miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mayores. Y sabios





Recuerdo cómo eran aquellos paseos hasta el lavadero y el río, aquellos días junto a mi abuelo Juan. Él se sentaba siempre en el mismo lugar del sofá y me gustaba acariciar sus manos huesudas, con las venas marcadas y las palmas suaves. Suaves a pesar de haber trabajado en el campo.

También recuerdo a mi abuelo Constancio. Ver su alta silueta, vestido con gabardina, paseando por el parque. 

Me gustan las personas mayores. Siempre me he sentido cómoda a su lado. 

Su presencia me reconforta. No sé cómo explicarlo, pero cuando estoy junto a una persona mayor que camina, se mueve y se expresa lentamente, consigue calmarme. Tener que acomodarme a su ritmo, genera en mí una especie de paz. Es relajante.

Desde hacia varias semanas, cada martes a las 13 horas, tengo una cita. Acudo a la puerta de Lorebourne Centre y me reúno con un grupo de señoras mayores, algunas ancianas, para dar un paseo durante una hora. 

Las hay ágiles, pero la mayoría con cada paso mueven una larga cantidad de experiencias y años. Y eso se nota. 

Así que yo he aprendido a caminar despacio. 

Resulta una suerte de ejercicio de eso que ahora está tan de moda y que se llama Mindfulness. Debo concentrarme en el momento presente, en el simple hecho de caminar en su compañía, sin pensar que yo podría llegar más rápido. Entonces, recuerdo esa canción de Drexler que tanto me gusta: "Amar la trama más que el desenlace".

Cuando llegué a Dumfries, quise ser voluntaria. La experiencia en Pamplona, tanto en Cruz Roja como en París 365, fue muy positiva y quería repetir. Fue necesario entrevistarme con tres personas diferentes que me explicaron que debían comprobar mis antecedentes penales y que para ello, debía entregarles las direcciones en las que había vivido en los últimos cinco años. Me he rebelado. No las he facilitado y dije que no lo haría. 

No estoy de acuerdo con un sistema que sospecha de las personas. Supongo que es fácil entenderlo, pero yo no quiero hacerlo. Supongo que es un simple trámite.

Quería compartir mi tiempo con algún anciano que necesitara un poquito de compañía. Además, no creo que sirva de nada saber que nunca infringí la ley. Quizá no lo hice y lo haga ahora. ¿Y si fui delincuente, no podría ser voluntaria? 

Pero la vida, casi siempre, te brinda lo que buscabas. Así que sin ser oficialmente voluntaria, durante los paseo con Paths for all, camino al final, junto a las que necesitan un ritmo más bajo, y cuando debemos cruzar, o si viene un coche o bicicleta, aviso y presto atención para que no suceda nada. Todas me lo agradecen. 

Me siento una privilegiada por poder escuchar las historias de sus vidas. Aquellos años en los que trabajaban, muchas como enfermeras, otras como camareras. Me gusta que me expliquen cuántos hijos y cuántos nietos tienen, y qué van a hacer en Navidad. 

Y que me pregunten acerca de nuestras celebraciones, si también nos reunimos en familia y que quieran saber qué comemos en unas fechas tan señaladas. Ayer, una de ellas me dijo que al hablar de mis seres queridos, sonreía de una forma especial. 

Me siento feliz caminando con ellas y compartiendo, después, un chocolate caliente y un scoon con mantequilla y mermelada. 

Me reconforta escucharles decir que la vida continúa cuando has perdido a tu pareja. Que hay que seguir y buscar nuevos amigos, actividades que te ayuden a salir de casa y a sentirte activo. 

Me gustan las personas mayores. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

It was long ago

Hoy he despertado con hambre. Y con el recuerdo de un olor especial. 

Hoy he despertado sintiendo que volvía a entrar a la panadería de Monteagudo de las Vicarías, escuchaba el particular ruido de la puerta, y notaba el olor a pan y a tortas. 

Cuando era niña, yo no solía comer torta; solo ocasionalmente. Eva, sin embargo, merendaba cada tarde un buen trozo con nocilla. Me encantaba ese olor a masa horneada. 

Recuerdos.

El otro día, leí un poema sobre un recuerdo de infancia. De cómo es posible guardar en la memoria, como si sucediera en este preciso instante, colores, olores y sabores. 




No sé cómo funciona el apartado de los recuerdos y si todos tenemos la misma capacidad para generarlos y hacerlo con una u otra intensidad. Supongo que es diferente. Yo siempre he sido muy recordadora, pero ahora, quizá por encontrarme lejos de casa y de los míos, quizá por la edad, recupero más que nunca algunos maravillosos. 

