martes, 12 de agosto de 2014

Su abuelo. Mi padre

Mi abuelo materno se llamaba Juan. A mi abuela, Benita, no la conocí.

Mi abuelo paterno creció llamándose Dámaso y resultó que su nombre era otro: Constancio. Y con mi abuela Teresa, nunca tuve feeling. 

Me acuerdo de ellos dos. De Juan y sus ojos de un verde que se perdía en el azul. De sus manos huesudas y de la propina de los domingos. De su sillón de anea, del bastón y de la cara de pillo que ponía cuando mi madre le decía: 'Padre, no coma caquis en la cama, que dejan mancha negra'.

Al abuelo con los dos nombres, al que yo siempre llamé por el segundo, le recuerdo paseando por el parque grande de Zaragoza. Con gabardina y sordera. Y yo le gritaba: 'Abuelo'.

Juan murió en un hospital de Madrid y a Constancio ojalá nunca le hubiese visto por última vez. En esa cama, consumido. Ojalá me hubiese quedado con su imagen: fuerte, esbelto. Constancio es como mi padre, o mi padre es como él, mejor dicho.

Y tengo la certeza de que Claudia, Diego y Álvaro van a tener maravillosos recuerdos de él. Siempre. 

Claudia porque le ha enseñado a tirarse de cabeza a la piscina. Menos mal que ya sabía nadar y no sufrió, como yo, aprender a prueba de ser lanzada, una y otra vez, en los tres metros. Y, claro, salir como buenamente podía.  

Diego porque han paseado cada uno en su bici mientras el pequeño gritaba a todo el pueblo: 'Mi abuelo sabe ir en bici'. 

Y Álvaro porque no acaban de llevarse bien. 

El otro día, Claudia manifestó su admiración en una sola frase: 'El abuelo sabe hasta construir casas de madera'. Y ese 'hasta' me emocionó. 

Tener recuerdos es algo que deberíamos desear y, claro, provocar. 

Mi padre ahora es abuelo. Tiene 70 años, aunque no lo parezca. Mi padre siempre me ha cuidado, protegido y calmado. Pero ahora ya toca el relevo generacional. Un paso que nosotros, creo, dimos en noviembre cuando caminamos juntos desde Pamplona y hasta Villafranca Montes de Oca. 

Entonces, se cambiaron los papeles. Y yo era quien cuidaba. 

No quiero olvidar nunca todo el amor que él y mi madre me han dado, sin esperar nada a cambio.

También voy a procurar recordar aquella carta de una madre a una hija en la que le pedía, con argumentos, que, por favor, no le mandara callar, no le quitara la razón ni le tratara como si fuera tonta.

Yo también lo hago, sin darme cuenta de que él y ella, mis padres, siempre serán mayores y más sabios que yo. Aunque el relevo ya lo hayamos aceptado. 


lunes, 4 de agosto de 2014

Un hotel entre todos, solo uno.

Cuando era pequeña nunca creí que llegaría a dormir en tantos hoteles.

Cuando era pequeña, por supuesto, nunca imaginé que tendría uno, un hostel pequeñito y humilde. Soñaba con tener una tienda de ultramarinos y vender buenas latas de conservas, legumbres a granel y verdura de calidad. Ése era mi sueño, de veras. 

Ahora, que soy mayor, por suerte tengo varios trabajos. Gracias a uno visito hoteles sobre los que luego escribo y en el otro, en Check In Rioja (www.checkinrioja.com), recibo a viajeros de todo el mundo que buscan un hogar pasajero. 

Y siendo niña nunca pensé que algún día dormiría en aquel hotel. El que cada mes de septiembre que volví con mi familia a disfrutar de unos días de playa a La Escala y, luego, a San Martín de Ampurias, despertaba en mí una fuerte atracción. 

Así que yo que, tanto se lo pedí y rogué al universo, hace unas semanas, disfruté de una noche de tormenta en el Hostal Empúries (www.hostalempuries.com). Creí no dormir de la emoción. Y como cuando era niña, me desperté temprano, me calcé las zapatillas y corrí bajo la lluvia hasta La Escala. 





Busqué aquellos baños en los que entraba cuando paraba a tomar una coca cola. Entraba a ellos aunque no lo necesitara con el deseo de poder ir más lejos, y llegar hasta las habitaciones. Pero siempre fui una niña prudente y no me saltaba las normas en los terrenos desconocidos. En mi pueblo: casi todas. 

Charlé con dos hermanas que siempre pasaron sus veranos en el hostal; ellas también recordaban esos baños y la recepción con un punto desvencijado. Esa atmósfera decadente, de belleza descuidada. 





En Hostal Empúries cené como en pocos lugares. Fue en Villa Teresita, el restaurante que mantiene el nombre original. El responsable es el chef Rafa Peña y su equipo. Destaca la exquisita oferta de pescados y vegetales apenas intervenidos. Muchos de ellos del propio huerto, y todos próximos, con una trazabilidad reconocida.







(© Fotos Hostal Empúries) 

Dormí como en mis mejores sueños, desperté junto a quien amo y tomé un desayuno que tardaré en olvidar. Sí, ese sándwich vegetal y ese cruasán se merecen una parcela en mi memoria por mucho tiempo. Ellos y las fresas, que sabían a fresas. 

El hotel de mi infancia es sostenible. Aunque los huéspedes dejen el grifo abierto, el agua no se pierde: se reutiliza. En los jardines, hay plantas autóctonas, recuperadas, que no precisan riego extra y el pan se elabora con un trigo antiguo, de xeixa, que trajeron los romanos y que cayó en desuso. Ellos lo han recuperado y sacado su máximo partido. Es sabroso y nutritivo. 

Nunca antes, apagué la luz pensando que no podría dormir por la emoción. Gracias, universo, por devolverme lo que pedí. Te debo una.