir de las 19.30 horas, presentación de mi primer libro en Café Teo (Compañía, 9). 

Espero no estar sola así que... ¡estáis todos invitad@s!

jueves, 3 de septiembre de 2015

Indómita

Mi naturaleza es indómita. 

Corro desde los ocho años porque mi padre me torturaba en la playa 'obligándome' a correr juntos al caer la tarde. A mi sobrina Claudia, ahora, le enseña a hacer estiramientos en la piscina... 

Consiguió que luego corriera cualquier tarde por los caminos de mi pueblo. Que cuando estudié en Zaragoza y me matriculé en Filología Inglesa, abandonando la carrera en el primer mes y por tanto no yendo a clase, corriera incluso dos veces al día, por la mañana y por la tarde, en 'el Parque Grande'. A veces me cruzaba con mi abuelo y me encantaba gritarle: ¡¡Abueeeelo!!. Estaba sordo, pero al verme, levantaba el bastón. 

He corrido en las ciudades a las que he viajado. Junto al mar y durante los veranos en Monteagudo de las Vicarías. Por la Gran Vía y las mil calles que tiene Madrid.

Todavía echo de menos el Retiro y a Joan, que me llevaba a toda pastilla. 

Al llegar a Pamplona, ahora hace dos años, el clima y otras cuestiones me desanimaron y dejé de correr. Volví a ratos, pero sin ánimo. Lo recuperé en enero de este año, pero apenas pudo durar dos meses porque estaba embarazada.

Mi naturaleza es indómita y anárquica. Corro desde hace casi 30 años, pero nunca he participado en una prueba. El 31 de octubre, espero estar preparada para la primera: los 6 km de la Carrera de las Murallas. Espero estar preparada, al menos, lo intentaré. 

El martes vi un grupo enorme corriendo por la Ciudadela. Mientras yo movía el culo a duras penas, pensé: ¿Quiénes serán? Supe que se trataba de los Amigos de la Vuelta del Castillo. Pues bien, hoy he ido a la cita con ellos. A las 20 horas, en la esquina con Pío XII. Escribo este post, recién llegada, sin haberme siquiera duchado. Lo escribo emocionada.

Se trataba de correr durante una hora, según me han explicado antes de empezar. Yo solo he podido correr 20 minutos. Me he venido abajo. Emocionalmente me he hundido. Entonces, Daniel y Miriam, que me han acompañado durante todo el recorrido, no me han dejado sola. Han parado conmigo y al escucharme, me han abrazado, e incluso, se han ofrecido a tomar un café. Les he pedido que siguieran... 

El martes volveré a la cita. 

Keep running, aunque tu naturaleza sea indómita!

lunes, 31 de agosto de 2015

Es septiembre





Energía renovada. Así es mi mes favorito: septiembre.

Lo es desde niña. Quizá porque siempre me gustó volver al colegio e imaginar todo lo que aprendería durante ese curso, porque nunca he llevado bien el calor y porque supone inicios, proyectos por desarrollar. 

Energía renovada, al fin y al cabo. 

Mañana da comienzo, por fin, septiembre. Y aunque nunca creo que un año es mejor que otro y cuando vivo otro 31 de diciembre más, no suelo pensar '¡Qué bien que acaba porque ha sido un año terrible!', he de confesar que hoy, último día de agosto, deseo que llegue mi mes adorado. 

Lo preciso porque para mí es el verdadero comienzo de año y esta vez necesito cerrar cosas y soñar con la llegada de planes por hacer y disfrutar.

Cuando toque diciembre y despidamos 2015 para decir hola a 2016, no diré que ha sido horrible, pero realmente, éste ha sido el peor verano de mi vida, de nuestra vida. Ha sido el más triste y doloroso, el de la pérdida de nuestro segundo bebé, con cinco meses de gestación dentro de mi vientre y de nuestra alma. 

Gracias a la ayuda de personas que nos quieren y de otras que, profesionalmente, saben tender una mano, estoy convirtiendo la tormenta en fina lluvia, sí, ésa que refresca y que despierta un entrañable aroma a tierra. 

Precisamente, hoy, último día de agosto, a primera hora de la tarde, el cielo se ha vuelto negro, se han encendido automáticamente las farolas y ha llovido como si del fin del mundo se tratara. Ahora, sin embargo, caen gotas de manera suave. 

