lunes, 21 de septiembre de 2015

Principios y finales tristes

Me gustan las historias tristes. Las prefiero antes que las felices. No sé muy bien la razón, pero es así. En cuestión de películas, canciones y libros, mi instinto me lleva a elegir las que, de principio a fin, están teñidas de una atmósfera, de unos personajes y de una trama, digamos, gris. 

Poco después de conocernos, mi compañero de vida detectó mi debilidad. Como él no la comparte, no solemos leer los mismos libros y, cuando está fuera de casa, aprovecho para disfrutar, con alevosía, de algún drama en toda regla. 

El sábado elegí Loreak. Me gusta el título porque me gusta el nombre de niña Lorea ('flor'). Después de verla entiendo y me alegra que la película sea precandidata para representar a España en los Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa. 




Los autores son Jon Garaño y Jose Maria Goenaga. Es un película vasca muy intimista. Cuenta mucho no solo a través de los diálogos y rostros de los personajes, sino también a través de la lluvia, de la oscuridad, de los interiores y de otros recursos. 

Me hizo llorar porque puede ser tremendamente triste o no, según se mire. Y es que cada día se puede volver a empezar. Me gustó, además, su música. 

Pero si en algo soy especialista es en elegir novelas tristes. Quizá por eso uno de mis títulos favoritos sea Tokio Blues, de Haruki Murakami. La lista incluye muchos más, entre ellos, Del color de la leche (Nell Leyshon) e Intemperie (Jesús Carrasco).




Miguel de Santos, editor de El Hedonista, que según intuyo también adora las novelas tristes, me recomendó la primera y me habló con grandísimo entusiasmo de la segunda, que ya ocupaba un espacio en mi nutrida estantería de próximas lecturas. 

En cuanto me recomendó la primera, la compré y comencé a leerla en el metro. Del color de la leche es una joya descarnada. Es preciosa en forma, pero con un fondo terrible. 

Es verdaderamente realista gracias a cómo está escrita, al uso del lenguaje, no solo en lo que a significado se refiere. Y todo ello en apenas 174 páginas. 

Y no diré más, bueno, sí, que su lectura despierta unos silencios enormes. Generalmente se está en silencio cuando se lee, claro, pero esta obra provoca silencios en el alma. No sé muy bien cómo explicarlo. A mí me encogió el corazón. 




Como impresionante es la primera novela de Jesús Carrasco. De ella me habló una mañana Isabel Marías y salí del café-librería en el que estábamos con ella en el bolso. He tardado, como es costumbre en mí, un par de años en abrirla. A pesar de que quienes la leían en mi entorno, me recomendaban no posponer ni un solo día más su lectura. 

Lo hice este verano y aunque se trata de un obra pequeña, de 221 páginas, no pude devorarla con ansiedad. 

La prosa es extrema, con un uso magistral de cada palabra. Es ésa y ninguna otra la que podía y consigue transmitir todo lo que el autor desea. 

Apenas leía unas líneas, apenas un párrafo sí y otro también, crecía mi desasosiego e inquietud. Sucedió que tuve que levantarme en varias ocasiones y beber agua. Sí, beber agua... si la leéis, entenderéis la razón.

Imaginaba qué sucedería en la trama, pero no quería que así fuera. A medida que avanzaba y pasaba las páginas, crecía mi angustia. 

Intemperie es uno de esos grandes libros que se encuentran cada muy poco tiempo, pero que, por fortuna, todavía existen. 

Me gustaría conocer la infancia y el entorno familiar de Carrasco. Porque el trabajo lingüístico que desarrolla en torno a las labores del campo, el cuidado de los animales y la vida doméstica en el área rural de antaño, es admirable. 

Intemperie resulta más dramática si cabe porque parece lejana y creo, sinceramente, que no lo es tanto. Porque en este mundo nos empeñamos en caminar hacia atrás. Y si no, encendamos la televisión ahora mismo.

Hoy por hoy, cuando tanto se escribe y tan pocos trabajos se pueden tildar de calidad, es un regalo topar con dos novelas como éstas que alimentan mi incorregible debilidad por las historias tristes.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Autobombo, ¡Sí, señor!

Vuelvo a hablar de mi libro. Es imposible que entre quienes leen este pequeño blog, si es que todavía queda algún fiel lector, haya alguien que no sepa que en mayo autopubliqué mi primer libro:

¡Continúa caminando! Un albergue en el Camino de Santiago




Y como la cosa va de 'auto': edición, distribución, comunicación y, casi, venta puerta a puerta... pues hoy me dedico una ración de ¡¡¡autobombo!!!

