jueves, 30 de abril de 2020

Pequeños trucos

En unas horas concluirá el mes de abril. Ay, y el coronavirus nos lo ha robado, que cantaría Sabina

El tiempo pasa volando, pero no, cada día sigue teniendo 24 horas. Ahora, cuando toca a su fin el mes parece que ha sido rápido, pero qué va, pesa, pesa bastante el confinamiento. Mucho más desde que está claro, por si no queríamos creerlo, que quienes tenemos a nuestros seres queridos fuera de la provincia en la que residimos, en mi caso Madrid, no les veremos... dicen que hasta finales de junio, yo quiero ser sincera conmigo misma, es decir, ya en julio.

Y esto pesa. Me pesa desde hace un par de días. Tanto que a mí que me chifla regodearme en la tristeza, he buscado el documental de 100 días de soledad, realizado por José Díaz.




No es la primera vez que lo veo, pero quería, ahora, observar con otra mirada su resistencia durante más de tres meses. Necesitaba, además, asomarme al frío y a la naturaleza que dicha experiencia le brindó en la reserva de la biosfera de Redes. 

Hace unos meses supe que las impulsoras de Taller Silvestre, Alina Macías y Verónica García Bellina, programaban una idea fascinante junto a él, precisamente en dicho lugar. La propuesta tenía también al fotógrafo Paco Marín y a Irati Herrero, creadora de Memimo Lab, como protagonistas. Me parece muy sugerente, qué maravilla... se ha pospuesto, ojalá que sí se celebre y que quienes la vivan, disfruten. 

Bueno, que en estos días de soledad íntima, aunque tenga al mejor compañero posible para vivir, resistir y keep walking -aunque sea en casa, con riesgo de lesionarme las rodillas-, estoy encontrando pequeños trucos para atravesar mis sentimientos.

Como digo, muchos de ellos nada tienen que ver con la alegría, el entusiasmo o la euforia. Son, sinceramente, más parecidos al susto, la tristeza, el pesimismo, el miedo, la incertidumbre...

Sí, a mí no me gusta mirar hacia otro lado. Prefiero atravesar las emociones sabiendo cuáles son y qué consecuencias tienen: irascibilidad a veces, lágrimas otras... 

Así, me he refugiado en libros tan preciosos como Invierno, escrito por Rick Bass. Me fascinó el párrafo en el que cuentan una leyenda sobre el frío. Tanto, tanto frío hacía que las palabras se congelaban, era preciso recogerlas, descongelarlas y luego ponerlas en orden. 

Puede que sea lo más bonito que he leído en mucho tiempo. 




Me ha emocionado también Caminar, editado por Nórdica. Se lo regalé a mi padre y en la última visita que le hice, por azar, lo cogí. Pensé en devolvérselo pronto. Ya veis, pronto... ¡Cómo cambia la película de la noche a la mañana!






La capacidad para concentrarme leyendo me salva de esta situación. No quiero dejar de mencionar otro libro que me hizo llorar muchísimo. Sí, hacía tiempo que un libro no me provocaba llanto. Y cuando digo llanto, es llanto con hipos incluidos. 

Me refiero a Una educación, de Tara Westover, editado por Lumen. Todo lo que se diga sobre este libro es poco. Leedlo. Cuando sea, no ahora, no con urgencia, cuando llegue el momento, pero anotad el título. 

Por último, mis sentimientos poco alegres y yo hemos encontrado refugio en una serie, también de Netflix: After life




Me tragué, literalmente las dos temporadas, en una sentada y media. Lloré porque volví a echar de menos esos paisajes británicos, Escocia... 

Lloré por quienes hemos perdido, por los que perderemos, por lo poco que a veces valoramos el amor de los que tenemos cerca... por lo poco que pensamos en el que tenemos enfrente, nos enfadamos, nos creemos superiores, nos cuesta empatizar con la situación de cada uno. A veces, yo soy la primera que solo pienso en mí, en mí, y luego, también en mí. 