De este duelo oculto salgo transformada. Lo he vivido de forma consciente y de la mano de mi compañero de viaje. Pero ha habido una lectura clave, terapéutica y reconfortante. Me refiero al libro de M. Àngels Claramunt, Mónica Álvarez, Rosa Jové y Emilio Santos: La cuna vacía (El doloroso proceso de perder un embarazo). Editado por La Esfera de los Libros. 

Y ahora que descubro que somos demasiadas las mujeres y los hombres, sí, ellos también, que vivimos esta tragedia, me gustaría recomendarlo. He llorado, claro, pero también he comprendido emociones y les he puesto nombre. Las he transitado, algunas las he dejado ir y otras las he convertido en sentimientos menos dolorosos que la rabia o la ira. 

No tengo palabras suficientes para agradecer a los autores su punto de vista, sus aportaciones. He aprendido sobre la vida y sobre la muerte, esa cara que no nos gusta mirar. No nos gusta ni tampoco sabemos porque no nos han enseñado a hacerlo. Yo he decidido aprender.

Con septiembre se acaba un verano en el que tres personas me han recordado que la vida merece ser vivida cada instante. Son Claudia, Diego y Álvaro, mis sobrinos. Con ellos he regresado a los pueblos de mi infancia y vida: Monteagudo de las Vicarías (Soria) y Arándiga (Zaragoza). 




Hemos volado la cometa, recogido pepinos y tomates del huerto, y manchado el delantal de harina de tanto que hemos cocinado. 

Juntos hemos ido al pantano y al río, pescado renacuajos y cogido piedras como si de preciados souvenirs se tratara. 

Y claro, nos hemos manchado los labios con la mermelada de moras del bocadillo, que es la mejor merienda junto con el de chorizo y mantequilla.

Ellos, que se enteran de todo, me han notado triste y han sonreído suavemente al ver las lágrimas que escondía. 

A sus cuatro años, Álvaro (que es un pelín teatrero), me dijo: 

'Ay, la vida es tan dura como las galletas paciencias'. 

Al escucharle, reí y lloré al mismo tiempo. Y he decidido que a mí esas galletitas me encantan y que, aunque tenga que perder algunos kilos, me las como y comeré siempre. 



(© Fotos CyC)



Porque la vida continúa. Keep walking!

jueves, 13 de agosto de 2015

I love salads

Por fortuna, parece que mi verano va de libros. Y digo por fortuna porque, como confesé, por momentos perdí el hábito de lectura. Pero ya lo recuperé y no estoy dispuesta a alejarme de las páginas de papel, sí, de papel, que tanto placer me han proporcionado a lo largo de mi vida.

El hábito que no logro abandonar, aunque así lo desee, es el de comer. Por suerte (porque soy una suertuda), mi madre me enseñó a que fuera saludablemente y gracias a mi trabajo como periodista especializada en gastronomía, he tenido la suerte de acrecentarlo.

Así que en estos días de calor y persianas bajadas, me siento resguardada y feliz leyendo, día sí y día también, el libro de David Bez: Salad Love. Leyéndolo y comiendo ensaladas y yogur helado.




Supe de él gracias a una entrevista en el suplemento dominical y yo, que sí soy de las que se someten a la influencia de la publicidad, lo anoté en la lista de 'Títulos imprescindibles'. Y, claro, me hice con él rápidamente. 

Su autor, afincado en Londres, ideó cada día una ensalada para no caer en la comida basura. Era fácil hacerlo dada su esclavitud al ordenador y el pequeño tiempo del que disponía para comer. Decidió hacerse con las herramientas e ingredientes, y no improvisar. Siguió un plan perfectamente establecido. Porque en cuestiones de apetito ya se sabe que improvisar lleva a lo fácil, esto es, al bocata del bar de la esquina o a la pizza que llega en moto, rauda y veloz. 

Bez, de origen italiano y acostumbrado a la buena mesa, creó un blog en el que compartía, cada día, una receta que tan solo requería voluntad, comprar los ingredientes con antelación e invertir apenas 20 minutos. 

