miércoles, 21 de junio de 2017

10 cosas que aprendí en el West Highland Way

Caminar funciona. Es así si dejamos el coche aparcado y lo hacemos en el día a día. Pero mucho más si nos marcamos un objetivo y, paso a paso, intentamos alcanzarlo. 

La semana pasada caminé 150 kilómetros en ocho días. Ahora, noto el efecto. Sé que funciona.

Me gusta el verbo caminar. Lo prefiero a andar. En inglés, utilizan otras posibilidades: climbing, hiking, trekking. ¡Yo me quedo con walkingPuede parecer absurdo, pero precisamente el sábado charlé con un alemán sobre los matices que diferencian a estos términos. 

El año pasado, Ana me habló del West Highland Way. Lo anoté en mi mente y se convirtió en un propósito firme. 




Gracias por la mención, Ana, he aprendido mucho siguiendo la flor del cardo, emblema de Escocia. Al menos, diez cosas.




1.- Soy fuerte. 

Quizá no tanto como algunas personas imaginan, pero mucho más de lo que yo a veces siento. 

Que toda tu vida hayas escuchado que eres una niña, una chica y una mujer fuerte, condiciona. 

Suele suceder que, cuando te encuentras con una gran piedra en la vida, esperan de ti que lo pases pronto, visto y no visto. 

Ser fuerte es una virtud pero mostrar la vulnerabilidad y expresar la debilidad, también.

2.- Sola, no pasa nada.

He caminado con mi única compañía. Únicamente el primer día anduve junto a un inglés, Matt. Dos días vi a gente por delante y por detrás. Los otros cinco: no vi a nadie. 




No sentí miedo por ello. (Aunque confieso que lo sentí por otras cosas que no son tangibles... ¡Ay, la cabeza!) 

No sé si tiene algo que ver con la valentía, con la inconsciencia o, quizá, más con la libertad. 

No tener miedo, ayuda. Creo que es una buena actitud en la vida. No temer.

3.- Confiar. 

Como lo es confiar en las personas. 

Mis padres me enseñaron a ser abierta y a hablar también con los desconocidos. Incluso a contarles dónde voy. 

Menos mal que en la cima de Devil's Staircase les dije a esos dos señores que yo también me dirigía Kinchlochleven. Ellos, cuando me vieron seguir otra senda, comenzaron a silbarme y a gritarme. Ése no era el camino.

Y quien dice confiar en las personas, añade hacerlo en uno mismo. 

4.- Sentirse acompañada.

Desde cerca y desde un poco más lejos, me han seguido amigos y familiares. Ellos querían saber sobre cada etapa, sobre si la lluvia había dejado paso al sol, etc. 

También lo han hecho personas que no conozco y que posiblemente nunca conozca. Facebook tiene muchas cosas buenas y yo he compartido mi camino escocés. 

¡Hay quién asegura que se ha emocionado!

5.- Aquí y ahora. 

Estar aquí y ahora escribiendo este texto es un regalo. Como lo fue recorrer toda la longitud de Loch Lomond, subir montañas como Conic Hill, en Balmaha, y saltar tantos ríos y riachuelos. 

Mirar demasiado a lo que fue, buscar constantemente entre los recuerdos o no entender correctamente el significado de la nostalgia, puede acercarnos a la depresión. 

El exceso de preocupación acerca del futuro también efectos que no son secundarios: ansiedad. 

Por lo tanto: aquí y ahora. 

6.- Seamos más naturales.

Porque vi millones de midges y solo tres me picaron.

Porque vi un macho cabrío salvaje, me miró y se alejó cojeando. Pobre. 

Porque vi paisajes que me hicieron llorar. 

Porque he agradecido la lluvia. Sí, casi cada gota.

Porque he vuelto a sentir que la luz de este país, de Escocia, es bellísima. Es única. 

Por todo ello, he tomado conciencia del respeto que debemos a la Naturaleza. Cada día nos alejamos más y más de ella. Y eso sí que no funciona. 





7.- Agradecimiento.

Porque tengo energía y fuerza mental para intentar nuevas metas. Sean 150 kilómetros o la mudanza número 12 y la vuelta a Madrid con todo lo que implica. Intentarlo y posiblemente alcanzarlas. 

Gracias. 

8. Silencio. 

Yo, que hablo por los codos, preciso silencio. 

He vivido ocho días silenciosos. Y ha sido un regalo enorme.  

Porque silencio es la ausencia de ruido, fuera y dentro de la mente. 

Porque significa reflexión. Y yo necesitaba detenerme, aunque paradójicamente estuviese caminando, para mirar con perspectiva hacia atrás y tomar impulso hacia delante. 

9.- Viajar funciona. 

Caminar funciona y viajar a pie o en cualquier otro medio, también. Abres tu mente, sacudes algunas ideas rancias y derribas prejuicios. Cerca o lejos. Funciona. 

10.- Respirar.

Porque cuando algo duele profundamente parece que el tiempo no avanza. Ése que dicen lo cura todo. Pero así es. Y un día, te das cuenta de que ya pasó.

La calma, de nuevo, está aquí, a mi lado. No temo nuevas piedras en el camino, que las habrá. ¡En el West Highland Way he caminado por encima de infinidad!

Por eso, aquí y ahora, respiro, tomo aire y continúo caminando. ¡Queda mucho trecho, amigos!






Keep walking!

viernes, 19 de mayo de 2017

Prejuicios

En Internet, llámese este blog o las redes sociales (que las tengo todas y gestiono otras más), es fácil vender una imagen que no corresponde con la realidad.

