miércoles, 3 de mayo de 2017

Ser mujer y no ser madre

Desde hace unos días, le doy vueltas a este texto. Lo cierto es que no sé por dónde empezar porque creo que me voy a liar más de la cuenta. El caso es que hace un rato, durante la sesión de jardinería con mis amigas escocesas, he vuelto a pensar en él y creía tener la estructura e hilo determinados, pero acabo de recibir un email (y leer apenas por encima) y ahora sí que sí no sé por dónde empezar. 

El mensaje en cuestión dice así: 
7 de cada 10 mujeres españolas reconocen haber hecho la “Operación Bikini”

Y de repente, me he encendido. Me irritan este tipo de titulares en el que las mujeres somos protagonistas y quedamos como tontitas. Estas informaciones y lo de los lazos rosas me superan... 

Porque, no sé si por aquí, en Dumfries, se estila lo de la operación bikini o no, pero yo he salido a correr desde el pasado mes de noviembre cada lunes y cada miércoles, y algún viernes y domingo, y apenas me cruzaba con otros corredores. He salido a pesar de la oscuridad, de la lluvia, del frío, del viento y del hielo. Lo he hecho junto a Gail. Ella y yo. 

Desde hace un par de meses, la orilla del río Nith parece una autopista. Y no solo corren ellas. Hay bastantes chicos, hombres y señores. ¿Será que ellos también desean lucir tipito en las playas españolas y portuguesas? ¿Será que verse y sentirse mejor no es una cuestión de género? 

Por favor, cambiemos nuestro lenguaje. Ya. 

Dicho esto, volveré al que era mi argumento inicial. Quería hablar sobre la maternidad (otro tema manido en estos tiempos) a raíz de una maravillosa película que vi la semana pasada. 

Digo maravillosa porque me encantó la estética, el vestuario y sobre todo me encantó ella. Reconozco que Annette Bening me parece uno de los seres más bellos de este mundo. Es así gracias a su estilo y a las arrugas que no oculta. Me fascinaron sus gestos, su pelo despeinado y su forma de fumar un cigarrillo tras otro. A la salida, casi pido uno. 

La película es 20th Century Women. Os la recomiendo. 




Ya en casa, esa noche y los días que siguieron, reflexioné sobre lo difícil que debe resultar la maternidad y la paternidad. Pensé en mis padres. En todo lo que han hecho con, junto a y por mis hermanos y por mí. Pensé en que no tenían ni idea y se tiraron de cabeza, como tantos de su generación, siendo unos chiquillos. Apenas veintitantos años. Ahora, quien se estrena lo hace tarde y habiendo consultado varios manuales de uso. 

Cuando me encuentre con ellos, en mayo, me gustaría preguntarles cómo vivieron nuestra adolescencia. Sé que la de cada uno de los tres fue diferente. Dicen que mi padre sufrió mucho conmigo y que mi madre hizo lo propio con mis hermanos. 

Reconozco que yo no les di disgustos con los chicos porque estos me interesaron bastante tarde. Cuando así fue mantuve bastante discreción. Nada duró el tiempo suficiente para ser contado.  

No nos metimos en demasiados líos pero bebimos tela, fuimos de fiesta a pueblos alejados e hicimos autostop sin valorar si el que conducía llevaba unos tragos de más. 

Yo empecé a fumar a los 13 años o antes. Iba al estanco y decía que un paquete de Chesterfield para mi madre. Lo cierto es que, en parte, no mentía. Ella fumaba esa marca. Yo también. 

Me cuesta creer que mis padres no se dieran cuenta. Incluso, fumé en el baño de casa y luego gasté medio bote de laca porque alguien me dijo que eliminaba el olor. 

Yo nunca seré madre pero estuve embarazada en dos ocasiones. Y recuerdo que en algún momento formulé en voz alta un deseo: que ese hijo o hija fuera la mitad de la mitad de 'juergas' que su madre. Creo que no hubiera podido soportar esperar media noche a que se abriera la puerta y él o ella volviera. Quizá, como Annette, hubiera necesitado fumar un cigarro tras otro. 

Desde que vi esta película pienso en qué momento se produce el cambio. En qué momento dejas de ser una chica o adolescente y te conviertes en un adulto con el que se puede hablar de igual a igual. 

Yo me pierdo la maternidad. Me pierdo lo bueno y lo malo. No creais que mi vida va a ser mejor o peor que la de quienes son padres. La mía, la que comparto con mi pareja y la que vivo de forma  independiente, simplemente es y será diferente. 

En estos días, paso de puntillas por las redes sociales porque se han suscitado diversos debates que no termino de comprender. 

No entiendo por qué hay que juzgar a los demás. Y curiosamente a las mujeres se nos da fenomenal sacar el cuchillo y opinar sobre la vida y obra de nuestras amigas, hermanas, primas, compañeras de trabajo, de piscina, de vecindario... 

No entiendo el debate sobre ser o no ser madre. Esas posiciones tan enfrentadas. Parece que debes ser de uno u otro bando. Será porque en mi caso siempre creí que las circunstancias decidirían. 

Yo no tuve instinto maternal. Casi nunca pensé en la posibilidad de ser madre. Pero tampoco valoré la contraria. Simplemente, recorrí el camino, elegí qué personas quería tener cerca y viví día a día. En un momento, mi pareja y yo, juntos, dimos el paso y estuve embarazada en dos ocasiones. 

Cuando supe que mi genética es rara (muy rara) y que tener un bebé no era viable, sentí un gran alivio. Volví a dormir sin tener pesadillas. 

Respeto a quién lo intenta una y otra vez. Respeto a quien opta por la adopción. Y me gustaría que ese respeto también fuera visible cuando yo digo que no tenemos hijos ni vamos a tenerlos. Me sentiría más cómoda si la siguiente pregunta no fuera: ¿Pero de verdad que no lo vais a intentar de nuevo?

Por favor, cambiemos nuestro lenguaje. No juzguemos. Vivamos nuestra vida, que ya es suficiente. Porque mi vida no es ni será mejor o peor, será la mía. Diferente. 


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