Quienes ya han leído mi pequeña obra y se han puesto en contacto conmigo, me han hecho llegar palabras de gratitud. Aseguran que han leído unas páginas que hubiesen querido escribir ellos mismos. Es así porque han reconocido emociones que vivieron gracias a esa experiencia que supone seguir las flechas amarillas. 




Efectivamente, trata de eso, de emociones, sentimientos... Puede que demasiado. Incluso hay quien me ha felicitado por ser valiente y mostrarme tal cual soy. No es una guía del Camino, por tanto, ni tampoco un libro de autoayuda. Tiene más de relato biográfico... no sé. 

Yo no he podido volver a leerlo. Ni un solo capítulo porque me duele un poquito. Mi vida no es la que imaginé hace apenas 3 meses. Y las palabras que cierran este pequeño relato, de hecho, ya no son realidad.





Pero la vida sigue y hay que continuar caminando. Así que el próximo jueves, 17 de septiembre, a partir de las 19.30 horas, estaré en Café Teo (Compañía, 9. Frente al Albergue Municipal de Peregrinos. Pamplona) enfrentándome a mis tristezas y sumergiéndome de nuevo en el libro que, con tanto amor, escribí. 

Por las 108 páginas desfilan personas, peregrinos que he encontrado en mis dos Caminos o en Check In Rioja y que han sido fuente de inspiración. Y es que la mayoría son ejemplos de superación.




Me encanta la idea de que el Café Teo sea el escenario de mi presentación. Me gusta porque, aunque en Pamplona paso mucho tiempo en casa y no en la calle y en sus cafés, éste es realmente especial.

Es así porque su propietario es amable y tiene unos dulces, que elabora su pareja, deliciosos. Me gusta porque, al estar tan cerca de la Escuela Oficial de Idiomas, reúne a estudiantes que intercambian conversación.

Cuando decidimos trasladarnos a vivir a Pamplona y buscábamos piso, el primero que visitamos está justo al lado y, al verlo, con su cartel en ese azul que tanto me gusta, pensé que era un lugar realmente apetecible para desayunar y pasar buenos ratos. Al final no soy vecina, pero procuro visitarlo.

Lo dicho, el próximo jueves, 17 de septiembre, a partir de las 19.30 horas, presentación de mi primer libro en Café Teo (Compañía, 9). 

Espero no estar sola así que... ¡estáis todos invitad@s!

jueves, 3 de septiembre de 2015

Indómita

Mi naturaleza es indómita. 

Corro desde los ocho años porque mi padre me torturaba en la playa 'obligándome' a correr juntos al caer la tarde. A mi sobrina Claudia, ahora, le enseña a hacer estiramientos en la piscina... 

Consiguió que luego corriera cualquier tarde por los caminos de mi pueblo. Que cuando estudié en Zaragoza y me matriculé en Filología Inglesa, abandonando la carrera en el primer mes y por tanto no yendo a clase, corriera incluso dos veces al día, por la mañana y por la tarde, en 'el Parque Grande'. A veces me cruzaba con mi abuelo y me encantaba gritarle: ¡¡Abueeeelo!!. Estaba sordo, pero al verme, levantaba el bastón. 

He corrido en las ciudades a las que he viajado. Junto al mar y durante los veranos en Monteagudo de las Vicarías. Por la Gran Vía y las mil calles que tiene Madrid.

Todavía echo de menos el Retiro y a Joan, que me llevaba a toda pastilla. 

Al llegar a Pamplona, ahora hace dos años, el clima y otras cuestiones me desanimaron y dejé de correr. Volví a ratos, pero sin ánimo. Lo recuperé en enero de este año, pero apenas pudo durar dos meses porque estaba embarazada.

Mi naturaleza es indómita y anárquica. Corro desde hace casi 30 años, pero nunca he participado en una prueba. El 31 de octubre, espero estar preparada para la primera: los 6 km de la Carrera de las Murallas. Espero estar preparada, al menos, lo intentaré. 

El martes vi un grupo enorme corriendo por la Ciudadela. Mientras yo movía el culo a duras penas, pensé: ¿Quiénes serán? Supe que se trataba de los Amigos de la Vuelta del Castillo. Pues bien, hoy he ido a la cita con ellos. A las 20 horas, en la esquina con Pío XII. Escribo este post, recién llegada, sin haberme siquiera duchado. Lo escribo emocionada.

Se trataba de correr durante una hora, según me han explicado antes de empezar. Yo solo he podido correr 20 minutos. Me he venido abajo. Emocionalmente me he hundido. Entonces, Daniel y Miriam, que me han acompañado durante todo el recorrido, no me han dejado sola. Han parado conmigo y al escucharme, me han abrazado, e incluso, se han ofrecido a tomar un café. Les he pedido que siguieran... 

El martes volveré a la cita. 

Keep running, aunque tu naturaleza sea indómita!