miércoles, 22 de febrero de 2017

Sobre quién lee este blog y simplificar




Hoy quiero escribir sobre diversos asuntos. Que nadie se asuste: solo son dos. Lo cierto es que no tienen demasiada relación y, siendo sincera, tampoco demasiado interés. Pero ahí voy: yomímeconmigo. 

El otro día disfrutaba de ese momento que significa preparar una entrevista, es decir, rastrear la vida de los otros y plantearles preguntas de las que a mí, la primera, me gustaría conocer la respuesta. Pasé un largo rato leyendo el antiguo blog de Jorge Bayo y el nuevo, Yolopinto. Ambos los recomiendo encarecidamente.

Yo sentí cierto encantamiento saltando de una entrada a otra y disfrutando de sus acuarelas. Sí, noté esa grata sensación de calma y paz que también suelen provocarme un paseo por el río Nith, una clase de yoga o la lectura de un buen libro. Esto se produjo escuchándole y observando cómo pinta. Y es que en el primer blog, se encuentran vídeos en los que de forma espontánea y natural Bayo reflexiona sobre su oficio. ¡Son una maravilla!

En una de las entradas se pregunta sobre el por qué de un blog. Y apunta:

"Escribir un blog es tener un amigo invisible pero a lo bestia: es tener un 'público invisible' que justificaría con cada 'entrada' la necesidad y aspiración que tenemos los 'verborreicos' de fantasear con que alguien habrá que nos escuche. Es también otra forma de exhibicionismo". 

Me sentí identificada con sus palabras y me quedé media mañana pensando precisamente en este pequeño blog. Volví a preguntarme por qué lo escribo. ¿Por qué lo hago si no sé quién lo lee? ¿Por qué si no tengo ingresos por publicidad aunque sí, en mi opinión, muchísimas visitas? ¿Para qué?

Y así sigo porque nunca obtendré la respuesta y, además, realmente qué más da. Será porque necesito hablar y aquí, en Escocia, no tengo demasiadas oportunidades de compartir un café. O cuando me siento ante una taza y en buena compañía el idioma no me permite profundizar en mis pensamientos.

O posiblemente sea porque en el fondo -y en la superficie- soy una exhibicionista y creo que mi humilde existencia tiene interés. O será porque sé que no la tiene y escribiendo sobre ella aspiro a encontrárselo. 

¿Porque a quién le interesa que yo viva en Escocia, que antes lo hiciera en Pamplona, en Madrid, en un pueblo de Zaragoza...? ¿A quién le importa que padezca un catarro perpetuo o que los martes pasee con abuelillas que me llenan de energía? ¿A quién le han interesado los asuntos más íntimos que también he vertido en este espacio que no tiene fondo? A nadie. 

Hubo un tiempo en el que alguien me dijo que podría escribir algún librito de autoayuda. Debía ser porque en aquella etapa a mí, osada, se me daba bien pontificar, aconsejar y esas cosas. Y aquí encaja perfectamente aquello de: 'Consejos vendo y para mí no tengo'. En fin, al lío o, lo que es lo mismo, a pensar mientras escribo creyendo que alguien lo leerá. 

El segundo asunto sobre el que hoy quería soltar mi monólogo, sin esperar respuesta de mis amigos invisibles, lógicamente, es sobre simplificar. Cómo es vivir con menos de lo que estamos acostumbrados. Y esto, en ningún caso, significa con poco. Pero la verdad es que solemos tener todo incluso por duplicado. Con frecuencia hasta lo olvidamos y compramos aquello que ya poseemos, pero quizá esté en el fondo de un cajón, olvidado.

No quiero frivolizar. Yo me siento muy afortunada por lo que tengo -que es realmente valioso- y por la oportunidad que supone estar en este pueblo del sur de Escocia, Dumfries, más ligera de equipaje que nunca. 

Nuestra vida aquí es y será la que quepa en doce meses. Llegamos a finales de agosto con lo que cabía en nuestra furgoneta. Compramos cuatro muebles de segunda mano y poco más. No quisimos pagar una mudanza internacional porque nos apetecía experimentar qué significa desprenderse de todo aquello que crees necesitar. Y en este caso me refiero a objetos cotidianos. 

