viernes, 19 de mayo de 2017

Prejuicios

En Internet, llámese este blog o las redes sociales (que las tengo todas y gestiono otras más), es fácil vender una imagen que no corresponde con la realidad.

Yo pongo en mi foto de perfil de Facebook: 'Ninguna persona es ilegal'. Y creo limpiar mi conciencia. Pero tengo prejuicios.

Seguramente más de los que reconozco y admito. Hacia las personas y hacia las ciudades. Pero no seré yo quién tire por la borda mi reputación. 

Hoy confieso un prejuicio. Hasta hace siete días creía que Glasgow no ofrecía nada interesante para una persona tan... ¿prejuiciosa? como yo. 

Como suele suceder, me tuve que tragar mis palabras. La ciudad me mostró una larga lista de encantos, bueno, fue nuestro cicerone: Catriona. Y me sentí mal por esa indigestión de palabras no merecidas, por esa primera y equivocada impresión, tanto que mañana regresaré para, durante apenas siete horas, recorrerla de nuevo. 

Hasta el fin de semana pasado, encontramos muchas excusas para posponer la visita a Glasgow. Yo fui para la entrevista de solicitud del número que te permite trabajar en Escocia. Aquel día mi mirada no era la adecuada e hice algo que nunca antes había hecho, cambié el billete de autobús y volví antes de lo previsto. Casi siempre me faltan horas... ese día yo deseché varias. 

El viernes pasado llegamos a Glasgow para encontrarnos con dos amigos: Óscar y Sandrine. Elegimos esa ciudad como punto intermedio entre nuestros actuales lugares de residencia. No hace falta que diga que la compañía influyó en que esta vez mi mirada fuera diferente. 

Todo comenzó con buen pie. Nos dejaron cenar cuando estaban a punto de echar el cierre en un restaurante indio llamado The Dabba. Nos tomamos unas cervezas (para algunas, demasiadas), poniéndonos al día a grito pelado en un bar en el que la música invitaba a cualquier cosa menos a mantener una conversación con esos amigos que hacía cinco años que no veíamos. 

Nos despertamos tarde y el desayuno-comida-merienda tuvo lugar en un espacio muy agradable. Catriona nos citó en Singl-end. Y allí las horas volaron mientras afuera no dejaba de llover. 

No lejos de ese bonito café y panadería, se encuentra The Glasgow School of Art. Lo primero que yo hice, atendiendo a mi debilidad por las tiendas de museo y olvidándome de la próxima mudanza, fue detenerme y comprar una bolsa de tela (he perdido la cuenta de cuántas tengo), un jabón con olor a menta (he perdido la cuenta de todos los que tengo, pero a mi favor añadiré que soy capaz de recordar el aroma de cada uno) y ocho lápices (de esto ya hablé en un post anterior). 

Ya en el interior de la escuela, conocí un poquito la figura de Charles Rennie Mackintosh y de su mujer, Margaret Macdonald. Mañana sabré algo más porque he reservado una plaza en el Walking Tour que muestra su legado en la ciudad. Caminaré durante algo más de dos horas con la mirada adecuada. 

Mañana, también me gustaría conocer la galería y museo Kelvingrove así como el jardín botánico. Quizá siete horas no sean suficientes y suceda que desee regresar otra vez. 

Todavía en la escuela, recorrimos una exposición colectiva. Una de las artistas estaba junto a un monitor en el que se proyectaba su creación y junto a una cámara de fotos. Nos explicó que la instalación no había finalizado, era precisa la interacción y la reacción del público. Y nos invitó a participar. 

Éramos cinco personas, ¿quién accedió? Lo que escuché, por ejemplo, divagaciones sobre el amor y lo cansado que es, y lo que vi en el ordenador que ella me ofreció, provocó las caras más expresivas que esa joven posiblemente haya grabado en los últimos días. Quizá en otro tiempo, en otra ciudad, me vea en un monitor siendo parte de otra muestra artística... ¡O un documental!

Después, continuamos callejeando sin prisa por Glasgow. Nos asomamos al interior de la Universidad, que también ofrece visitas guiadas. 






Encontramos esas flores tan especiales llamadas 'snake head' y, claro, rododendros de diferentes colores. 





