lunes, 22 de diciembre de 2014

2015, año impar




No me gusta la Navidad y, por tanto, no la felicito. Prefiero pronunciar y compartir otro deseo: ¡Feliz año nuevo! 

Ante nosotros se presentan 12 meses, cada uno con sus días y sus horas, para ser feliz, sentirnos en calma, amar y ser amados. 12 meses para ser estrenados, vividos y para añadirlos a ese maravilloso 'cajón' llamado experiencia. Habrá lágrimas y también carcajadas. Habrá, que de eso se trata, emociones, algunas nuevas y otras ya conocidas.

Comienza un ciclo en el que algunas cosas no cambiarán y otras nos sorprenderán por no estar habituados a ellas. Desde ayer, tenemos más minutos de luz y, poco a poco, llegará la primavera. Y aunque yo siempre he adorado el otoño y el invierno, desde que vivo en Pamplona, ansío que ella llegue. Pronto estará aquí.

Cada vez pasan antes las estaciones. O a mí me pasa la vida con celeridad.

Me gustan los años impares, no guardo el archivo de sucesos memorables que corresponden a ellos, pero me gustan, sin más.

El que acaba ha sido otro período de crecimiento. Me he visto expuesta a viviencias nunca antes experimentadas y he procurado sacar una lectura positiva. Y continuar caminando, paso a paso. 

No suelo escribir listas de propósitos ni siquiera los guardo en mi memoria, porque la vida te va llevando, con frecuencia, por rutas y lugares que no tenías previstos. Me atrevo a recibir lo que está por venir.

Bienvenido 2015:

Nuevo año.
Nueva gente.
Nuevas cosas.
Nueva felicidad.
Nuevos desacuerdos.
Nuevas oportunidades. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Un lugar tan bonito





Objetería los días felices. El nombre en sí es precioso. Porque los días son felices o no, muchas veces, en la medida en que nosotros queremos que sean. Los días son, sin duda, más felices cuando nos rodeamos de personas y objetos bellos. Cuando perseguimos, atraemos y proyectamos cosas bonitas. 

Y la apertura de este lugar de la Plaza del Castillo, antes llamado Me quiero vivir, a mí hoy me hace sentir un poquito más feliz. 

Me alegro por Pitxu, que ha puesto el alma y cada minuto de su tiempo en relanzar este barco llenito de su amor por los libros, por el arte, por la poesía. Con arrojo, ahí está ella, que derrocha creatividad, hoy en su primer día, sin apenas haber dormido.




Pitxu, que a partir de hoy se va a llamar Mireia, es una de las personas (de las pocas) con las que he compartido buenísimas conversaciones desde que llegué a Pamplona. No somos amigas pero nos hemos confesado y reído de nuestros miedos, de nuestros sueños. Me encanta cuando me marcho y me dice: 'María, tú ven cuando quieras'. 








Hoy, llueve en Pamplona porque no podía de ser de otra forma, pero sí, aunque suene a tópico, la ciudad es más bonita, tiene más luz gracias a la apertura de Objetería los días felices.

Están los libros con los que yo sueño. Sobre gastronomía, con ilustraciones preciosas para niños y para quienes seguimos siéndolo, poesía, fotografía, arte... Pitxu me descubrió a Jimmy Liao, sin el que ahora no puedo vivir. 

En este rinconcito me encuentro, a través de sus portadas, con amigos como Mario Suárez (Cocina Pop, Cocina Indie, Nueva York Hipster) y Anabel Vázquez, dos grandes que juntos han escrito Madrid, guía vintage




(© Fotos Cyc)


Los regalos más emocionantes que le he entregado a mi amor en los últimos tiempos fueron ideados por ella, por Pitxu.

Así que si alguien lee este post y viene a Pamplona, por favor, que marque y subraye dos veces: 'Visitar  la Objetería los días felices y conocer a Pitxu'. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

Es domingo

Siempre me han gustado los domingos. Yo que soy organizada -hasta que me posee el caos...- y que necesito determinados esquemas para sentirme bien, siempre he tenido este día como uno de los favoritos de la semana.

Cuando era niña me gustaba planificar las tareas por hacer, incluso la ropa que me pondría y todas las lecciones que debería asimilar. Ahora, superada precisamente por mil tareas (incluida alguna escolar que me quita el sueño), sigo viviendo el domingo como el día de la planificación. Planificación que, al asomarse el viernes, casi nunca llegó a buen término. No pasa nada, aún así, yo amo los domingos. Y hoy es uno de ellos.

Fuera hace frío. No es raro tratándose de Pamplona. Creo que ya me acostumbré a la lluvia constante y al sol casi siempre escondido. Fuera hace frío, empiezo a tener hambre y fantaseo con dos planes.

Acercarme a la churrería de Carlos III, y preparar chocolate a la taza, o visitarle a ella. 

Ella se llama Orreaga, es decir, Roncesvalles en euskera. Y es la dueña de La Crepería, que lleva más de 20 años en el número 23 de la calle San Gregorio. 

Cada vez que la visito pienso en lo mucho que se parece a Juliette Binoche en esa película llamada Chocolat. Por sus maneras dulces y por la calma que transmite; ella no se altera aunque la fila de personas recorra un buen trecho de la calle. Y es capaz de memorizar cada uno de los ingredientes solicitados, aún siendo las posibilidades casi infinitas.

Me gusta el ambiente de su pequeña crepería. Hay un aroma muy apetecible en el que se mezclan el salmón, los quesos, el jamón, el tomate, el chocolate, el plátano, el dulce de leche... todos los productos que caben en los antojos de personas como yo. 

Verla trabajar tienen un poder hipnótico. En los 'fogones' solo trabaja ella así que sabes que deberás esperar el tiempo preciso que cuesta que la masa esté en el punto más delicioso. Y como lo sabes, te dedicas a disfrutar de la buena música que suena y a observarla. Luego, cuando te entrega tu preciado crepe pasa lo de siempre, que es tal el ansia que te quemas... 