Yo pongo en mi foto de perfil de Facebook: 'Ninguna persona es ilegal'. Y creo limpiar mi conciencia. Pero tengo prejuicios.

Seguramente más de los que reconozco y admito. Hacia las personas y hacia las ciudades. Pero no seré yo quién tire por la borda mi reputación. 

Hoy confieso un prejuicio. Hasta hace siete días creía que Glasgow no ofrecía nada interesante para una persona tan... ¿prejuiciosa? como yo. 

Como suele suceder, me tuve que tragar mis palabras. La ciudad me mostró una larga lista de encantos, bueno, fue nuestro cicerone: Catriona. Y me sentí mal por esa indigestión de palabras no merecidas, por esa primera y equivocada impresión, tanto que mañana regresaré para, durante apenas siete horas, recorrerla de nuevo. 

Hasta el fin de semana pasado, encontramos muchas excusas para posponer la visita a Glasgow. Yo fui para la entrevista de solicitud del número que te permite trabajar en Escocia. Aquel día mi mirada no era la adecuada e hice algo que nunca antes había hecho, cambié el billete de autobús y volví antes de lo previsto. Casi siempre me faltan horas... ese día yo deseché varias. 

El viernes pasado llegamos a Glasgow para encontrarnos con dos amigos: Óscar y Sandrine. Elegimos esa ciudad como punto intermedio entre nuestros actuales lugares de residencia. No hace falta que diga que la compañía influyó en que esta vez mi mirada fuera diferente. 

Todo comenzó con buen pie. Nos dejaron cenar cuando estaban a punto de echar el cierre en un restaurante indio llamado The Dabba. Nos tomamos unas cervezas (para algunas, demasiadas), poniéndonos al día a grito pelado en un bar en el que la música invitaba a cualquier cosa menos a mantener una conversación con esos amigos que hacía cinco años que no veíamos. 

Nos despertamos tarde y el desayuno-comida-merienda tuvo lugar en un espacio muy agradable. Catriona nos citó en Singl-end. Y allí las horas volaron mientras afuera no dejaba de llover. 

No lejos de ese bonito café y panadería, se encuentra The Glasgow School of Art. Lo primero que yo hice, atendiendo a mi debilidad por las tiendas de museo y olvidándome de la próxima mudanza, fue detenerme y comprar una bolsa de tela (he perdido la cuenta de cuántas tengo), un jabón con olor a menta (he perdido la cuenta de todos los que tengo, pero a mi favor añadiré que soy capaz de recordar el aroma de cada uno) y ocho lápices (de esto ya hablé en un post anterior). 

Ya en el interior de la escuela, conocí un poquito la figura de Charles Rennie Mackintosh y de su mujer, Margaret Macdonald. Mañana sabré algo más porque he reservado una plaza en el Walking Tour que muestra su legado en la ciudad. Caminaré durante algo más de dos horas con la mirada adecuada. 

Mañana, también me gustaría conocer la galería y museo Kelvingrove así como el jardín botánico. Quizá siete horas no sean suficientes y suceda que desee regresar otra vez. 

Todavía en la escuela, recorrimos una exposición colectiva. Una de las artistas estaba junto a un monitor en el que se proyectaba su creación y junto a una cámara de fotos. Nos explicó que la instalación no había finalizado, era precisa la interacción y la reacción del público. Y nos invitó a participar. 

Éramos cinco personas, ¿quién accedió? Lo que escuché, por ejemplo, divagaciones sobre el amor y lo cansado que es, y lo que vi en el ordenador que ella me ofreció, provocó las caras más expresivas que esa joven posiblemente haya grabado en los últimos días. Quizá en otro tiempo, en otra ciudad, me vea en un monitor siendo parte de otra muestra artística... ¡O un documental!

Después, continuamos callejeando sin prisa por Glasgow. Nos asomamos al interior de la Universidad, que también ofrece visitas guiadas. 






Encontramos esas flores tan especiales llamadas 'snake head' y, claro, rododendros de diferentes colores. 





Tomamos una cerveza en Ubiquitous Chip, dicen que es lugar en el que ahora se deja ver la gente guapa de la ciudad. Nosotros lo elegimos porque encontramos una mesa libre en su terraza a pesar de no ser fumadores... 

Más conversaciones, más comida rica, cervezas y gin tonic en Gandolfi. También música de nuestra época (¡Horror, ya hablo como una abuela cebolleta!) en The 13th Note

Y, tras la lluvia del sábado, mañana de domingo soleado en el mercadillo The Barras.










Multitud de muestras de arte que están en uno de los mejores museos: la calle. 








Besos frente a un par de espejos. Y claro, más y más conversaciones... ¡Qué bueno es reunirse con los amigos tanto tiempo después!





¡Y qué suerte la mía que mañana regreso a Glasgow!

miércoles, 10 de mayo de 2017

Un año (casi) sin restaurantes

Antes de comenzar esta entrada, quiero daros las gracias. Me siento muy emocionada ante todas las visitas que ha registrado el texto anterior: Ser mujer y no ser madre.

No me siento muy cómoda contando mi vida. Me pertenece a mí y lo que narré la semana pasada, no solo a mí, también a mi pareja. Pero decidí hacerlo si así podía ayudar de algún modo a personas que, como nosotros, han vivido la pérdida de un bebe, o de varios. 

No sé si todos los que os habéis dejado caer por aquí a propósito de ese texto, volveréis. Fuera o no una visita puntual: GRACIAS.

Y ahora empezaré diciendo (alguno ya me lo habéis oído decir) que este año pasará a mi historia personal como el año en que dormí intensamente, vivi eternamente acatarrada y no puse un pie en un restaurante. Bueno, casi. 