Tomamos una cerveza en Ubiquitous Chip, dicen que es lugar en el que ahora se deja ver la gente guapa de la ciudad. Nosotros lo elegimos porque encontramos una mesa libre en su terraza a pesar de no ser fumadores... 

Más conversaciones, más comida rica, cervezas y gin tonic en Gandolfi. También música de nuestra época (¡Horror, ya hablo como una abuela cebolleta!) en The 13th Note

Y, tras la lluvia del sábado, mañana de domingo soleado en el mercadillo The Barras.










Multitud de muestras de arte que están en uno de los mejores museos: la calle. 








Besos frente a un par de espejos. Y claro, más y más conversaciones... ¡Qué bueno es reunirse con los amigos tanto tiempo después!





¡Y qué suerte la mía que mañana regreso a Glasgow!

miércoles, 10 de mayo de 2017

Un año (casi) sin restaurantes

Antes de comenzar esta entrada, quiero daros las gracias. Me siento muy emocionada ante todas las visitas que ha registrado el texto anterior: Ser mujer y no ser madre.

No me siento muy cómoda contando mi vida. Me pertenece a mí y lo que narré la semana pasada, no solo a mí, también a mi pareja. Pero decidí hacerlo si así podía ayudar de algún modo a personas que, como nosotros, han vivido la pérdida de un bebe, o de varios. 

No sé si todos los que os habéis dejado caer por aquí a propósito de ese texto, volveréis. Fuera o no una visita puntual: GRACIAS.

Y ahora empezaré diciendo (alguno ya me lo habéis oído decir) que este año pasará a mi historia personal como el año en que dormí intensamente, vivi eternamente acatarrada y no puse un pie en un restaurante. Bueno, casi. 

Quienes me conocéis o seguís mis pasos, sabéis que soy periodista. Mal pagada (como la mayoría) pero tan afortunada que escribo sobre hoteles, viajes y restaurantes. También entrevisto a personas creativas, inconformistas, emprendedoras y, en definitiva, muy interesantes. ¡Vaya suerte la mía! 

Si tecleáis www.elhedonista.es y buscáis a una tal Mar de Alvear, descubriréis a todos ellos. Desde conserjes que escriben poesía, véase Begoña Abad, a simpáticos acuarelistas como Yo lo pinto.  

Efectivamente, Mar de Alvear es mi pseudónimo. También me he dedicado (este año he hecho una pausa) a la comunicación. No me ha gustado mezclar ambas facetas aunque la ética profesional la tengo bastante interiorizada. 

El caso es que hasta que llegué a Escocia, en agosto del pasado año, visité muchos restaurantes. Cuando vivía en Madrid lo hacia casi 5 días a la semana: comida y cena. Al trasladarnos a Pamplona, cada vez que regresaba a Madrid, volvía a casa con un empacho que me duraba varios días. Pero lo cierto es que no seré remilgada: Me chifla comer. Soy una glotona y no quiero cambiar. 

La comida británica me seduce cero. No me entusiasman los scones, me parece absurda la emoción que sienten por esa creación llamada cheese toastie y les saco la lengua cuando me dicen que la sopa es homemade. ¿Hecha en casa porque la meten en el microondas justo antes de servírtela? Es curioso que casi todas sepan igual y que si te das una vuelta por los diferentes saloncitos de té de Dumfries la sopa del día coincide en la mayoría. Ah, y del fish&chips prefiero no hablar. 

Así que en estos meses apenas he visitado restaurantes. Disfruto más cocinando e invitando a nuestros nuevos amigos a nuestra humilde casita. Nunca antes hice tantas tortillas de patata. En España, prefería tomarla en los bares. ¡Ay, los bares de España! Es junto con el pan y verduras como las acelgas y las borrajas, lo que más echo de menos. Creedme. 

Pero el Universo no quería que yo regresara a España sin haber descubierto un buen restaurante. Y lo puso en mi ruta, concretamente en la North Coast 500 Route, justo al final de una carretera estrecha, muy estrecha, y con muchas curvas. En una aldea de tan solo tres casas llamada Tarbet, en la bahía de Scourie, está The Shorehouse.





(Fotos © The Shorehouse)


¿Qué ofrecen? Algo básico: frescura y calidad que se traducen en salmón de un buen proveedor, ensalada rica para acompañar y cigalas y cangrejos pescados, cada día, a un paso del restaurante. Ah, y patatas con mantequilla. Y también pan con más mantequilla. 





