miércoles, 26 de abril de 2017

Un picnic (y un banco) en el jardín botánico

Monasterios y jardines botánicos. Si tuviera que resumir qué visitaba siendo niña durante los viajes familiares ésa sería la respuesta. Y lo cierto es que nunca me pareció aburrido, de hecho, sigo manteniendo la costumbre. 

Cuando me trasladé a vivir a Madrid, pasé horas y horas en soledad en el Jardín Botánico. Entonces era gratuita la entrada y yo me escapaba hasta allí en cualquier momento. Creo que es uno de los lugares más especiales de la ciudad. 

Tras saber que Edimburgo cuenta también con un jardín, tenía pendiente conocerlo y deseaba que fuera ahora, en primavera. Cabe señalar que está a un paso del centro de la ciudad. 

Visitar jardines botánicos tiene su aquel. Si lo haces como parte de un intensa jornada turística posiblemente no lo disfrutes. Si lo visitas a primera hora, tendrás energía, invertirás tiempo y puede que luego notes el cansancio en tu cuerpo. Si lo dejas para el final, quizá no tengas tantas ganas de explorarlo. Mi consejo es, como dicen en mi tierra, en Aragón, ir de propio. Es decir, programar únicamente esa visita. 

El sábado recorrimos los Borders escoceses deteniéndonos en abadías como la de Melrose o la de Jedburgh. 







Pasamos la noche en North Berwick, en un parking con vistas a Bass Rock, una pequeña isla de 100 metros de altura y de color blanco debido a la presencia de una colonia de 150.000 alcatraces. 





El domingo por la mañana, rumbo a Edimburgo también conocimos el castillo de Dirleton. 






Y justo a la hora del almuerzo, llegamos al Jardín Botánico, donde disfrutamos de uno de nuestros ricos picnics en un banco. 

Recordando la entrada en este blog de la semana pasada, formulé en voz alta el deseo de tener un banco cuando muera. Ya ves, tener... y estaré muerta. 

Bromeamos sobre el lugar en el que situarlo y qué poner en la placa. Después, fui al baño y justo frente al inodoro, había un cartel que indicaba que el precio de un banco en el jardín durante diez años asciende a 2.500 libras. 

Dejemos las últimas voluntades al margen y volvamos al jardín. Es una maravilla por dimensiones, contenido y variedad. La entrada es gratuita, tan solo hay que pagar 6,50 libras si se desea conocer los invernaderos. Y merece la pena. 

Dada mi nueva afición, esto es, la jardinería, me gustó especialmente la parte del huerto y de las plantas aromáticas. Crecían prometedoras fresas y los manzanos estaban en flor. 










Además de árboles, arbustos y muchos rododendros en flor, y la posibilidad de elegir y seguir multitud de senderos, existen 'apartados' de especial interés. Por ejemplo, el de plantas alpinas. 









Durante nuestro tranquilo paseo, nos dimos cuenta de que los pájaros cantaban. Ellos también están contentos ahora que no llueve y luce el sol. También se escuchaba el sonido de los insectos. 

Sin duda, merece la pena pagar la entrada y disfrutar de los invernaderos. Son una decena y reúnen infinidad de plantas. Entre ellas, exuberantes orquídeas. 







El Jardín Botánico es un buen lugar para ir en familia. De hecho, promueven actividades para niños así como paseos guiados para todos. 

Hay costumbres que no se abandonan, en mi caso, visitar monasterios y jardines botánicos. Aunque aquí soy tan afortunada que vivo a un paso de un maravilloso rock garden. No tiene carteles, pero empiezo a identificar las plantas. Y tiene bancos, con y sin placa... Y ya empiezo a imaginar los próximos picnics. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Un banco, en cualquier lugar





Un banco, en cualquier lugar, siempre es una buena idea. Siempre. (Ya estoy con las palabras radicales. Ya olvidé encontrar un punto intermedio entre el negro y el blanco) 

Dije que no soy coleccionista, pero quizá lo sea. Me gusta coleccionar fotografías de bancos. Lo cierto es que es en mi memoria donde las archivo porque, tarde o temprano, las borro del móvil o de la cámara.

Quizá mi afición por los bancos comenzó en la infancia. Cuando junto a mi padre grabé mi nombre en nuestro banco de madera.




Un banco siempre es una buena idea, esté dónde esté. (Otra vez...) Y mira que he encontrado algunos impensables. Por ejemplo, aquel en Finlandia, en el interior de un bosque iluminado desde bien temprano por la luz estival que nunca acaba. 

Era perfecto salvo por los mosquitos tan tremendos como los de Escocia y porque llegar hasta él y tomar asiento era prácticamente imposible. Pero era uno de los bancos más especiales que he encontrado por azar.  