Recuerdo cómo cuando íbamos en familia a Zaragoza y hacíamos la compra en el supermercado de El Corte Inglés, mi padre, a escondidas, siempre cogía una gran bolsa de cacahuetes. Y mi madre siempre le decía: ¡José Luis!

Cómo era acariciar a nuestro perro, Ruscus. Y cómo cuando me caí y me hice una herida en la rodilla, él vino a ayudarme. 




Cómo eran mis zapatos de charol de los domingos, que yo limpiaba cuidadosamente con leche. 

Recuerdo, como si fuera ahora mismo, hacer la mudanza de una casa a otra, en Arándiga. Recuerdo llevar los medicamentos de la antigua farmacia a la nueva, en una carretilla. Los botes de mercromina, las cajas de esparadrapo. 

También mi chandal rojo y azul con una especie de V en el pecho. Recuerdo cómo me gustaba porque sentía que era uno de los lagartos de la serie de televisión.




Recuerdo cuando salíamos al campo con la escuela y buscábamos fósiles y orquídeas silvestres, pequeñas y de color marrón. 

Cómo en esa foto la única niña que no tiene un bollo soy yo y, sin embargo, no perdí la sonrisa.

Cómo estando en el colegio, llegó un fotógrafo para hacernos fotos individuales. Y a mí no me gustó nada la experiencia. 




Cómo el día que nos hicieron la foto de grupo en parvulitos, yo me olvidé el baby, y no solté mi libro ni la bolsa con galletas. 

Recuerdo que en la infancia supe que había niños malos e intuí que luego se convertían en malas personas. Creo que no me equivoqué.

Recuerdo el río y las acequias. Los botones de oro y soplar abuelitos. Robar fresas. Y albaricoques. 

También las luciérnagas cuando bajábamos al lavadero durante las cálidas noches de verano. 

Recuerdo cómo mi padre cogió una madera que sobró de la nueva cocina y nos hizo la mejor patineta del mundo. Lo que no recuerdo es el número de veces que me tiré por la cuesta ni el número de leotardos que rompí. 

Recuerdo aquella excursión en bici hasta Purroy en la que yo iba agarrada a su cintura, sentada sobre aquel cojín de color azul. 

Recuerdo cómo asábamos ajos en la antigua cocina de leña del sótano y cómo pusimos al rojo vivo aquella pieza de hierro y marcamos mi nombre y apellido en el banco. 





Recuerdo. Recuerdos. 


lunes, 21 de noviembre de 2016

Comunicarse





Ayer me llamó Claudia, mi sobrina. Quería darme las gracias porque había recibido la carta que le envié con las firmas y dedicatorias de un grupo de periodistas con los que viajé hace unas semanas. 

De entre todas, aseguró que le había hecho especial ilusión encontrar a una periodista de Australia que le contaba que en el lugar en el que ella nació hay muchos melocotones. Y es que en el colegio, justo en estos días, le están explicando los aspectos más relevantes de dicho país. 

Le pregunté si había leído la carta que acompañaba a las firmas. Sin pensar en las consecuencias de su respuesta, me dijo, que a medias. 

¿Cómo?. Le respondí. 

Y añadí: ¿Tu tía te escribe una carta con todo su amor y no tienes tiempo para leerla? 

Y ella que no suele alterarse por casi nada, me explicó que le interesaban más las firmas y dedicatorias. También le dije que a nosotros nos haría mucha ilusión recibir una carta de su parte y me dijo algo así como: "Lo valoraré". En fin, no debo olvidar que es una niña. 

Afortunadamente, arregló el desaguisado emocional porque, a continuación, me contó que tiene su propia cuenta de correo electrónico y que le gustaría que nos comunicáramos por esa vía. Me preguntó si le podría enviar fotos y le dije que por supuesto. 

Me gustó la conversación porque le expliqué lo que significa comunicarse. Le dije que no es recibir una carta o un email de alguien que se ha tomado su tiempo e interés hacia ti para contarte cómo se encuentra, qué ha hecho y quizá qué va a hacer próximamente, y no responder. 

Quizá no en ese preciso instante, y mucho menos con prisas, pero hay que encontrar unos minutos de calma para escribirle. Para contestar a sus preguntas, si las hizo, y decirle qué hay de nuevo en tu vida o cómo te sientes. No se trata de escribir cinco folios ni tampoco medio. De modo que este ejercicio exige la oportuna reflexión para seleccionar lo verdaderamente relevante y contarlo de una forma concisa, pero atractiva. 

Le expliqué que escribir a mano implica hacerlo con mayor cuidado. Esforzarse para que la caligrafía sea clara, para que no cometamos faltas de ortografía y tengamos que tirar la carta y empezar de nuevo. 