Quienes me conocéis o seguís mis pasos, sabéis que soy periodista. Mal pagada (como la mayoría) pero tan afortunada que escribo sobre hoteles, viajes y restaurantes. También entrevisto a personas creativas, inconformistas, emprendedoras y, en definitiva, muy interesantes. ¡Vaya suerte la mía! 

Si tecleáis www.elhedonista.es y buscáis a una tal Mar de Alvear, descubriréis a todos ellos. Desde conserjes que escriben poesía, véase Begoña Abad, a simpáticos acuarelistas como Yo lo pinto.  

Efectivamente, Mar de Alvear es mi pseudónimo. También me he dedicado (este año he hecho una pausa) a la comunicación. No me ha gustado mezclar ambas facetas aunque la ética profesional la tengo bastante interiorizada. 

El caso es que hasta que llegué a Escocia, en agosto del pasado año, visité muchos restaurantes. Cuando vivía en Madrid lo hacia casi 5 días a la semana: comida y cena. Al trasladarnos a Pamplona, cada vez que regresaba a Madrid, volvía a casa con un empacho que me duraba varios días. Pero lo cierto es que no seré remilgada: Me chifla comer. Soy una glotona y no quiero cambiar. 

La comida británica me seduce cero. No me entusiasman los scones, me parece absurda la emoción que sienten por esa creación llamada cheese toastie y les saco la lengua cuando me dicen que la sopa es homemade. ¿Hecha en casa porque la meten en el microondas justo antes de servírtela? Es curioso que casi todas sepan igual y que si te das una vuelta por los diferentes saloncitos de té de Dumfries la sopa del día coincide en la mayoría. Ah, y del fish&chips prefiero no hablar. 

Así que en estos meses apenas he visitado restaurantes. Disfruto más cocinando e invitando a nuestros nuevos amigos a nuestra humilde casita. Nunca antes hice tantas tortillas de patata. En España, prefería tomarla en los bares. ¡Ay, los bares de España! Es junto con el pan y verduras como las acelgas y las borrajas, lo que más echo de menos. Creedme. 

Pero el Universo no quería que yo regresara a España sin haber descubierto un buen restaurante. Y lo puso en mi ruta, concretamente en la North Coast 500 Route, justo al final de una carretera estrecha, muy estrecha, y con muchas curvas. En una aldea de tan solo tres casas llamada Tarbet, en la bahía de Scourie, está The Shorehouse.





(Fotos © The Shorehouse)


¿Qué ofrecen? Algo básico: frescura y calidad que se traducen en salmón de un buen proveedor, ensalada rica para acompañar y cigalas y cangrejos pescados, cada día, a un paso del restaurante. Ah, y patatas con mantequilla. Y también pan con más mantequilla. 





(Fotos © Cardamomoyclavo)


En la orilla, justo debajo del restaurante, se toma un pequeño barco para llegar a  Handa Island, una reserva natural, al parecer, de gran belleza. Así que la clientela de The Shorehouse, que abre al público desde Semana Santa y hasta septiembre, son esencialmente caminantes, turistas y amantes de la naturaleza. 

En mi opinión, no existe una definición única de restaurante especial. Que sea así, para mí, depende de diversos factores: qué se busca, qué se espera, qué apetece, en qué momento de tu vida estás, sí, parecerá curioso, pero para mí este último también es un detalle especial. Sin olvidar: quién te acompaña. 

A mí, me suelen convencer los establecimientos sencillos, con una carta breve a partir de producto de temporada y, en la medida de lo posible, local. Para que me emocione más, es necesario que lo defiendan personas especiales y la historia de The Shorehouse, me gustó mucho. De hecho, 'obligué' a Rebecca o a Lucy (no sé cuál de las dos hijas era) a que me narrará la historia completa. 

En 1977, su abuela, Essie Pearce, fundó el restaurante y, tiempo después, le tomaron el relevo su hijo, Julian, y la esposa de éste, Jackie. Al negocio han contribuido también las citadas hijas y el hijo, Adam. 

Me hizo especial ilusión notar que la joven que nos sirvió se sentía feliz en ese lugar apartado del mundo. Me dijo que la infancia había sido maravillosa y que tener como vecinos a tan sólo otras dos familias nunca había sido un problema. 

Recordó cómo, cada día, recorrían durante aproximadamente 20 minutos de ida y otros tantos de vuelta, la carretera (y todas sus curvas) para ir al colegio. Y que contar con un centro escolar en un pueblo próximo había sido una suerte. Habían evitado vivir en un internado. 

Pensé en una vida tan familiar y también en el sentido de comunidad, que en lugares que durante el invierno pueden quedar aislados, sin duda, cobra más sentido que nunca. 

Intuí que se sentía cómoda con su vida. E imaginé qué podía hacer al cerrar el restaurante. Supongo que seguir con todo el trabajo que el cliente no ve, pero quizá también dar un paseo, leer, salir a correr, cultivar un huerto... 

Pensé en la vida en Madrid, Barcelona o en Londres y entendí que las grandes ciudades pueden ser más hostiles que una pequeña aldea de tres casas azotada por el viento... 

Y por un momento, envidié su vida... Sí, confieso que lo hice. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Ser mujer y no ser madre

Desde hace unos días, le doy vueltas a este texto. Lo cierto es que no sé por dónde empezar porque creo que me voy a liar más de la cuenta. El caso es que hace un rato, durante la sesión de jardinería con mis amigas escocesas, he vuelto a pensar en él y creía tener la estructura e hilo determinados, pero acabo de recibir un email (y leer apenas por encima) y ahora sí que sí no sé por dónde empezar. 