Los situados junto al mar, un río o un lago juegan con ventaja. No cabe duda. Aunque la niebla impida ver más allá, en este caso, el mar, en Mull of Galloway






En la Isla de Whithorm, tras una noche de auténtico miedo, encontré éste. Y no era el único. Junto al pequeño faro había multitud de bancos, y todos situados en lugares increíbles.






Porque sentarse y respirar mar funciona, un banco siempre es una buena idea. Con un picnic, mucho mejor. A mí me gusta preparar algo de comer y sentarme en mi banco favorito en Kingholm Quay. 

El río Nith no deja de sorprenderme. Por su caudal, su ritmo, ahora sube ahora baja... por todas las aves que en él habitan o lo frecuentan y que a mí me dejan atónita. 

También me he detenido en alguno de los bancos de hierro que hay a lo largo de Dock Park. Gracias a una placa, aquí les encanta poner carteles en referencia a casi todo, supe que el primer banco data de 1828, fue donado por el hospital y dedicado a 'los pobres enfermos'. El último es de 1899. 

Y a mí que me gusta pensar en quienes habitaron, frecuentaron y disfrutaron de los lugares antes que yo, me fascina imaginar tantas y tantas tardes frente al río, al sol, o mejor dicho, bajo la lluvia.







Cuando era niña, en el pueblo de mis veranos, Monteagudo de las Vicarías, no había bancos. Había poyos, que eran, en mi opinión, mucho mejor. Justo frente a nuestra casa, había uno, el de (la) Conrada, esa vecina tan simpática...

Pero sucede que el hombre se empeña en eliminar elementos tan útiles como un banco de piedra en el que sentarse con los vecinos y disfrutar de las noches de verano. Y guardar silencio para atender al canto de la lechuza y a su tremenda respiración. Ella también desapareció hace tiempo.  

Nos empeñamos en eliminar lugares que invitan al encuentro. Porque sentarse junto a un desconocido puede ser el inicio de una conversación que te deje una huella o, simplemente, que te haga pasar un rato agradable. Nada más. Nada menos.

Porque un banco al sol suave del invierno o de la primavera es un regalo. Porque a veces se necesita uno para hacer tiempo, para esperar y otras porque sin un descanso no es posible dar un paso más. 

Pensando en el invierno, en Logroño, por ejemplo, existen algunos bancos con 'calefacción'. 

En Escocia encuentras bancos por doquier. La mayoría tiene una placa. Generalmente están dedicados a personas que fallecieron. Y yo que siento debilidad por los cementerios, los obituarios y este tipo de informaciones, las leo todas. 

Yo creí que todas las placas se referían a la persona que donó el dinero, que hizo posible ese banco. Pero he leído que en Reino Unido, los ayuntamientos brindan la posibilidad de pagar memorial seats, es decir, bancos, y dedicárselos a quien quieras. Quizá a un cantante, a un escritor o a una mascota. Según he leído, incluso, puedes decir en qué lugar quieres que se coloque. ¡Me encanta!

Mi mejor fuente escocesa, es decir, Catriona, me cuenta que en algunos lugares esta iniciativa está suponiendo un problema. Hay demasiada gente que quiere un banco en un espacio en concreto y no queda espacio para ello. Por ejemplo, me dice, dentro de la Universidad de Glasgow. 

El otro día, en el jardín cercano a casa, ése al que procuro ir cada día, aunque sea apenas durante unos minutos, reparé en que había unas flores precisamente en un banco. Me acerqué y mi imaginación voló.




Creí que los narcisos eran para la mujer mencionada, Carole, fallecida y a quien no olvidan por más que pase el tiempo. 

O quizá los llevó alguien que allí, en ese banco, vivió o sintió algo especial. Quizá tomó una decisión importante. 

Puede que allí esa u otra persona, en algún momento, se sintiera feliz. Liberada. Amada. Reconfortada. Y agradeció la buena idea que fue colocar allí un banco. 

Sea como sea, resulta bonito, ¿verdad?

Yo que soy un poco romántica para estas cosas, recuerdo algunos de los bancos en los que me senté en momentos clave de mi vida. Son bancos en los que lloré, besé, amé... 

Yo lloro en casi cualquier lugar. Soy una desvergonzada. Aún recuerdo aquella vez en un autobús que recorría el Paseo de la Castellana, en Madrid, cuando una señora, en el asiento de delante, se giró y me dijo: 'Quien te hace llorar así no merece tus lágrimas'. Gracias, desconocida, cuatro días después le dije 'bye, bye'. 

Pero no todo es drama en mi vida. También he buscado y encontrado fantásticos bancos en los que estiré mis piernas después de correr. 

Porque un banco, en cualquier lugar, siempre es una buena idea. Quizá romántica, quizá práctica, pero una buena idea, siempre.