Aunque no es lo mismo que recibir una carta de papel, abrirla y leerla para luego guardarla, me gustó que saliera de ella que nos comunicáramos por esta nueva vía. 

Me dijo que le parecía muy bien y que hoy, lunes, se conectaría para comprobar si yo le había escrito.

Claro que lo he hecho.  Y espero su respuesta. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Food is memories





La comida es muy importante en mi vida. No solo porque ella y yo estamos vinculadas profesionalmente, y es un placer, sino también porque es parte de mi historia, de mis recuerdos. 

Con frecuencia, cuando preparo algún plato o lo degusto, en mi cerebro se activa una tecla y recupero un sensación agradable. Quizá es un sabor, un aroma, un momento, un lugar o una persona. Es, en definitiva, un recuerdo.

Por aquí dicen: 'Food is memories'. Y en mi caso, sin duda alguna, así funciona. 

Cuando escribo esto, vuelve a mi memoria aquella cena en elBulli. La experiencia fue increíble desde el primer momento, pero alcanzó un punto máximo cuando ante mis ojos apareció aquella ensalada de caquis. Entonces, recordé a mi abuelo Juan. 

Él vivía con nosotros tres meses al año. Desde septiembre y hasta enero. Creo que su hija y su nieta, es decir yo, hemos heredado su afición por comer por la noche. Sí, despertarnos, ir a la cocina y comer para luego, sin lavarnos los dientes, volver a la cama. Lo sé: ¡Qué mala costumbre!

Aquella noche, en una cala bañada por el Mediterráneo, el recuerdo fue intenso y vívido porque mi abuelo Juan solía comer caquis en la cama. Y cada mañana, el diálogo se repetía: 

¡Padre, no coma caquis en la cama!

Pero, hija, si no como.

Padre, sí come porque los caquis dejan mancha. 

Así era cada año cuando él nos acompañaba. Siempre aparecían manchas en las sábanas y él lo negaba. Siempre el mismo diálogo y sus nietos muertos de la risa. Este sábado, en Dumfries, volvió a mi memoria otro recuerdo enorme. Y maravilloso. 

Lucille y Guillaume nos invitaron a cenar en su casa, junto a sus hijas. Como era un día frío, habían preparado una cena popular en Francia cuando las temperaturas bajan: raclette. 

Era la primera vez que yo disfrutaba de esta tradición. Sobre todo me gustó porque se trata de una cena que requiere paciencia para disfrutarla. Debes esperar a que el queso se funda para luego ponerlo sobre las patatas, los encurtidos y el fiambre. Y mientras esto sucede, sigues charlando, tomas otra copa de vino o piensas en lo rico que está todo.

La raclette me recordó las fondue de mi infancia. Solíamos celebrarlas en domingo. Nunca fueron de queso, siempre eran de carne. Me divertía la preparación. Idear junto a mi madre el mayor número de salsas para luego colocar en la mesa, la fondue con el aceite caliente y multitud de boles alrededor. 

Recuerdo que nos poníamos nerviosos hasta que saciábamos el apetito con los primeros trozos de carne. También vuelven a mi memoria las discusiones y bromas porque cada uno tenía asignado un color de tenedor y siempre otro se lo quitaba porque no podía esperar más.

Recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, a mi madre y a mi padre diciéndonos que tuviésemos cuidado con el aceite porque nos podíamos quemar. 

He pensado que cuando vuelva a casa, quizá le proponga a mi madre crear un bonito recuerdo en la memoria de mis sobrinos e invitarles a su primera fondue. 

Food is memories, no dejemos de alimentar por tanto nuestros recuerdos. No comamos simplemente por el hecho de alimentarnos. Disfrutemos de ello. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Keep walking



Confío en el poder terapéutico de una acción tan sencilla como caminar. 

Pasé la mejor infancia posible en un pueblo en el que, a primera vista, no había demasiados planes que hacer y, sin embargo, viví multitud de aventuras. Las mejores. Nunca me aburrí. Creo que ni un solo día. 

Somos tres hermanos y mis padres siempre se esforzaron, y todavía hoy lo hacen, por que creciéramos unidos. Así, el ocio familiar se resumía en un gran paseo cada sábado y cada domingo, después de comer. Nosotros apenas veíamos la tele. 

Recuerdo perfectamente aquellos recorridos por los caminos de mi pueblo, junto al río o quizá cerca de alguna acequia. Cierro los ojos y nos veo caminando bajo los olivos, tirándole piedras a alguno de nuestros perros: Ruscus, Remo, Jara... Recogiendo flores, comentando con mi madre el nombre de las plantas. Los paseos, naturalmente, suponían largas conversaciones. Y eso, suele unir. 

