lunes, 4 de agosto de 2014

Un hotel entre todos, solo uno.

Cuando era pequeña nunca creí que llegaría a dormir en tantos hoteles.

Cuando era pequeña, por supuesto, nunca imaginé que tendría uno, un hostel pequeñito y humilde. Soñaba con tener una tienda de ultramarinos y vender buenas latas de conservas, legumbres a granel y verdura de calidad. Ése era mi sueño, de veras. 

Ahora, que soy mayor, por suerte tengo varios trabajos. Gracias a uno visito hoteles sobre los que luego escribo y en el otro, en Check In Rioja (www.checkinrioja.com), recibo a viajeros de todo el mundo que buscan un hogar pasajero. 

Y siendo niña nunca pensé que algún día dormiría en aquel hotel. El que cada mes de septiembre que volví con mi familia a disfrutar de unos días de playa a La Escala y, luego, a San Martín de Ampurias, despertaba en mí una fuerte atracción. 

Así que yo que, tanto se lo pedí y rogué al universo, hace unas semanas, disfruté de una noche de tormenta en el Hostal Empúries (www.hostalempuries.com). Creí no dormir de la emoción. Y como cuando era niña, me desperté temprano, me calcé las zapatillas y corrí bajo la lluvia hasta La Escala. 





Busqué aquellos baños en los que entraba cuando paraba a tomar una coca cola. Entraba a ellos aunque no lo necesitara con el deseo de poder ir más lejos, y llegar hasta las habitaciones. Pero siempre fui una niña prudente y no me saltaba las normas en los terrenos desconocidos. En mi pueblo: casi todas. 

Charlé con dos hermanas que siempre pasaron sus veranos en el hostal; ellas también recordaban esos baños y la recepción con un punto desvencijado. Esa atmósfera decadente, de belleza descuidada. 





En Hostal Empúries cené como en pocos lugares. Fue en Villa Teresita, el restaurante que mantiene el nombre original. El responsable es el chef Rafa Peña y su equipo. Destaca la exquisita oferta de pescados y vegetales apenas intervenidos. Muchos de ellos del propio huerto, y todos próximos, con una trazabilidad reconocida.







(© Fotos Hostal Empúries) 

Dormí como en mis mejores sueños, desperté junto a quien amo y tomé un desayuno que tardaré en olvidar. Sí, ese sándwich vegetal y ese cruasán se merecen una parcela en mi memoria por mucho tiempo. Ellos y las fresas, que sabían a fresas. 

El hotel de mi infancia es sostenible. Aunque los huéspedes dejen el grifo abierto, el agua no se pierde: se reutiliza. En los jardines, hay plantas autóctonas, recuperadas, que no precisan riego extra y el pan se elabora con un trigo antiguo, de xeixa, que trajeron los romanos y que cayó en desuso. Ellos lo han recuperado y sacado su máximo partido. Es sabroso y nutritivo. 

Nunca antes, apagué la luz pensando que no podría dormir por la emoción. Gracias, universo, por devolverme lo que pedí. Te debo una. 

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