Sí, dije, una vez más, siempre. 


lunes, 3 de abril de 2017

Silencio

Somos duros con nosotros mismos. Lo somos con más frecuencia de la debida. Solemos ver lo negativo, aquello que estaría bien modificar, mejorar. Nos reñimos a nosotros mismos por no alcanzar cambios sustanciales y no nos fijamos en todo lo bueno. En aquello que poseemos de forma natural y que hace que la gente se sienta bien cerca de nosotros, que nos necesite, que le guste nuestra sonrisa, nuestra manera de hablar y lo que decimos. 

Aprendí (aunque a veces lo olvido, lo reconozco) que las palabras que elegimos para expresar nuestras emociones nos definen. Creemos que son ésas las adecuadas, que son las que definen lo que experimentamos, pero no siempre es así. Las elegimos una y otra vez por costumbre, porque hemos creído que así vemos el mundo: con adverbios que significan blanco o negro, y no un tono gris. Yo intento elegir de forma consciente (porque espontáneamente salen los primeros) términos que describan menos intensidad. 

Hace unos días leí un artículo en Thrive Journal y recordé que si intentamos cambiar nuestro vocabulario habitual apreciaremos un cambio en cómo pensamos, sentimos y vivimos. Según el autor del texto, el problema es que con frecuencia no elegimos conscientemente las palabras para describir nuestras emociones. Usamos las de siempre, sin apenas analizar qué emociones vivimos. Y claro, nos repetimos una y otra vez la misma versión de los hechos, de los sentimientos.

Recientemente, además, compartí en mis redes sociales otro texto muy interesante sobre el hábito tan cotidiano de quejarse. Hice propósito de enmienda y procuro escucharme antes de hablar para así no quejarme sobre cuestiones banales. 

Por ejemplo, estando en el cine, observé que la mayoría de la gente comía helado. Yo no lo hice porque el tema de la talla se me ha ido de las manos. En lugar de pensar que eran unos traidores, por decirlo suavemente, pensé en que eran unos afortunados. No solo eso sino que además, durante unos minutos, imaginé el sabor que cada uno había elegido. No sé si acerté pero me gustó ver cómo la mayoría disfrutaba del helado sin prisa, sabiendo que se estaba acabando, cucharadita a cucharadita. ¡Menos mal que empezó la película y dejé de imaginar!

En inglés resulta divertido intentar llevar a cabo mis nuevas buenas intenciones. Apenas conozco vocabulario de queja, de hecho, casi todo me resulta 'lovely' o 'amazing'. Me he vuelto una cursi. Por otro lado, voy a todas parte con un cuaderno de vocabulario y cada día intento pronunciar tres nuevas palabras. A veces sucede que repito constantemente las tres nuevas adquisiciones. 

Sé que mi lengua materna se merece algo parecido dada la cantidad de palabras que me brinda y que desconozco. Voy a planteármelo, pero paso a paso. Sin urgencia, sin exigencia. 

¿Silencio? Titular no es mi fuerte, creo que a estas alturas todo el mundo lo tiene claro. Sí, dije silencio. Y dije que con frecuencia solo subrayamos lo negativo y no ensalzamos todo lo bueno que tenemos. Si bien, voy a expresar un pequeño deseo: me gustaría ser más silenciosa. 

No solo me refiero al volumen de mi tono, que me consta que no es discreto. También en la elección de palabras que suenen suave, en mis movimientos, por ejemplo, ser silenciosa al entrar en un café o en cualquier otro espacio. 

Me gustaría que mi presencia se percibiera pasados unos segundos. Y que no levantará demasiado viento. Sí, me gustaría ser silenciosa. O más silenciosa.

Esto no significa no hablar o expresar mi opinión. Hacerlo pero después de haber escuchado, más y mejor. Me gustaría hablar menos.

Quizá así podría percibir sonidos, matices que se me escapan. En silencio seguramente escucharía mejor mis pensamientos. Y elegiría nuevas palabras. 

Ser silenciosa... Me gustaría, como deseo, como intención, pero no como dictado. 




lunes, 27 de marzo de 2017

La mirada de Saroo

Con frecuencia causa sorpresa que yo no conozca a personajes de la televisión o del cine que debería conocer porque pertenezco a una época. Nací en 1977, fui a la EGB, pero no crecí frente a una pantalla. Prefería estar en la calle, en los montes y en las acequias de mi pueblo: Arándiga (Zaragoza). 

Tan sólo ví Barrio Sésamo, Un, dos, tres, y los dibujos de las tres. Tiempo después, me reí con Las chicas de oro y Los problemas crecen

Recuerdo haber ido al cine en tres ocasiones: E.T., Karate Kid y Big

Siendo mayor, nada puedo hacer por ver la televisión. No soy capaz de estar una o dos horas sentada con la mirada y los sentidos puestos en la pantalla. Miro la televisión, escucho (o eso creo), pero hago otras cosas. Por aquí cerca hay quien dice que soy hiperactiva aunque yo no quiero creerlo.