Quizá por esta costumbre íntimamente vinculada a mi familia, caminar es importante para mí. Cuando nos encontramos en el pueblo, seguimos haciéndolo y ése es el mejor plan con mis sobrinos. 

Hace algunos años, mi padre y mi hermano Nacho me introdujeron en otro gran camino, el de Santiago. Y trabajando como hospitalera en Check In Rioja y dirigiendo mis pasos tras las flechas amarillas, he creído firmemente en que caminar es necesario, sencillo y reparador. 

Ayer volví a ser consciente de lo importante y saludable que es. Y si es acompañado, mejor todavía. Pese al mal tiempo o a la pereza. 

Conocí a Margaret en Incredible Edible, el grupo de jardinería en el que participo como voluntaria. Le comenté que quería salir a correr con alguien porque me costaba hacerlo sola. Ella y Jill me animaron a crear un grupo en Facebook, y así lo hice. Desde hace unas semanas, salgo cada lunes y miércoles. A las 5.30 horas dirijo mis pasos hasta la iglesia del campus y espero unos minutos. Hasta la fecha, no he corrido sola porque había alguien para compartir conmigo la carrera.

Aquel día, Margaret me preguntó si me gustaba caminar. Le dije que sí y me explicó que los martes, a las 13.00 horas, se reunían en el centro y caminaban durante una hora. Le prometí acercarme y ayer, lo hice. 

La sorpresa fue que me encontré con un gran grupo. Conté 20 mujeres, de diferentes edades. Formaron dos grupos y Margaret fue a la cabeza de uno de ellos. Ella es una mujer muy activa y entre las tareas que desempeña se encuentra la de voluntaria en Paths for all

Disfruté de un agradable paseo, sin prisa y junto a la otra voluntaria que cerraba el grupo, que estaba atenta para que nadie se quedara atrás. 

Paseamos por una zona del río que no conocía. Charlamos sobre la vida en Dumfries, sobre las ovejas, las vacas... Después, fuimos a un lugar que me gusta especialmente, the The Usual Place, para tomar un café y seguir charlando.

Cada día, hay un registro de las personas que participan en los paseos. Es decir, una lista que se debe firmar. Además, yo rellené y entregué el formulario porque me gustaría volver. 

Me di cuenta de que algunas las mujeres tenían problemas de salud y supe que han llegado hasta allí porque su médico de cabecera lo creyó conveniente. Los voluntarios conocen estos detalles y prestan atención, por ejemplo, a la continuidad. 

Sin duda, caminar funciona. Márcate un día y una hora, busca a alguien y camina. 

Keep walking!

lunes, 7 de noviembre de 2016

Una galería y seis tiendas en Edimburgo

Tras diez días fuera de casa, de nuevo me encuentro en Dumfries. Envuelta por la calma de la vida en el campus, impresionada por el color de los árboles y por cómo caen sus hojas a modo de nieve. También agradecida porque no llueve y luce el sol. Tanto que ayer, que no había nada de niebla, pudimos ver el mar desde aquí. Y el mar siempre trae consigo agradables sensaciones.

Los días anteriores tuve la oportunidad de viajar y conocer Escocia y también Inglaterra. Viajar siempre es buena idea. Conocí un poco mejor Edimburgo y hoy me quedo con una galería y seis tiendas de esta ciudad.  

No contaba con demasiado tiempo y mi primera parada fue la Galería Nacional. En primer lugar cabe destacar que en Reino Unido la entrada para visitar las colecciones permanentes de fundaciones, museos y galerías es gratis. Solo es preciso pagar cuando se desea contemplar una muestra temporal. Es una estrategia eficaz si de desea acercar el arte a los ciudadanos. Quien desea contribuir, encuentra urnas para introducir una donación. En cualquier caso, es opcional. 

En este centro es posible admirar obras desde principios del Renacimiento y hasta finales del siglo XIX. Son maestros como Rafael, Tiziano, Rubens, Rembrandt, Degas, Gauguin y también Monet, Cézanne y Van Gogh, tan solo por citar a algunos.

Una sala o habitación con obras de arte me conmueve. Y siempre me surge la misma pregunta: ¿Cómo los autores han sido capaces de crear tanta perfección? 

Yo soy una visitadora de museos un tanto atípica. Mi madre asegura que voy demasiado deprisa y que no me entero de nada. Creo, sin embargo, que en algún lugar de mi cerebro guardo un recuerdo de colores, formas y, a veces, es preciso. Me gusta disfrutar de las obras de arte sin la necesidad de registrar autores, fechas y estilos. Simplemente, mirar una primera vez para luego regresar, admirar y disfrutar de una profunda fascinación. Con naturalidad, sin prejuicios, sin la obligación de entender, solo por el placer estético. 