Es domingo, hace frío fuera, pero yo tengo hambre. ¿Churros o crepe? 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Mi nueva adicción: la(s) tarta(s) de queso

Lo cierto es que no sé por qué miento y digo una, si son dos. O si me paro a pensar, apenas unos segundos, puedo descubrir que son muchas más. Lo mío con la comida lo tendría que mirar alguien.

Confesaré que, desde que vivo en Pamplona, amo los yogures. Los amo por encima de muchos otros alimentos. Antes apenas me gustaban, claro, porque no había probado los de esta tierra llamada Navarra.

Puedo escribir un tratado sobre marcas, sabores, texturas. Son más naturales que las firmas comerciales, saben de verdad y no tienen colores llamativos. Son un delirio.

Mahala, Señorío de Sarria, Lactuyogur, Goshua... cierro el ordenador, voy a la nevera, y vuelvo enseguida.

Regreso para hablar de mi otra obsesión culinaria: la tarta de queso. Hasta la fecha la de mi hermano mayor, Nacho, era buenísima, pero ahora hay tres nuevas candidatas al número uno de mi particular ránking. Lo bueno (o lo malo) es que solo puedo tomarlas cuando visito Madrid. 

Son la de Muñoca Revival (Juan Ramón Jiménez, 22). Javier Muñoz-Calero ha dado un giro total a su restaurante apostando por la cocina clásica. La estética también ha cambiado y está inspirada en los años 40. 



(© Foto Muñoca Revival)


Yo, que soy una glotona no probé una, probé dos. La de zanahoria y la de queso. Creo que es la receta más cremosa que he probado hasta la fecha. Es una maravilla, y su creador, Javier Muñoz-Calero, no suelta ni media pista de su receta. ¡Hace bien! Aunque yo sería incapaz de copiarla o acercarme a tal exquisitez. ¡Lo mío son las empanadillas!




(© Foto MEATing)

La de MEATing (Villalar, 7). Vicente Lorente, propietario de este restaurante cercano a la Puerta de Alcalá, también tiene su punto glotón. Aunque yo creo que, en los últimos tiempos, lo ha dominado. Pero se nota que es un ex-glotón al verle hablar de sus platos favoritos. Suelen tener mucha relación con su San Sebastián natal y con el círculo familiar, vinculado a la restauración. De la receta de su tarta de queso tampoco ofrece detalles. Tampoco es preciso, lo importante es que sigan preparándola con tanta delicadeza. Y que yo vaya a tomarla. 

Y por último, pero no menos rica, la de La Cesta por Óscar Velasco (Recoletos, 10). La tarta de queso de esta dirección de la calle Recoletos, ahora con barra y una oferta reorientada a platos más informales sin perder la raíz tradicional y el buen producto, también es de diez. Claro que la elección es complicada porque el pastel de frutas (en la foto) resulta otra gran maravilla. 



(© Foto La Cesta por Óscar Velasco)

Ante la duda, siempre se puede hacer como yo: pedir ambas propuestas. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Baños, cosas que sí, cosas que no



(© Foto Check In Rioja)

Tengo la suerte de visitar hoteles. Cuando digo hoteles, me refiero a muy buenos hoteles. Y aunque no lleve toda la vida haciéndolo, mi corta experiencia ha sido tan intensa que podría escribir un tratado sobre cuestiones que sí y cuestiones que no.

Empezaré por el baño. 

Los hay sensatos y también los he encontrado insensatos.

Duchas imposibles de entender de forma lógica y que, por tanto, te dan alguna que otra sorpresa. Sea por agua inesperada, por aquí por allá, o por temperatura inadecuada.

Duchas que resbalan. Y otras de las que por algún lugar se sale el agua.  

Toalleros demasiado lejos; o demasiado cerca. O demasiados altos para alguien tan pequeño como yo.

Otro apartado: las tazas. Las hay con un diseño complicado, demasiado altas (creo que no solo para mí) y sin escobilla. ¿Cómo puede ser? Sí, todos deberíamos usar este objeto doméstico. 

Existen baños con rollo sexy pero algunos se pasan y resultan muy indiscretos.

Me gustan los espacios integrados, sí, pero cada elemento debe estar en el lugar adecuado y a salvo de miradas. De miradas e insonorizado. Vamos que es suficiente con una puerta y unas paredes que vayan del suelo al techo, que no se queden a medias. Que se oye todo, y uno puede cortarse o no, y entonces es peor.

Duchas a la vista, bien, bueno, eso quizás. Pero la taza del váter, nunca. O al menos que haya una forma de decidir si ver y ser visto o pasar de ello.

Acerca de las bañeras, seré franca, no suelo tener peros. Pueden ser más o menos grandes, pero suelen ser maravillosas. Sé que la práctica de sumergirse en agua caliente es poco ecológica, pero de vez en cuando sienta tan bien... es como un ejercicio de limpieza interior, se lleva la tensión, lo malo del día... todo eso se va por el desagüe, con el agua. Recuerdo algunas memorables. De ninguna tengo queja, yo que suelo viajar con el set de sales de baño y mascarillas para regalarme una sesión de 'spa hotelero pero doméstico'.

El apartado de las tallas mini de productos de cosmética también da para un tratado, sobre todo, el hecho de que, nos gusten o no, siempre nos las llevamos. 

La sensatez e insensatez de ese lugar llamado baño (de hotel). 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Cuando lo que cuento es tan personal

Sé que este blog se ha transformado. Empezó porque varias personas que me quieren (especialmente una) no podían leer lo que yo escribía, dado que se publicaba solo en Madrid. Para que ellos -que tanto interés tenían- pudieran leerme, creé este espacio.

Sé que ahora no es como era antes. Sé que en los últimos tiempos, no lo actualizo con tanta frecuencia, pero sigo necesitando expresarme a través de él. Y el cuerpo y el alma ahora me piden compartir aspectos de mi vida que son muy personales. Cuestiones que quizá no le interesan a casi nadie, que aburren, pero que yo necesito compartir.