Algo ha cambiado desde que vivo en Escocia. La televisión y el cine se han convertido en herramientas para aprender inglés. Y funcionan. Sobre todo el cine. 

En Dumfries hay dos cines: uno grande y otro pequeño, muy acogedor y en el que en lugar de palomitas venden helado y chocolatinas. Solo por eso me gusta. Se llama Robert Burns Centre Film Theatre, aquí todo responde al nombre del célebre poeta. 

En los últimos meses, he visto más películas que en toda mi vida. A la hora de ejercitar el oído funciona sobre todo porque no tienes escapatoria. Las butacas no son tan cómodas como para una siesta y la sala es tan pequeña que abandonarla sería inoportuno. Así que entienda o no, debo estar dos o tres horas con la mirada y los oídos atentos. Y funciona. 

Todo esto para contar que ayer vi una de las películas que más me ha conmovido en los últimos tiempos: Lion. Sobre todo ha sacudido mis emociones la mirada del pequeño Saroo.





Lion es la historia de uno de tantos niños que, cada día, desaparece en La India. Acostumbrado a buscarse la vida desde bien pequeño y a contribuir en la economía familiar, siempre va detrás de su hermano mayor. 

Siempre sigue sus pasos aunque su hermano le repita que es demasiado pequeño. Y lo cierto es que los dos lo son. 

En una de esas salidas en busca de algo que llevar al hogar materno, Saroo es presa del sueño y no es capaz de moverse de un banco de una estación de tren. Algo que me llamó la atención es cómo este niño transmite el sueño, fruto, sin duda, de la poca energía y falta de alimento. 

Promete a su hermano que de ahí no se moverá, y aquel que volverá a buscarlo. Sin embargo, Saroo se queda encerrado en un tren y la siguiente vez que pone los pies en el suelo será a más de 1.500 kilómetros de casa. 

En Calcuta ni siquiera conoce el idioma. Él no habla bengalí. Vivirá en las calles, correrá pese a no tener energía huyendo de quienes quieren venderlo como carne, y terminará en un orfanato. En ese lugar, la película, de nuevo, se centra en su forma de observar, en su mirada. Quizá sea resignación lo que transmite.

Saroo es adoptado por un matrimonio australiano. Su vida da otro giro radical. Nuevo país, nuevo idioma, otra realidad. Durante más de veinte años olvida lo que fue, lo que vivió. Pero en un momento experimenta una profunda crisis de identidad. Siente que buscar sus raíces es una traición a los padres que le dieron una oportunidad, pero sus recuerdos le martirizan. Siente que debe encontrar a su hermano y a su madre biológicos para decirles que ellos no tuvieron la culpa, que se perdió pero que logró estar bien. Y que está bien. 

Lion está basada en una historia real. Gracias a Google Earth y a sus recuerdos, entre ellos, la imagen de un depósito en la estación en la que se perdió y los caminos que recorría siendo niño, el protagonista consigue encontrar la humilde aldea en la que vivió una infancia que él no entendió como infeliz. Él estaba junto a su madre, su hermano y su hermana pequeña. 

La película deja en el aire varios temas. Quizá sea así porque afrontarlos es imposible o incómodo. Nos invita a reflexionar en torno al mundo que hemos construido en el que los niños son sometidos a extrema violencia. Saroo y su mirada. Podríamos continuar hablando sobre adopción internacional y sobre identidad, también sobre la obligación o no, la naturalidad o la incapacidad para adoptarse a otra vida, a otra sociedad. 

Me gusta ir al cine en este momento de mi vida aunque entienda la mitad de los diálogos. Funciona para aprender inglés y no dejar de pensar sobre asuntos importantes. 






lunes, 20 de marzo de 2017

Hemos perdido la medida







En Dumfries existe un espacio altamente interesante. Es The Stove

Sé que la mayoría de las personas que leen este blog nunca pondrán un pie en este pueblo del sur de Escocia. Por eso, alguien podría decir qué importa que exista un lugar llamado The Stove. Sin embargo, en mi opinión, debemos compartir los buenos hallazgos, por lejos que estén, y así poner en valor la inquietud y energía de quienes promueven otras miradas, otros encuentros y otros diálogos.

The Stove ocupa un edificio de la High Street. Se encuentra allí y no en otro lugar porque entre sus objetivos está revitalizar el centro, que tanta vida ha perdido con el cierre de comercios. Sí, la llegada de grandes compañías como Tesco supuso un antes y un después. 

En la planta baja cuenta con un café muy agradable y en los pisos superiores, trabajan quienes forman parte de esta comunidad; la mayoría son jóvenes creadores. 

