sábado, 23 de junio de 2018

Hoy nadie me lee

Estoy segura de ello. 

Hoy todo el mundo tiene planes menos yo. Estoy atrapada en Madrid porque no tengo coche para ir a mis pueblos de Soria o de Zaragoza, reunirme con los míos, bañarme en el pantano o en el río, comer paella y echarme una buena siesta. Ah, y darle muchos besos a mi Friduki. 

No tengo coche y quien decidió implantar los trenes de alta velocidad solo pensó en los ricos. Supongo que solo ellos pueden pagar el precio de un billete de vuelta que cuesta 48 o 53 euros. La ida pensaba hacerla en bus, que lleva más tiempo pero asciende a 12 euros. Por si alguien se lo pregunta, sí, los trenes regionales, lentitos pero económicos, prácticamente han desaparecido. 

Dicho esto, sí, estoy de bajón. 

Hoy, me levanté para asistir a un taller sobre bienestar (yo y mis seres de luz) en Ecocentro. Estuve esperando pero la persona que debía impartirlo no apareció. Al menos, mientras aguardaba su llegada, tomé un café muy rico. 

Dubitativa sin saber muy bien qué hacer, caminé por el centro de Madrid pese al calor y algo bueno tuvo la mañana. Regresé a La Manzana Madrid (San Gregorio, 11), una tienda que apenas he descubierto hace unos días. Intuí que, contra el bajón, una compra que me rondaba la cabeza no me vendría mal. ¡Me refugié en el consumismo! 

Así las cosas el de hoy será un post ligerito, nada de grandes reflexiones. Tampoco sobre lecturas. Hoy recomendaré La Manzana porque me ha gustado muchísimo por su estética (ligera y ordenada), por su concepto y por la atención de las mujeres que están al frente. Me gusta además...

Porque a mí que no soporto que me toquen los pies, hace unos días me hicieron una relajante pedicura.


Porque reúnen firmas cosméticas afines con mi forma de ver el mundo: sostenible. 


Porque allí he descubierto Jane Apothecary. Es una firma que, pese a su nombre, procede de Murcia y que su primer, pero no único, atractivo es el packaging. En mi opinión, muy británico. Y a mí que echo de menos Escocia every single day, me conquistó. 



La propietaria de La Manzana al conocer mis problemas con la piel del rostro, me dio una muestra. 

Tras probarlo durante una semana, me he convencido de que el sérum hidratante y calmante de Jane Apothecary está hecho a mi medida. 

Su textura es delicada y su aroma, maravilloso. Aplicárselo es en sí un gesto de bienestar. 

Contiene siete aceites vegetales antioxidantes, extracto de manzanilla y aceite esencial de lavanda y pomelo. Además de extracto de regaliz. 

Habrá quien diga que vaya caquita de post he escrito hoy. Ay, queridos lectores, desde hace algún tiempo, me permito los días de bajón, dejo que pasen porque existen como, por suerte, existen los días alegres. Y los unos y los otros tienen 24 horas.

Entonces, no hay que darle demasiadas vueltas a la cabeza y escribir sobre ligerezas es una buena herramienta.

¡Feliz sábado lleno de planes y de buena compañía!

lunes, 18 de junio de 2018

Pensé que era el fin de una etapa

Soy un desastre con los dispositivos electrónicos. Mi capacidad para recordar contraseñas es nula. No solo eso sino que, cada vez que olvido alguna, se bloquea la cuenta o dispositivo y debo cambiarla, me vengo arriba e improviso. Conclusión: tengo 3-4 contraseñas que, de tanto usarlas y combinarlas, me conducen a un error tras otro.

Hace unas semanas, decidí poner orden a mi ordenador (permitidme la repetición) y la pantalla terminó siendo negra y con un mensaje poco alentador. La broma, además de una mini-taquicardia porque creí haber perdido un texto importante, que por supuesto no había guardado en otro lugar, me costó 195 euritos.

Cuando cambio las contraseñas, diligente, anoto las nuevas en una libreta o folio, que cuando necesito soy incapaz de encontrar entre la amplia colección que tengo en estanterías y múltiples cajones.

Dicho esto. Esta semana me di cuenta de que había olvidado la clave de acceso a este blog. Lejos de agobiarme pensé que era el fin de una etapa. Que significaba dejar de airear mi vida, ésa que realmente no debería interesarle a nadie. 

Lo cierto es que últimamente pienso con frecuencia en el exhibicionismo de las redes sociales. En lo que nos cuesta tomarnos un café y charlar mirándonos a la cara y lo fácil que es, sin embargo, asomarnos, echar un simple 'vistacín' o invertir horas, y creer que ya estamos al día. 

Para otro día dejo lo de contabilizar a las personas que realmente nos importan y que están ahí, cerca. Lo digo yo que, entre mis contactos, tengo a algunas que ni siquiera he visto en mi vida.  

Por unos instantes, sentí cierto alivio. Pensé que si había olvidado la clave quizá era una señal. Que aunque no quiera admitirlo soy una narcisista y creo tener una vida apasionante y pensamientos elevados cuando la realidad es bien distinta. 

¡Toma bofetada de realidad! 

Recordé cómo era mi vida antes de las redes, cuando a nadie le contaba lo guay que era el lago en el que me bañaba o lo 'gocha' que me estaba poniendo cenando en no sé qué lugar y, en el fondo y en la superficie, alardeando de lo molona que me creo. Supe que la vida antes de las redes, no estaba nada mal. 