Su destreza, imaginación y voluntad de alimentarse para sentirse bien y disfrutar, se convirtió en un libro que incluye, nada más y nada menos, que 260 sugerencias. Las hay elaboradas con verduras, fruta, pescado, carne, queso, cereales, legumbres, especias... Todas ideales y apetecibles -muy apetecibles- para quienes comemos de todo y también para quienes restringen el consumo de algún alimento. 




Y si él comía pegado al ordenador, yo confesaré que casi cada mañana, delante del mío, pienso en qué me apetece comer. La diferencia es que yo todavía no he desarrollado su capacidad de planificación y me veo obligada a improvisar. Pero es divertido coger ideas de una o varias de sus recetas. 




Porque este verano, más que nunca, adoro bajar las persianas, leer y comer ensaladas. Y yogur helado, sí, yogur helado también. 

jueves, 23 de julio de 2015

Ayer y hoy: Víctor Redondo y Falenas

Viví en Zaragoza durante cinco años. Si no lo he dicho antes, confesaré que mi relación con dicha ciudad es rara. 

Allí fui feliz, ¡vaya que si lo fui!. Años de universidad, largas noches en los bares, amigas, grandes amigas... Aunque he de decir que no me provoca ni frío ni calor, ni entonces me emocionaba, ni ahora. 

Hace apenas unos días, volví como turista. Entonces, la óptica cambia. Sí, cuando regresas a los lugares que habitaste, se suelen ver de otra forma. 

Mientras medio país atendía a la escalada de los termómetros, nosotros paseamos bajo un sol de justicia por sus calles. Descubrí que aquella tienda que siempre me gustó, Víctor Redondo, presentaba novedades. 



(© Foto CyC)


Es curioso cuando se trata de un establecimiento inaugurado en 1922. Pero los tiempos cambian y, ¡ay amigo!, o te adaptas o... ¿mueres?

Estuvo especializada y sigue así, en complementos. Sí, pero en algunos tan elegantes y singulares como paraguas, sombreros, abanicos, guantes, pañuelos y bastones. ¡Ahí es nada! 

En el momento actual, regenta la tienda la cuarta generación. Son las hermanas María, Patricia y Marta; son diseñadora de moda, diseñadora gráfica e ilustradora, y diseñadora de joyas, respectivamente. Ellas son las artífices del nuevo aire, llamado Falenas. Pero por suerte, son chicas inteligentes y han mantenido la magia, el encanto y la razón de ser del negocio, tal y como fue creado. 

Aúnan tradición y tendencia, y en un mismo espacio conviven dos firmas, dos conceptos, dos formas de entender la moda. 

Falenas es el nombre de las mariposas nocturnas y como a su padre le apasiona la entomología, decidieron rendirle un homenaje. 








Ellas diseñan y confecciona ropa, joyería y complementos. Lo hacen de forma artesana, dibujan y unen las piezas, ya sea con hilo o con otros materiales como plata, piel, latón y cobre. 













(© Fotos Falenas)


Diré que si algún día me fallan las piernas, iré y me haré con ese bastón con calavera que tanto me gustó... Porque queda claro que los complementos marcan la diferencia. Y porque yo, por principios y porque lo he vivido en primera persona desde niña, apuesto por el pequeño comercio. 


viernes, 17 de julio de 2015

Es simple: caminar

Siento que he ganado una batalla. Siento que vuelvo a ser la lectora que descubrí siendo una niña y que siempre he sido hasta que el ordenador, el Ipad y el móvil se hicieron con mi capacidad de concentración. 

Siento que, pese a que mi cabeza bulle más que nunca, he logrado detenerme ante las páginas de varios libros, leerlas de principio a fin, reflexionarlas y terminar varios volúmenes con esa gozosa sensación de felicidad. 

He vuelto a vivir aquello que provocan las buenas historias contadas con magia: he reído, he llorado, no he podido detenerme hasta el final y he sentido tristeza al cerrarlos... 

De los libros que me han acompañado en los últimos días, rescato dos que casualmente comparten leitmotiv: el hecho de caminar. Y un tercero que me espera. 




Lo he dicho en varias ocasiones porque así lo creo. Existen pequeños gestos que pueden cambiar tu vida. Un de ellos es caminar. Así de sencillo, simple y, al mismo tiempo, revelador. 