El pasado viernes invitamos a varios amigos a cenar en casa. Me gusta mucho cocinar para los demás y abrir las puertas de nuestra casa. En este caso, tuve que pensar el menú en función de las posibilidades prácticas. Y esto se tradujo en fregar la sartén y la cacerola después de cada uso; tener claro qué serviríamos en las dos fuentes (horribles, de pyrex) y, entre plato y plato, lavar los cubiertos.

En España la mesa hubiese tenido armonía. Yo hubiera procurado que fuera realmente bonita. Posiblemente, habría elegido el mantel que Patricia, Carmen y sus parejas nos regalaron por nuestra boda. Sí, ese mantel con el que, según Patricia, si concluye este matrimonio y vuelvo a intentar un segundo, debería confeccionarme el vestido de novia.

Ellas bromean sobre el asunto porque alucinaron con el hecho de que les pidiéramos como regalo un mantel. Y además, con ese precio.

Recuerdo que lo estrenamos durante una comida con mis tres sobrinos. No se me ocurrió nada mejor que preparar arroz a la cubana y yo con el dedo levantado les advertí de las consecuencias de una mancha sobre la tela. ¡Los pobres no dejaron ni un leve rastro!

Sobre dicho mantel, en España, hubiera habido copas y vasos elegantes, estos posiblemente de color azul. También pequeños detalles, por ejemplo, velas, conchas así como la vajilla y cubertería adecuadas. Además de las piezas de cerámica que nos regalaron en estos años personas tan queridas como Miguel.

Aquí, poco pude hacer. Compré flores y la florista me regaló un platito en el que se me ocurrió poner unas velas y unas ramitas de tomillo.




Sinceramente, los vasos eran más bien feos y diferentes. Al menos teníamos copas de vino, que encontramos en un mercadillo cuando paramos en Stratford-upon-Avon, el pueblo en el que nació Shakespeare.

Ante la falta de recursos domésticos, me deprimí un poco e hice una visita de última hora a la tienda de segunda mano que hay cerca de casa, Shax. Allí encontré, por apenas 13 libras, una vajilla y un juego de té muy resultones.






Ahora, el dilema es que nuestros nuevos platos y tazas nos gustan tanto que queremos llevarlos a España, de vuelta, y eso no entraba en nuestros planes. Porque éste es el año en el que simplificar.

De hecho, solo cuento con un agua de colonia. Cuando la vaporizo sobre mi piel, disfruto de ese gesto más si cabe. Observo el bote a contraluz deseando que dure, que quede una gota para ponérmela el último día, cuando echemos el cierre a este pequeña casa de dos pisos y jardín. 

Precisamente, cuido del jardín con el empeño de quien vivirá aquí el resto de su existencia. He plantado bulbos, brezo, tomillo, romero, salvia, una hortensia, cilantro y otras plantas. Y aunque una persona me preguntó para qué lo hacía si me marcharía pronto, me gusta creer que los próximos inquilinos pensaran que hubo quien soñó con un jardín bonito. Lo imaginó y procuró tenerlo. Sí, la vida pasa, pero algo queda. Y yo sonrío con los primeros iris que asoman. 

Tengo la mitad de la mitad de la mitad de la ropa que tenía en España. Y me sobra. Recuerdo que de pequeña solo tenía un abrigo para diario y otro para los domingos. Era suficiente. Solo tenía dos pares de zapatos, y me sobraba. ¡Cómo ha cambiado todo! 

El apartado cocina merece otro capítulo. Trajimos dos aceites especiales: L'Amo de Aubocassa y Abbae de Queiles. Y los dosifico como si fueran oro. 

Lo mismo sucede con los caparrones, con la miel y con la mermelada de mora que hice con mi madre y con mis sobrinos. Están llegando a su fin y yo estoy aprendiendo a asumir que así es la vida. 

Confieso que me fascina tener mil especias, diferentes tipos de té, arroces, vinagres... Me encanta conservar adecuadamente cada alimento en un bote de cristal. 





Me relaja cambiar los envases cuando queda menos cantidad. Mi marido dice que ordenar los armarios de la cocina es mi hobby favorito. Y no se equivoca. 

Ya lo hacía en la gran despensa de mi casa familiar. Siendo niña, periódicamente, revisaba la caducidad de los botes y le recordaba aquello con lo que debía cocinar no tardando.  

Ahora, cuando viajamos ya no compramos todas esas cosas ricas ni los libros u otros objetos que nos gustaría porque en unos meses desmontaremos la casa y la despensa. Y aunque parece fácil os prometo, lectores invisibles, que no lo es tanto.