Hoy, he recordado la clave a la primera. Y claro, pues aquí estoy dándole a la tecla. Tras esta disertación, añadiré que siempre soñé con tener una librería y al paso que voy, no creo que la tenga. Pero parece ser que voy a tener un blog sobre libros. Así que, no doy más rodeos y recomiendo ya dos nuevas lecturas:

Ordesa, Manuel Vila. Me ha fascinado porque está escrito con maestría. Leí lentamente cada página porque no quería que este maravilloso libro tocara a su fin. A medida que avanzaba, mi ritmo era más lento y daba varias vueltas a cada frase.





Me encantó la manera de echar de menos a los padres, de hilar recuerdos, de reparar en detalles que parecían accesorios para darse cuenta de que tenían un significado profundo. 

Me hizo pensar, y mucho, cómo nuestros padres nos acompañan durante un largo tramo del camino pero, en cierta medida, nos resultan desconocidos. Cómo olvidamos que son hombre y mujer,  es decir, personas con carencias, anhelos, frustraciones, miedos. 

Me gustó cómo los colores también pueden teñir los recuerdos. 

Por todo ello, lo recomiendo encarecidamente. Porque además para mi Ordesa también está cargado de cierta simbología. Como lo está el cardo, planta que aparece en la portada. 

Comunícate como un budista, Cynthia Kane. Mi compañero de vida afirma que me chiflan los libros de seres de luz. Y tiene razón. 




Este manual cuya lectura también he prolongado en el tiempo, he subrayado y del que he extraído notas, también me ha gustado especialmente. 

Porque yo hablo por los codos y la mitad de las palabras son innecesarias.

Porque me cuesta estar callada. Y sobre todo, soy malísima escuchando. 

Porque no manejo bien los silencios.

Porque me cuesta mirar a los ojos de mi interlocutor.

Porque mi cerebro va muy deprisa y las palabras le siguen y, por tanto, salen atropelladas.

Porque cuando hablo sin sentido acabo diciendo tonterías, exagero, juzgo o chismorreo. 

Por todo ello, ahora intentaré comunicarme de una manera consciente, concisa y clara.

Al hilo de estas mini reflexiones, recuerdo el capítulo de Chef's Table dedicado a Jordi Roca. El pequeño de los hermanos Roca afirmaba que la afonía que padece, fruto de una distonia cervical, le ha hecho medir sus palabras, elegirlas conscientemente y pronunciar casi única y exclusivamente las necesarias.

Esto me hizo pensar en torno al uso y abuso del lenguaje. 

Dicho esto, me callo, y me voy a la cama a leer un nuevo libro, que hoy madrugué demasiado y a 1.500 kilómetros de casa.

¡Feliz semana!

miércoles, 16 de mayo de 2018

Un libro que todo el mundo debería leer

Ayer, en apenas unas horas, leí posiblemente uno de los mejores libros que he leído en mi vida. 

No exagero. En su día, me gustó Verde Agua de Marisa Madieri. También, mucho, En Grand Central me senté y lloré de Elizabeth Smart. Y por supuesto, Solo pido un poco de belleza de Rovira Bru.

Pero el libro que ha escrito Olivia Rueda, se queda conmigo para siempre. 




Como otras veces, fue un flechazo a primera vista. Me fascinó la portada. La mirada de Olivia. Y me encantó el título: No sabes lo que me cuesta escribir esto.

Y me convenció la editorial: Blackie Books. Me atraen siempre sus volúmenes. 

Asumido la influencia de la apariencia del libro (con el vino también me pasa...), he de decir que no lo compré a la primera. Porque el día que lo tuve entre mis manos, en la librería Cerezo, en Logroño, no tenía suficiente dinero para pagar todos los libros que había cogido. Uno de mis trucos es no ir a las librerías con tarjeta...

Pero el lunes, volví a Cerezo y fui directa al estante en el que Olivia me miraba fijamente. 

Ayer, fue un día de trenes y mini siestas. Y entre medias, me sentí fascinada e hipnotizada por la historia de esta mujer que podría ser yo o que podrías ser tú. 

Ayer, yo regresaba de Logroño y quizá estaba vulnerable porque a quien visito allí, mi hermano Nacho, también protagoniza una historia de seres humanos inmensos. Como la de Olivia. Y esta entrada es sobre ella, que la de Nacho también está contada en otro librito, curiosamente azul (¡Continúa caminando!). Permitidme la cuña publicitaria... Sí, es mi libro sobre la historia de la enfermedad de mi hermano (Parkinson) y su albergue, Check In Rioja. 

Pero hoy la protagonista es ella.

Os invito a conocer a Olivia. Os invito a descubrir cuánto se esfuerzan las personas a las que la vida les jugó una pasada. Porque así es la vida, Olivia demuestra que keep walking, que hacia delante y que está dispuesta a poner lo mejor de sí misma para recuperar la movilidad de su lado derecho y la capacidad de hablar y escribir. 

Ella ha escrito este libro. Y tiene un mérito brutal porque además está bien escrito, es cercano, sencillo y bello. Intuyo que tan cercano, sencillo y bello como ella es. 

Porque quien lea No sabes lo que me cuesta escribir esto quizá cambie la forma en la que mira y se dirige a las personas con alguna diferencia. A Nacho también le miran. ¿Y sabéis algo? Que eso, la mirada de los otros duele un huevo.



Por eso, hay que leer historias como la de Olivia. Para agradecer cada día que estamos vivos. Para perfeccionar la empatía, entender y ayudar. A veces, mirando de otra forma. 

Gracias, Olivia por escribir este libro. Sé que te ha costado mucho.