El mero hecho de recorrer una ruta marcada, paso a paso, puede obrar el milagro de conectarte contigo mismo. Y eso se nota luego, cómo no, en la relación con los demás, con la vida. 

El insólito peregrinaje de Harold Fry, escrito por Rachel Joyce, es un título que compré hace dos años. Soy compradora compulsiva de libros y el saber que en las estanterías de casa quedan tantos por leer, en lugar de generarme culpa o estrés, me reconforta de una forma maravillosa. Pues bien, por fin lo he leído y ha sido cuestión de un par de días. 

Se trata de la historia de un hombre que, en la recta final de su vida, la de una existencia sin color ni emoción alguna, decide de forma impulsiva cruzar un país entero para entregar una carta. 

No quiero dar más detalles porque esta obra merece ser leída, disfrutada, meditada y llorada. Porque el hecho de caminar pulsa el botón del cerebro que sacude recuerdos, vivencias que se han transformado en bloqueos y que, por tanto, mientras no sean revividas y repensadas, no se desharán. 





Adoro los libros de tamaño inusual. Me inclino por los pequeños, de ahí que mi mirada se detuviera una tarde de hace algunos meses en Elogio del caminar, firmado por David Le Breton. 

A medio camino (nunca mejor dicho) entre el ensayo y el relato, confieso haber paladeado, como si de un exquisito pastel o un buen vino se tratara, cada una de sus páginas. Existen párrafos ante los que me he detenido minutos y minutos, que he releído y que procuraré no olvidar. 

Porque, como afirma su autor, 'Caminar es una apertura al mundo'. Y yo quiero recorrerlo con cada uno de mis sentidos bien abiertos. 

Por último, un título que pronto descubriré: Salvaje, la historia real de Cheryl Strayed y su descenso a los infiernos. ¿Que cómo logró ascender? Recorriendo millas y millas en la más absoluta soledad.






El simple hecho de caminar y su poder redentor... Keep walking!


viernes, 19 de junio de 2015

¡Gracias, amigos!

Hace algunos años, muchos años, alguien que ocupaba un lugar especial en mi corazón me hizo una pregunta:

¿Crees que cuidas de tus amigos?

Entonces, pensé que no era necesario, que los amigos siempre están ahí, siempre responden, casi nunca fallan. Lo pensé y fue aquella mi respuesta, pero poco después me di cuenta de que estaba equivocada. Efectivamente, a los amigos hay que cuidarlos. 

Ayer, y estos días de atrás, varios mensajes y conversaciones telefónicas me han hecho sentir que, pese a la distancia, estoy rodeada de grandísimos amigos. 

Carmen y Patricia están, casi cada día, al otro lado de ese grupo de whatsapp en el que damos rienda suelta a nuestro lado más salvaje. ¡Cuánto tiempo ha pasado ya desde la residencia de Zaragoza!

Rubén, viva dónde viva, ahora más cerca, se mantiene también a un paso emocional de mí.

Elena y Rosa Eva, que me repiten toda la fuerza que hay en mi interior, y al tener mi primer libro entre sus manos, dicen reconocerme tal como era antes.  

En estos días, he descubierto lo emocionante que es reunirse, abrazarse y sonreír, frente a frente, con los ojos más brillantes si cabe, al encontrar a amigos a los que hace tantos años que no ves. Como Álvaro, quien tanto me ayudó en aquellos momentos de transición, en los que llegaba de la pena y me acercaba a la felicidad de nuevo.

Óscar, compañero de mil reportajes y otras tantas cervezas en los bares de Madrid. Fue verdaderamente reconfortante charlar con él, que se encuentra a tantos kilómetros, y compartir planes de futuro. 

Los amigos son esos seres que te comprenden, que adivinan cuando no puedes hablar y prefieres callar, pero que el hecho de sentirlos al lado actúa como un bálsamo. Son esas personas con las que sientes que el tiempo no ha pasado, pese a su fugacidad. 

Ahora que vivo en una ciudad sin amigos, sé que los tengo y muy importantes, aunque se encuentren en otros lugares. Los encontré hace muchos años y nada ha cambiado. 

Otros, llegaron recientemente y a ellos también debo agradecer estar ahí. Óscar y sus llamadas con diferentes voces que siempre me hacen reír... Miguel, a quien tanto admiro. 