Me da pena saber que dejaré aquí esos insignificantes botes, pero que a mí me hacen sentir tan bien. Tendré que buscar en la biblioteca municipal el libro de Marie Kondo y abrazar de nuevo su fiebre simplificadora. 

Y como me gusta creer que alguien está al otro lado, os invito a reflexionar acerca de todo lo material que tenéis cerca. Posiblemente sea más de lo que creéis. Analizadlo.

Sin duda, somos afortunados por rodearnos de cosas bonitas, que nos reconfortan y nos hacen sentir el significado de hogar. 

lunes, 13 de febrero de 2017

Cuando no terminas de sentirte bien

No sé cómo titular esta entrada. Así que lo dejaré para el final. Entonces, seguro que sigo sin saber cómo titularla y elijo las palabras equivocadas o, al menos, no las idóneas. Nunca he sido buena titulando. 

Resulta complicado titular una entrada que sé que va a tomar forma sumando pequeñas reflexiones.  Quizá sin demasiado orden ni concierto, pero ahí voy. 

Desde el pasado viernes estoy sola en Escocia. Éste pasará a los anales de mi historia privada como el año que dormí intensamente y en el que no solté un catarro. Han sido varias las personas que me han dicho que siempre es así los primeros doce meses porque la humedad afecta más de lo que se podía imaginar. 

Yo tengo mocos que nunca tuve; dolor de cabeza, de garganta y de articulaciones... Que nadie se alarme porque el día que me siento mal no es para morirme pero sí se suceden los momentos en los que estoy floja, no del todo bien. El pasado fin de semana fue uno de ellos. Floja, sola y sin apenas comida. Ante tal panorama hice algo que me encanta en estos casos: meterme en la cama y leer sin parar. Eso cuando no dormía. 

He incumplido el propósito de leer solo en inglés. De modo que de las vacaciones navideñas en España me vine con un par de libros. Entre ellos, Lugares que no quiero compartir con nadie, de Elvira Lindo. 




Cuento esto para añadir que, aunque no me declaro mitómana, ni nadie me despierta tanta admiración como para seguir cada uno de sus pasos o libros, mentiría si no dijera que Elvira Lindo me gusta. Creo que escribe muy bien y creo que es así porque tiene una capacidad única de observar la realidad. El librito apenas supera las 220 páginas y está escrito con ritmo, intercalando reflexiones personales y detalles de una auténtica exploradora urbana. 

Voy a Queens. Voy a Queens en metro. 

Esas dos frases dan inicio. Podrían dar paso a algo sin importancia, pero ella confiesa que va a Queens a la consulta de un psiquiatra porque necesita ayuda para entender y minimizar su ansiedad crónica. La siente desde los 9 años y le provoca dolores físicos y, claro, mentales. 

La primera duda que me asaltó fue: ¿Esto es ficción o no? Y me respondí a mí misma que no importaba porque, en cualquier caso, a mí me estaba interesando. Y mucho. 

Por un lado porque Lugares que no quiero compartir con nadie recorre una de las ciudades que más me gustan: Nueva York. En la anterior entrada de este blog precisamente expresé mi deseo de regresar pronto. 

Lindo no cumple, se olvida del título del libro y comparte los restaurantes, cafés y tiendas en las que le gusta comprar cosas ricas. Compone también una exhaustiva descripción humana y emocional de una ciudad demasiado grande. Reflexiona sobre los clichés en torno a ella, en torno a sus ciudadanos. No se olvida, incluso, de dedicarle unas líneas al gimnasio al que asistió. Y no es una descripción baladí. 

No, no es una guía sobre la ciudad. No solo eso. Ella intercala reflexiones íntimas ligadas a momentos y a personas cercanas. Se pregunta a sí misma por qué siente ansiedad cuando, a todas luces, es una suertuda. Vive seis meses en Madrid y seis en Nueva York. Tiene una vida familiar feliz, en armonía. Tiene tiempo para pasear, diseccionar y observar la realidad... pero aún así siente ansiedad. Y entonces, me reconocí. 

Afortunadamente, mi malestar es suave, pero aún así, en algún momento, noto que no me siento tranquila. Quizá, como Elvira Lindo, echo de menos un horario, obligaciones impuestas por otros... necesito que no dependa solo de mí el orden, la disciplina porque, de repente, un día soy la más indisciplinada. 