El mensaje en cuestión dice así: 
7 de cada 10 mujeres españolas reconocen haber hecho la “Operación Bikini”

Y de repente, me he encendido. Me irritan este tipo de titulares en el que las mujeres somos protagonistas y quedamos como tontitas. Estas informaciones y lo de los lazos rosas me superan... 

Porque, no sé si por aquí, en Dumfries, se estila lo de la operación bikini o no, pero yo he salido a correr desde el pasado mes de noviembre cada lunes y cada miércoles, y algún viernes y domingo, y apenas me cruzaba con otros corredores. He salido a pesar de la oscuridad, de la lluvia, del frío, del viento y del hielo. Lo he hecho junto a Gail. Ella y yo. 

Desde hace un par de meses, la orilla del río Nith parece una autopista. Y no solo corren ellas. Hay bastantes chicos, hombres y señores. ¿Será que ellos también desean lucir tipito en las playas españolas y portuguesas? ¿Será que verse y sentirse mejor no es una cuestión de género? 

Por favor, cambiemos nuestro lenguaje. Ya. 

Dicho esto, volveré al que era mi argumento inicial. Quería hablar sobre la maternidad (otro tema manido en estos tiempos) a raíz de una maravillosa película que vi la semana pasada. 

Digo maravillosa porque me encantó la estética, el vestuario y sobre todo me encantó ella. Reconozco que Annette Bening me parece uno de los seres más bellos de este mundo. Es así gracias a su estilo y a las arrugas que no oculta. Me fascinaron sus gestos, su pelo despeinado y su forma de fumar un cigarrillo tras otro. A la salida, casi pido uno. 

La película es 20th Century Women. Os la recomiendo. 




Ya en casa, esa noche y los días que siguieron, reflexioné sobre lo difícil que debe resultar la maternidad y la paternidad. Pensé en mis padres. En todo lo que han hecho con, junto a y por mis hermanos y por mí. Pensé en que no tenían ni idea y se tiraron de cabeza, como tantos de su generación, siendo unos chiquillos. Apenas veintitantos años. Ahora, quien se estrena lo hace tarde y habiendo consultado varios manuales de uso. 

Cuando me encuentre con ellos, en mayo, me gustaría preguntarles cómo vivieron nuestra adolescencia. Sé que la de cada uno de los tres fue diferente. Dicen que mi padre sufrió mucho conmigo y que mi madre hizo lo propio con mis hermanos. 

Reconozco que yo no les di disgustos con los chicos porque estos me interesaron bastante tarde. Cuando así fue mantuve bastante discreción. Nada duró el tiempo suficiente para ser contado.  

No nos metimos en demasiados líos pero bebimos tela, fuimos de fiesta a pueblos alejados e hicimos autostop sin valorar si el que conducía llevaba unos tragos de más. 

Yo empecé a fumar a los 13 años o antes. Iba al estanco y decía que un paquete de Chesterfield para mi madre. Lo cierto es que, en parte, no mentía. Ella fumaba esa marca. Yo también. 

Me cuesta creer que mis padres no se dieran cuenta. Incluso, fumé en el baño de casa y luego gasté medio bote de laca porque alguien me dijo que eliminaba el olor. 

Yo nunca seré madre pero estuve embarazada en dos ocasiones. Y recuerdo que en algún momento formulé en voz alta un deseo: que ese hijo o hija fuera la mitad de la mitad de 'juergas' que su madre. Creo que no hubiera podido soportar esperar media noche a que se abriera la puerta y él o ella volviera. Quizá, como Annette, hubiera necesitado fumar un cigarro tras otro. 

Desde que vi esta película pienso en qué momento se produce el cambio. En qué momento dejas de ser una chica o adolescente y te conviertes en un adulto con el que se puede hablar de igual a igual. 

Yo me pierdo la maternidad. Me pierdo lo bueno y lo malo. No creais que mi vida va a ser mejor o peor que la de quienes son padres. La mía, la que comparto con mi pareja y la que vivo de forma  independiente, simplemente es y será diferente. 

En estos días, paso de puntillas por las redes sociales porque se han suscitado diversos debates que no termino de comprender. 

No entiendo por qué hay que juzgar a los demás. Y curiosamente a las mujeres se nos da fenomenal sacar el cuchillo y opinar sobre la vida y obra de nuestras amigas, hermanas, primas, compañeras de trabajo, de piscina, de vecindario... 

No entiendo el debate sobre ser o no ser madre. Esas posiciones tan enfrentadas. Parece que debes ser de uno u otro bando. Será porque en mi caso siempre creí que las circunstancias decidirían. 

Yo no tuve instinto maternal. Casi nunca pensé en la posibilidad de ser madre. Pero tampoco valoré la contraria. Simplemente, recorrí el camino, elegí qué personas quería tener cerca y viví día a día. En un momento, mi pareja y yo, juntos, dimos el paso y estuve embarazada en dos ocasiones. 

Cuando supe que mi genética es rara (muy rara) y que tener un bebé no era viable, sentí un gran alivio. Volví a dormir sin tener pesadillas. 

Respeto a quién lo intenta una y otra vez. Respeto a quien opta por la adopción. Y me gustaría que ese respeto también fuera visible cuando yo digo que no tenemos hijos ni vamos a tenerlos. Me sentiría más cómoda si la siguiente pregunta no fuera: ¿Pero de verdad que no lo vais a intentar de nuevo?