Y hoy necesito volver al Camino de Santiago. Apenas he regresado y, sí, me siento en esa fase de 'tortazo' contra la realidad, en ese querer huir y no aceptar que el día a día se está haciendo duro y complicado. 



(© Foto cedida por Javier)

Es lo que tiene vivir en el Camino durante 15 días. Supone acomodarse en una zona confortable: madrugar, caminar, encontrar una cama y una ducha y... otra vez, la misma rutina, día tras día.

Cero preocupaciones. Caminar, seguir flechas, que el agua no moje el interior de la mochila, que las molestias en los pies no impidan un nuevo paso. Poco más. 

He caminado desde Sahagún a Santiago de Compostela, junto a mi padre. Ha vuelto a ser maravilloso acompañarle, escucharle, cuidarle, buscarle galletitas y escuchar: 'Me gusta caminar contigo porque compras cosas ricas'.

Agacharnos y coger tantas castañas que nos llenaron la tripa.

Cocinar pasta y beber vino peleón. 

Reírnos ante tanta lluvia y preguntarnos el uno al otro: '¿Pero qué carajo hacemos aquí?'. 

Echar de menos a los nuestros. Y continuar caminando.

En este Camino se ha cruzado un ángel llamado Lola. Estoy segura de que cuando el loco aquel se le apareció en medio del bosque y le dijo que daba abrazos a cambio de donativo, ella -que solo pensaba en que nadie le pegara los chinches- continuó sonriendo. 

Apenas caminamos durante dos días con Javier, pero nos despedimos con un 'Os voy a echar de menos a ti y a tu padre'. Son esas cosas que solo suceden en el Camino, que añoras a quien apenas conoces.

Ha sido un placer conocer a Julia, al 'taichiman', a Gerard(o), que venía desde Holanda, y a Gema y Javier, con quienes tantas risas compartimos (y alguna jota). Sí, eso y también alguna lagrimilla al llegar a la meta. Y es que cada uno tenemos nuestra historia, y ésa, llegados a cierta edad, conlleva luces y sombras. 

Sé que la vida no es el Camino, que es otra, mucho menos confortable y más complicada, pero no quiero dejar de vivir recordando todo lo bueno que tiene el mero -y simple- hecho de caminar hacia Santiago de Compostela. Gracias a él soy mejor persona, no tengo ninguna duda. 

Keep walking, 

lunes, 20 de octubre de 2014

#viajaralariojana



Soy medio riojana. Y en estos momentos, vivo entre Pamplona y Logroño.

Por suerte, y por tener los padres que tengo, he viajado; me he aproximado también a los lugares cercanos, e incluso, he caminado y cruzado parte de La Rioja, siguiendo las flechas amarillas. Llegaba de Navarra y me fui a Burgos. 

Pero nunca es suficiente para descubrir la gran belleza que tiene esta tierra, la de mi padre, la de mis antepasados.

Este fin de semana lo he dedicado a #viajaralariojana

He paseado por San Vicente de la Sonsierra y por los campos de Ábalos. Cuando la luz del sol, de este sol de octubre que tanto calienta, empezaba a ser más anaranjada, recorrí sus campos de viñas, olivos, higueras y zarzales. Entre las rocas, descubrí lagares que evidencian actividad vitivinícola antiquísima.

También subí al cielo. Lo hice en globo (www.globosarcoiris.com). Impensable tratándose de mí, que tan poco aventurera soy. Subí y, aunque al principio mis piernas no se movían porque si lo hacían, no dejaban de temblar, fue una experiencia maravillosa.





El aire te envuelve y silencia casi todo. Menos los ladridos de los perros, allí abajo. Observé corzos correr, y cómo los pueblos y sus urbanizaciones de nueva construcción parecen dibujados con escuadra y cartabón.

Es una sensación de calma. Volvería a subir al cielo riojano y observar sus pueblos, sus bosques, las curvas del río, las piscinas en las que ya nadie se baña, los huertos tan generosos, las tareas de una vendimia que este año va retrasada y esas viñas que, poco a poco, empiezan a enrojecer.



(© Fotos La Rioja Turismo)


Subí a un punto de Álava que regala unas espectaculares vistas de La Rioja. Fue en el Puerto de Herrera, donde además compartí picnic y buen vino entre amigos.

Pero queda mucho más en esta tierra, como la sierra de Cebollera, la de Cantabria, la de la Demanda o la de Cameros.  Monasterios, castillos, bodegas, iglesias y ermitas, y quedan tantas y tantas patatas a la riojana que probar... que, tras este fin de semana en el que no me marché lejos y me quedé en lo cercano, vuelvo a decir aquello de:

¡Todos a La Rioja! ¡Todos a #viajaralariojana ya!

lunes, 6 de octubre de 2014

Adiós, Mary

Nuestra pre-boda fue el 3 de octubre. Entre esa fecha y el 5 de octubre, cuando reunimos a quienes más nos quieren y queremos, elijo la primera. Así lo sentía y, desde ayer, así será.

Porque ayer dijimos adiós a Mary.

No fue mi tía. Pero era mi tercera tía en Madrid. 

'Los lazos familiares te vienen dados, a los amigos los eliges', nos escribió ella precisamente el 5 de octubre en aquella tarde feliz. 

Ella era mi tía de corazón y una de las personas que más me ayudó en Madrid. Se convirtió en mi tía-vecina. Dormíamos separadas por una pared. Porque gracias a ella llegué, primero de alquiler, a Alonso Cano; también ella me llamó aquella mañana para informarme de que había un piso en venta en el bloque. 

Ella siempre hizo mil gestiones administrativas por mí. Ésas que yo no soporto. Me acompañó al médico. Y junto a ella, y Feli (que sí es mi tía de sangre), pasé horas y horas en su saloncito. La recordaré siempre sentada en su butaca verde. 

Ayer la despedimos y cuando dijeron que podíamos dedicarle unas palabras, me sentí incapaz. Ahora te las digo, Mary:

Te echo de menos. Has sido una jabata que superaste un primer cáncer en el que te dimos por muerta. Lástima que éste segundo ha podido contigo, pero sé que descansas.