A vosotros, a todos, gracias por ser y estar tan cerca.

viernes, 15 de mayo de 2015

¡Continúa caminando!




Hace unas semanas, anuncié en este pequeño blog que he escrito un libro: 

¡Continúa caminando! Un albergue en el Camino de Santiago

Necesitaba tomar conciencia de ello. Y ahora que ya está terminado, lo suelto para que sea de quien quiera leerlo.

Lo comencé al volver de aquellos días de febrero en los que caminé. Entonces me enfrenté a la página en blanco. A la que tantas veces me he expuesto como periodista, pero en la que no resultó tan fácil volcar sentimientos íntimos.

Hubo momentos en los que debí abandonar porque creía que a nadie le interesaría. Y durante muchas tardes, en Check In Rioja, en ese albergue que mi hermano Nacho construyó en el Camino de Santiago, mientras atendía o escuchaba a los peregrinos conversar sobre sus experiencias, continúe llenando páginas.

Algunos de ellos, sin saberlo, se colaron entre las líneas. Y hoy por hoy, forman parte de esta historia.




¡Continúa caminando! Un albergue en el Camino de Santiago ha encontrado un hueco en multitud de librerías de Pamplona y de Logroño.

Es más de lo que pude imaginar cuando decidí autoeditar este proyecto. Estoy emocionada atendiendo los correos electrónicos que llegan a info@checkinrioja.com. Con cariño, anoto las dedicatorias y la dirección en cada sobre. Luego, los cierro y al entregarlos en correos, llevo a cabo una dulce despedida... 

Apenas pesa 140 gramos, para poder llevarlo en la mochila. Es un relato sencillo, 108 páginas en las que me desnudo, según afirman algunas personas que lo leyeron antes de llevarlo a imprenta. ¡Continúa caminando! no es una guía sobre el Camino de Santiago, que tantas y tantas personas recorren cada año. 

Se trata de un homenaje a mi hermano Nacho y posiblemente a todos esos peregrinos que llamaron a las puertas de nuestra casa, Check In Rioja, en Logroño, y decidieron compartir con nosotros sus emociones. 

Por último, un dato práctico: el precio en librerías y a través de nuestra web es 14 euros y 3 euros más por los gastos de envío. 

Siendo niña planté multitud de árboles, ahora he escrito un libro... algo que nunca imaginé. 


lunes, 27 de abril de 2015

Decir 'Hola'

Hoy, cruzando la Plaza del Castillo, en Pamplona, dos niños diferentes, en momentos diferentes, me han dicho 'Hola' de forma espontánea.

Ambos me han provocado una sonrisa.

Cuando mi familia se trasladó a un pequeño pueblo de Zaragoza, yo tenía 3 años. Me quedaba en la puerta de la farmacia de mi madre y saludaba a todo el mundo. Todavía hoy hay ancianos que se acuerdan cuando me ven. 

He pensado en ello, en el hecho de que para aquellas personas aquel saludo inocente suponía un gesto bonito.

También he recordado que cuando fui a vivir a una ciudad, primero Zaragoza y luego Madrid, me chocaba no poder saludar a las personas que me cruzaba. Sí, decirles 'Hola' aunque no les conociera y difícilmente fuera a verles de nuevo.

Creo que, como los niños de esta mañana, voy a empezar a saludar indiscriminadamente.

Seguro que no me pasa nada malo. Todo lo contrario...

lunes, 16 de marzo de 2015

Simplificar y sentir








Desde hace unos meses he iniciado un cambio, y me siento feliz.

En diciembre, coincidiendo con el final de 2014, paré, dije que no a muchas cosas y me sentí tan perdida que busqué ayuda. Fue una mezcla de pérdida y al mismo tiempo de certeza y de seguridad: por ese camino no quería continuar. 

¡Bendita la hora en la que sentí dicho bloqueo! Ha significado replantearme cuestiones clave y ha implicado que en mi mente ocupan un lugar capital dos palabras y todo lo que significan: simplificar y sentir.

¿Sentir? Ah, pero si eso lo hacemos durante todo el día. Pues resulta que no, que yo hablo mucho de sentimientos, al parecer y dado que soy periodista, los expreso con palabras bonitas, pero no me concedo el regalo de experimentarlos verdaderamente. 