Por favor, cambiemos nuestro lenguaje. No juzguemos. Vivamos nuestra vida, que ya es suficiente. Porque mi vida no es ni será mejor o peor, será la mía. Diferente. 


miércoles, 26 de abril de 2017

Un picnic (y un banco) en el jardín botánico

Monasterios y jardines botánicos. Si tuviera que resumir qué visitaba siendo niña durante los viajes familiares ésa sería la respuesta. Y lo cierto es que nunca me pareció aburrido, de hecho, sigo manteniendo la costumbre. 

Cuando me trasladé a vivir a Madrid, pasé horas y horas en soledad en el Jardín Botánico. Entonces era gratuita la entrada y yo me escapaba hasta allí en cualquier momento. Creo que es uno de los lugares más especiales de la ciudad. 

Tras saber que Edimburgo cuenta también con un jardín, tenía pendiente conocerlo y deseaba que fuera ahora, en primavera. Cabe señalar que está a un paso del centro de la ciudad. 

Visitar jardines botánicos tiene su aquel. Si lo haces como parte de un intensa jornada turística posiblemente no lo disfrutes. Si lo visitas a primera hora, tendrás energía, invertirás tiempo y puede que luego notes el cansancio en tu cuerpo. Si lo dejas para el final, quizá no tengas tantas ganas de explorarlo. Mi consejo es, como dicen en mi tierra, en Aragón, ir de propio. Es decir, programar únicamente esa visita. 

El sábado recorrimos los Borders escoceses deteniéndonos en abadías como la de Melrose o la de Jedburgh. 







Pasamos la noche en North Berwick, en un parking con vistas a Bass Rock, una pequeña isla de 100 metros de altura y de color blanco debido a la presencia de una colonia de 150.000 alcatraces. 





El domingo por la mañana, rumbo a Edimburgo también conocimos el castillo de Dirleton. 






Y justo a la hora del almuerzo, llegamos al Jardín Botánico, donde disfrutamos de uno de nuestros ricos picnics en un banco. 

Recordando la entrada en este blog de la semana pasada, formulé en voz alta el deseo de tener un banco cuando muera. Ya ves, tener... y estaré muerta. 

Bromeamos sobre el lugar en el que situarlo y qué poner en la placa. Después, fui al baño y justo frente al inodoro, había un cartel que indicaba que el precio de un banco en el jardín durante diez años asciende a 2.500 libras. 

Dejemos las últimas voluntades al margen y volvamos al jardín. Es una maravilla por dimensiones, contenido y variedad. La entrada es gratuita, tan solo hay que pagar 6,50 libras si se desea conocer los invernaderos. Y merece la pena. 

Dada mi nueva afición, esto es, la jardinería, me gustó especialmente la parte del huerto y de las plantas aromáticas. Crecían prometedoras fresas y los manzanos estaban en flor. 










Además de árboles, arbustos y muchos rododendros en flor, y la posibilidad de elegir y seguir multitud de senderos, existen 'apartados' de especial interés. Por ejemplo, el de plantas alpinas. 









Durante nuestro tranquilo paseo, nos dimos cuenta de que los pájaros cantaban. Ellos también están contentos ahora que no llueve y luce el sol. También se escuchaba el sonido de los insectos. 

Sin duda, merece la pena pagar la entrada y disfrutar de los invernaderos. Son una decena y reúnen infinidad de plantas. Entre ellas, exuberantes orquídeas. 







El Jardín Botánico es un buen lugar para ir en familia. De hecho, promueven actividades para niños así como paseos guiados para todos. 

Hay costumbres que no se abandonan, en mi caso, visitar monasterios y jardines botánicos. Aunque aquí soy tan afortunada que vivo a un paso de un maravilloso rock garden. No tiene carteles, pero empiezo a identificar las plantas. Y tiene bancos, con y sin placa... Y ya empiezo a imaginar los próximos picnics. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Un banco, en cualquier lugar





Un banco, en cualquier lugar, siempre es una buena idea. Siempre. (Ya estoy con las palabras radicales. Ya olvidé encontrar un punto intermedio entre el negro y el blanco) 

Dije que no soy coleccionista, pero quizá lo sea. Me gusta coleccionar fotografías de bancos. Lo cierto es que es en mi memoria donde las archivo porque, tarde o temprano, las borro del móvil o de la cámara.

Quizá mi afición por los bancos comenzó en la infancia. Cuando junto a mi padre grabé mi nombre en nuestro banco de madera.




Un banco siempre es una buena idea, esté dónde esté. (Otra vez...) Y mira que he encontrado algunos impensables. Por ejemplo, aquel en Finlandia, en el interior de un bosque iluminado desde bien temprano por la luz estival que nunca acaba. 

Era perfecto salvo por los mosquitos tan tremendos como los de Escocia y porque llegar hasta él y tomar asiento era prácticamente imposible. Pero era uno de los bancos más especiales que he encontrado por azar.  






Los situados junto al mar, un río o un lago juegan con ventaja. No cabe duda. Aunque la niebla impida ver más allá, en este caso, el mar, en Mull of Galloway






En la Isla de Whithorm, tras una noche de auténtico miedo, encontré éste. Y no era el único. Junto al pequeño faro había multitud de bancos, y todos situados en lugares increíbles.






Porque sentarse y respirar mar funciona, un banco siempre es una buena idea. Con un picnic, mucho mejor. A mí me gusta preparar algo de comer y sentarme en mi banco favorito en Kingholm Quay. 

El río Nith no deja de sorprenderme. Por su caudal, su ritmo, ahora sube ahora baja... por todas las aves que en él habitan o lo frecuentan y que a mí me dejan atónita. 