Has sido generosa hasta el último momento. Te has muerto rápido para no incordiar. 

Y esperaste a que llegara Óscar, tu hijo, para respirar por última vez. 

Siempre te recordaré fumando. Tocando a la puerta de mi casa y diciéndome: 'Os he traído unos callos. ¿Os traigo también vino?'

Espero ser tan buena tía como tú lo has sido. Ser comprensiva, dulce y cómplice. 

Llevo en mi corazón aquella tarde de verano en la que Feli me castigó y me dejó en casa, con Margarita, mientras todos os marchabais al pantano a merendar. Tú, que siempre llevabas cinco mecheros para el Marlboro, dijiste que no tenías fuego. Volviste a por mí. 

Me dijiste que debía pedirle perdón a Feli. Y fue una de las tardes de verano que más recuerdo. 

Así eras tú, Mary. 

También guardo en la memoria otra tarde que nos llevasteis tú y Feli a merendar al molino. Cuando vuelva a casa de mis padres, buscaré la foto en la que los primos llevamos el carrito de la compra cargado y Óscar, tan pequeño, tiene esa pinta de levantador de pesas.

Con tu muerte, has conseguido que mis dos hermanos y yo ayer viajáramos durante cuatro horas. Y, como dijo Pablo, que fuera la primera vez en años que estábamos juntos tanto rato y que podíamos charlar. 

Te quiero, Mary. Y no me has jodido el día de mi primer aniversario porque siempre preferí el 3 de octubre. 

martes, 30 de septiembre de 2014

Nerua y Josean Alija




(© Foto Nerua)

Desde hacía tiempo, sentía curiosidad por la cocina de Josean Alija. El sábado le conocí y probé la gastronomía que desarrolla en Nerua

Tras la experiencia, este restaurante y este chef entran directamente en el top ten, qué digo, top five, de mis restaurantes favoritos. Porque la experiencia fue inolvidable.

No contaré qué comí ni qué bebí, que no fue solo vino... Eso lo dejo para El Hedonista, así que tendréis que leer a mi prima, Mar de Alvear, en ese fantástico magazine digital en el que ella es tan feliz. 

Apuntaré que es una suerte poder acercarme a quienes nos hacen felices en un restaurante. Josean se mostró tímido y yo muerta de la vergüenza cuando abrimos la puerta y nos dimos de bruces con la cocina. Pensé que nos habíamos equivocado, pero no, en ese restaurante se entra por la cocina, casi, casi.

Morí de emoción con cada plato y me maravilló el servicio. Ismael y Stefania, son dos de esos cracks que ensalzan el trabajo en sala. Ese oficio que tanto tiempo ha estado infravalorado, profesionales como ellos lo hacen grande.

Y como decía, es una suerte tener acceso a ellos. Tras la cena, Josean nos mostró la terraza donde en los días de calor, ofrecen el aperitivo. Charlamos tranquilamente, pese a las horas y pese a que él todavía no hubiese terminado de trabajar. Y él, de forma espontánea, nos emplazó a las 13 horas, en la puerta del Museo Guggenheim para mostrarnos los otros espacios gastronómicos. 

Allí estuvimos a la hora acordada. No hablamos solo de su cocina y de su propuesta; también charlamos largo y tendido, y asomados a ese gran ventanal sobre la ría, sobre su ciudad, los cambios vividos, la política, el invento del fútbol, la influencia de los ingleses... sobre todo eso y sobre mucho más.

Es una suerte poder acercarme a grandes chefs como él. 

Sin duda. Por todo ello, Nerua y Josean directos al top five. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

El mejor verano

Cada verano que concluye es el mejor. Siempre es así. 

Lo era en la infancia y también en la actualidad. O yo, sencillamente, me empeño en que así sea. 

El de 2014 ha vuelto a ser el mejor por su calma, el mar Mediterráneo, los girasoles y los arañazos en los brazos tras coger moras.

Ha sido otro verano más en el que recibir a infinidad de huéspedes en nuestro hostel Check In Rioja (www.checkinrioja.com). Han llegado caminando hacia Santiago de Compostela así como estudiantes extranjeros en busca de un piso en el que vivir durante el curso. También familias con niños pequeños, personas en silla de ruedas, gente maravillosa que queda en nuestro recuerdo. Me llevo grandes conversaciones, lágrimas de emoción y muchos besos. Este 2014 ha sido el de los besos de los huéspedes. Y me encanta. 

En Check In Rioja, he hablado inglés como si lo hubiese pasado enterito en Cambridge, como cuando era niña. 

Volví a la Costa Brava. Dormí por vez primera en mi hostal soñado, el Empúries (www.hostalempuries.com). Tomé su desayuno como si no hubiese cenado la noche de antes en su maravilloso restaurante, Villa Teresita. Sí, este verano he vuelto a demostrarme que soy una zampona. Lo hago en otoño, invierno, primavera...



(© Foto Hostal Empúries) 

Me bañé en la GRAN piscina de La Gavina (www.lagavina.com). Y envidié las mil historias que nos contaron sobre el pasado de este resort cinco estrellas, gran lujo. Acaricié las sedas y terciopelos que visten sus habitaciones más exclusivas. Y formulé, en voz bajita, un deseo: 'Ojalá, pase el tiempo y  Check In Rioja acumule tantas historias, tanto pasado, tanta vida'.




(© Foto La Gavina) 

Cené gambas de Palamós en una súper azotea, en Calella de Palafrugell, con habaneras de fondo. La música llegaba desde el mar. Fue gracias a Ricky y a Mónica, siempre generosos.

Dormí muchas siestas. Todas profundamente, pero la de Mas Rabiol (www.masrabiol.com) fue la mejor. Guardo el recuerdo de esa ensalada de pepino (del huerto de Gloria y Carlos) tan verde y crujiente como a mí me gusta. Fue un placer conocer a este matrimonio y compartir anécdotas. 

Cumplí más sueños. También el de cerrar los ojos y dormir casi sobre el mar, en El Far (www.elfar.net). El azul de la habitación me inspiró otra gran siesta. Me encantó que en la puerta hubiese llave. 



