viernes, 16 de noviembre de 2018

Sobre los hermanos




Pienso en mis hermanos y en los hermanos, en general. La palabra hermandad no me gusta. No sé muy bien la razón. Me suena rara, nada natural. 

Me doy cuenta de que la vida vuela y las distancias se acortan. Quizá hubo un momento en el que convivíamos en la misma casa pero apenas nos conocíamos. Era otra edad, qué duda cabe. 

Entonces, yo corría detrás de ellos a todas horas y ellos me gritaban: 'Vete a casa que eres pequeña'. Corrí tanto detrás de ellos, que una vez me caí al río y casi me ahogo. O ése es el recuerdo que guardo. Pablo, mi hermano mediano, se dio cuenta y me salvó. 

Somos tres hermanos que, supongo como en todas las familias, hemos avanzado en la vida asumiendo un rol. Pienso en que estos papeles se están cambiando últimamente. 

Decía que crecimos a ratos como perfectos desconocidos. Y sin embargo, cuando los tres nos encontramos en los 40, parece que necesitamos estar más cerca. 

Cuando era pequeña, las personas de más de 35 años me parecían súper mayores. Por aquel entonces creía que todo estaba resuelto en esa etapa vital y que la vida fluía sin inconvenientes.

Ahora percibo que ésta es la década en la que seguimos con problemas, la enfermedad puede estar presente, en nuestro caso así es, y a cada uno de nosotros, no diré a diario, pero casi, se nos caen los esquemas. 

No me gusta ver sufrir a mis hermanos. Pero algo tiene de bueno y es que hemos aprendido a pedirnos ayuda, a hablar, a llorar y a decirnos 'Te quiero'. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

Sobre la amistad

En un momento concreto, Ana acarició mi rodilla; sí, con ese gesto que es como una doble caricia y un apretón. Resulta complicado describir determinados gestos.

Saida no nos dio un beso en cada mejilla. Nos besó a borbotones. Como se supone que hacen las abuelas. La mía no era de ese tipo de abuelas.

Ellas son amigas. Son amigas que han vuelto a mi vida.

Porque este fin de semana será recordado por los reencuentros. Lo recordaré yo y ellas posiblemente. El viernes, lo que se anunciaba como un café se convirtió en un plato de aceitunas con boquerones en vinagre, y varias cervezas. Hablamos, hablamos y hablamos. Volví a las acequias, a las nocheviejas en el Chatos...

Ayer, sábado, también comimos aceitunas con boquerones, y charlamos ya no sólo sobre la vida. También sobre la muerte con el tono salvaje que nos caracteriza. Bueno, que a mí me define.

La amistad es esto. Reencontrarse, ponerse al día y emocionarse con un gesto. Una caricia y unos besos de abuela.

Tengo pendiente otros dos reencuentros. Eva lo sabe. Bea lo sabe.

Gracias, amigas.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Que no me molesten.




Hoy me he estrenado como voluntaria en la Asociación de Parkinson de Madrid. Espero que sea la primera vez de muchas.

Me ha gustado mucho la experiencia. Sencillamente, he estado dos horas en la Plaza de Jacinto Benavente apoyando la acción 'Música por el Parkinson'. Porque la música siempre funciona, y las batukadas son un magnífico altavoz, hoy queríamos visibilizar esta enfermedad que NO SOLO afecta a ancianos y ancianas. Que además de jóvenes, muy jóvenes, también afecta al día a día de los familiares y amigos. Yo pertenezco a este grupo. Mi hermano Nacho convive con la enfermedad desde hace más de una década. Ahora tiene 47 años.

Lo cierto es que cuando pienso en la enfermedad de mi hermano me cuesta elegir el verbo. No sé si decir vive con, convive, padece, sufre... Porque el Parkinson se mire como se mire es una PUTADA con mayúsculas. 

Ninguna enfermedad, como dice mi admirada Olivia Rueda (leed su libro: https://www.blackiebooks.org/catalogo/no-sabes-lo-que-me-cuesta-escribir-esto/), te hace mejor persona. Otra cosa es que ya que te ha tocado te lo tomes con buena actitud, pero lo mejor hubiera sido no tener que demostrar nada, ni tener que afrontar toda la mierda que implica. Odio la palabra luchador o valiente usada en este contexto. Del mismo modo que no me siento cómoda con la pena ni con la compasión, como la entendemos en nuestro contexto social. 

Pero de lo que quería hablar en este momento es de un comportamiento del ser humano. De cómo nos violenta que alguien se nos acerque y nos diga 'algo', una sílaba. 

Cuando camino por la ciudad y me para alguna persona que desea contarme algo, siempre me detengo. A no ser, como el otro día, que tenga mucha prisa y me excuse. Aquella mañana en la calle Fuencarral era cierto que llegaba tarde a una reunión. Y como respuesta escuché: 'Ay, una reunión... ¡qué importante'. Reconozco que ese 'tonito' me jodió. Seguramente ese chico está harto de que ni le miren a la cara. 

Hoy, he sonreído durante dos horas. He dicho: 'Buenos días, estamos dando voz al parkinson, una enfermedad que no solo padecen personas mayores, también muchos jóvenes. Muchas de estas personas no tienen recursos para afrontar lo que la enfermedad implica. Si te apetece colaborar...'.

Hay quien me ha dejado acabar mi discursito. Me ha hecho preguntas. E incluso, han metido monedas y billetes (¡Billetes!) en mi hucha. 

Otros, sin embargo, han desviado la mirada de forma cobarde. Yo no iba a atacarles. Incluso han intuido mis intenciones y han hecho un giro para no venir por mi camino. 

Algunos han respondido: 'No, perdón'. ¿PERDÓN? Si todavía no te he hecho nada para merecer tu perdón. 

También ha habido quien ha hecho un gestito con la mano que no me ha gustado nada, como diciendo: 'Uff, deja, deja...'

En fin, creo que en mi labor como voluntaria necesitaré un extra de compasión para entender por qué nos comportamos cómo nos comportamos. 

Sigo empeñada en hablarle a todo el mundo sobre el Parkinson. De hecho, hoy me he quedado un poco ronca... 

¡Ahí viene la pesada de la Nájera!