Y suele ocurrir que percibo otros detalles, quizá superficiales. Soy así. 

En la Galería Nacional de Edimburgo fue el color de la tela que cubría cada sala. Eran sedas de colores brillantes e impactantes. Rojo, verde, azul... ojalá supiera el nombre de cada uno de esos colores, pero los desconozco. Me fascinó el contraste del arte y los marcos barrocos y dorados, sobre paredes tan espectaculares. Reparé en los diferentes tamaños, en cómo tantas y tan diferentes obras, por su color, tamaño, escuela, etc, componían un conjunto perfecto. 

Después, decidí pasear por una calle que me encanta: George Street. Se encuentra en la parte nueva, alejada de los grupos de turistas que, con frecuencia, caminan sin saber hacia dónde dirigen sus pasos. Me gusta por su elegante arquitectura, porque no la transitan demasiado coches y porque desde ella se contempla el mar. 

Dije que no me gusta ir de compras, pero no está reñido con el hecho de descubrir tiendas y contemplar cómo presentan los objetos, cómo hacen uso de la luz, de la música. Y pasear por ellas sin buscar nada. Eso sí me gusta. 

Jo Malone. A cierta edad, hay que elegir buen vino y buenas velas. Nuestra casa escocesa huele a almendra dulce y macaron.




Anthropologie. Descubrí esta tienda en Nueva York y si existe en la ciudad en la que me encuentro, suelo encontrar un ratito para disfrutar con todo lo que reúne. Solo una vez compré unos pequeños pendientes verdes; he de admitir que me parece irracionalmente cara.

Además, me resulta simpática la selección de libros. Son tan bonitos que no importa el contenido. Sin olvidar, los textiles para la cocina. 

Jigsaw. Me gustan las rayas y los buenos abrigos, y esta firma británica los tiene de casi todos los colores. 






Lululemon. Cuando se practica deporte es importante adquirir algunas prendas básicas. Yo deseé llevarme la mitad de este espacio en el que ofrecen, de forma gratuita, clases de fitness o yoga. 

Es una marca canadiense enfocada principalmente a la práctica de yoga, pero con línea también para correr, surf, etc. Para ellos y para nosotras. 

Lakeland. Es ese tipo de tienda del que sí me llevaría todo, pero el hecho de vivir en otro país y saber que es importante no acumular demasiados objetos, hizo que reprimiera mis deseos. Está especializada en artículos de cocina, algunos ingredientes y libros. Entre ellos, el de mi último descubrimiento: Amelia Freer. 

Su libro Cook. Nourish. Glow se ha convertido en mi manual de referencia. Recoge buenos consejos para una vida saludable y recetas sencillas, nutritivas y deliciosas. Y es que si algo he descubierto en Reino Unido es la fascinación que sienten por los libros de cocina y el boom que vive el sector editorial. Cada vez que visito la biblioteca y llego al mostrador con libros y más libros, me preguntan si me gusta cocinar. 




Penhaligon's. Es una deliciosa tienda, pequeña, coqueta y se encuentra encima de un café que resulta muy acogedor. Esta casa fue fundada en 1870 en Londres y resulta imprescindible cuando se trata de confirmar que los clásicos nunca pasan de moda. 




Otro día, vuelvo a Edimburgo y esta vez subo a lo alto de Holyrood, donde se encuentra el mítico Arthur's seat, para contemplar la ciudad desde las alturas. Que eso también me fascina. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Compra local, elige a las personas

Dos meses después, me siento más integrada en Dumfries que lo logrado en Pamplona en tres años. Pero ése es otro tema. 

Dos meses después, he encontrado varios alumnos de español a quienes impartir clase; una piscina pequeñita pero que no me provoca alergia; un compañero de carreras, que es mi casero; una profesora, Carol, y un grupo maravilloso de yoga; uno de jardinería en el que me siento feliz y, sí, por fin, también he encontrado mis tiendas. 

No, no me refiero a moda porque a mí no me gusta ir de compras en lo que a ropa, complementos y belleza se refiere. Adquiero nuevas prendas cuando quizá visito una ciudad y paso por un escaparate o entro a un establecimiento bonito, pero no me veréis hacerlo con alevosía y premeditación. Lo que sí me gusta es comprar alimentos y libros. Eso me encanta. 

Dumfries, pese a ser una pequeña ciudad, pero ciudad al fin y al cabo, solo tiene una frutería. Habéis leído bien: una. Abrió al público no hace mucho tiempo y la regenta una pareja encantadora. Se llama Parry Farm Produce y está en 43 Friars Vennel. El dato práctico no falta no sea que decidáis venir. 