(© Foto El Far) 

Asimismo la hay en Mas de Torrent (www.hotelmastorrent.com). Propiedad de la misma familia y cuya colección de arte me dejó sin palabras. Fue justo antes de pasar a la terraza, ocupar una mesa y disfrutar gracias al chef Jordi Garrido y al maitre, Albert Alonso. Grandísima cena la que nos ofrecieron. 





(© Fotos Mas de Torrent) 


Y así, recorriendo la Costa Brava de 'peapá', recordé los meses de septiembre en familia, cuando éramos niños. Ah, no me olvido de otro sueño cumplido. Yo, que siempre quise 'veranear' en Cadaqués, pasé allí cinco días con sus noches. Fue gracias a la generosidad de Merçè y Víctor. En la terraza de esa bonita casa, desayunamos largo y tendido, comimos, cenamos. No tuvimos prisa para nada. 

El verano de 2014 ha tenido muchos más recuerdos vinculados con mi verdadero pueblo, Arándiga, en Zaragoza. Dormí mucho, cogí moras e hice mermelada, eché de menos a nuestra perra Kika, fallecida hace un año y con la que tantas carreras me daba por los caminos. También recordé a Jara, que también se fue antes de tiempo. 

Llegaron los niños. Hicimos empanadillas, tortilla y filetes empanados, y nos fuimos de acampada. Su primera noche en una tienda de campaña, una de tres personas en las que dormimos cinco. Bueno, Josemi, de madrugada decidió dormir en la puerta, bajo las estrellas. Fue maravilloso, oir justo antes de apagar la linterna, ese 'Tía, te quiero' de Claudia.

Me encantó nadar con ella y al salir de la piscina, verle correr alrededor y escucharle: 'Es que el abuelo me dice que dé unas vueltas siempre y que haga estiramientos'. A mí, cuando tenía su edad, también me hacía correr en la playa. 

Volvimos al Moncayo; recordé aquella salida con el colegio observando los árboles. Le dije a Claudia que distingo tantas plantas porque hice un herbario y el maestro nos examinaba. Elegía una planta cualquiera pegada en el folio, tapaba el nombre y nos preguntaba. Yo me las sabía todas. 

Regresé a Monteagudo de las Vicarías, en Soria. Y aunque solo fueron dos días, fue tiempo suficiente para sentir que mi casa está donde está mi amor, pero que mis pequeños paraísos me llenan de oxígeno fresco. 

Adiós, verano. Hola, otoño. 

martes, 2 de septiembre de 2014

Solo en Madrid

Las tostadas del desayuno con tomate y aceite saben a gloria.

Las distancias de cinco minutos no son tal. Recuerdo aquella vez, en Zahara de los Atunes, junto al faro, cuando me preguntaron dos personas si la playa de abajo estaba lejos o cerca. Les dije: 'Unos cinco minutos'. Y me respondieron: '¿Pero cinco minutos de Madrid'?.

Todos los días es carnaval. Todos.

Las cañas las tiran como en ningún otro lugar. Como en ninguno. 

La gente te habla porque sí. Y eso, cuando te vas a vivir a una ciudad como Pamplona, tan hermética, se echa de menos. 

Su cielo y su luz son únicos.

Existe el parque del Retiro, en el que pasear, correr, quedarse al sol y no querer marcharse. Y el Jardín Botánico, en el que antes, cuando era gratis, yo tantas veces fui a comer un sándwich y a echarme la siesta a un banco. 

Todavía puedes encontrar pequeñas tiendas en las que comprar donuts de forma individual. Te los entregan, como antes, con un trocito de papel a modo de servilleta.

Existen fábricas de churros y de patatas fritas para perder la cabeza. 

El edificio de Telefónica, pese a que su reloj ahora luzca azul y no aquel rojo-rosa de antes, es la imagen más poética de la ciudad.

Y como el anterior, siguen iluminando los neones más bonitos. 

Solo esto es posible en Madrid. Y sí, aunque no quiera admitirlo y aunque la felicidad se lleve dentro y te acompañe allá donde tú vayas, yo te echo de menos, Madrid. Y mucho. 

martes, 12 de agosto de 2014

Su abuelo. Mi padre

Mi abuelo materno se llamaba Juan. A mi abuela, Benita, no la conocí.

Mi abuelo paterno creció llamándose Dámaso y resultó que su nombre era otro: Constancio. Y con mi abuela Teresa, nunca tuve feeling. 

Me acuerdo de ellos dos. De Juan y sus ojos de un verde que se perdía en el azul. De sus manos huesudas y de la propina de los domingos. De su sillón de anea, del bastón y de la cara de pillo que ponía cuando mi madre le decía: 'Padre, no coma caquis en la cama, que dejan mancha negra'.

Al abuelo con los dos nombres, al que yo siempre llamé por el segundo, le recuerdo paseando por el parque grande de Zaragoza. Con gabardina y sordera. Y yo le gritaba: 'Abuelo'.

Juan murió en un hospital de Madrid y a Constancio ojalá nunca le hubiese visto por última vez. En esa cama, consumido. Ojalá me hubiese quedado con su imagen: fuerte, esbelto. Constancio es como mi padre, o mi padre es como él, mejor dicho.

Y tengo la certeza de que Claudia, Diego y Álvaro van a tener maravillosos recuerdos de él. Siempre. 

Claudia porque le ha enseñado a tirarse de cabeza a la piscina. Menos mal que ya sabía nadar y no sufrió, como yo, aprender a prueba de ser lanzada, una y otra vez, en los tres metros. Y, claro, salir como buenamente podía.  

Diego porque han paseado cada uno en su bici mientras el pequeño gritaba a todo el pueblo: 'Mi abuelo sabe ir en bici'. 

Y Álvaro porque no acaban de llevarse bien. 

El otro día, Claudia manifestó su admiración en una sola frase: 'El abuelo sabe hasta construir casas de madera'. Y ese 'hasta' me emocionó. 

