lunes, 31 de agosto de 2015

Es septiembre





Energía renovada. Así es mi mes favorito: septiembre.

Lo es desde niña. Quizá porque siempre me gustó volver al colegio e imaginar todo lo que aprendería durante ese curso, porque nunca he llevado bien el calor y porque supone inicios, proyectos por desarrollar. 

Energía renovada, al fin y al cabo. 

Mañana da comienzo, por fin, septiembre. Y aunque nunca creo que un año es mejor que otro y cuando vivo otro 31 de diciembre más, no suelo pensar '¡Qué bien que acaba porque ha sido un año terrible!', he de confesar que hoy, último día de agosto, deseo que llegue mi mes adorado. 

Lo preciso porque para mí es el verdadero comienzo de año y esta vez necesito cerrar cosas y soñar con la llegada de planes por hacer y disfrutar.

Cuando toque diciembre y despidamos 2015 para decir hola a 2016, no diré que ha sido horrible, pero realmente, éste ha sido el peor verano de mi vida, de nuestra vida. Ha sido el más triste y doloroso, el de la pérdida de nuestro segundo bebé, con cinco meses de gestación dentro de mi vientre y de nuestra alma. 

Gracias a la ayuda de personas que nos quieren y de otras que, profesionalmente, saben tender una mano, estoy convirtiendo la tormenta en fina lluvia, sí, ésa que refresca y que despierta un entrañable aroma a tierra. 

Precisamente, hoy, último día de agosto, a primera hora de la tarde, el cielo se ha vuelto negro, se han encendido automáticamente las farolas y ha llovido como si del fin del mundo se tratara. Ahora, sin embargo, caen gotas de manera suave. 

De este duelo oculto salgo transformada. Lo he vivido de forma consciente y de la mano de mi compañero de viaje. Pero ha habido una lectura clave, terapéutica y reconfortante. Me refiero al libro de M. Àngels Claramunt, Mónica Álvarez, Rosa Jové y Emilio Santos: La cuna vacía (El doloroso proceso de perder un embarazo). Editado por La Esfera de los Libros. 

Y ahora que descubro que somos demasiadas las mujeres y los hombres, sí, ellos también, que vivimos esta tragedia, me gustaría recomendarlo. He llorado, claro, pero también he comprendido emociones y les he puesto nombre. Las he transitado, algunas las he dejado ir y otras las he convertido en sentimientos menos dolorosos que la rabia o la ira. 

No tengo palabras suficientes para agradecer a los autores su punto de vista, sus aportaciones. He aprendido sobre la vida y sobre la muerte, esa cara que no nos gusta mirar. No nos gusta ni tampoco sabemos porque no nos han enseñado a hacerlo. Yo he decidido aprender.

Con septiembre se acaba un verano en el que tres personas me han recordado que la vida merece ser vivida cada instante. Son Claudia, Diego y Álvaro, mis sobrinos. Con ellos he regresado a los pueblos de mi infancia y vida: Monteagudo de las Vicarías (Soria) y Arándiga (Zaragoza). 




Hemos volado la cometa, recogido pepinos y tomates del huerto, y manchado el delantal de harina de tanto que hemos cocinado. 

Juntos hemos ido al pantano y al río, pescado renacuajos y cogido piedras como si de preciados souvenirs se tratara. 

Y claro, nos hemos manchado los labios con la mermelada de moras del bocadillo, que es la mejor merienda junto con el de chorizo y mantequilla.

Ellos, que se enteran de todo, me han notado triste y han sonreído suavemente al ver las lágrimas que escondía. 

A sus cuatro años, Álvaro (que es un pelín teatrero), me dijo: 

'Ay, la vida es tan dura como las galletas paciencias'. 

Al escucharle, reí y lloré al mismo tiempo. Y he decidido que a mí esas galletitas me encantan y que, aunque tenga que perder algunos kilos, me las como y comeré siempre. 



(© Fotos CyC)



Porque la vida continúa. Keep walking!

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