La mayoría va a grandes supermercados como Tesco que, horror, abre 24 horas durante los siete días de la semana. ¡Horror de los horrores! Allí la selección es enorme, pero también insípida y poco sostenible. Un vistazo a las etiquetas y a las bolsas de plástico, porque todo está envuelto en plástico, te brinda un viaje por medio mundo. Casi nada procede de Reino Unido o países próximos. 

Existe, sí, un lugar de calidad excepcional llamado Loch Arthur. Se trata de una granja ecológica que vende lo que produce y que también tiene un agradable café y restaurante. Es necesario el coche y conducir unos cuantos kilómetros, y para mí asimismo es esencial evitar, en la medida de lo posible, las cuatro ruedas. 

Pero volvamos a Parry Farm Produce. El primer día que entré y dije 'Hello', solo eso, me contestaron con una pregunta: ¿Eres española? Ante mi atónita cara, el dueño contestó que se me notaba. En fin, que aquí resulto exótica. 

Venden fruta y verdura de calidad y en la medida de lo posible de productores locales, así como otros artículos (pasta, miel, arroz, especias...), la mayoría orgánicos. Además, cuentan con servicio de entrega a domicilio de caja. Recuperamos, por suerte, la costumbre de Pamplona de recibir semanalmente una selección de frutas y verduras en función de la temporada. Son 5 kilos y una docena de huevos de gallinas criadas en libertad por 14 libras. 

Me gusta especialmente esta propuesta por lo que tiene de sorpresa. No saber qué te entregarán y si conocerás cada producto o tendrás que pensar en nuevas posibilidades. Además, puedes variar el contenido y añadir aquello que necesitas. Les envías un mensaje por Facebook, ellos te responden con el importe y, cuando te entregan el pedido, les pagas en mano. Dado que en los próximos días estaremos fuera, nuestra primera caja la recibiremos el próximo dos de noviembre. ¡Qué ganas!

Facebook o whatsapp. Sí, esta semana también he realizado una compra por whatsapp. Ha sido a mi querida Katixa, de Deborahlibros. Mientras viajaba en el autobús rumbo a mi entrevista en la oficina de empleo, en Glasgow, pensé que ella podía solucionarme un pequeño problema. Pequeño, pero importante.

En mi pueblo no ha existido nunca una tienda con libros. Así que cuando éramos niños, cada vez que mi madre viajaba a Zaragoza, quizá porque tenía que asistir a un curso, volvía con varios del Barco de Vapor y una caja de seis Donuts. Cuando crecí y me marché a Zaragoza, a la Universidad, era yo quien compraba los libros que las dos leíamos. 

Desde entonces, desde los 17 años, he mantenido la costumbre de nutrir la biblioteca familiar. Al trasladarnos a Escocia, creía que esta bonita tradición se vería suspendida, pero no, me acordé de Katixa y le propuse un plan. 

Hace poco más de un año, Katixa, valiente ella, abrió al público una de las librerías más especiales de Pamplona. Le puso el mismo nombre que su blog, Deborahlibros, y lo hizo con su particular estilo. Esto es, nada de libros comerciales, solo 'pata negra', como ella afirma. El gran valor de su aventura empresarial es el empeño que pone en la selección de títulos y sus recomendaciones. Porque ella no lee, ella devora. 




En su blog, mensualmente, cuelga un vídeo recomendando una lectura. Y yo os sugiero a vosotros echarle un vistazo. Descubriréis autores excepcionales y a una lectora empedernida con buen olfato y mejor criterio. 

De forma que viajando a Glasgow, y gracias al wifi del autobús, yo revisé los últimos vídeos y seleccioné algunos títulos. Vía whatsapp debatimos si éste sí o éste no, y llegamos a la conclusión de que a mi madre le encantarán los tres libros que muy pronto le llegarán de mano de Josemi.  

Katixa incluso tuvo la genial idea de imprimir una nota escrita con mi puño y letra, e incluirla en el paquete. En esta ocasión y dado que Josemi está en Pamplona, será él quien los recoja y entregue a mi madre. Pero hemos acordado que el próximo envío lo realizará ella por Correos. Entonces tampoco faltará la nota. 

Sé que cuando mi madre reciba el primer paquete, se quedará sin palabras. Y como ella no lee este blog, será una grandísima sorpresa. 






