domingo, 23 de septiembre de 2018

Mi último camino

Tengo metido el veneno del Camino en el cuerpo. Y creo que es para siempre.

El pasado mes de julio volví. Elegí la ruta entre la localidad francesa de Bayona y Pamplona. Seis días descubriendo el Camino del Baztán. Quería caminar sola. Pero el universo quiso que lo hiciera acompañada y cómo lo agradezco.

Porque sola me hubiese hecho caquita al perderme en el bosque, a siete kilómetros de Urdax, cuando caía la niebla. Decidimos regresar, desandar lo caminado, ahora cuesta abajo, pero por fortuna Claudia vio una flecha y encontramos la ruta correcta. El Camino del Baztán no es un derroche de indicaciones... Es fácil perderse. 

Me acompañaron Claudia y Berta. A sus 12 años se atrevieron y ellas no se imaginan cómo se lo agradezco.

Porque el Camino del Baztán tiene más kilómetros de lo que indican las guías. Cuando aseguran que son 21, en realidad, caminas 28. Y eso, en compañía, da origen a unas buenas risas mezcladas con desesperación. Sola es otro cantar. 

Hasta el tercer día, fuimos las tres únicas peregrinas. A partir de entonces, junto con el matrimonio franco-alemán, cinco. Sola puede ser demasiada soledad. Nosotras tres la combatimos jugando a palabras encadenadas por sílabas. Y ellas cantando todo el tiempo el hit de Operación Triunfo...

En alguna que otra etapa las pasamos canutas para encontrar comida. Estiramos el último bocata de Berta hasta el infinito... Gracias, tía Pili, por prepáralos tan ricos y tan grandes. 

Pero el Camino del Baztán fue un regalo.

Por la cena que nos preparó Natalia y que compartimos, con ella y con su marido, en su jardín. 

Por los caballos en medio del bosque.

Por las libélulas azules que revoloteaban a nuestro lado mientras nosotras metíamos los pies en cualquier regacho.

Por las lágrimas derramadas en los maravillosos bosques de Belate.

Por la cervecita de la tarde.

Por las risas con dos niñas que pronto serán mujeres.

Por los rituales y abrazos a árboles en nombre de grandes amigas.

Lástima de bronquitis que nos obligó a causar baja el último día y no cerrar el círculo con Pamplona.

Keep walking, 

domingo, 16 de septiembre de 2018

Duro. Y necesario.

Justo hace unos días publicaba sobre la lectura. Justo hace unos días escribí que a los libros que no me gustan ya no les doy oportunidades. Los abandono. Ahí se quedan. O si detecto que merecen la pena, pero no es el momento, paro y dejo que duerman a mi lado, en la mesilla de noche, esperando su nuevo turno.

Hoy me ha sucedido algo nuevo. Nunca antes he tenido que cerrar el libro porque no podía leer ese párrafo. Lo he vivido dos y tres veces con 'El acontecimiento', de Annie Ernaux. Diré que me ha fascinado pero no se lo recomendaré a nadie. Ni siquiera a quienes, como yo, han abortado de forma natural o voluntariamente. Yo lo hice de las dos formas.

Hay que ser muy valiente para escribir 119 páginas como éstas.

Hay que ser muy valiente para atreverse a mirar atrás, remover y plasmarlo en escritura.

Hay que ser valiente, honesta y un buen ser humano porque este testimonio duele pero es necesario.

A mí varias personas me han pedido que deje por escrito lo que mi pareja y yo vivimos, pero no soy tan valiente como creen.

Quizá deba esperar, como Annie, 30 años para poder hacerlo.

Quizá.

Esta semana leí otro libro sobre el aborto. 'Roedores' de Paula Bonet. Me costó abrirlo, estuve valorando si hacerlo o esperar un ratito y, cuando al fin lo hice, lloré. Lloré.


domingo, 9 de septiembre de 2018

Este verano, he devorado





Creo que leer es un regalo. Tener la lectura como afición, una ventaja. Apenas necesitas nada ni a nadie más. No existe el aburrimiento. Éste ha sido un verano en el que he sentido un apetito lector casi voraz. Me he sentido como Katixa, más Deborahlibros que nunca.