Ellos desarrollan sus proyectos personales y diseñan actividades para el resto de los habitantes. Por ejemplo, la semana pasada tuve la oportunidad de conocer la historia de las Islas Feroe y la caza de ballenas. Fue gracias al documental de Mike Day, The Islands and the Whales, que se proyectó en The Stove. 

Y yo he estado prácticamente toda la semana dándole vueltas. 

En dichas islas, tradicionalmente se han pescado ballenas. También cazan (de formas diferentes y algunas de ellas realmente arriesgadas) gaviotas y otros pájaros. A lo largo de la historia lo han hecho, y siguen haciéndolo, para alimentarse. He ahí el debate. Efectivamente, son animales y la forma de capturarlos es cruel. No debería ser así. 

A lo largo del documental, se muestran diferentes puntos de vista. Entre ellos, la opinión de los más mayores. Ellos afirman que las islas nunca han brindado muchas más opciones, no había dinero ni se podía llenar la cesta en el supermercado. Eso es lo que había, eso es lo que se guardaba y se comía durante el año. 

Hoy, han cambiado las cosas. Pescan demasiado, han perdido la medida, y están acabando con la población de la mayoría de las especies. Así lo afirma uno de los habitantes, que invierte su tiempo en observar aves. Las observa y también se las come. 

Otra de las voces es la de un médico que pertenece a la comunidad, que ha vivido la tradición de la pesca desde niño y que comprende lo integrada que está en las vidas y lo importante que es en la actividad económica. Durante los últimos años, él ha analizado el nivel de mercurio en sangre, que procede de la ingesta de ese tipo de alimentos. Ante los resultados, surge el debate: ¿Comer o dejar de comer? ¿Menos cantidad? ¿Y los niños? 

Hay más cuestiones sobre la mesa. Los ancianos de la isla aseguran que nadie ha muerto por el mercurio. Esto me recuerda a mi abuelo materno y a esa generación de agricultores que se alimentaban con la matanza y su salud era de roble. En estos días, sin embargo, elegimos 'super-alimentos' y sufrimos más enfermedades que nunca. 

En las Islas Feroe, hoy en día, muchas de las gaviotas que capturan tienen restos de plástico en sus estómagos. ¿Qué estamos haciendo con los mares? ¿Los hemos convertido en vertederos? Creo que la respuesta es fácil. 

Surgen más preguntas: ¿Somos demasiadas bocas que alimentar? ¿Hemos desconectado con la Naturaleza? ¿Creemos que los recursos son inagotables?

En mi opinión: hemos perdido la medida. 

Antes de la proyección, fue posible degustar algunos bocados muy ricos elaborados con alimentos locales. La degustación pretendía, cómo no, también agitar nuestra conciencia. 

Yo recuerdo perfectamente cuándo en mi casa empezamos a comer kiwis, salmón, lubina y dorada. Hoy, tenemos de todo en cualquier lugar y en cualquier estación del año. Esperamos tenerlo y, además, no pagar demasiado por ello. No importa la huella que ello dejé en el medio ambiente. Ni la cantidad de plástico que genere. No importa. 

Me pregunto por el verdadero significado de local, de estacional. Y me pierdo en las respuestas... creo que hemos perdido la medida. 

jueves, 9 de marzo de 2017

No fue amor a primera vista

Soy muy afortunada porque he viajado y viajo con frecuencia. Lo soy porque a muchos lugares regreso y disfruto de la oportunidad de explorarlos un poquito más. Diré que nunca tiré monedas a la Fontana de Trevi y he vuelto hasta en dos ocasiones a Roma. Lo de viajar, no me canso de afirmarlo, siempre funciona pero no depende de fuentes ni de conjuros. Es una cuestión de posibilidades, tiempo, dinero y actitud. Sí, lo más fácil es lo último pero no todo el mundo la posee. 

Existen ciudades con las que viví -como me sucedió con las personas de las que me enamoré- un flechazo a primera vista. Liverpool, por ejemplo, me dejó con los ojos y la boca abiertos de par en par casi desde el primer instante. Otras como París no me provocaron ni frío ni calor. Procuraré regresar y cambiar mi opinión con argumentos irrefutables. 

Edimburgo no llegó al extremo de la capital francesa, pero no me entusiasmó tanto como imaginé. Es algo que suele suceder cuando todo el mundo te repite que es una ciudad maravillosa: MA-RA-VI-LLO-SA. 

La cuestión es que el idilio entre ella y yo va a ser una cuestión de edad. Ya no estamos, ninguna de las dos, para muchos trotes ni emociones extremas y preferimos ir conociéndonos poco a poco. Y yo, que soy tan afortunada, he regresado cinco, seis ó siete veces y cada vez me gusta más. 