(Fotos © Cardamomoyclavo)


En la orilla, justo debajo del restaurante, se toma un pequeño barco para llegar a  Handa Island, una reserva natural, al parecer, de gran belleza. Así que la clientela de The Shorehouse, que abre al público desde Semana Santa y hasta septiembre, son esencialmente caminantes, turistas y amantes de la naturaleza. 

En mi opinión, no existe una definición única de restaurante especial. Que sea así, para mí, depende de diversos factores: qué se busca, qué se espera, qué apetece, en qué momento de tu vida estás, sí, parecerá curioso, pero para mí este último también es un detalle especial. Sin olvidar: quién te acompaña. 

A mí, me suelen convencer los establecimientos sencillos, con una carta breve a partir de producto de temporada y, en la medida de lo posible, local. Para que me emocione más, es necesario que lo defiendan personas especiales y la historia de The Shorehouse, me gustó mucho. De hecho, 'obligué' a Rebecca o a Lucy (no sé cuál de las dos hijas era) a que me narrará la historia completa. 

En 1977, su abuela, Essie Pearce, fundó el restaurante y, tiempo después, le tomaron el relevo su hijo, Julian, y la esposa de éste, Jackie. Al negocio han contribuido también las citadas hijas y el hijo, Adam. 

Me hizo especial ilusión notar que la joven que nos sirvió se sentía feliz en ese lugar apartado del mundo. Me dijo que la infancia había sido maravillosa y que tener como vecinos a tan sólo otras dos familias nunca había sido un problema. 

Recordó cómo, cada día, recorrían durante aproximadamente 20 minutos de ida y otros tantos de vuelta, la carretera (y todas sus curvas) para ir al colegio. Y que contar con un centro escolar en un pueblo próximo había sido una suerte. Habían evitado vivir en un internado. 

Pensé en una vida tan familiar y también en el sentido de comunidad, que en lugares que durante el invierno pueden quedar aislados, sin duda, cobra más sentido que nunca. 

Intuí que se sentía cómoda con su vida. E imaginé qué podía hacer al cerrar el restaurante. Supongo que seguir con todo el trabajo que el cliente no ve, pero quizá también dar un paseo, leer, salir a correr, cultivar un huerto... 

Pensé en la vida en Madrid, Barcelona o en Londres y entendí que las grandes ciudades pueden ser más hostiles que una pequeña aldea de tres casas azotada por el viento... 

Y por un momento, envidié su vida... Sí, confieso que lo hice. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Ser mujer y no ser madre

Desde hace unos días, le doy vueltas a este texto. Lo cierto es que no sé por dónde empezar porque creo que me voy a liar más de la cuenta. El caso es que hace un rato, durante la sesión de jardinería con mis amigas escocesas, he vuelto a pensar en él y creía tener la estructura e hilo determinados, pero acabo de recibir un email (y leer apenas por encima) y ahora sí que sí no sé por dónde empezar. 

El mensaje en cuestión dice así: 
7 de cada 10 mujeres españolas reconocen haber hecho la “Operación Bikini”

Y de repente, me he encendido. Me irritan este tipo de titulares en el que las mujeres somos protagonistas y quedamos como tontitas. Estas informaciones y lo de los lazos rosas me superan... 

Porque, no sé si por aquí, en Dumfries, se estila lo de la operación bikini o no, pero yo he salido a correr desde el pasado mes de noviembre cada lunes y cada miércoles, y algún viernes y domingo, y apenas me cruzaba con otros corredores. He salido a pesar de la oscuridad, de la lluvia, del frío, del viento y del hielo. Lo he hecho junto a Gail. Ella y yo. 

Desde hace un par de meses, la orilla del río Nith parece una autopista. Y no solo corren ellas. Hay bastantes chicos, hombres y señores. ¿Será que ellos también desean lucir tipito en las playas españolas y portuguesas? ¿Será que verse y sentirse mejor no es una cuestión de género? 

Por favor, cambiemos nuestro lenguaje. Ya. 

Dicho esto, volveré al que era mi argumento inicial. Quería hablar sobre la maternidad (otro tema manido en estos tiempos) a raíz de una maravillosa película que vi la semana pasada. 

