lunes, 25 de noviembre de 2013

Echaurren, un gran hotel (y más)

Cuando vives en un lugar, generalmente no visitas sus hoteles. Ahora que ya no habito Madrid, espero cumplir mi sueño de dormir en el Hostal Josefina, en mi adorada Gran Vía. 

En La Rioja, me sucede lo mismo. Si bien, por esta suerte de trabajo he podido cenar (a la manera de Pantagruel y Gargantúa) y descansar en un establecimiento único.

Se trata del Hotel Echaurren (www.echaurren.com), en esa localidad tan bonita llamada Ezcaray. ¿Y por qué me gustó?

Porque las nuevas habitaciones son cálidas, acogedoras, como si estuvieras en casa; sentirse así no es tan fácil en un hotel.



En la cama, te abraza una mantita de Ezcaray (www.mantasezcaray.com). Ésas que a mí tanto me gustan. La que me arropó era de un color naranja tan bonito que quiero una igual.

Porque no hay tarjetas y sí llaves.

Porque el diseño impera pero también la cordura. Es fácil encontrar y comprender el funcionamiento de ese pequeño palacio en el que vivirás un ratito.

La jabonera tiene un pequeño huequecito para que la pastilla encaje. Perfectamente. Es decir, para que no se deslice y caiga al suelo. Algo que, al menos, a mí me sucede con frecuencia. ¿Raro? Quizá sí, pero me sucede.

Y claro, porque la cena, bajo las órdenes de Francis Paniego y equipo, fue más que inolvidable. De su mano, plato a plato, paseé por Ezcaray, a lo largo y ancho de sus paisajes, como sus frondosos bosques, tradiciones y costumbres.




Su menú para 2013 lleva por nombre Recorriendo el valle. Todo este trabajo creativo les ha traído una merecida segunda estrella Michelin. ¡Enhorabuena!






Porque en su terraza, la conversación de sobremesa convence de que se está rozando la felicidad.




(© Fotos Echaurren)

Sin olvidar que el desayuno -si queda apetito, que siempre queda- incluye arroz con leche. Por todo ello, quiero volver.

Espero que sea en una noche de invierno para confimar que esa manta de Ezcaray y la cama del Echaurren suponen el refugio más calentito.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Y por fin, Charly's Bar



Durante años, muchos, escribí semanalmente sobre bares de copas en un diario. 

Creo que en esta profesión, la de periodista, llegas a determinadas secciones por arte de magia. Estabas en el lugar preciso, en el momento justo. No depende de tus aptitudes; es que no había nadie más que pudiera hacerlo y había que hacerlo. Estoy segura de que durante mi año de prácticas, nadie en el diario pudo sospechar de mi debilidad por la noche. Ese año (de tantos cambios) fui pura seriedad.

De modo que el hecho de que Mar de Alvear escribiera sobre locales de copas, coctelerías, clubes de jazz y otros antros de buena muerte, solo fue cuestión de azar. Y gracias a él, conocí a Carlos Moreno. 

De él he bebido información, historia, técnica, anécdotas y, claro, cócteles que sólo de su ingenioso coco podían salir. Siempre he procurado visitarle en horas de poco trabajo para poder observar, con calma, la liturgia que impera detrás de la barra. Y así, además, tenerle concentrado en contarme más sobre su mundo, que a mí tanto me apasiona. 

Carlos es impecable en su trabajo. Se enfada cuando las cosas no salen bien. Le molesta no decir hola y adiós a cada uno de los clientes. Carlos en otra vida fue o será actor o contador de fábulas y, por eso, junto a la fórmula de sus mezclas también inventa narraciones que acompañan al proceso de elaboración.

Carlos es amigo y, a partir de ahora, me pido un sitio junto a su nueva barra: Charly's Bar (Jorge Juan, 22. 1ª Planta, Madrid). 


lunes, 11 de noviembre de 2013

Su nombre es Mónica



Y su apellido Ceño. 

Habla con amor, puro amor, de sus tres hijos, tiene las piernas muy largas y es la propietaria de The Lab Room (www.thelabroom.com).

Ella es expansiva. Parece que le conoces hace tiempo aunque tan sólo hayan transcurrido unos segundos desde el primer encuentro. 

Es natural, dulce. Es una de esas personas que te abraza cuando habla. Y es que con ella te sientes bien. Me gusta Mónica Ceño. Y adoro su centro de belleza y su línea de cosmética.



Como la leche limpiadora, que brinda un gesto diario muy placentero. Sí, el de la limpieza facial que, con otras cremas, tan a menudo se olvida. 

También el bálsamo labial con aroma y las propiedades del albaricoque, entre otros aceites esenciales.




Me gusta que en su centro todo sea natural, como ella. Su compañero, Pablo, las personas que trabajan con ellos. Todos lo son. 

Sueño, como es habitual en mí, con una tarde de otoño, fría, en la que tomar una ducha calentita y embadurnarme con su crema corporal. 



(© Fotos The Lab Room)

Y a dormir.




lunes, 4 de noviembre de 2013

Esta tarta sí es una delicia





Lo confieso: nunca creí que este tipo de tartas me gustara. Tras probarla, tomaría un pedacito -por pequeño que fuera- cada día. Solo uno, chiquitito, pero uno. 

Marta y Nikole quisieron regalarnos una tarta para un día tan especial como nuestra boda. Fue para los niños que abrieron los ojos como platos; los mayores nos acercamos hasta su mesa para robar un trocito. 

Blanca, con mariposas y florecitas lilas. El interior fue de bizcocho de chocolate con frutos rojos. Sorprendente estéticamente: sutil, elegante, bonita. Y tan deliciosa... que no quedó nada.

A partir de ahora, no diré que este tipo de tartas es una maravilla. No lo sé dada la amplia oferta y lugares que enseñan a hacerlas y las venden ya listas. Pero no tendré ninguna duda en afirmar que las de Martina de Zuricalday (www.facebook.com/martinazuricaldaybilbaoson únicas. 







Afortunadamente, este oficio, el de juntar letras con más o menos gracia, me lleva a conocer a personas especiales. Quizá no desempeñan tareas que cambian el mundo, pero la dedicación y pasión que ponen a su trabajo, les convierten en un buen ejemplo a seguir.

A Marta y a Nikole todavía no les he puesto cara. Pero hemos hablado mucho sobre dulces: bollos de mantequilla, pastel ruso, de arroz, macarons... 





Son descendientes de Martina de Zuricalday, una saga pastelera reputada por todas sus exquisitas propuestas, que elaboran artesanalmente cada mañana, y por ser la pastelería más antigua del País Vasco.




Fundada en 1830, hoy ellas continúan con el legado y dirigen cuatro establecimientos. Suman clientes de toda la vida, porque los nietos han crecido y se han convertido en padres.

Si ya Martina fue conocida por sus sofisticadas recetas que le inspiraban lugares como Francia, hoy por hoy, estas dos jóvenes pueden presumir de firmar creaciones de alta costura. Las elaboran para bautizos, fiestas infantiles, enlaces, comuniones...




(© Fotos Martina de Zuricalday)

De nuestra boda, se recuerda, con mucho cariño, su delicada tarta blanca con mariposas y florecitas lilas. 

Gracias, Marta y Nikole.