Tener recuerdos es algo que deberíamos desear y, claro, provocar. 

Mi padre ahora es abuelo. Tiene 70 años, aunque no lo parezca. Mi padre siempre me ha cuidado, protegido y calmado. Pero ahora ya toca el relevo generacional. Un paso que nosotros, creo, dimos en noviembre cuando caminamos juntos desde Pamplona y hasta Villafranca Montes de Oca. 

Entonces, se cambiaron los papeles. Y yo era quien cuidaba. 

No quiero olvidar nunca todo el amor que él y mi madre me han dado, sin esperar nada a cambio.

También voy a procurar recordar aquella carta de una madre a una hija en la que le pedía, con argumentos, que, por favor, no le mandara callar, no le quitara la razón ni le tratara como si fuera tonta.

Yo también lo hago, sin darme cuenta de que él y ella, mis padres, siempre serán mayores y más sabios que yo. Aunque el relevo ya lo hayamos aceptado. 


lunes, 4 de agosto de 2014

Un hotel entre todos, solo uno.

Cuando era pequeña nunca creí que llegaría a dormir en tantos hoteles.

Cuando era pequeña, por supuesto, nunca imaginé que tendría uno, un hostel pequeñito y humilde. Soñaba con tener una tienda de ultramarinos y vender buenas latas de conservas, legumbres a granel y verdura de calidad. Ése era mi sueño, de veras. 

Ahora, que soy mayor, por suerte tengo varios trabajos. Gracias a uno visito hoteles sobre los que luego escribo y en el otro, en Check In Rioja (www.checkinrioja.com), recibo a viajeros de todo el mundo que buscan un hogar pasajero. 

Y siendo niña nunca pensé que algún día dormiría en aquel hotel. El que cada mes de septiembre que volví con mi familia a disfrutar de unos días de playa a La Escala y, luego, a San Martín de Ampurias, despertaba en mí una fuerte atracción. 

Así que yo que, tanto se lo pedí y rogué al universo, hace unas semanas, disfruté de una noche de tormenta en el Hostal Empúries (www.hostalempuries.com). Creí no dormir de la emoción. Y como cuando era niña, me desperté temprano, me calcé las zapatillas y corrí bajo la lluvia hasta La Escala. 





Busqué aquellos baños en los que entraba cuando paraba a tomar una coca cola. Entraba a ellos aunque no lo necesitara con el deseo de poder ir más lejos, y llegar hasta las habitaciones. Pero siempre fui una niña prudente y no me saltaba las normas en los terrenos desconocidos. En mi pueblo: casi todas. 

Charlé con dos hermanas que siempre pasaron sus veranos en el hostal; ellas también recordaban esos baños y la recepción con un punto desvencijado. Esa atmósfera decadente, de belleza descuidada. 





En Hostal Empúries cené como en pocos lugares. Fue en Villa Teresita, el restaurante que mantiene el nombre original. El responsable es el chef Rafa Peña y su equipo. Destaca la exquisita oferta de pescados y vegetales apenas intervenidos. Muchos de ellos del propio huerto, y todos próximos, con una trazabilidad reconocida.







(© Fotos Hostal Empúries) 

Dormí como en mis mejores sueños, desperté junto a quien amo y tomé un desayuno que tardaré en olvidar. Sí, ese sándwich vegetal y ese cruasán se merecen una parcela en mi memoria por mucho tiempo. Ellos y las fresas, que sabían a fresas. 

El hotel de mi infancia es sostenible. Aunque los huéspedes dejen el grifo abierto, el agua no se pierde: se reutiliza. En los jardines, hay plantas autóctonas, recuperadas, que no precisan riego extra y el pan se elabora con un trigo antiguo, de xeixa, que trajeron los romanos y que cayó en desuso. Ellos lo han recuperado y sacado su máximo partido. Es sabroso y nutritivo. 

Nunca antes, apagué la luz pensando que no podría dormir por la emoción. Gracias, universo, por devolverme lo que pedí. Te debo una. 

lunes, 28 de julio de 2014

Mañanas de domingo

Mañanas de ese día que me encanta, el domingo, en las que ejerces como jurado. Y no es un juego porque para ellos, para los participantes, es serio e ilusionante. Ayer, pasé la mañana tan ricamente en Labastida, municipio alavés que ha promovido su primer tour de pinchos, con concurso incluido. 




De 14 bares que hay en el pueblo, participaron 13. Sí, tomé las 13 propuestas con sus respectivos vinos. Afortunadamente con el tiempo he aprendido a no ser glotona y, aunque me cueste, no 'rebaño' el platillo ni termino la copa. 

He ejercido como jurado tres veces. Y en las tres ocasiones me he preguntado: ¿Quién soy yo para puntuar el trabajo de estas personas? Muchas veces, profesionales, otras aspirantes, pero siempre entusiastas de lo que hacen. 

En las dos primeras, fue Carlos Moreno, mi barman favorito, el que me lo propuso o hizo que me lo propusieran. En ambas se trató de coctelería. Bebí -mucho-, me reí, aprendí y aluciné positivamente con lo que se puede llegar a mezclar y servir en una copa. 

Ayer, volví a quedarme con la boca abierta ante mucha creatividad. Eran profesionales que llevan largo tiempo detrás de una barra y que nada tenían que demostrar. Si bien, aceptaron el reto que lanzó la alcaldía y se la jugaron ante nosotros, el jurado formado por chefs y periodistas, y los vecinos del pueblo y curiosos que, durante todo el fin de semana, se han acercado y que votaron su favorito.

Como jurado en Labastida me he demostrado que soy generosa. De hecho, fui la única que otorgó tres 10. Los merecían, sin duda. 

Ganó uno de esos tres. Bar Vanerik (Frontín, 27) con su esferificación inversa de salmorejo sobre crujiente de jamón, emulsión de aceite de Rioja Alavesa y huevito de codorniz. Ahí es nada para un bar de un pueblo de poco más de 1.500 habitantes. No olvidemos ese dato.