También me he detenido en alguno de los bancos de hierro que hay a lo largo de Dock Park. Gracias a una placa, aquí les encanta poner carteles en referencia a casi todo, supe que el primer banco data de 1828, fue donado por el hospital y dedicado a 'los pobres enfermos'. El último es de 1899. 

Y a mí que me gusta pensar en quienes habitaron, frecuentaron y disfrutaron de los lugares antes que yo, me fascina imaginar tantas y tantas tardes frente al río, al sol, o mejor dicho, bajo la lluvia.







Cuando era niña, en el pueblo de mis veranos, Monteagudo de las Vicarías, no había bancos. Había poyos, que eran, en mi opinión, mucho mejor. Justo frente a nuestra casa, había uno, el de (la) Conrada, esa vecina tan simpática...

Pero sucede que el hombre se empeña en eliminar elementos tan útiles como un banco de piedra en el que sentarse con los vecinos y disfrutar de las noches de verano. Y guardar silencio para atender al canto de la lechuza y a su tremenda respiración. Ella también desapareció hace tiempo.  

Nos empeñamos en eliminar lugares que invitan al encuentro. Porque sentarse junto a un desconocido puede ser el inicio de una conversación que te deje una huella o, simplemente, que te haga pasar un rato agradable. Nada más. Nada menos.

Porque un banco al sol suave del invierno o de la primavera es un regalo. Porque a veces se necesita uno para hacer tiempo, para esperar y otras porque sin un descanso no es posible dar un paso más. 

Pensando en el invierno, en Logroño, por ejemplo, existen algunos bancos con 'calefacción'. 

En Escocia encuentras bancos por doquier. La mayoría tiene una placa. Generalmente están dedicados a personas que fallecieron. Y yo que siento debilidad por los cementerios, los obituarios y este tipo de informaciones, las leo todas. 

Yo creí que todas las placas se referían a la persona que donó el dinero, que hizo posible ese banco. Pero he leído que en Reino Unido, los ayuntamientos brindan la posibilidad de pagar memorial seats, es decir, bancos, y dedicárselos a quien quieras. Quizá a un cantante, a un escritor o a una mascota. Según he leído, incluso, puedes decir en qué lugar quieres que se coloque. ¡Me encanta!

Mi mejor fuente escocesa, es decir, Catriona, me cuenta que en algunos lugares esta iniciativa está suponiendo un problema. Hay demasiada gente que quiere un banco en un espacio en concreto y no queda espacio para ello. Por ejemplo, me dice, dentro de la Universidad de Glasgow. 

El otro día, en el jardín cercano a casa, ése al que procuro ir cada día, aunque sea apenas durante unos minutos, reparé en que había unas flores precisamente en un banco. Me acerqué y mi imaginación voló.




Creí que los narcisos eran para la mujer mencionada, Carole, fallecida y a quien no olvidan por más que pase el tiempo. 

O quizá los llevó alguien que allí, en ese banco, vivió o sintió algo especial. Quizá tomó una decisión importante. 

Puede que allí esa u otra persona, en algún momento, se sintiera feliz. Liberada. Amada. Reconfortada. Y agradeció la buena idea que fue colocar allí un banco. 

Sea como sea, resulta bonito, ¿verdad?

Yo que soy un poco romántica para estas cosas, recuerdo algunos de los bancos en los que me senté en momentos clave de mi vida. Son bancos en los que lloré, besé, amé... 

Yo lloro en casi cualquier lugar. Soy una desvergonzada. Aún recuerdo aquella vez en un autobús que recorría el Paseo de la Castellana, en Madrid, cuando una señora, en el asiento de delante, se giró y me dijo: 'Quien te hace llorar así no merece tus lágrimas'. Gracias, desconocida, cuatro días después le dije 'bye, bye'. 

Pero no todo es drama en mi vida. También he buscado y encontrado fantásticos bancos en los que estiré mis piernas después de correr. 

Porque un banco, en cualquier lugar, siempre es una buena idea. Quizá romántica, quizá práctica, pero una buena idea, siempre.

Sí, dije, una vez más, siempre. 


lunes, 3 de abril de 2017

Silencio

Somos duros con nosotros mismos. Lo somos con más frecuencia de la debida. Solemos ver lo negativo, aquello que estaría bien modificar, mejorar. Nos reñimos a nosotros mismos por no alcanzar cambios sustanciales y no nos fijamos en todo lo bueno. En aquello que poseemos de forma natural y que hace que la gente se sienta bien cerca de nosotros, que nos necesite, que le guste nuestra sonrisa, nuestra manera de hablar y lo que decimos. 

Aprendí (aunque a veces lo olvido, lo reconozco) que las palabras que elegimos para expresar nuestras emociones nos definen. Creemos que son ésas las adecuadas, que son las que definen lo que experimentamos, pero no siempre es así. Las elegimos una y otra vez por costumbre, porque hemos creído que así vemos el mundo: con adverbios que significan blanco o negro, y no un tono gris. Yo intento elegir de forma consciente (porque espontáneamente salen los primeros) términos que describan menos intensidad. 

Hace unos días leí un artículo en Thrive Journal y recordé que si intentamos cambiar nuestro vocabulario habitual apreciaremos un cambio en cómo pensamos, sentimos y vivimos. Según el autor del texto, el problema es que con frecuencia no elegimos conscientemente las palabras para describir nuestras emociones. Usamos las de siempre, sin apenas analizar qué emociones vivimos. Y claro, nos repetimos una y otra vez la misma versión de los hechos, de los sentimientos.