La parte vieja de la ciudad no me atrae por más que lo intente. Bien, son bonitas calles como Grassmarket; me quedo largas horas en el Museo Nacional de Escocia y en su azotea, y me chifla el delicioso (aunque nada asequible) café de Lab Brewer, pero en esa zona todo es previsible y turístico. Tiendas iguales, bufandas iguales y turistas iguales. No me gusta. Diré que las dos últimas direcciones ya están apartadas de lo 100% uniforme, pero aún así... 

La parte nueva, sin embargo, me parece bella y atractiva se mire por dónde se mire. No desvelaré todo porque deseo compartir las pistas en nuevos reportajes, pero adelantaré que existe un pueblo dentro de la ciudad y a orillas del río, excepcionalmente encantador. 




Que los museos que merecen la pena no siempre están en el centro y que el paseo está más que justificado. 




Que en Edimburgo sí existen librerías preciosas así como tiendas para hombres y mujeres que se salen de la norma. Y pueden permitírselo, claro está. Ah, y muchos gatos que parecen felices. Y perezosos, pero eso suelen parecerlo siempre.




También tiendas en las que entienden el queso y saben que en España producimos algunos de los mejores. 

Que pasar la mañana en una galería de arte es una buena propuesta y que si lo haces con la persona que te acompaña y ayuda a bajar los escalones, mucho mejor. Esta pareja de ancianos salía de una de ellas.




Que si miras hacia el cielo, además de comprobar que en Edimburgo, a veces, también es azul, puedes descubrir cómo algunas personas tienen demasiado que recordar. 







Que en cuestión de gastronomía aquello que el común de los mortales puede pagar (al margen de estrellas Michelin) no es para tirar cohetes. Y que dice mucho de un país el hecho de que el bocado más popular, además del consabido haggis (me quedo con la morcilla de Burgos), sea una tostada con queso fundido y tomate. Pero yo, al menos, he probado la que para muchos es la mejor. Ahora bien, salí del pequeño local con olor a cheese tostie para el resto del día. 

Ahí queda... amigos invisibles, seguid leyéndome y conoceréis los lugares a los que me refiero. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

Seré breve



Me gustan los blogs con fotografías bonitas, grandes y sin demasiado texto. Ya veis, amigos invisibles, y yo apenas publico imágenes, las que comparto no son demasiado buenas y me atrevo con discursos que no tienen fin. 

El caso es que hoy voy a intentar ser breve y gráfica. 

Diré que junto a la casita que se ve en la foto, hay una playa maravillosa. Continuando por la carretera, pero en dirección contraria, es decir, no hacia el fondo si no hacia ti, que estás leyendo, hay otra todavía más especial.





Ambas se encuentran en Mull of Galloway. Es una zona apenas explotada por el hombre y en la que existe un faro. Nosotros dormimos junto a él hace unos días. Lo hicimos en la más completa soledad y azotados por un viento que era de todo menos tranquilizador. 

En Escocia, en un día, puede llover y asomarse el sol de forma intermitente. Pero si luce gris y decide llover, entonces llueve como nunca imaginaste. Por eso, hemos aprendido (ya traíamos la lección avanzada de Pamplona) que el tiempo no puede alterar tus planes. De lo contrario, no saldríamos de casa. ¡Y eso no nos gusta nada!

Así, entre nubes, chaparrón va y chaparrón viene, disfrutamos de un domingo sin hacer demasiado, tan solo caminar por dos playas y sorprendernos con todo aquello que es posible encontrar en la orilla. Demasiadas cosas... 




Cajas de algún barco pesquero, en este caso, dublinés. Y piezas oxidadas.








Un hilo rosa que debe ser habitual porque encontramos varios 'ovillos'. 




Mecheros, muchos mecheros. ¿Será que en el mar se fuma demasiado?




Un matamoscas, de los de toda la vida; de esos que hacen un ruido tan característico. No me extrañó hallarlo en Escocia porque en nuestra casa, pese a ser invierno, tenemos mosquitos de todos los tamaños. Lo cierto es que moscas todavía no hemos visto.




El esqueleto de lo que fue un árbol de Navidad. Creo que nosotros fuimos los únicos de la región que no compramos y pusimos uno. 




Alguna que otra concha. 




Una boya y la bota de un marinero. En amarillo, por supuesto, y a juego. 






El recuerdo de los juegos en la arena. Y muchas algas, gelatinosas y que no huelen demasiado bien.





Y por supuesto, botellas de plástico. Demasiadas. Pero de ésas hay casi en cada rincón de este país. 




Pero el hallazgo más singular fue este inmenso bidón o contenedor también oxidado y retorcido. Nos dijeron que es un silo, de una granja, y como el resto de objetos al parecer llegó arrastrado por la marea. 




Creo que lleva allí tanto tiempo que es parte del paisaje. A mí, personalmente, no me disgustó. Entre nosotros, me recordó al Peine del Viento. Guardando las distancias, lo sé. Que no se diga que no busco el lado poético.






