lunes, 16 de enero de 2017

En torno al lenguaje

He tardado casi un mes en escribir. Esta vez tengo muy buena excusa: la Navidad. 

El 16 de diciembre iniciamos el viaje a España y, por primera vez en mucho tiempo, dejé el ordenador en Escocia. Después, estando en casa de mis padres, cuando desde El Mundo me pidieron ampliar un artículo casi me dio un patatús por no tener mis archivos. Lo solucioné y respiré aliviada.

Además, durante las vacaciones sentí, una y otra vez, el deseo de escribir sobre nuestro recorrido por los encantadores pueblos de los Cotswolds, cercanos a Oxford; acerca de las 24 horas en Bath, incluida la fantástica cena en un restaurante chino lleno de chinos; e iniciar un nuevo blog del que pronto tendréis noticias. Pero como suele suceder, pasado el tiempo, se escapó la emoción y este último proyecto sigue siendo eso, un proyecto. 

Ahora sí, estoy aquí. 

Ayer, domingo, a través de Facebook, en el perfil de mi admirada Anabel Vázquez, encontré un texto maravilloso de The New Yorker.





Lo leí encantada y me hizo reflexionar. Desde finales de agosto, vivo en Escocia y me esfuerzo en aprender, mejorar y hacerme entender en inglés. Con el añadido de que aquí el idioma es realmente diferente. Esto es una tómbola: quizá te toque alguien con un acento suave, e incluso, de otro lugar de Reino Unido (¡Bingo!) o alguien a quien difícilmente entiendes ni un simple 'Hola'. 

Ya no desespero, intento salir airosa de la situación y me alivia y anima recordar algo que me explicó mi vecino en Madrid, Noel, que es irlandés: 'Si entiendes a los escoceses, entenderás a cualquiera que se exprese en inglés'. Así que, amigos, creo que voy por el buen camino. 

En la infancia estudié francés. Como se aprendía entonces: escrito, pero ni una sola palabra hablada. Por lo tanto, de mi boca no sale ni una sílaba en dicho idioma. Comencé a estudiar inglés al llegar a bachillerato y descubrí un idioma apasionante. Tanto que, concluido el instituto, me matriculé en Filología Inglesa. Un mes después (sí, un mes) supe que ni la diacronía ni la literatura inglesa me interesaban, así que concluí ese primer año aprobando todo (menos dos asignaturas que ni toqué de lejos) y me pasé a Hispánicas. Entonces, encontré la horma de mi zapato. 

Me fascina nuestro idioma. Y por ende, el inglés. Me pregunto sobre el significado, la etimología, las posibilidades, la pronunciación -que me trae de cabeza-, así como por el peso emocional que esconden las palabras. Y el artículo de The New Yorker trata de eso. 

De las palabras bellas. Necesarias. 

De las palabras inspiradoras y que producen 'calorcito' en el alma, que nos reconfortan, que nos hacen sonreír y recordar cuánto las necesitamos. 

Hay tantas palabras por explorar que resulta bonito no conformarse con las de siempre. Podemos probar con algunas nuevas, pronunciarlas en voz alta y en silencio, sí en silencio, pero decirlas suavemente, con cariño y consciencia. Y así probar cómo suenan y cómo nos sentimos con ellas. 

Yo lo intenté con resiliencia, porque su significado me apasiona y me ayudó, y seguro que vuelvo a necesitarla, pero no soy capaz de pronunciarla espontáneamente, con naturalidad. A veces, me la digo a mí misma, en voz baja, y sí, vuelvo a equivocarme, cambio las sílabas. Pero tampoco importa.


resiliencia

Del ingl. resilience, y este der. del lat. resiliens, -entis, part. pres. act. de resilīre 'saltar hacia atrás, rebotar', 'replegarse'.
1. f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o unestado o situación adversos.
2. f. Capacidad de un materialmecanismo o sistema para recuperar su estadoinicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.


Una lengua nos ayuda a crecer, nos define. Por eso, me gusta pensar en lo que supone. En qué significa elegir unas palabras frente a otras. En sí somos descriptivos o vamos al grano. En si nos gustan determinados adjetivos u otros, en sí los adverbios nos seducen o no. 

Yo siento que yo soy una persona diferente cuando hablo inglés. A pesar de haber estudiado e invertido muchas horas y dinero en multitud de cursos, me queda largo recorrido. No me desespero, todo lo contrario, me fascina el camino que tengo por delante. Pero sé que me faltan muchas palabras para expresarme como verdaderamente yo soy. 

