miércoles, 9 de marzo de 2016

Quedan primeras veces

Me emociona saber que quedan muchas primeras veces. Ayer, experimenté una primera vez muy emocionante. Participé en una clase de español para extranjeros. Y a partir de ahora, voy a vivir muchas más. Pronto, no seré apoyo, sino la profesora. 

Estudié Filología Hispánica, pero no entraba en mis planes convertirme en profesora. Así que cambié de tercio y me matriculé en Periodismo. A ello me dedico, con mayor o menor suerte. 

Ayer, alguien me preguntó si me sentía filóloga o periodista. Respondí que posiblemente lo primero y que, por eso, me encantaría que las redacciones volviesen a ser como antes, cuando existían figuras como el corrector. Ése es mi trabajo soñado, darle vueltas a las palabras hasta alcanzar la forma adecuada. 

El caso es que soy una persona inquieta, a veces, demasiado. Y en enero volví a mi antigua Universidad de Zaragoza y comencé un curso de profesora de español para extranjeros. Lo concluiré pasado mañana. Recordar la gramática y la lingüística me han hecho creer que nunca es tarde para protagonizar un nuevo giro profesional. ¡Quién sabe!

De momento, ayer dirigí mis pasos hasta la sede de Cruz Roja en Pamplona. Acompañé a Javier, quien durante más de 36 años impartió clase en un instituto y ahora trabaja como voluntario, y a cinco alumnos durante dos horas de clase. Ellos son refugiados. 

Son personas que han dejado atrás vida, lugar, raíces, familiares y un pasado. Casi nada. Son personas que vemos cada día en los informativos, de las que nos hablan periódicos y radios. Son personas, como tú y como yo, pero nuestro nivel de frialdad ha hecho que nada ya parezca conmovernos.

Son personas. 

Con frecuencia, siento que somos espectadores distantes, que creemos que no va con nosotros esa realidad. Pero estamos muy equivocados: son como tú y como yo. Quizá mañana, tú y yo podríamos vernos en una situación parecida. Entonces, nos gustaría que nos miraran como a iguales. 

Me emocionó comprobar cómo se esfuerzan por aprender un idioma que para algunos nada tiene en común con su lengua materna. Imaginé el desarraigo emocional que deben padecer. Dejaron atrás una vida, unos lugares familiares que les transmitían tranquilidad. Hasta que dejó de ser así.

Me quito el sombrero ante su capacidad de adaptación. Ante su humor para introducirse en una nueva lengua y dedicarle toda la energía posible porque saben que su adaptación depende mucho de poder expresarse. 

Como me lo quito ante Sol Alonso, a quien admiro desde hace mucho tiempo. Posiblemente sea una de las mejores periodistas que he conocido y grandísima mujer. Ella también es debutante en el voluntariado y lo cuenta en este artículo publicado en El País

Quedan muchas primeras veces. Y la mayoría de nosotros, quienes vivimos en este lado del mundo, somos afortunados. No lo olvidemos; sería un insulto a personas como las que ayer me recibieron en su clase de español. 

jueves, 3 de marzo de 2016

Sigo leyendo

Últimamente viajo menos. Últimamente conozco menos lugares nuevos, pero últimamente leo y mucho. Y eso me gusta porque a mis manos están llegando historias maravillosas. Como El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, que me recomendaron en mi añorada Librería Cálamo, en Zaragoza. Y también La amaba, de Anna Gavalda y que me sugirió Pitxu, de Objetería los días felices. 

Digo lo anterior porque últimamente he olvidado este blog que se define, desde el primer día, por la anarquía temática. Necesitaba encontrar una excusa y no me he dado cuenta de que ésta es absurda y que ni siquiera yo me la creo. En fin...

El caso es que he querido participar en un club de lectura porque nunca lo he hecho y me parece sumamente atractiva la idea. No pudo ser en el de la Biblioteca Pública de Pamplona-Civican porque, para fortuna de los organizadores y de los participantes que lo disfrutan, las plazas están agotadas. Me gusta que la gente lea. Es buena señal. 

Tampoco pude asitir al que organizó, el pasado sábado, Katixa, en Deborahlibros. Me contó que fue divertido destrozar literalmente ese horror (que yo leí, sí, lo hice) llamado 50 sombras de Grey. Creo que no dejaron ni una línea enterita y conociendo la afilada palabra de ella, me lo creo. 

Y cuento todo esto porque hoy he sabido que un museo madrileño en el que yo tantas veces me perdí, el Cerralbo, ha iniciado su particular club de lectura. Retoma el espíritu del Círculo literario La Alborada, fundado en los años 60. 

Serán dos convocatorias anuales, la primera en torno a novela negra y la segunda, con grandes clásicos como protagonistas. Han elegido la década de los años 60, del siglo XIX, como eje. Tras la lectura individual, tendrá lugar la puesta en común de impresiones y opiniones.  El próximo 14 de abril, a las 17 horas, la cita es con Little Nemo in Slumberland, publicado entre 1905 y 1914, en el New York Herald por Winsor McCay. Está considerado como uno de los primeros clásicos de la historia del cómic. 

Es posible leerlo en inglés a través de este link. Existen ediciones de Taschen, Norma Editorial y Kraken. Para participar, es tan fácil como enviar un email antes del 4 de abril a: museocerralbo.reservas@gmail.com. Aprovechad quienes vivís en Madrid, seguro que es una tarde apasionante. 

Mientras, yo espero a la nueva convocatoria de Katixa y leo -con gran placer- la última novela de Jesús Carrasco: La tierra que pisamos y el ensayo La experiencia de leer, firmado por C. S. Lewis.