La compra a distancia no es lo mismo que visitar a Katixa y dejar que me invite a uno de sus deliciosos cafés (aunque luego no duerma). No es lo mismo aparecer en cualquier momento, y posiblemente roja como un tomate tras una de mis carreras, y decirle un 'Solo paso a saludarte', para luego quedarme dos horas con ellas hablando de libros y de la vida, ¡Ay, la vida!. No es lo mismo, pero me hace feliz seguir confiando en mi librera favorita. 

Ella, que leyó mi libro ¡Continúa caminando! pese a no haber hecho jamás el Camino, y me dedicó un precioso post. No solo eso sino que además, me abrió las puertas de su casa para que lo presentara al público. Lo eligió entro otros muchos y lo llevó a su primera Feria del Libro. 

Ella me recomendó uno de los libros que más me ha emocionado en la historia de mi biografía lectora: Solo pido un poco de belleza, de Bru Rovira. 

A mí nunca me han gustado las grandes cadenas y en cuestión de libros, mucho menos. Durante este año escocés, me he propuesto leer solo en inglés y encuentro buenas referencias de segunda mano (¡Y tiradas de precio!) en 'charity shops' como Oxfam. 




También visito las bibliotecas públicas, aunque en cuestión de novelas, necesito un poquito más de tiempo y prefiero comprarlas. Si buscas libros nuevos, aquí, en Dumfries, como ocurre con las verduras y frutas, estás condicionado a la única librería que existe y que pertenece al gigante Waterstones

Dicho esto, compra local en la medida de lo posible y apoya el pequeño comercio. Ayuda a esas personas que han arriesgado y que brindan un valor añadido a tu transacción comercial. Que tu gesto no sea un simple intercambio de mercancías. Que sea una oportunidad para dialogar y aprender. Que sea tu contribución para que la cadena se mantenga. Y que tu compra, además, sea en la medida de lo posible sostenible. 

Compra local, elige a las personas. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Más conversaciones casuales



Desde hace tres semanas vivo acatarrada. Creo que es mi nuevo estado, pero no va a poder con mi energía. Si bien, esta mañana al sonar el despertador, tras el agotador día de ayer y mi primera noche sola en Dumfries, creí que no tenía fuerzas para levantarme. Pero tenía una cita.

Sí, una de esas citas que no entiendes muy bien por qué ni para qué. Claro, que aquí, en Escocia, entiendo el 50-70-80% de la información y, como soy curiosa por naturaleza, no me gusta quedarme sin conocer el resto. Pese a todo, pese a la tentación de inventarme una excusa y mandar un email anulando la cita, me he dirigido a Dumfries and Galloway Wellness and Recovery College

Han sido apenas tres minutos de recorrido porque se encuentra al lado de nuestra casa. En este pequeño intervalo he vuelto a lamentar no estar acometiendo todas las tareas pendientes: escribir varios artículos y buscar información para otros tantos; planificar el viaje de mañana a Glasgow y la entrevista en la oficina de empleo; preparar la maleta para el gran viaje de los próximos días por Escocia e Inglaterra; la clase de español de esta tarde, la de pasado mañana... En fin.  

No solo eso sino que, presumiendo de mi carácter procrastinador, he considerado que la bellísima luz de la mañana era una buena razón para un paseo y disfrutar del color de los árboles. Pero he cumplido. 

El encuentro respondía a mi solicitud de voluntariado en la oficina de The Third Sector. El lunes, acudí a otra cita, en The Food Train, porque me gustaría compartir mi tiempo (escaso, pero valioso) con algunas personas que padezcan soledad. Hasta que comprueben mis antecedentes penales, no lo haré. 

Lo dicho, David, quien me atendió en The Third Sector, consideró que dada mi experiencia docente (esto sucede cuando exageras un poco y creen que llevas media vida en las aulas) podía encajar en algún proyecto de Dumfries and Galloway Wellness and Recovery College. 

He escuchado a Marjory durante más de 30 minutos hablar sobre salud mental y cómo brindar herramientas para una vida más plena. Su trabajo consiste en desarrollar cursos con un objetivo terapéutico. Me ha explicado que las personas que asisten son estudiantes, no pacientes, pero algunos viven o han vivido alguna experiencia difícil: física o emocionalmente. Cuando estaba agradeciéndole su tiempo y buscando las palabras apropiadas para decirle que, quizá, había habido una confusión con mi perfil, algo, no recuerdo qué, ha hecho que nuestra conversación diera un giro. 

He sentido la confianza para poder hablar de los dos abortos que sufrí junto a mi pareja, de cómo me recuperé gracias a la terapia y cómo la escritura fue una de las claves. Es decir, el hecho de analizar mi lenguaje y comprender mis emociones. De cómo me negué a tomar pastillas y encontré en el apoyo de un profesional de la psicología, en el deporte y en el amor la mejor cura. Y así fui capaz de atravesar la tristeza de manera consciente. También la ira, la desolación.