No soy la misma porque, al faltarme términos, no consigo ser tan dulce o empática como debería. O todo lo contrario y, debido a la profusión de 'lovely' aquí, ya me haya convertido en un muffin cargado de edulcorante. ¡No lo sé!

Incluso, mi voz es diferente porque mi acento y entonación son otros. ¡Y con el lío del escocés, ni os cuento!

He avanzado mucho en estos meses, pero todavía creo que mezclo palabras cultas, muy formales, con otras que no lo son. Además, soy muy académica y recuerdo las normas que los diferentes profesores me han enseñado y no me entrego a la espontaneidad. 

Por otro lado, he comprobado, como indica el texto, que tanto en español como en inglés existen términos que no encuentran equivalente en el otro. Unas realidades sociales y vitales nos hacen nombrar situaciones, lugares, espacios, emociones o personas que en otra lengua no son precisos. Y en la definición existen, cómo no, esos matices, pequeños pero fundamentales, que impiden hallar un equivalente. Tienen que ver con las experiencias, con cómo el ser humano vive, aprecia y siente una realidad concreta. Son, por tanto, palabras sin traducción. 

De las citadas en el texto, me quedo con: dadirri. Qué bonito haber decidido nombrar una capacidad de escucha concreta, consciente, profunda, respetuosa. Ojalá tanto el concepto como el término fueran comunes en nuestra lengua, ¿verdad?. 

Leed el artículo y, por favor, recordad aquellas palabras que os hacen sentir bien, que os calientan el alma y os producen seguridad. Yo tengo una lista amplísima, llena de términos aragoneses que la mayoría no conoce ni utiliza, pero que a mí me hacen sentir resguardada, en un refugio cálido. Porque el idioma también reconforta. Y eso es un regalo. 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mayores. Y sabios





Recuerdo cómo eran aquellos paseos hasta el lavadero y el río, aquellos días junto a mi abuelo Juan. Él se sentaba siempre en el mismo lugar del sofá y me gustaba acariciar sus manos huesudas, con las venas marcadas y las palmas suaves. Suaves a pesar de haber trabajado en el campo.

También recuerdo a mi abuelo Constancio. Ver su alta silueta, vestido con gabardina, paseando por el parque. 

Me gustan las personas mayores. Siempre me he sentido cómoda a su lado. 

Su presencia me reconforta. No sé cómo explicarlo, pero cuando estoy junto a una persona mayor que camina, se mueve y se expresa lentamente, consigue calmarme. Tener que acomodarme a su ritmo, genera en mí una especie de paz. Es relajante.

Desde hacia varias semanas, cada martes a las 13 horas, tengo una cita. Acudo a la puerta de Lorebourne Centre y me reúno con un grupo de señoras mayores, algunas ancianas, para dar un paseo durante una hora. 

Las hay ágiles, pero la mayoría con cada paso mueven una larga cantidad de experiencias y años. Y eso se nota. 

Así que yo he aprendido a caminar despacio. 

Resulta una suerte de ejercicio de eso que ahora está tan de moda y que se llama Mindfulness. Debo concentrarme en el momento presente, en el simple hecho de caminar en su compañía, sin pensar que yo podría llegar más rápido. Entonces, recuerdo esa canción de Drexler que tanto me gusta: "Amar la trama más que el desenlace".

Cuando llegué a Dumfries, quise ser voluntaria. La experiencia en Pamplona, tanto en Cruz Roja como en París 365, fue muy positiva y quería repetir. Fue necesario entrevistarme con tres personas diferentes que me explicaron que debían comprobar mis antecedentes penales y que para ello, debía entregarles las direcciones en las que había vivido en los últimos cinco años. Me he rebelado. No las he facilitado y dije que no lo haría. 

No estoy de acuerdo con un sistema que sospecha de las personas. Supongo que es fácil entenderlo, pero yo no quiero hacerlo. Supongo que es un simple trámite.

Quería compartir mi tiempo con algún anciano que necesitara un poquito de compañía. Además, no creo que sirva de nada saber que nunca infringí la ley. Quizá no lo hice y lo haga ahora. ¿Y si fui delincuente, no podría ser voluntaria? 

Pero la vida, casi siempre, te brinda lo que buscabas. Así que sin ser oficialmente voluntaria, durante los paseo con Paths for all, camino al final, junto a las que necesitan un ritmo más bajo, y cuando debemos cruzar, o si viene un coche o bicicleta, aviso y presto atención para que no suceda nada. Todas me lo agradecen. 