Digo maravillosa porque me encantó la estética, el vestuario y sobre todo me encantó ella. Reconozco que Annette Bening me parece uno de los seres más bellos de este mundo. Es así gracias a su estilo y a las arrugas que no oculta. Me fascinaron sus gestos, su pelo despeinado y su forma de fumar un cigarrillo tras otro. A la salida, casi pido uno. 

La película es 20th Century Women. Os la recomiendo. 




Ya en casa, esa noche y los días que siguieron, reflexioné sobre lo difícil que debe resultar la maternidad y la paternidad. Pensé en mis padres. En todo lo que han hecho con, junto a y por mis hermanos y por mí. Pensé en que no tenían ni idea y se tiraron de cabeza, como tantos de su generación, siendo unos chiquillos. Apenas veintitantos años. Ahora, quien se estrena lo hace tarde y habiendo consultado varios manuales de uso. 

Cuando me encuentre con ellos, en mayo, me gustaría preguntarles cómo vivieron nuestra adolescencia. Sé que la de cada uno de los tres fue diferente. Dicen que mi padre sufrió mucho conmigo y que mi madre hizo lo propio con mis hermanos. 

Reconozco que yo no les di disgustos con los chicos porque estos me interesaron bastante tarde. Cuando así fue mantuve bastante discreción. Nada duró el tiempo suficiente para ser contado.  

No nos metimos en demasiados líos pero bebimos tela, fuimos de fiesta a pueblos alejados e hicimos autostop sin valorar si el que conducía llevaba unos tragos de más. 

Yo empecé a fumar a los 13 años o antes. Iba al estanco y decía que un paquete de Chesterfield para mi madre. Lo cierto es que, en parte, no mentía. Ella fumaba esa marca. Yo también. 

Me cuesta creer que mis padres no se dieran cuenta. Incluso, fumé en el baño de casa y luego gasté medio bote de laca porque alguien me dijo que eliminaba el olor. 

Yo nunca seré madre pero estuve embarazada en dos ocasiones. Y recuerdo que en algún momento formulé en voz alta un deseo: que ese hijo o hija fuera la mitad de la mitad de 'juergas' que su madre. Creo que no hubiera podido soportar esperar media noche a que se abriera la puerta y él o ella volviera. Quizá, como Annette, hubiera necesitado fumar un cigarro tras otro. 

Desde que vi esta película pienso en qué momento se produce el cambio. En qué momento dejas de ser una chica o adolescente y te conviertes en un adulto con el que se puede hablar de igual a igual. 

Yo me pierdo la maternidad. Me pierdo lo bueno y lo malo. No creais que mi vida va a ser mejor o peor que la de quienes son padres. La mía, la que comparto con mi pareja y la que vivo de forma  independiente, simplemente es y será diferente. 

En estos días, paso de puntillas por las redes sociales porque se han suscitado diversos debates que no termino de comprender. 

No entiendo por qué hay que juzgar a los demás. Y curiosamente a las mujeres se nos da fenomenal sacar el cuchillo y opinar sobre la vida y obra de nuestras amigas, hermanas, primas, compañeras de trabajo, de piscina, de vecindario... 

No entiendo el debate sobre ser o no ser madre. Esas posiciones tan enfrentadas. Parece que debes ser de uno u otro bando. Será porque en mi caso siempre creí que las circunstancias decidirían. 

Yo no tuve instinto maternal. Casi nunca pensé en la posibilidad de ser madre. Pero tampoco valoré la contraria. Simplemente, recorrí el camino, elegí qué personas quería tener cerca y viví día a día. En un momento, mi pareja y yo, juntos, dimos el paso y estuve embarazada en dos ocasiones. 

Cuando supe que mi genética es rara (muy rara) y que tener un bebé no era viable, sentí un gran alivio. Volví a dormir sin tener pesadillas. 

Respeto a quién lo intenta una y otra vez. Respeto a quien opta por la adopción. Y me gustaría que ese respeto también fuera visible cuando yo digo que no tenemos hijos ni vamos a tenerlos. Me sentiría más cómoda si la siguiente pregunta no fuera: ¿Pero de verdad que no lo vais a intentar de nuevo?

Por favor, cambiemos nuestro lenguaje. No juzguemos. Vivamos nuestra vida, que ya es suficiente. Porque mi vida no es ni será mejor o peor, será la mía. Diferente.