Mi compañero de vida entiende que las vacaciones no son el momento en el que más hablo. Son en el que más leo, y me aíslo. Resulto un tanto aburrida. (Y egoísta). Lo sé. Por llevarme a mí tan bien como lo hace, él ya tiene ganada una buenísima próxima vida. Nunca despreciemos esa palabra llamada karma.

Mi madre y yo nos parecemos en esto. Creo que en nada más. De hecho, mi padre todavía no nos ha perdonado que durante su hospitalización ella y yo 'solo nos dedicáramos a leer'. Entonces disfruté ( y no cuidé a mi padre) de La noche de los tiempos, obra de Antonio Muñoz Molina.

Éstas han sido mis lecturas de junio-agosto de 2018:




Patria, Fernando Aramburu. Tardé en leerlo, lo sé. Pero una vez que lo agarré, no lo solté. Me lo merendé en apenas cinco días, mientras recorríamos los viñedos de Alsacia. La lluvia de cada tarde, ya en el camping, hizo que todavía me apeteciera más pasar las páginas. Conclusión: es un texto magistralmente escrito, con un ritmo muy ligero y demuestra que el autor se documentó ampliamente.





Vives en las cintas que me grabaste, Rob Sheffield. Me gusta, y mucho, la editorial Blackie Books, pero esperaba más de este título -tan bonito, sin duda-. Me divirtió recordar algunas canciones y también los momentos con los que siempre estarán asociadas. Quizá de los libros sobre duelo siempre espero más.






Un mal nombre, Elena Ferrante. Entre mi lectura del primer volumen y este segundo han pasado más de dos años. Si algo estoy aprendiendo en mi faceta lectora es a no tener prisa. He comprendido que los libros también tienen su momento. Anabel (@chicalista) me aconsejó perseverar y no abandonar el primero porque el segundo, tercero y cuarto merecían la pena. Enganchadísima es poco si quiero describir cómo me he sentido avanzando en la amistad de estas dos napolitanas.




Ya no termino los libros. Si no me gusta, lo dejo. O detengo la lectura sabedora de que no es mi momento y que el libro, pobre, no tiene la culpa. Eso me ha sucedido con 4 3 2 1, de Paul Auster. Admiro demasiado a este señor como para abandonarlo para siempre, si bien, abordé esta lectura en plena bronquitis, y no tenía la energía suficiente para comprender por dónde iban los tiros. Me he detenido en la página 200, pero tendrá una segunda oportunidad.







Me cuesta mucho leer en inglés. Me puede la impaciencia y, claro, yo voy despacio. Suelo abandonar. Sin embargo, este verano leí de un tirón A whole life, de Robert Seethaler. Me encantó y aprendí una nueva palabra: cable car.





Chicalista me recomendó La uruguaya, Pedro Mairal. Ella sabe de lo que habla. Como diría Deborahlibros, Katixa: 'pata negra'. 

Y no digo más. Bue-ní-si-mo. Palabras certeras, frases cortas, como a mí me gusta. Repito: Bue-ní-si-mo.

En verano viajo mucho (demasiado) y de ahí contar con tantas horas para leer. Este año he ido a uno de mis paraísos, Monteagudo de las Vicarías (Soria), en tren. Precioso trayecto con los campos de cereal, de lavanda. Creo que nuestro mini jardín de la parte de atrás de casa, es el lugar en el que más libros he leído durante mi vida. 





Allí engullí Tiempos de swing, de Zadie Smith. Empezó muy bien, pero admito que se me hizo un poquito rollo hacia el final. Si bien, no abandoné.






También me tragué casi sin respirar La isla de las mil historias, Catherine Banner. Fácil, agradable, sencillo. Deja claro el poder de la familia y el papel determinante, en el caso de la retratada, de las mujeres. 





Ahora disfruto de La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey, recomendación de otra gran lectora: Amaya Ascuence

Se presenta un otoño apetecible para seguir leyendo. Pronto os cuento algo que me traigo entre manos.

Keep reading