Me siento una privilegiada por poder escuchar las historias de sus vidas. Aquellos años en los que trabajaban, muchas como enfermeras, otras como camareras. Me gusta que me expliquen cuántos hijos y cuántos nietos tienen, y qué van a hacer en Navidad. 

Y que me pregunten acerca de nuestras celebraciones, si también nos reunimos en familia y que quieran saber qué comemos en unas fechas tan señaladas. Ayer, una de ellas me dijo que al hablar de mis seres queridos, sonreía de una forma especial. 

Me siento feliz caminando con ellas y compartiendo, después, un chocolate caliente y un scoon con mantequilla y mermelada. 

Me reconforta escucharles decir que la vida continúa cuando has perdido a tu pareja. Que hay que seguir y buscar nuevos amigos, actividades que te ayuden a salir de casa y a sentirte activo. 

Me gustan las personas mayores. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

It was long ago

Hoy he despertado con hambre. Y con el recuerdo de un olor especial. 

Hoy he despertado sintiendo que volvía a entrar a la panadería de Monteagudo de las Vicarías, escuchaba el particular ruido de la puerta, y notaba el olor a pan y a tortas. 

Cuando era niña, yo no solía comer torta; solo ocasionalmente. Eva, sin embargo, merendaba cada tarde un buen trozo con nocilla. Me encantaba ese olor a masa horneada. 

Recuerdos.

El otro día, leí un poema sobre un recuerdo de infancia. De cómo es posible guardar en la memoria, como si sucediera en este preciso instante, colores, olores y sabores. 




No sé cómo funciona el apartado de los recuerdos y si todos tenemos la misma capacidad para generarlos y hacerlo con una u otra intensidad. Supongo que es diferente. Yo siempre he sido muy recordadora, pero ahora, quizá por encontrarme lejos de casa y de los míos, quizá por la edad, recupero más que nunca algunos maravillosos. 

Recuerdo cómo cuando íbamos en familia a Zaragoza y hacíamos la compra en el supermercado de El Corte Inglés, mi padre, a escondidas, siempre cogía una gran bolsa de cacahuetes. Y mi madre siempre le decía: ¡José Luis!

Cómo era acariciar a nuestro perro, Ruscus. Y cómo cuando me caí y me hice una herida en la rodilla, él vino a ayudarme. 




Cómo eran mis zapatos de charol de los domingos, que yo limpiaba cuidadosamente con leche. 

Recuerdo, como si fuera ahora mismo, hacer la mudanza de una casa a otra, en Arándiga. Recuerdo llevar los medicamentos de la antigua farmacia a la nueva, en una carretilla. Los botes de mercromina, las cajas de esparadrapo. 

También mi chandal rojo y azul con una especie de V en el pecho. Recuerdo cómo me gustaba porque sentía que era uno de los lagartos de la serie de televisión.




Recuerdo cuando salíamos al campo con la escuela y buscábamos fósiles y orquídeas silvestres, pequeñas y de color marrón. 

Cómo en esa foto la única niña que no tiene un bollo soy yo y, sin embargo, no perdí la sonrisa.

Cómo estando en el colegio, llegó un fotógrafo para hacernos fotos individuales. Y a mí no me gustó nada la experiencia. 




Cómo el día que nos hicieron la foto de grupo en parvulitos, yo me olvidé el baby, y no solté mi libro ni la bolsa con galletas. 

Recuerdo que en la infancia supe que había niños malos e intuí que luego se convertían en malas personas. Creo que no me equivoqué.

Recuerdo el río y las acequias. Los botones de oro y soplar abuelitos. Robar fresas. Y albaricoques. 

También las luciérnagas cuando bajábamos al lavadero durante las cálidas noches de verano. 

Recuerdo cómo mi padre cogió una madera que sobró de la nueva cocina y nos hizo la mejor patineta del mundo. Lo que no recuerdo es el número de veces que me tiré por la cuesta ni el número de leotardos que rompí. 

Recuerdo aquella excursión en bici hasta Purroy en la que yo iba agarrada a su cintura, sentada sobre aquel cojín de color azul. 

Recuerdo cómo asábamos ajos en la antigua cocina de leña del sótano y cómo pusimos al rojo vivo aquella pieza de hierro y marcamos mi nombre y apellido en el banco. 





Recuerdo. Recuerdos.