En Mull of Galloway confluyen tres mares y es, por tanto, una zona altamente peligrosa. En Escocia, el movimiento de mareas es tan grande que son muchas las playas conocidas por atesorar mil objetos. De hecho, hay artistas que los recogen y crean obras a partir de ellos. 

Y termino ya que he de ser breve. Me lo he propuesto.


miércoles, 22 de febrero de 2017

Sobre quién lee este blog y simplificar




Hoy quiero escribir sobre diversos asuntos. Que nadie se asuste: solo son dos. Lo cierto es que no tienen demasiada relación y, siendo sincera, tampoco demasiado interés. Pero ahí voy: yomímeconmigo. 

El otro día disfrutaba de ese momento que significa preparar una entrevista, es decir, rastrear la vida de los otros y plantearles preguntas de las que a mí, la primera, me gustaría conocer la respuesta. Pasé un largo rato leyendo el antiguo blog de Jorge Bayo y el nuevo, Yolopinto. Ambos los recomiendo encarecidamente.

Yo sentí cierto encantamiento saltando de una entrada a otra y contemplando sus acuarelas. Sí, noté esa grata sensación de calma y paz que también suelen provocarme un paseo por el río Nith, una clase de yoga o la lectura de un buen libro. Esto se produjo escuchándole y observando cómo pinta. Y es que en el primer blog, comparte vídeos en los que de forma espontánea y natural él reflexiona sobre su oficio. ¡Son una maravilla!

En una de las entradas se pregunta sobre el por qué de un blog. Y apunta:

"Escribir un blog es tener un amigo invisible pero a lo bestia: es tener un 'público invisible' que justificaría con cada 'entrada' la necesidad y aspiración que tenemos los 'verborreicos' de fantasear con que alguien habrá que nos escuche. Es también otra forma de exhibicionismo". 

Me sentí identificada con sus palabras y me quedé media mañana pensando precisamente en este pequeño blog. Volví a preguntarme por qué lo escribo. ¿Por qué lo hago si no sé quién lo lee? ¿Por qué si no tengo ingresos por publicidad aunque sí, en mi opinión, muchísimas visitas? ¿Para qué?

Y así sigo porque nunca obtendré la respuesta y, además, realmente qué más da. Será porque necesito hablar y aquí, en Escocia, no tengo demasiadas oportunidades de compartir un café. O cuando me siento ante una taza y en buena compañía el idioma no me permite profundizar en mis pensamientos.

O posiblemente sea porque en el fondo -y en la superficie- soy una exhibicionista y creo que mi humilde existencia tiene interés. O será porque sé que no la tiene y escribiendo sobre ella aspiro a encontrárselo. 

¿Porque a quién le interesa que yo viva en Escocia, que antes lo hiciera en Pamplona, en Madrid, en un pueblo de Zaragoza...? ¿A quién le importa que padezca un catarro perpetuo o que los martes pasee con abuelillas que me llenan de energía? ¿A quién le han interesado los asuntos más íntimos que también he vertido en este espacio que no tiene fondo? A nadie. 

Hubo un tiempo en el que alguien me dijo que podría escribir algún librito de autoayuda. Debía ser porque en aquella etapa a mí, osada, se me daba bien pontificar, aconsejar y esas cosas. Y aquí encaja perfectamente aquello de: 'Consejos vendo y para mí no tengo'. En fin, al lío o, lo que es lo mismo, a pensar mientras escribo creyendo que alguien lo leerá. 

El segundo asunto sobre el que hoy quería soltar mi monólogo, sin esperar respuesta de mis amigos invisibles, lógicamente, es sobre simplificar. Cómo es vivir con menos de lo que estamos acostumbrados. Y esto, en ningún caso, significa con poco. Pero la verdad es que solemos tener todo incluso por duplicado. Con frecuencia hasta lo olvidamos y compramos aquello que ya poseemos, pero quizá esté en el fondo de un cajón, olvidado.

No quiero frivolizar. Yo me siento muy afortunada por lo que tengo -que es realmente valioso- y por la oportunidad que supone estar en este pueblo del sur de Escocia, Dumfries, más ligera de equipaje que nunca. 

Nuestra vida aquí es y será la que quepa en doce meses. Llegamos a finales de agosto con lo que cabía en nuestra furgoneta. Compramos cuatro muebles de segunda mano y poco más. No quisimos pagar una mudanza internacional porque nos apetecía experimentar qué significa desprenderse de todo aquello que crees necesitar. Y en este caso me refiero a objetos cotidianos. 

El pasado viernes invitamos a varios amigos a cenar en casa. Me gusta mucho cocinar para los demás y abrir las puertas de nuestro hogar. En este caso, tuve que pensar el menú en función de las posibilidades prácticas. Y esto se tradujo en fregar la sartén y la cacerola después de cada uso; tener claro qué serviríamos en las dos fuentes (horribles, de pyrex) y, entre plato y plato, lavar los cubiertos.

