lunes, 4 de septiembre de 2017

Pueblito bueno

Me gusta mucho septiembre. Siento que comienza un nuevo curso y, de forma natural, noto ilusión. Se dibuja una sonrisa en mi rostro.

En este momento del año suelo buscar unos minutos de calma y analizar lo transcurrido y transitado. Practicar el agradecimiento funciona, relativizo y encuentro un extra de energía. 

Yo hoy siento que soy afortunada, mucho, porque tengo un pueblito bueno. 

Ayer, mientras regresaba de Arándiga, donde viví desde los tres y hasta los 17 años, y donde se encuentra mi casa familiar, valoraba todo lo bueno que tiene.

Quizá no es muy bonito, pero para mí es el más bonito.

A veces, como este fin de semana, huele a melocotones. Otras, a tomates, pimientos...




En estos días, sabe a moras. Otras veces, a nueces y almendras.

Siempre sabe a pan. Me encanta subir a la panadería, que abre a las 11.30 horas, y ante cuya puerta se forma una gran fila. Me gusta que algunas personas me reconozcan y que otras no tengan ni idea de quién soy hasta que el de al lado se lo chiva. 

Arándiga tiene dos ríos que se unen en un lugar llamado la juntura (no exigía mayores complicaciones), donde me encanta bañarme aunque vuelva a casa con olor a zurrapa. En las orillas, crece jabón de gitano, que a mí me recuerda a la infancia. 

Tiene tantos caminos que las posibilidades para correr o pasear son numerosas. 

Y yo he tenido la suerte de recorrerlos casi todos con una persona que tiene un efecto maravilloso en mi alma: mi padre. 






Me gusta cómo las conversaciones casi siempre giran en torno a lo mismo. No necesitamos innovar. Suelen ser recuerdos de nuestros caminos, sí sobre estos y sobre los que nos llevaron a Santiago de Compostela. Y también acerca de los que nos quedan. 

Hoy, septiembre, cuando digo hola a comienzos, reconozco todo lo que debo al lugar en el que crecí. Siento que al igual que cada cierto tiempo hay que analizar lo vivido, es positivo recordar de dónde venimos y quienes nos han ayudado a formarnos como personas. 

Y yo vengo de un pueblito bueno, en Aragón, llamado Arándiga. 

Gracias.

jueves, 31 de agosto de 2017

Compra local, reconoce a quien arriesga

Sigo en Madrid encantada. He tenido la oportunidad de convencerme (aunque no hacía falta) de las razones por las que tanto me gusta la ciudad. La principal es la gente que la habita.

La vida en Pamplona resultó complicada precisamente por eso. Apenas nadie me saludaba ni intercambiaba esas tres frases sobre el tiempo o sobre alguna nimiedad que no cambian tu existencia, pero sí tu sonrisa y humor. 

En Madrid, no importa si te conozco o no, pero es casi seguro que charlemos. Hace unos días, antes de entrar a la clase de yoga bikram, me vi rodeada por tres mujeres que me invitaron a su conversación de la forma más natural. Recordé que por eso me gusta Madrid.

El martes, me uní al grupo de Beer Runners en El Retiro (20 horas, en la entrada de la Cuesta de Moyano) y recibí besos de un buen puñado de ellos. ¡Increíble! Y corrí sin darme cuenta de tanto que hablé con Carol. 

Pero si hay alguien con quien he charlado y creo que voy a seguir compartiendo impresiones es con Aurora Cortés, propietaria de Vinos La Mercería (Alonso Cano, 30). 

A ella también le gusta entablar conversación, se nota que es periodista, con una larga trayectoria como productora de televisión. Las circunstancias le pusieron frente a un cambio de vida y optó por lo que más le gustaba y gusta: los vinos.

Vinos La Mercería es un ejemplo de supervivencia en un barrio, Chamberí, y concretamente las calles de Alonso Cano y Ponzano, que se están transformando en pura fachada. Supongo que la gente joven que ahora vive en la zona, no tardará mucho en desaparecer. Será cuando surja otro barrio de moda. 

Yo compro local y elijo pequeños negocios en manos de personas. Mis padres así me lo enseñaron. Ellos, propietarios de una pequeña farmacia rural, saben cómo hay que luchar por cada céntimo y por la fidelidad de cada cliente.

En los pueblos desaparecen los comercios y nadie se inmuta. La despensa se llena en la ciudad pero luego se espera que el domingo, cuando no queda sal para las chuletitas, la tienda del pueblo esté esperando. No, así no. 

Elegir tiendas en manos de valientes que arriesgan es también un acto social. Y yo en este asunto soy muy combativa. 

Entiendo que la pela es la pela, pero no nos confundamos, los pequeños emprendedores por supuesto ajustan los precios; lo hacen hasta donde no se ahogan. Las grandes corporaciones juegan en otra liga y precisamente por ello están hundiendo a los pequeños. 

Yo compro en Vinos La Mercería porque respaldo el proyecto de una persona, porque los precios son sorprendentes, porque la variedad es muy amplia y porque Aurora cuenta con pasión todo lo referente a las botellas que alberga en su deliciosa tienda.

