domingo, 16 de junio de 2019

Me cuesta tanto

Lo cierto es que me cuesta mucho. Mucho, mucho. 

Sí, me refiero a marcharme del pueblito bueno, de Arándiga. Pero precisamente mi anterior entrada hablaba del exceso de nostalgia y de esas cosas. De modo que me la sacudo ahora mismo. Voy a pensar en lo cansada que estoy.

Habrá quien este fin de semana haya descansado al máximo. Yo, sin embargo, no he parado ni un minuto. Ni tan siquiera me he echado una siesta... He preferido, ya que no hacía mucho calor, pasear con mi Fridi del alma y recorrer esos lugares que procuro recorrer sobre todo con mi memoria. 

Hemos bajado al lavadero. Un lugar que todavía me huele a Gior, aunque ya no laven la ropa tantas mujeres allí. Ahora está más bonito que nunca porque las columnas están envueltas en el ganchillo que, con arte y paciencia, cosen algunas mujeres del pueblo. 





Hemos pasado por ese reguerito de agua que a mí, cuando bajaba hasta el puente con el abuelo Juan, me parecía magia. No, el color azul del agua precisamente tenía su origen en el lavadero y nada que ver con encantos o pócimas.

Frida se ha bañado en el mismo lugar en el que yo una vez estuve a punto de ahogarme. Me salvó mi hermano mayor, Nacho. El mediano, Pablo, en otra ocasión también me rescató en ese mismo río.





Nuestro paseo siempre tiene una parada. En la acequia que posiblemente sea mi lugar favorito de Arándiga, y del mundo. Bueno, el pantano de mi otro pueblito bueno, Monteagudo de las Vicarías, también me gusta mucho.

Decía que no he parado, pero regreso a Madrid -todavía ahora en camino. Él conduce- con el corazón a punto de explotar de alegría, de amor por mi familia y gratitud hacia mis amigas y también hacia todas las mujeres y hombres que me paran por la calle y me dicen lo guapa que estoy. Exageran pero a mí me encanta... como me chifla que me recuerden palabras que ya no uso porque nadie las entendería: vajillo, estrapalucio, esmorrarse y sulfatear...

Me ha emocionado especialmente el comentario de una de ellas. Me ha dicho que otro señor del pueblo, Luis, hubiese estado muy orgullo de mí al saber que soy periodista. Ese señor no perteneció a mi familia, pero recuerdo que me caía muy bien. 

(La nostalgia)

No he parado. Porque ayer me hice la pedicura. Sí, en el pueblo ahora hay salón de belleza gracias a Ana, que se ha establecido junto a su familia. Y eso es un lujo. Como hay clases de música para niños y adultos. Voy a convencer a mi padre para que asista.

Luego, presenté mi libro en la biblioteca de Morata de Jalón. Y la sorpresa fue enorme porque faltaron sillas... Gracias, Dani (esta vez no escribí Santi...) por haber insistido y por realizar una tarea tan bonita en el medio rural y a favor de la lectura. 





Al terminar supe que hoy, domingo, había una carrera de 10 km, también en Morata. Y yo que siempre creí no ser competitiva, pero que sí lo soy, me apunté y allí que me he plantado esta mañana. ¡Ay, qué cuestas! ¡Ay!

Pues resulta que he merecido un premio en la categoría de 'veteranas'. Sí, porque llevo converse pero tengo 42 años. El podio quedo vacío en la tercer posición pero luego supe que me lo llevarán a la farmacia de mi hermano.

Y es que yo he tenido que salir pitando para no faltar a la segunda sesión de nuestro club de lectura: 'La charradica'. Me ha emocionado comprobar que mi madre tiene mejor memoria que yo. ¡Recordaba cada personaje y la trama de principio a fin! Por supuesto, hemos tenido aperitivo: mejillones, aceitunas y vermut Turmeon.

Dado que nuestra biblioteca es un poco limitada (pero tenemos mil planes para cambiarla), he tomado la decisión de iniciar el préstamo de mis propios libros. Aprovecharemos los meses de verano para que circulen cuatro títulos y así, en el otoño, podremos celebrar varias sesiones consecutivas. 