Estoy aprendiendo a hacerlo. 

El otro día dije que mi sobrino Diego es un amor de niño. Se acerca a ti, te abraza, te da besos porque sí y expresa su cariño de una forma tan dulce que apetece achucharlo eternamente. El psicólogo me dijo que así deberíamos ser todos, que ganaríamos en salud emocional. Expresar nuestros deseos, nuestras carencias, lo que pasa por nuestra mente y también por nuestro corazón.

En estos últimos meses, he descubierto que soy excesivamente racional. Que mi lenguaje es categórico y que estoy acostumbrada a utilizar palabras tan grandes que determinan mi forma de ver el mundo y enfrentarme a él: nunca, siempre, infinito...

En esta etapa de transición, no quiero vivir enfadada ni ser la salvadora de ninguna causa. Quiero estar tranquila y, aunque no me lo ha dicho nadie, me he planteado el ejercicio de apartar de mi mente pensamientos negativos. Sí, esos que surgen cada instante, que se agolpan unos encima de otros: 'Pues vaya pintas que lleva ésa. Pues le voy a decir que. Pues no voy a volver a ayudarle...'. 

Sí, multitud de pensamientos de ese tipo y que a veces te enfrentan de algún modo con personas que ni conoces, que simplemente te cruzas por la calle.

En estos momentos, quiero ser menos exigente conmigo misma y por ende, con los demás. Quiero disfrutar del placer de, sencillamente, no hacer nada. Que es mucho. Y no pensar que está mal y no tener culpa. Supongo que los 'freelance' que lean estas líneas, entenderán a qué me refiero. Hacer, hacer, hacer... ¿y parar un poquito para cuándo?

No quiero cerca de mí personas ni proyectos que no suman pero que sí restan. No quiero seres ni acciones que absorban mi energía. Es mía y la quiero para mí, para aprender a sentir, a expresar mis emociones y querer más y mejor a quienes me rodean y a mí misma. Querer y dejar que me quieran.

Simplificar y sentir, ¡en ésas ando en estos momentos!

lunes, 23 de febrero de 2015

Alimentación consciente

Por fortuna y por su carrera profesional, mi madre es una enciclopedia andante en lo que a nutrición se refiere.

Por eso, por esa suerte, mientras vivimos en casa hasta los 17 años, a los tres hermanos nos alimentó correctamente y durante toda nuestra vida nos ha inculcado una cultura culinaria de gran valor. Gracias a ella, mi dieta es equilibrada, siento curiosidad por probar nuevos alimentos y sabores, pero luego sé qué debo incluir y de qué debo prescindir. 

Mi hermano Pablo ha heredado su vocación profesional y, como ella, es licenciado en Farmacia y después amplió sus estudios con Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Él tiene claro el secreto para mantener una figura esencialmente saludable: Comer de forma consciente, elegir adecuadamente los alimentos y quemar mucha zapatilla. Es tan sencillo como caminar 30-40 minutos al día. 

No tenemos que ingerir infusiones mágicas, tampoco pastillas milagrosas ni tampoco convertirnos en triatletas. Debemos comer de forma razonable y razonada, y en función de nuestro estilo de vida. 

Yo no soy farmacéutica, soy periodista y, desde hace algunos años, escribo sobre gastronomía. Pruebo todo, siento curiosidad, pero en mi vida cotidiana, al margen de los restaurantes, me alimento esencialmente de verduras, frutas, legumbres, cereales y pescado, aunque de éste cada vez desconfío más dado el estado de vertedero en el que hemos convertido nuestros mares y océanos. 

Adquiero y leo muchísimos libros sobre alimentación y nutrición, más que sobre recetas. Además, procuro asistir a actividades que estén vinculadas con ello. Este fin de semana, han sido dos realmente interesantes. 

El viernes, fue una clase de abdominales saludables con Marta Baena de Yoga Studio Pamplona. Nos enseñó técnicas hipopresivas y charlamos largo y tendido sobre alimentación. Aprendí cosas nuevas y reafirmé mi creencia sobre la idoneidad de no comer azúcar ni blanca ni morena; prescindir de las harinas en la medida de lo posible; elegir cereales y pasta integrales; cambiar la sal de mesa común por marina; buscar el aporte de proteínas en alimentos vegetales o elegir una carne de calidad; e introducir semillas en la dieta. 