Ah, y porque casi todas las referencias presumen de etiqueta bonita. Y a mí el diseño me puede, pero en este caso no me equivocaré, ella acierta con sus recomendaciones. 






Resulta curiosa la selección de vinos ecológicos y biodinámicos. No estoy muy interesada en este apartado, pero si alguien lo está, la de aquí es una importante nómina.





Y quien dice vino, añade cervezas artesanas como Balate y Mustache, que tanto me gustan y que en su día recomendé en El Hedonista

En los estantes también se encuentran patatas fritas de calidad, conservas gaditanas de Herpac y otras delicias para un vermut caprichoso. Sí, también tiene vermut de alta calidad y buen precio.






Además, cada viernes por la tarde, Aurora presenta un nuevo vino e invita a probarlo en la tienda. De forma distendida, sin catas ni horarios fijos. Pasas, tomas un vinito y seguro que charlas con ella. ¡Y te llevas una botella, qué Aurora debe vivir!

Por último, en Vinos La Mercería incluso hay cabida para otras expresiones que, como el vino, nos alegran el alma. Por ejemplo, muestras de fotografía. ¿A que eso no lo hace Carrefour ni Mercadona?

Desde ya, si no lo haces, compra local, reconoce a quien arriesga. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Madrid, te he echado (tanto) de menos

De vuelta a España, al calor. Desapareció la sinusitis y llegó la sequedad de ojos. 

Atrás quedan Dumfries y Escocia, con sus bajas temperaturas, su maravillosa gente y esa luz que tanto me fascinó. 

Cada día, valoro el gran regalo que ha supuesto la experiencia en el extranjero. El silencio del campus universitario, las flores y aves maravillosas, las carreras al borde del río Nith... Siento nostalgia, ciertamente, pero por delante está Madrid, y es mucho Madrid.

Apenas llevo cinco días en la ciudad y tengo el presentimiento de que lo mejor está por llegar. 

Todavía no sé qué ocurrirá con este blog a partir de ahora. Quizá dé un giro y el contenido provoque que algunos lectores se queden el camino y que otros se sumen. De momento, doy la bienvenida a una nueva etapa y atiendo la solicitud de una lectora cercana (Ana) que me pidió tener un post cada semana. Paso a paso. 

Vuelvo al lugar del que me fui, Chamberí, pero con la experiencia de cuatro años vividos intensamente. Y sí, en este tiempo ha habido de todo: bueno, menos bueno, pero también buenísimo. Por una cuestión de actitud, incluso hago lectura positiva de lo malo.  Keep walking!

Chamberí vive un fenómeno de gentrificación, palabra que como procrastrinar, resiliencia y otras más, me cuesta pronunciar. Resumiendo, alguien ha movido los hilos inmobiliarios y el barrio se ha puesto de moda. Es decir, muchos locales de ocio y también alquileres por las nubes que convierten la zona en menos habitable y acogedora para quienes llevan aquí media vida. 

Yo he vuelto a los bares de siempre. He tomado la tortilla de Alipio Ramos (Ponzano, 30) y las contundentes tapas de la barra que más me gusta, la de El Escudo (Ponzano, 49). Sí, es mi favorita del barrio y casi casi de todo Madrid. 

He conocido Pepita y Grano, tienda que me recuerda a otra de Pamplona, que lamentablemente cerró, Cuarto y Mitad. La oferta de cereales, arroces, especias, frutos secos y otros alimentos, es amplísima. Me convence la posibilidad de elegir la cantidad que deseas y reducir el volumen de plásticos y envases. Es decir, poder comprar de una forma sostenible. ¡Ah, y probar ingredientes que desconozco! Creo que voy a detenerme en el número 77 de Santa Engarria con mucha frecuencia. 

Mi bicicleta y yo hemos vuelto a las calles, esta vez, más seguras porque existe carril bici. Gracias, Madrid, es un gran paso adelante. 

Pedaleando y caminando, por supuesto, he ido más allá de Chamberí. He recuperado un hábito del que solo obtenía beneficios: Bikram Yoga. Increíble, pero cierto, cuatro años después he recordado las posturas y aguantado con sumo placer los 90 minutos en esa atmósfera (tan) cálida y húmeda. 

He saludado a grandes amigos como Pedro, cuya taberna Los Chanquetes, no me canso de recomendar. Esos boquerones, esos torreznos, esas croquetas y todo lo demás merecen que yo dirija mis pasos, una y otra vez, al Barrio de las Letras. 

Durante mi estancia escocesa he añorado la comida española y ahora estoy desatada. He comido, entre suspiro y suspiro, tortilla y croquetas de cabrales en La Ardosa, y también banderillas, patatas fritas y gambas en La Mina (General Álvarez de Castro, 8). Lo dejo ahí y no detallo la lista de bares en los que he pedido una caña (¡Ay, cómo las he echado de menos tanto en Pamplona como en Escocia!) porque alguien podría escandalizarse. 

En Chamberí y dado que de Escocia me queda el gusto por los libros ya usados, recomiendo otra nueva dirección tan interesante como la de librería de segunda mano La Tres Catorce (García de Paredes, 25). 

Madrid, te he echado (tanto) de menos, que pienso explorarte y disfrutarte de principio a fin. Lo mejor está por llegar.