lunes, 7 de octubre de 2019

Cuidar, cuidarnos, cuidarse




Creo que no podemos perder la mirada colectiva, ésa que nos hace pensar en el otro, en la familia y en los amigos que también pasan a formar parte de ella.

A veces pienso que hemos dejado de cuidar, cuidarnos. También es importante cuidarse.

Seguimos en el hospital, queda poco para que los médicos concluyan y nos informen. Hemos estado más tranquilos de lo que imaginaba.

Y creo que nos hemos cuidado durmiendo cerca, estando en vela, yendo a por un café o el periódico. Recordando cuando Nacho iba al río bien pequeño diciendo que sabía nadar y siempre salía medio ahogado...

La enfermedad de mi hermano algo tiene de bueno, nos ha transformado como familia. También nos ha recordado que los amigos y los conocidos saben estar cerca, mandar buena energía.

En un ratito, comienza otra etapa. Siendo familia.



domingo, 22 de septiembre de 2019

Sobre la exigencia





En las redes sociales y cuando se mantiene ese medio para algunos tan obsoleto como un blog, se debe mentir. 

Y todo está bien. 

En esos días de bajona total, lo aconsejable es salirse de Facebook e Instagram porque se corre el riesgo de tan solo compartir la mierda de uno mismo.

Está claro. Estoy de bajona total. 

Porque me gusta muchísimo septiembre y comenzó bien. También adoro el inicio del otoño, que empiece a hacer frío, pero no demasiado; que apetezca volver a casa porque ya es de noche y allí, seguir haciendo cosas, por ejemplo, cocinar, tomar una copa de vino o poner en orden las facturas. 

Pero ayer, cuando dio inicio mi estación favorita no tuve las gafas adecuadas para constatar todo lo bueno que tiene. Estoy de bajona total. La sociedad nos exige ocultarlo. Y nosotros, cómo no, nos aplicamos una férrea exigencia. Todo está bien. 

Pues no. He perdido a una persona muy importante en mi vida. Y más de una semana después, no comprendo no volver a verle. Por muy presente que tenga la muerte en mi día a día, es lo que tiene leer solo libros tristes, esta pérdida ha sido un nuevo recordatorio de lo rápido que pasa todo, casi instantáneo. La vida nos tiene reservadas este tipo de pildoritas a modo de mazazo para que no nos confiemos. No, todo no irá bien por más que lo ponga en la taza del café. 

En la sociedad actual tampoco se puede declarar miedo. ¡Mujer, con lo valiente que tú eres! Pues no lo soy y llevo varios días que siento miedo casi a cada instante. A perder lo material y lo que no lo es, a las personas. 

Estaba acatarrada desde la semana pasada y el miércoles derivó en bronquitis. Estoy encerrada en casa, y sola, desde entonces. Y eso me deprime. El antibiótico me provoca dolor de tripa y sudo tanto que estoy medio día metida en la ducha. Sola y en silencio porque estoy tan ronca que ni por teléfono puedo hablar. 

Mañana cuando salga de mi encierro pesaré por lo menos dos kilos más. Porque al menos estos días no me he exigido y he desayunado dos veces, he merendado pan caliente con chocolate y plátano. También con canela. Y así, todo el rato. 

Estoy de bajona porque hoy debería estar en mi paraíso caminando con Frida y mi familia junto al pantano. Y después, posiblemente comeríamos una paella fantástica de mi madre. Y discutiríamos. Eso también. Siempre lo hacemos. 

Mañana tendré culpa, que es la hermana de la exigencia. Pero ahora, desayuno por segunda vez, pan calentito con bien de mantequilla y mermelada de ciruela que hice el miércoles. 

He encendido velas porque éstas, como dice Anabel, también son para el día. Y siendo más maja conmigo que nunca, me voy a inflar a ver series tristes y continuaré leyendo el tristísimo libro de Tatiana Tibuleac: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, publicado por una de mis editoriales fetiche, Impedimenta. 

A pesar del dolor de cabeza he leído mucho. En apenas 48 horas devoré Léctura fácil, de Cristina Morales, un libro brutal que aunque me haya provocado alguna que otra sonrisa es tan duro como la pura realidad. Y eso también me da bajona. Que anda que no existen personas pasándolo peor que mal. 

Aunque hoy, no voy a echar mano de consejos facilones. A mí hoy no me apetece pensar en que soy afortunada. Mañana sabré que lo soy, pero hoy me quedo con mi bajona y con ella, sentadita en el sofá, paso el día. 

Al menos en este post no miento.

viernes, 9 de agosto de 2019

Ir a lo tuyo

Hoy, tengo dos opciones. 

Escribir sobre cuánto me gusta Lanzarote y lo marciana que me parece.

O volver a recomendar dos libros muy tristes. Me quedo con la segunda. 

Precisamente, en los vuelos a la isla leí ambos títulos.


El primero es Tiempo de vida, escrito por Marcos Giralt Torrente y que me recomendó Anabel. De ella me fío a ciegas en lo que a lecturas se refiere. Porque ella, además, sabe de mi debilidad por la tristeza, el duelo y las emociones relacionadas con la muerte. 





Aunque resulta ágil, al principio, hubo algún momento en el que pensé que no me interesaba conocer la rutina del autor y de su padre tan al detalle. Pero qué va, después, me di cuenta de que quería saber más y, sobre todo, conocer aquellos sentimientos, a veces encontrados, que provocaban los gestos más cotidianos. 

Este libro me ha convencido, por si lo había olvidado, de que el tiempo pasa volando y que llega un momento en el que es habitual arrepentirse de lo no dicho, de lo no hecho... Sobre todo, con nuestros padres.

A mí, últimamente, me ha dado por mirarles. Siempre hemos conversado mucho, casi siempre fue, ha sido y es paseando por caminos de nuestros pueblitos buenos, pero ahora siento que no queda tanto tiempo y que debo mirarles mucho para que su imagen no se me olvide nunca.

También estoy aprendiendo a besarles más.

De padres, infancia y primeras veces trata la novela de Manuel Jabois. A él me encanta escucharle temprano, cada mañana, de lunes a viernes, en Cadena Ser. Y él ha firmado Malaherba.




Me gusta cómo narra recuerdos de barrio, de los malotes y de la pereza de tener que combatirles cuando tú lo único que deseas es ir a lo tuyo. En la vida de casi todos hay algún malote; en la mía, también los hubo: en el instituto, en el pueblo, durante el verano...

Ahora, cuando les veo, chicas y chicos, ya casi señoras y señores (aunque llevemos converse...), pienso en las vueltas que da la vida y en la suerte que tengo y tuve siempre de ser descarada y de no temer a casi nada y a casi nadie. 

No todo el mundo es así y nadie debería tener que demostrarlo. Bastaría con poder ir a lo tuyo.

La infancia puede ser jodida y la adolescencia, incluso más.

Malaherba es un bello relato sobre ser diferente, sentir diferente y saberse diferente.

Y sí, también es muy triste. Profundamente triste.