No voy a dejar de tomar lácteos de vaca aunque los combine con vegetales. No voy a dejar de tomar huevos aunque serán de las gallinas de mi pueblo o ecológicos.

Seguiré teniendo mis dudas acerca de los llamados súper alimentos, porque la industria del marketing es poderosa y así como llegaron las bayas goji (que nunca me gustaron) han desaparecido. 

Además, prestaré atención a mi cuerpo, procuraré escucharle para saber qué le sienta bien a él, sea una moda o no. 

Por otro lado, el sábado asistí a una charla en Biecor para aprender a leer (e interpretar) las etiquetas de los alimentos con Miren Navaz, de Atcysa. Ella añadió sensatez y calma al pánico alimentario que rodeó la pequeña sala en la que estábamos. 

Se pueden ingerir infinidad de alimentos, pero aprendamos a leer las etiquetas. Tomémonos un tiempo a la hora de hacer la compra porque nos jugamos nuestra salud. 

Diferenciemos la fecha de caducidad de la de consumo preferente; prestemos atención al valor nutricional y no solo al precio (en la medida en que podamos, obvio); conozcamos los aditivos y conservantes más comunes; sepamos mantener y tratar adecuadamente los alimentos una vez en casa; desconfiemos de palabras como 'artesano', 'de la abuela', 'como en casa'... No todas las abuelas cocinan bien, ¡la mía, sin ir más lejos, no lo hacía! 

Bromas al margen, seamos responsables con nuestra alimentación porque es algo serio. No sintamos pánico y pensemos que solo comemos veneno. No, no es así; hoy en día existen más alternativas que nunca y tenemos derecho a la información. 

Mi fin de semana de inmersión nutricional no acabó ahí. El sábado amplié mi biblioteca con dos nuevos títulos:





(© Fotos Cyc)

El primero es delicioso y creo que voy a seguir muchas de las recetas y a descubrir ideas para mis ensaladas. En cuanto al segundo, no estoy realmente de acuerdo en alguno de los planteamientos pero lo interesante también es leer libros que nos hagan conocer otros puntos de vista y ser capaces de creer en nuestras propias ideas. Del volumen de Mulet me atrajo el título. Y es que, tras leer y asistir a ambas actividades, mi cabeza sufrió un pequeño colapso y me pregunté: ¿Y entonces qué podemos comer?

Probablemente nunca antes la seguridad en la alimentación ha sido mayor ni la información. Es cuestión de elegir en función de nuestro gusto, ética y poder adquisitivo. 

Después de un fin de semana tan sabroso tengo más claro que nunca que hay leer las etiquetas y elegir con criterio; hay que procurar comprar con cabeza y no con el estómago o el apetito, menos cantidad y más a menudo. ¡Es una cuestión de planificación y organización!

Debemos tomar conciencia de la cantidad de alimentos que arrojamos a la basura. Y tener presente que aquí al lado, posiblemente en el edificio y barrio en el que residimos, hay personas que pasan hambre. 

Porque nunca antes hemos tenido más comida y nunca antes ha estado tan injustamente repartida. Mientras la mitad del mundo sufrimos dietas, en la otra mitad (o más) no tienen qué llevarse a la boca.

Y eso es una vergüenza y una injusticia. Depende de cada uno tomar partido. 


lunes, 16 de febrero de 2015

De alfajores y madera

Cuando vives en una ciudad pequeña estás más atento a los estímulos externos. Me refiero a conciertos, mercadillos, exposiciones, charlas o cursos.

En Madrid siempre hay propuestas de ocio, si no tienes entradas para ésta, conseguirás para aquella. En Pamplona, cambia el asunto. Desde que vivo aquí, presto atención a la programación teatral y musical, repaso la sección de agenda semanal del periódico y me paro para leer los carteles que encuentro en la calle. Quizá suene un poco duro, pero la realidad es que para algo que se puede hacer interesante, no dudo ni un segundo en hacerlo. 