Recientemente, además, compartí en mis redes sociales otro texto muy interesante sobre el hábito tan cotidiano de quejarse. Hice propósito de enmienda y procuro escucharme antes de hablar para así no quejarme sobre cuestiones banales. 

Por ejemplo, estando en el cine, observé que la mayoría de la gente comía helado. Yo no lo hice porque el tema de la talla se me ha ido de las manos. En lugar de pensar que eran unos traidores, por decirlo suavemente, pensé en que eran unos afortunados. No solo eso sino que además, durante unos minutos, imaginé el sabor que cada uno había elegido. No sé si acerté pero me gustó ver cómo la mayoría disfrutaba del helado sin prisa, sabiendo que se estaba acabando, cucharadita a cucharadita. ¡Menos mal que empezó la película y dejé de imaginar!

En inglés resulta divertido intentar llevar a cabo mis nuevas buenas intenciones. Apenas conozco vocabulario de queja, de hecho, casi todo me resulta 'lovely' o 'amazing'. Me he vuelto una cursi. Por otro lado, voy a todas parte con un cuaderno de vocabulario y cada día intento pronunciar tres nuevas palabras. A veces sucede que repito constantemente las tres nuevas adquisiciones. 

Sé que mi lengua materna se merece algo parecido dada la cantidad de palabras que me brinda y que desconozco. Voy a planteármelo, pero paso a paso. Sin urgencia, sin exigencia. 

¿Silencio? Titular no es mi fuerte, creo que a estas alturas todo el mundo lo tiene claro. Sí, dije silencio. Y dije que con frecuencia solo subrayamos lo negativo y no ensalzamos todo lo bueno que tenemos. Si bien, voy a expresar un pequeño deseo: me gustaría ser más silenciosa. 

No solo me refiero al volumen de mi tono, que me consta que no es discreto. También en la elección de palabras que suenen suave, en mis movimientos, por ejemplo, ser silenciosa al entrar en un café o en cualquier otro espacio. 

Me gustaría que mi presencia se percibiera pasados unos segundos. Y que no levantará demasiado viento. Sí, me gustaría ser silenciosa. O más silenciosa.

Esto no significa no hablar o expresar mi opinión. Hacerlo pero después de haber escuchado, más y mejor. Me gustaría hablar menos.

Quizá así podría percibir sonidos, matices que se me escapan. En silencio seguramente escucharía mejor mis pensamientos. Y elegiría nuevas palabras. 

Ser silenciosa... Me gustaría, como deseo, como intención, pero no como dictado. 




lunes, 27 de marzo de 2017

La mirada de Saroo

Con frecuencia causa sorpresa que yo no conozca a personajes de la televisión o del cine que debería conocer porque pertenezco a una época. Nací en 1977, fui a la EGB, pero no crecí frente a una pantalla. Prefería estar en la calle, en los montes y en las acequias de mi pueblo: Arándiga (Zaragoza). 

Tan sólo ví Barrio Sésamo, Un, dos, tres, y los dibujos de las tres. Tiempo después, me reí con Las chicas de oro y Los problemas crecen

Recuerdo haber ido al cine en tres ocasiones: E.T., Karate Kid y Big

Siendo mayor, nada puedo hacer por ver la televisión. No soy capaz de estar una o dos horas sentada con la mirada y los sentidos puestos en la pantalla. Miro la televisión, escucho (o eso creo), pero hago otras cosas. Por aquí cerca hay quien dice que soy hiperactiva aunque yo no quiero creerlo.

Algo ha cambiado desde que vivo en Escocia. La televisión y el cine se han convertido en herramientas para aprender inglés. Y funcionan. Sobre todo el cine. 

En Dumfries hay dos cines: uno grande y otro pequeño, muy acogedor y en el que en lugar de palomitas venden helado y chocolatinas. Solo por eso me gusta. Se llama Robert Burns Centre Film Theatre, aquí todo responde al nombre del célebre poeta. 

En los últimos meses, he visto más películas que en toda mi vida. A la hora de ejercitar el oído funciona sobre todo porque no tienes escapatoria. Las butacas no son tan cómodas como para una siesta y la sala es tan pequeña que abandonarla sería inoportuno. Así que entienda o no, debo estar dos o tres horas con la mirada y los oídos atentos. Y funciona. 

Todo esto para contar que ayer vi una de las películas que más me ha conmovido en los últimos tiempos: Lion. Sobre todo ha sacudido mis emociones la mirada del pequeño Saroo.





Lion es la historia de uno de tantos niños que, cada día, desaparece en La India. Acostumbrado a buscarse la vida desde bien pequeño y a contribuir en la economía familiar, siempre va detrás de su hermano mayor. 

Siempre sigue sus pasos aunque su hermano le repita que es demasiado pequeño. Y lo cierto es que los dos lo son. 

En una de esas salidas en busca de algo que llevar al hogar materno, Saroo es presa del sueño y no es capaz de moverse de un banco de una estación de tren. Algo que me llamó la atención es cómo este niño transmite el sueño, fruto, sin duda, de la poca energía y falta de alimento. 

Promete a su hermano que de ahí no se moverá, y aquel que volverá a buscarlo. Sin embargo, Saroo se queda encerrado en un tren y la siguiente vez que pone los pies en el suelo será a más de 1.500 kilómetros de casa. 

En Calcuta ni siquiera conoce el idioma. Él no habla bengalí. Vivirá en las calles, correrá pese a no tener energía huyendo de quienes quieren venderlo como carne, y terminará en un orfanato. En ese lugar, la película, de nuevo, se centra en su forma de observar, en su mirada. Quizá sea resignación lo que transmite.