Me encantó El Bodegón (Frontín, 30) y su hamburguesita de crujiente de careta con tomate alavés al foie. También la ensaladilla rusa de Bar Bastida's (Frontín, 22) porque a mí con una ensaladilla se me gana casi siempre. 

Volvería probar encantada la propuesta de Petralanda (Varajuela, 2): nido de berenjena con ajoarriero y dulce de tomate. Este último, además, mereció el premio de mejor maridaje. Porque no olvidemos que etiquetas como las de Mitarte o Tierra, competían, y mucho, en calidad. 

Un pequeño consejo -yo que tanto tengo que aprender-: señores cocineros y propietarios de restaurantes, no busquen nombres raros que supuestamente otorgan un 'nosequé' especial, no lo hagan; elijan la sencillez para describir lo que han cocinado. Ni más ni menos. Es lo que nos gusta a la mayoría. Porque el tomate es tomate y punto. 

Y, por favor, anímense a participar en este tipo de iniciativas, divertidas, que son el gancho perfecto para atraer clientes y que supone superarse y demostrar, claro que sí, que se es muy bueno. Muchas veces mejor de lo que uno y los demás creen. 

Y yo, encantada de volver a ser jurado otra mañana de domingo. La cuestión es comer... 

miércoles, 25 de junio de 2014

Palosanto y su ventana

Pensé que tenía dos hermanos, pero resulta que tengo tres:

Nacho.

Pablo.

Y Edi.

Él es mi hermano colombiano, que llegó sin lazos de sangre, que apareció en mi primer Camino de Santiago. Junto a él seguí las flechas amarillas en 2009, lloré mis ampollas y otras cuitas peregrinas. 




Con él, y con Nacho, al acabar cada etapa disfruté de ese gran placer llamado Estrella de Galicia. Con él pensé que moría de la risa en plena madrugada calurosa, en un bosque, al oírle hablar inglés. 'Pero rubia, no te rías, que no sé cómo se dice'. Tantas risas, tantos kilómetros y, por mi parte, muchas lágrimas.  

Ha pasado el tiempo, y los dos hemos dado alguna vuelta vital y profesional. Por eso, me emociona hablar de su bar-restaurantito. Se llama Palosanto y tiene muy buena energía. Empieza a acumularla porque acaba de abrir, pero llegará mucha, mucha más gracias al cariño que él y su equipo le ponen y también, cómo no, a la que aportarán los clientes.







Palosanto es bonito, tiene una ventana-puerta y en ella hay una mesa, que es mi favorita. 





Estos días de atrás, he pasado más de un ratito viendo que en Madrid, como dice mi amor, 'siempre es carnaval'. Siempre es esa maravillosa ciudad en la que me cruzo, todavía, con rostros conocidos. 

Edi presume de terraza, la más grande de la Plaza de Chueca, pero no quiere ser solo eso: la terraza de las cañas. Desea que Palosanto sea conocido como un coqueto restaurante en el que se como rico, sin complicaciones pero muy rico. Y que suceda así cuando los días de frío no traigan ganas de terraza y sí de calorcito, dentro. 

Adoro su pizza, me divierte el 'pancook' de langostinos y curry, que está, efectivamente, para chuparse los dedos.




(© Fotos Palosanto)


Son buenísimos esos langostinos con crema de queso, las alitas de pollo...  

Pero lo mejor es que vayáis y conozcáis a mi hermano. 

Os espera en el número 8 de la Plaza de Chueca, junto a esa maravillosa tienda llamada L'Habilleur.

Disfrutemos de la semana y busquemos lugares bonitos, tanto como Palosanto

lunes, 9 de junio de 2014

Federica y su patio

Hay personas que anuncian lo que será moda. Ellas, que no son demasiadas, van por delante del resto. Siempre he pensado que Federica Barbaranelli pertenece a dicha categoría. Fruto de buen gusto, es ese patio ajardinado que se llama Federica&Co (Hermosilla, 16. Madrid. www.federicaandco.com).




También sabe levantarse tras una caída. El pasado 25 de marzo, horas antes de celebrar un mercadillo gastronómico, se incendió el espacio. Apenas unas semanas después, reinaugura; y a su propuesta no le falta encanto. 




En esta etapa, además, retoma con mucha ilusión los cursos de cocina. Le apasiona reunir gente enamorada de la buena mesa y compartir los trucos más sabrosos. En sus clases, precisamente, se degustarán las verduras del nuevo huerto. Tomates, lechugas, pepinos... solo queda que crezcan. 

El jardín cobra más protagonismo y en él se contemplan las piezas traídas de Francia. Ésas que luego todo el mundo trajo y comercializó... Al principio de estas líneas hablaba de quienes adelantan las modas, pues eso.




Le acompañan y comparten espacio, que de eso se trata, Mimoki y sus bonitos tocados; los diseños femeninos de Yellow&Stone, Le Circus y Le Coquette. 




También los complementos de Living International, las colección para niños de Luna de Plata, los artículos de decoración de 98&Yu y las flores de Savia Bruta.




(© Fotos Federica&Co)


Renovado, rebonito. Me gusta que Federica&Co siga siendo ese precioso patio al que yo vuelvo cuando visito mi antigua ciudad, Madrid. 

lunes, 2 de junio de 2014

Esto es una piscinACA

Cuando digo que nuestro viaje de novios terminó en Benidorm todo el mundo parpadea repetidamente y no sabe qué decir.

Sí, en Benidorm ¿y qué?

Bueno, a unos kilómetros de allí, pero a la distancia justa para admirar su skyline. Porque lo tiene y, a mí que los rascacielos me dejan sin palabras, esta silueta justo frente al mar, me fascinó.

Nuestro viaje de novios tuvo como parada final el Hotel Asia Gardens (www.asiagardens.es).

Es un jardín botánico con hotel incluido. Sus dimensiones son tan grandes que no pude apartarme del mapa y, aún así, me perdí. Pero hacerlo dentro de tanta vegetación fue un gusto.

El spa... maravilloso, cierto, pero si de algo no puedo olvidarme es de esa piscinACA.