Ya falta menos para que llegue julio. Entonces celebraremos el cumpleaños de mi padre, de mi madre y de mi hermano mediano, que han sido y van a ser en este confinamiento. Espero que lo hagamos cuando sea el de mi hermano mayor. 

Sí, habrá que esperar a julio. Cuidémonos mientras tanto. 


viernes, 17 de abril de 2020

Yo tengo una caja de galletas de Cuétara

Yo no tengo una magdalena, yo tengo una caja de galletas Cuétara. Lo supe anoche. 

Os sitúo. 

En este confinamiento, he cerrado el pico. A cal y canto. Teniendo en cuenta que no quemo más de 200 calorías al día, o lo cerraba o, como dicen algunas tonterías de esas que circulan por las redes, no iba a poder salir por la puerta. Además, esta semana sufro un dolor tremendo en el hombro derecho y, por tanto, he reducido el poco ejercicio que cada tarde, a última hora, hacía. Vamos, nada aeróbico, mi sesión casera de yin yoga, que me cura el alma. 

Al hambre que tengo (confieso que en circunstancias normales siempre tengo hambre...), se une la ansiedad que naturalmente sufro por la situación. 

Anoche, ya en la cama, le dije a mi compañero de almohada que tenía un hambre que me moría. Sí, que me moría porque yo no soy casi exagerada con el lenguaje por mucha terapia que haya hecho intentando encontrar términos intermedios, en la gama de los grises. Bueno, el caso es que mi cerebro reaccionó con unos recuerdos tan bonitos que, lejos de aumentarme el ansia por comer, hicieron que me durmiera. 

Ah, el sueño. Sí, a mí también se me ha alterado muchísimo, pero parece que en los últimos días vuelvo a mi ser durmiente natural. Duermo, como se dice popularmente, más que las mantas. 

Anoche, ya con la luz apagada, le pregunté a él si en su casa, siendo niños, había latas de galletas de mantequilla. Vinieron a mi recuerdo esas latas en las que las galletas, no recuerdo bien si eran dos o cuatro, iban en papelitos de magdalena. Recuerdo que mis padres y hermanos éramos incapaces de comer solamente una galleta. Ayer recordé que mis favoritas eran unas cuadradas con cristales de azúcar también cuadraditos. 

Y de la galleta de mantequilla, mi cerebro saltó a una caja grande. A la que mis tías guardaban en el mueble del salón de Monteaguado, en Soria. Allí pasábamos el verano, especialmente yo, mis hermanos pronto dejaron de ir. Y en ese mueble, en el compartimento del fondo, junto a la pared, en la parte de abajo, corrías el cerrojo y siempre había una caja de surtido de Cuétara. 

Mis tías no comían y a veces, cuando llegábamos al inicio del verano, las galletas estaban un poco rancias. Daba igual, nos las comíamos. 

Anoche recordé que mis favoritas eran las de chocolate y coco. En ese surtido, si no recuerdo mal, había dos galletas por tipo. Y dos pisos... eran para las visitas, por si algún familiar del pueblo de al lado, Almaluez, nos visitaba. 

Mis tías nunca comían, pero mis hermanos y mis primas, asaltábamos constantemente el cerrojo. Y de ahí recordé las siestas obligatorias, con escapada silenciosa al mueblecito en cuestión... también el sonido del reloj de pared.

Y así, casi saboreando mi particular caja de galletas de Cuétara, me dormí. 

martes, 14 de abril de 2020

Yo no voy a volver igual





Llevo más de un mes en casa, sin salir. 33 días. Mañana serán 34. Yo no he sacado ni la basura. Se ocupa él, y también de comprar cada diez días para nosotros, para Manuel y para las mujeres mayores de la familia que tenemos, por suerte, en el mismo barrio. 

Pero mi rutina no es el tema de este post. Es que no quiero volver a la vida de antes. Y no soy la única. 