Hace algún tiempo, justo en la mudanza 11 decidí que ya no quería acumular volúmenes. De hecho, en nuestra casa de Madrid solo conservo los pendientes. Así que darles esta nueva vida me gusta mucho.

Porque la vida va de soltar - y no sólo objetos- y también de modular la nostalgia.

Y ahora, apago el ordenador porque me mareo y porque necesito una cabezadita.

Gracias, vida.

domingo, 26 de mayo de 2019

Sobre la nostalgia

La nostalgia hay que saber manejarla.



Además, alguien me dijo una vez que el exceso de pasado conduce a la depresión y el exceso de futuro provoca ansiedad.

Bueno, pues esta tarde he sentido mucha nostalgia. Sí, porque mi pueblo, Arándiga, es otro. No es peor; es diferente al que yo conocí siendo niña.

Hoy, junto a Claudia, lo he recorrido prácticamente palmo a palmo.

Hemos subido por el Colladillo. Y yo he recordado la de leotardos que rompí con los patines. Así tengo las rodillas de bonitas.



He recordado donde vivían cada uno de mis amigos de los veranos. Porque en invierno éramos cuatro gatos.

He vuelto a esas noches, precisamente de invierno, que pasábamos llamando a los timbres.

Hemos cruzado por el horno.

He pensado que en mi pueblo solo hubo un escaparate, el del estanco, y lo taparon a modo de pared. A mí siempre me pareció el colmo de la modernidad.




Y luego hemos ido al bar, que ahora es el Musta pero para mí siempre será el Coticos, donde yo tomaba Coca-Cola de 25 pesetas, cebolletas rojas (y blancas), duolidos y chicles bang bang.


Y estando en el Musta, al fondo, he vuelto a ver a mi abuelo Juan. Me ha guiñado un ojo con ese gesto de travieso que también era propio de mi tío Carmelo. 

jueves, 16 de mayo de 2019

Tengo un plan

Me gusta mucho planificar. No es raro escucharme decir: 'Te propongo un plan'. Y al mismo tiempo, creo que me adapto a la improvisación. Quizá eso lo he aprendido viajando en furgo y llegando tarde a casi todos los destinos.

Pero ahora sí tengo un plan. Y es para mi vejez.

Me gusta fantasear con esa etapa de mi vida. Si llego, quiero hacerlo ágil y con la mente clara. ¿Quién no? 

Hace poco leía en 30 maneras de quitarse el sombrero, de Elvira Lindo, que ella también se imagina la mujer que quiere ser en la tercera edad. Pues ya somos dos.

Me imagino con el pelo blanco y pasando largas temporadas en Escocia, en mi añorado Dumfries. Pero allí los inviernos son demasiado oscuros, así que lo compaginaré con múltiples viajes en auto-caravana, sí, entonces, ya tendremos auto-caravana. Porque tengo claro que dicha etapa vital la quiero compartir con quién yo sé. Con él. 

También viviré en mis pueblitos buenos, que yo soy una suertuda y, a falta de uno, tengo dos. Arándiga y Monteagudo. Y entonces, allí, será donde lleve a cabo el mejor de mis planes.




Pasearé todos los días. Todos, llueva o no. Como hice en Dumfries every single day a lo largo de mi adorado Kingholm Quay. Lo haré para encontrar, recoger y guardar las flores, plantas, hojas y hierbas más especiales. Porque mi plan es aprender toda la botánica que siempre he soñado y completar un herbario. 

Quizá tengo este propósito porque me hubiese encantado conservar, hoy por hoy, la colección de plantas que atesoré en la escuela. 




No pasa nada, queda tiempo para hacerlo de nuevo. 

También aprenderé caligrafía para poder anotar el nombre en latín.

Y cuando muera, lo donaré a la biblioteca de mi pueblo. 





Ése es mi plan. Será porque al universo más de una vez le pedí trabajar en una floristería.