Sí, así escrito. Con esas letras, las nueve, y las últimas en mayúsculas. Porque tenía el agua templada, cristalina y con la profundidad adecuada. Yo debí salir cuando mis manos y mis pies no admitían más arrugas.

En Asia Gardens existen más piscinas en las que sumergirse ya que el agua es uno de los motores de este maravilloso hotel. Es vida para las plantas y los peces que en él habitan, y recreo para los huéspedes. Hay más, como digo, y en algunas no está permitida la entrada de niños (¡BIEN!).



(© Fotos Asia Gardens)

No es preciso viajar a Asia si no se tiene tiempo o dinero. Basta con meter moneditas en una hucha y reservar un fin de semana a unos kilómetros de Benidorm. 

La escapada merece la pena... Si volviera a casarme tengo claro dónde terminaría mi viaje de novios. 

lunes, 26 de mayo de 2014

De cruasanes y palmeras

Recuerdo un verano en el que estaban mis primas con nosotros. El panadero del pueblo de al lado venía en la furgoneta y mi madre compraba bolsas de cruasanes. Por encima, tenían una capa de fino almíbar... 

A veces no llegaban a la tarde. Y mi madre solía esconderlos en algún lugar. El habitual -y que conocíamos de memoria- era esa olla grande de color rojo en la que, llegado el mes de septiembre, preparaba las conservas.

Hasta aquí todo parece normal. Pero no lo es porque adquirir cruasanes en mi pequeño pueblo no era tarea fácil. Ni donuts u otras delicias, quizá por eso, en la actualidad, sufro tal adicción.

Me encantan los cruasanes. Sobre todo, con leche fría y cola cao. 

Los de la panadería de la Avda. Navarra, Viena, en Logroño.

Los de esa cafetería de otra época de la Plaza San Ildefonso, en Madrid. Nunca sé cómo se llama pero sí sé que me gustan sus cruasanes. No son demasiado dulces y me encantan.




Ahora, todo el mundo habla de los de Fonty. Así que he ido y he regresado, pero he llegado tarde para probarlos. Parece ser que, a partir de media tarde, no suelen quedar. Se agotaron: todos.

En su lugar, y dado que fui dos tardes seguidas, opté por otras cositas:





(© Fotos Fonty)

Y si los cruasanes, con sabor a mantequilla, ni 'chiclosos' ni tampoco con demasiado hojaldre, me fascinan, qué decir de las palmeras de chocolates o de las recubiertas con confitura de melocotón.

En Pamplona, son deliciosas las de Confiterías Goya, todo un clásico de Vitoria que cuenta con sucursal navarra. De sus famosos vasquitos y nesquitas hablamos otro día. Seguro que la lata os suena.


(© Foto Confiterías Goya)


Y si continuamos en Pamplona buscando bollos y otros dulces, ese obrador humilde de la calle Estafeta del cual desconozco el nombre, ¿Beatriz?, es la mejor dirección para pecar... ay, de sus mini napolitanas con chocolate con leche o blanco.

¡Ay, ay! 


lunes, 19 de mayo de 2014

Sobre la muerte (y la vida)

Creo que no estamos educados para la muerte. No pensamos sobre ella. No nos preparamos para su llegada.

Es como la vida, solo que la otra cara de la moneda. Como nos resistimos a que ocupe algún minuto de nuestro tiempo, cuando irrumpe siempre causa un efecto devastador.

Su llegada nunca será bienvenida, obvio, pero si nos educaran para asumirla, quizá el duelo sería un poquito menos duro. Un poquito, solo eso.

Todo ello viene a colación de dos libros que he leído recientemente y de una película.

El primero es La Isla, de Giani Stuparich y editado por esa gran y delicada colección llamada 'Minúscula', que reúne otros títulos tan maravillosos como Verde Agua, escrito por Marisa Madieri.



Pero vuelvo al primer volumen. Es un librito pequeño, pero cuya lectura requiere pausas. Sí, para respirar y continuar. Es el viaje de un padre y un hijo a la isla en la que nació el primero. A ella desea viajar en sus últimos días. Y para ambos supone un paréntesis para recordar y volver a quererse. Esto es, una despedida serena.

La cocinera de Himmler, firmado por Franz-Olivier Giesbert. Devoré literalmente este volumen en apenas 24 horas. En primera persona narra la historia de esa cocinera llamada Rose. Larga vida la suya que permite páginas y páginas de un canto a la existencia y a las muertes que quedan por el camino.



Una oda al sexo, a la libertad, a los derechos humanos... una maravillosa novela que enseña a tomar impulso tras cada tropiezo.

Y la película no es otra que Amor, de Michael Haneke. No fui capaz de verla de principio a fin; necesité tres sesiones, tres trocitos para digerir tanta pena. Y tanta generosidad. 


(© Fotos CyC)

Es lunes, empieza la semana, la gente vive y la gente muere. No lo olvidemos, nos ayudará. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Todas esas cositas

Cuando era pequeña nunca tuve pegatinas de Tarta de Fresa ni de otras muñecas, de esas que tenían purpurina. El objeto más preciado que conseguí fue un estuche de plástico rígido, color amarillo. Eso y unas mini pinzas y unos mini imanes que me regaló Aurora, la practicante amiga de mi madre.

No tenía rotuladores ni bolígrafos chulos. Tenía los básicos y necesarios. 

Ahora, me encanta abrir el estuche de Claudia y mirar todo lo que guarda. Por eso, echo de menos que a Pamplona no haya llegado Tiger (www.tiger-stores.es) ni tiendas como Soufflé (www.soufflemadrid.com). 





Y aunque no soy nada manitas y suspendía Plástica, me gusta tener celos con dibujos y colores; cordones y pegatinas que luego no sé cómo utilizar.






El hecho de no tenerlas en la infancia hace que, ahora que soy adulta, disfrute en espacios como Soufflé, lleno de caprichos y cositas bonitas. 



(© Fotos Soufflé)

¿Quién se anima a abrir algo parecido en Pamplona? Prometo comprar casi todas las semanas...