Saroo es adoptado por un matrimonio australiano. Su vida da otro giro radical. Nuevo país, nuevo idioma, otra realidad. Durante más de veinte años olvida lo que fue, lo que vivió. Pero en un momento experimenta una profunda crisis de identidad. Siente que buscar sus raíces es una traición a los padres que le dieron una oportunidad, pero sus recuerdos le martirizan. Siente que debe encontrar a su hermano y a su madre biológicos para decirles que ellos no tuvieron la culpa, que se perdió pero que logró estar bien. Y que está bien. 

Lion está basada en una historia real. Gracias a Google Earth y a sus recuerdos, entre ellos, la imagen de un depósito en la estación en la que se perdió y los caminos que recorría siendo niño, el protagonista consigue encontrar la humilde aldea en la que vivió una infancia que él no entendió como infeliz. Él estaba junto a su madre, su hermano y su hermana pequeña. 

La película deja en el aire varios temas. Quizá sea así porque afrontarlos es imposible o incómodo. Nos invita a reflexionar en torno al mundo que hemos construido en el que los niños son sometidos a extrema violencia. Saroo y su mirada. Podríamos continuar hablando sobre adopción internacional y sobre identidad, también sobre la obligación o no, la naturalidad o la incapacidad para adoptarse a otra vida, a otra sociedad. 

Me gusta ir al cine en este momento de mi vida aunque entienda la mitad de los diálogos. Funciona para aprender inglés y no dejar de pensar sobre asuntos importantes. 






lunes, 20 de marzo de 2017

Hemos perdido la medida







En Dumfries existe un espacio altamente interesante. Es The Stove

Sé que la mayoría de las personas que leen este blog nunca pondrán un pie en este pueblo del sur de Escocia. Por eso, alguien podría decir qué importa que exista un lugar llamado The Stove. Sin embargo, en mi opinión, debemos compartir los buenos hallazgos, por lejos que estén, y así poner en valor la inquietud y energía de quienes promueven otras miradas, otros encuentros y otros diálogos.

The Stove ocupa un edificio de la High Street. Se encuentra allí y no en otro lugar porque entre sus objetivos está revitalizar el centro, que tanta vida ha perdido con el cierre de comercios. Sí, la llegada de grandes compañías como Tesco supuso un antes y un después. 

En la planta baja cuenta con un café muy agradable y en los pisos superiores, trabajan quienes forman parte de esta comunidad; la mayoría son jóvenes creadores. 

Ellos desarrollan sus proyectos personales y diseñan actividades para el resto de los habitantes. Por ejemplo, la semana pasada tuve la oportunidad de conocer la historia de las Islas Feroe y la caza de ballenas. Fue gracias al documental de Mike Day, The Islands and the Whales, que se proyectó en The Stove. 

Y yo he estado prácticamente toda la semana dándole vueltas. 

En dichas islas, tradicionalmente se han pescado ballenas. También cazan (de formas diferentes y algunas de ellas realmente arriesgadas) gaviotas y otros pájaros. A lo largo de la historia lo han hecho, y siguen haciéndolo, para alimentarse. He ahí el debate. Efectivamente, son animales y la forma de capturarlos es cruel. No debería ser así. 

A lo largo del documental, se muestran diferentes puntos de vista. Entre ellos, la opinión de los más mayores. Ellos afirman que las islas nunca han brindado muchas más opciones, no había dinero ni se podía llenar la cesta en el supermercado. Eso es lo que había, eso es lo que se guardaba y se comía durante el año. 

Hoy, han cambiado las cosas. Pescan demasiado, han perdido la medida, y están acabando con la población de la mayoría de las especies. Así lo afirma uno de los habitantes, que invierte su tiempo en observar aves. Las observa y también se las come. 

Otra de las voces es la de un médico que pertenece a la comunidad, que ha vivido la tradición de la pesca desde niño y que comprende lo integrada que está en las vidas y lo importante que es en la actividad económica. Durante los últimos años, él ha analizado el nivel de mercurio en sangre, que procede de la ingesta de ese tipo de alimentos. Ante los resultados, surge el debate: ¿Comer o dejar de comer? ¿Menos cantidad? ¿Y los niños? 

Hay más cuestiones sobre la mesa. Los ancianos de la isla aseguran que nadie ha muerto por el mercurio. Esto me recuerda a mi abuelo materno y a esa generación de agricultores que se alimentaban con la matanza y su salud era de roble. En estos días, sin embargo, elegimos 'super-alimentos' y sufrimos más enfermedades que nunca. 

En las Islas Feroe, hoy en día, muchas de las gaviotas que capturan tienen restos de plástico en sus estómagos. ¿Qué estamos haciendo con los mares? ¿Los hemos convertido en vertederos? Creo que la respuesta es fácil. 

Surgen más preguntas: ¿Somos demasiadas bocas que alimentar? ¿Hemos desconectado con la Naturaleza? ¿Creemos que los recursos son inagotables?

En mi opinión: hemos perdido la medida. 

Antes de la proyección, fue posible degustar algunos bocados muy ricos elaborados con alimentos locales. La degustación pretendía, cómo no, también agitar nuestra conciencia. 

Yo recuerdo perfectamente cuándo en mi casa empezamos a comer kiwis, salmón, lubina y dorada. Hoy, tenemos de todo en cualquier lugar y en cualquier estación del año. Esperamos tenerlo y, además, no pagar demasiado por ello. No importa la huella que ello dejé en el medio ambiente. Ni la cantidad de plástico que genere. No importa. 

Me pregunto por el verdadero significado de local, de estacional. Y me pierdo en las respuestas... creo que hemos perdido la medida.