En España la mesa hubiese tenido armonía. Yo hubiera procurado que fuera realmente bonita. Posiblemente, habría elegido el mantel que Patricia, Carmen y sus parejas nos regalaron por nuestra boda. Sí, ese mantel con el que, según Patricia, si concluye este matrimonio y vuelvo a intentar un segundo, debería confeccionarme el vestido de novia.

Ellas bromean sobre el asunto porque alucinaron con el hecho de que les pidiéramos como regalo un mantel. Y además, con ese precio.

Recuerdo que lo estrenamos durante una comida con mis tres sobrinos. No se me ocurrió nada mejor que preparar arroz a la cubana y yo con el dedo levantado les advertí de las consecuencias de una mancha sobre la tela. ¡Los pobres no dejaron ni un leve rastro!

Sobre dicho mantel, en España, hubiera habido copas y vasos elegantes, estos posiblemente de color azul. También pequeños detalles, por ejemplo, velas, conchas así como la vajilla y cubertería adecuadas. Además de las piezas de cerámica que nos regalaron en estos años personas tan queridas como Miguel.

Aquí, poco pude hacer. Compré flores y la florista me regaló un platito en el que se me ocurrió poner unas velas y unas ramitas de tomillo.




Sinceramente, los vasos eran más bien feos y diferentes. Al menos teníamos copas de vino, que encontramos en un mercadillo cuando paramos en Stratford-upon-Avon, el pueblo en el que nació Shakespeare.

Ante la falta de recursos domésticos, me deprimí un poco e hice una visita de última hora a la tienda de segunda mano que hay cerca de casa, Shax. Allí encontré, por apenas 13 libras, una vajilla y un juego de té muy resultones.






Ahora, el dilema es que nuestros nuevos platos y tazas nos gustan tanto que queremos llevarlos a España, de vuelta, y eso no entraba en nuestros planes. Porque éste es el año en el que simplificar.

De hecho, solo cuento con un agua de colonia. Cuando la vaporizo sobre mi piel, disfruto de ese gesto más si cabe. Observo el bote a contraluz deseando que dure, que quede una gota para ponérmela el último día, cuando echemos el cierre a este pequeña casa de dos pisos y jardín. 

Precisamente, cuido del jardín con el empeño de quien vivirá aquí el resto de su existencia. He plantado bulbos, brezo, tomillo, romero, salvia, una hortensia, cilantro y otras plantas. Y aunque una persona me preguntó para qué lo hacía si me marcharía pronto, me gusta creer que los próximos inquilinos pensaran que hubo quien soñó con un jardín bonito. Lo imaginó y procuró tenerlo. Sí, la vida pasa, pero algo queda. Y yo sonrío con los primeros iris que asoman. 

Tengo la mitad de la mitad de la mitad de la ropa que tenía en España. Y me sobra. Recuerdo que de pequeña solo tenía un abrigo para diario y otro para los domingos. Era suficiente. Solo tenía dos pares de zapatos, y me sobraba. ¡Cómo ha cambiado todo! 

El apartado cocina merece otro capítulo. Trajimos dos aceites especiales: L'Amo de Aubocassa y Abbae de Queiles. Y los dosifico como si fueran oro. 

Lo mismo sucede con los caparrones, con la miel y con la mermelada de mora que hice con mi madre y con mis sobrinos. Están llegando a su fin y yo estoy aprendiendo a asumir que así es la vida. 

Confieso que me fascina tener mil especias, diferentes tipos de té, arroces, vinagres... Me encanta conservar adecuadamente cada alimento en un bote de cristal. 





Me relaja cambiar los envases cuando queda menos cantidad. Mi marido dice que ordenar los armarios de la cocina es mi hobby favorito. Y no se equivoca. 

Ya lo hacía en la gran despensa de mi casa familiar. Siendo niña, periódicamente, revisaba la caducidad de los botes y le recordaba a mi madre aquello con lo que debía cocinar no tardando.  

Ahora, cuando viajamos ya no compramos todas esas cosas ricas ni los libros u otros objetos que nos gustaría porque en unos meses desmontaremos la casa y la despensa. Y aunque parece fácil os prometo, lectores invisibles, que no lo es tanto.

Me da pena saber que dejaré aquí esos insignificantes botes, pero que a mí me hacen sentir tan bien. Tendré que buscar en la biblioteca municipal el libro de Marie Kondo y abrazar de nuevo su fiebre simplificadora. 

Y como me gusta creer que alguien está al otro lado, os invito a reflexionar acerca de todo lo material que tenéis cerca. Posiblemente sea más de lo que creéis. Analizadlo.

Sin duda, somos afortunados por rodearnos de cosas bonitas, que nos reconfortan y nos hacen sentir el significado de hogar.