Yo que soy una persona metódica y productiva, que consigo concentrarme con facilidad y que me gusta cumplir con los plazos de entrega y compromisos, al mismo tiempo experimento el significado de esa palabra impronunciable procrastinar. Y entonces, me siento mal. Me siento mal por sentirme mal, porque soy una privilegiada y, sin embargo, me siento mal.

Ay, qué complicado y ahora, además, tengo que titular esta entrada. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Algo que coleccionar

Nunca he sido coleccionista. Cuando fui adolescente intenté serlo por aquello de hacerme la interesante, pero cejé en el empeño muy pronto. 

Sigo sin ser coleccionista y desde que leí el libro de Marie Kondo, me deshago de casi todo. A veces no es fácil porque comparto la vida con alguien que guarda casi cualquier objeto. En la última mudanza, me costó sudor y lágrimas convencerle de que todos esos recortes del País Semanal no tenían ningún interés porque no los había revisado en los últimos cinco años. 

El caso es que no soy coleccionista pero me gustan los lápices, me gustan mucho, especialmente los de color negro o gris. Gracias a mi trabajo he tenido la suerte de visitar multitud de hoteles y tengo bastantes. Sí, al parecer es tendencia que los hoteles de lujo dejen encima de la mesilla de noche o del escritorio un lapicero, casi siempre en negro, y con el nombre en letras doradas o plateadas. Yo me los he llevado a casa todos. 

Así que me fascina revisar la web y las redes sociales de CW Pencil Enterprise; las conozco casi de memoria. 

Supe de la existencia de esta tienda en algún dominical y puedo pasarme horas viendo y volviendo a ver sus fotos. 







Esta tienda especializada en algo tan necesario, cotidiano y sencillo como un lápiz se encuentra en Nueva York. Llevo tiempo pensando que necesito volver a dicha ciudad, que ha pasado demasiado tiempo desde la última vez, y ésta será una de las visitas imprescindibles. 





Llamadme absurda, pero sus propuestas para San Valentín me parecen perfectas. A mí que dicha fecha me parece innecesaria, si alguien me asegura unos lápices tan bonitos como estos, me sumo a la celebración.

CW Pencil Enterprise es la idea de Caroline Weaver. Ella sí que era (y es) una amante y coleccionista de lápices en toda regla, y en 2014 abrió esta pequeña y singular tienda. A través de su negocio, comparte su pasión por las historias que algunos de estos objetos esconden. Ella sabe que no somos pocos quienes apreciamos la funcionalidad y encontramos belleza en su simpleza. 

Los tiene modernos y también vintage; no faltan los lápices de colores y presenta alguna 'rareza' como los lapiceros The Backyards and Gardens of Portugal. Están perfumados y son una creación de la fábrica Viarco, fundada en Portugal en 1907. Las esencias son higo, jazmín, lirio, peonía y flor de naranjo. 



Weaver también cuenta con una interesante selección de sacapuntas, gomas de borrar y cuadernos. Un lápiz no tiene razón de ser sin estos compañeros; se necesitan los unos a los otros. 

A mí me gustan tanto los lápices que casi nunca tomo notas con bolígrafo. Me resulta agradable, me hace sentir bien, notar cómo la mina toca el papel, se hunde en él y se desliza. Me encanta el sonido que produce cada trazo. Siempre llevo varios y cuando visito cualquier tienda de cualquier museo es en lo primero que reparo.  

Hablando de museos, hace unos meses visitamos Lake District, en la región de Cumbria (Inglaterra),  nos detuvimos en Keswick y sentí la emoción de una niña pequeña al aparcar junto al Cumberland Pencil Museum. Si bien, la alegría se esfumó cuando supe que estaba cerrado hasta la primavera-verano de 2017 debido a los daños sufridos durante la subida del río.

Se encuentra junto a la fábrica homónima. Y es que ésta fue, durante varios siglos, una zona famosa por la extracción de grafito y a ello se dedicaba esencialmente la población. Aunque las minas cerraron hace tiempo, Cumberland sigue fabricando algunos tan famosos como los Derwent

Bueno, voy a sacar punta a mis lapiceros y a dejarlos preparados para cuando vuelva a necesitarlos o quiera sencillamente escuchar su sonido sobre el papel.