Le he contado que en su día visité la Consejería de Sanidad de Pamplona y expuse la manera tan injusta en la que una mujer que aborta es tratada en Navarra. Quise que nadie más viviera lo que yo viví al tener que viajar a otra ciudad, al no poder dormir en mi propia casa y descansar. Le he expresado mi deseo de, en algún momento, compartir mi experiencia con otras personas que padecen dicho dolor. 

Sí, yo hablo de nuestros abortos porque quiero que cambien algunos aspectos en la sociedad. Quiero que encontremos la manera de nombrar algo que, hoy por hoy, nos cuesta. Quiero que sepamos  (porque es necesario) preguntar con naturalidad, no temer hacerlo porque llegan las lágrimas y resulta incómodo. 

Solo quienes lo han vivido en primera persona saben a qué tipo de sentimientos y reacciones me refiero y cómo entonces resultan reconfortantes las llamadas (y no los emails o whataspp), un café sin hablar, o un paseo sin rumbo fijo. Cómo llegas a creer que eres una rara y prefieres estar aislada que con personas que te animan con frases del tipo: ¡A la tercera va la vencida!

Además, hemos charlado sobre la escritura, sobre mi libro y el poder reparador del Camino de Santiago. En fin, de tanto y tanto, que durante noviembre asistiré a uno de sus cursos, titulado Book Balm, reading for recovery

La vida, que a veces es jodida y otras inesperadamente bella, nos guarda estos encuentros. El poder charlar durante más de dos horas, en inglés, sobre mis sentimientos, sobre lo sufrido y lo vivido, esta vez ya sin llorar. 

He sentido agradecimiento hacia mi psicólogo, Josetxo Zubiria; hacia Rocío, que fue mi mayor apoyo en la gélida -en sentido literal y figurado- Pamplona; hacia mi médico de cabecera, Izaskun, que secundó mi negativa ante las pastillas; hacia mi madre y mi padre, mis hermanos, mis tías; hacia mis suegros y el resto de la familia. Hacia Josemi. 

Después de mi inesperada conversación con Marjory, por supuesto, he paseado por el campus y he agradecido la luz, el rocío de la mañana y el aire puro. Y ahora, procrastinadora, no estoy resolviendo las tareas pendientes, prefiero escribir este post. 












Al llegar a casa, tenía un email de alguien con quien hace tiempo que no hablaba. Él, Vicente, me preguntaba si ya estoy recuperada. Y eso también ha sido un regalo. 

Gracias, vida, universo, por lo bueno. Y por lo malo. También por eso.  

martes, 18 de octubre de 2016

We Love Running Dumfries



I love running. I’ve said in this blog. I love running because I do since I was 8 years old. Maybe I gave up for a period, but then, irremediably, I run again.

I love running but as I’m a indomitable woman, sometimes I go running for 10 kilometres, sometimes only for three or less. The question is keep running!

I love running but I know that because rain, cold weather or darkness in Winter, I become so lazy that I prefer to be at home. I need to join someone, to have an appointment and to go.

For all these things, I’ve created We Love Running Dumfries. Every Monday and Wednesday I’ll be at the Crichton Church. It will be at 5.30 h. The goal is to run or walk during 45-60 minutes.

I mean, we have to start and finish at this point: the Crichton Church. Everyone by his pace. Maybe faster, maybe slower or walking. We can stop, and try a few minutes later.




It doesn’t matter but let’s enjoy doing exercise outside and with other people. It would be nice to wait for the slower ones or maybe make differents groups.

I don’t like the groups only for women or for atheletes. Maybe one day you can go running only 1 or 2 kilometres, but maybe the next week you will be able to do 3, 4, 6… and so on. Or maybe today you run 10 and tomorrow you will prefer to walk.

Let me say that it’s important to listen to our body. Some days we feel tired, what's more a bit sad, and sometimes with all the energy that we could run around the world!!

Yesterday, was our first appointment. I wasn't alone. There were another person and to be honest: I felt so, so happy.




I don’t want to be the leader of 'We Love Running Dumfries'. I don’t want to point the way to follow, I would prefer to do it between all of us. I am a newcomer at town, so, please, I would like to discover with you all the beautiful routes and paths at Dumfries.




Tomorrow, I'll be at the Crichton Church. I wish that more people will join me  and we can (together) achieve go running, walking.






I will be out of town from the 24th October until 2nd November and I would love to know that someone come to the Crichton Church and go running together. Maybe you can share some pic!

We Love Running Dumfries


PD. Sorry for my bad English...