Ayer leí y compartí (porque es lo que hacemos en estos tiempos, a veces, sin leer, incluso) un artículo de Carlos Candel: link

Me removió mucho. Porque si la normalidad era la vida antes del 12 de marzo, yo tampoco quiero volver a esa situación. 

No quiero tanta desconexión. No quiero tanto tiempo dedicado a asuntos banales. No quiero obligaciones que chocan con mis valores. No quiero y voy a cambiar. Será lentamente. 

Esto me recuerda al Camino de Santiago. A esa sensación de calma cuando se camina y esa certeza de que a la vuelta modificaremos conductas. Luego, sabemos que llevar a cabo ligeras modificaciones es un triunfo. También sabemos que los cambios no pueden realizarse de manera radical. ¿O quizá esta vez sí?

Al confinamiento o llámese estar en casa sin luz natural, se suma el echar de menos a quienes verdaderamente me importan. En estos días, he recuperado el contacto con personas y he vuelto, como en el Camino sucede, a revisar amistades. En estos días decía, estoy leyendo muchísimo y entre los libros se encuentra Lo rural ha muerto, viva lo rural, de Víctor Guiu. Me lo recomendó Ana, mi amiga de la infancia y de la adolescencia, aquella a la que recuperé hace poquito, ya avanzando ambas la senda de los 40. 

Aunque el subtítulo indica, Otro puñetero libro sobre la despoblación, no, no lo es. Que yo la urbanita que fue niña de pueblo se ha leído bastantes... 

Me está removiendo, al igual que el artículo de Candel. Incluso me hace sentir culpa porque yo también me fui del pueblo. A mi favor diré que procuro respetar a quienes viven allí y no suelo teorizar con soluciones fáciles. Admiro a quienes nunca se fueron y a quienes volvieron. Tienen toda mi admiración. (Y cierta envidia).

Viví en un pueblo desde los 3 y hasta los 17 años, y no comulgo con la idea de Arcadia feliz. Siempre he pensado que vivir en el pueblo no es fácil, pero en la ciudad creo que lo es menos. Al menos en términos de acompañamiento y apoyo. Eso que en estos días algunos nos esforzamos por recuperar en las comunidades de inmuebles céntricos de Madrid. 

Yo he hecho algunos cambios, de momento. Y si ha de venir alguno más, quiero que suceda paulatinamente. Sin imposiciones, con naturalidad. 

Nunca me gustó whataspp (¡O cómo se escriba!) y menos los grupos. Pertenecía a pocos, y ahora a menos todavía. He pedido a esas personas que nos comuniquemos como lo hacíamos antes. Menos, pero con mayor atención. Es decir, marcando el número de él o de ella. 

Quiero menos mensajes y más cafés. 

Me he descubierto a mí misma viviendo con tensión el que sonaran las notificaciones de mensajes. Así que llevo tres días con una nueva medida. A las 19.30 horas, tras hablar con quienes me importan de verdad, desconecto el teléfono y lo guardo en un cajón. 

Creo que muchas personas, entre ellas yo, somos esclavas de los teléfonos móviles. ¿Nos sorprende que un virus nos tenga retenidos en casa y no reflexionamos ni un minuto sobre esta esclavitud? 

Pienso hacerlo así a partir de ahora. Porque quiero que sea un gesto natural de la vida que yo decido vivir a partir de ahora. Dicen que para que se convierta en un verdadero hábito hacen falta al menos 21 días. En esas ando... lo de volver al pueblo hace tiempo que ronda mi cabeza, pero en el Camino aprendí a no ser siempre kamikaze. Todavía no. 

Pero algún día ejerceré allí de bibliotecaria junto a Ana... 

Y sí, claro que el Coronavirus pasará. Lo hará. Y que se lleve algo de quienes fuimos y lo sustituya por algo nuevo, depende solo de nosotros. Desde el plano individual y con la mirada en el colectivo.