Recientemente, en el Mercado de Santo Domingo, abrió Zentral. Es un espacio que acoge actuaciones de diferentes géneros y también un mercadillo. Fue ayer, y claro, yo tenía anotada la cita en el móvil desde hacia semanas. 

Y mereció la pena. 

Saludé a Ece Ozturk, creadora con sus manos y con mucho amor, de unos alfajores riquísimos. La conoceréis como Dulce de Flecha. Y yo que nunca he sentido debilidad por este dulce argentino, debí tragarme mis palabras y un par de ellos, con sumo placer. 




(© Fotos Cyc)

Como esta ciudad es así de chiquitita, resulta que somos vecinas. Y como las redes sociales tienden lazos sorprendentes, ayer nos pusimos cara aunque nos conocíamos a través de Instagram. Nos seguimos mutuamente. 

En Zentral Market también descubrí a Ángela, de Madera & Mentha. Recupera muebles y les imprime un bonito aire nórdico. Conmigo se vino una mesilla de noche de color mostaza que quedará perfecta en nuestro hostel Check In Rioja.





(© Fotos Madera&Mentha; Cyc)


No es verdad que en las ciudades pequeñas no haya actividad ni mentes inquietas que se muevan. Los hay pero hay que saber buscarlos y no perder ni la más mínima ocasión. Cuando se encuentran, se les reconoce más mérito si cabe. 

La vida pausada en una ciudad como Pamplona tiene más cosas positivas de lo que parece.

Por cierto, y esta semana ha abierto una tienda de Tiger a un paso de mi casa. ¡Y eso también es un motivo de alegría!

lunes, 9 de febrero de 2015

En este invierno

En mi vida no ha habido nieve. De mi infancia, apenas recuerdo dos nevadas. Pero fueron muy grandes. Los campos se quedaron blancos por unos días y nosotros, los niños del pueblo, convertimos algunos caminos y acequias, cubiertos por una firme capa de hielo, en improvisadas pistas de patinaje.  

Recuerdo que los chicos, todos y de todas las edades, fuimos al lavadero, recogimos botellas vacías de suavizante para la ropa, de las de antes, de ésas que eran todas iguales, azules, y nos hicimos rudimentarios patines. No recuerdo que hubiese ningún herido o brazo roto que lamentar. Tengo un recuerdo de absoluta felicidad, porque aquello era algo inusual e inesperado. 

Antes, las estaciones eran verdaderamente diferentes entre sí. Existía el otoño y la primavera, ahora tan diluidos entre calores y fríos extremos, o lluvias que no corresponden a la fecha. Entonces, hacía frío cuando debía hacerlo, pero en mi pueblo de Aragón, no nevaba. 

En mi vida no ha habido nieve, pero la semana pasada, en el lugar en el que ahora resido, Pamplona, nevó reiteradamente. Y yo sentí una alegría, como en la infancia, cuando levanté la vista del ordenador, miré por la ventana y caían copos de nieve cada vez más gordos. O estando en la clase de yoga, cuando debía tener los ojos cerrados y yo los abrí para descubrir que, de nuevo, empezaba a nevar. 

Me ha gustado esta nieve. Y he sentido el invierno más que nunca, tanto que, como algunos animales, he necesitado dormir y dormir. He comprobado que mi ritmo se hacía lento, pero no le he dado más importancia. He leído, he descansado y he trabajado con menos estrés. ¿Para qué? Si mi cuerpo ha mandado señales de no poder más, de estar en un periodo de ajuste. 

En estos días, verdaderamente heladores, también he reflexionado sobre cuestiones que durante las estaciones cálidas y con más luz, no surgen. Hace unos días, por ejemplo, en la peluquería me contaron que poco antes de que yo llegara, había estado un cliente despidiéndose. Lo hacía porque le habían dado apenas dos semanas de vida. Y quería despedirse de algunas persona. 

Reflexioné sobre si es una ventaja o una tragedia saber que te vas a morir. Creo que es lo primero, aunque no lo parezca. Me reconfortó, aunque suene raro, saber que pronto no estarás y que por tanto es el momento de una gran comida con los amigos a los que hace tiempo que no ves, o de decir esas palabras que siempre han faltado.

Bueno, así pasan estos días de frío y de nieve. Y así los vivo yo. 

Pronto será primavera...