lunes, 30 de noviembre de 2015

De cuentos y deseos







Crecí en un pueblo chiquitito. Y cuando digo chiquitito, es chiquitito. Apenas 400 habitantes. He sido una afortunada niña de pueblo, que asistió a una escuela pública y rural, que se metió una y otra vez en el río, fuera verano o invierno, y que visitaba con frecuencia el basurero en busca de 'cacharritos'.

Volver a Arándiga, a mi pueblo, tiene un efecto terapéutico. Antes, solía provocarme nostalgia, incluso pena. Ahora, siento alegría porque mis sobrinos están más cerca que nunca y porque en este pequeño lugar hay cambios.

Ayer descubrí que existe biblioteca. Sí, quizá a algunos sorprenda que, a estas alturas de la película, no la hubiera, pero lo importante es que existe y la colección de libros es importante e interesante. 

Lo supe porque dos niñas, a las que no conocía, nos dijeron que en el ayuntamiento, en un ratito, tendría lugar un cuentacuentos. Allí que fuimos. Y fue la segunda sorpresa del día: biblioteca + cuentacuentos en mi pueblo. ¡Casi nada!

Gabi, de Binomio Teatro, fue la encargada de narrar a los niños -y a los adultos- la importancia de los deseos, de los sueños. Explicó que se pueden catalogar como urgentes, imposibles y trasnochados, entre otros. Advirtió de la importancia de tomarse muy en serio cada uno que se formula, no sea que sea el único que los duendes no concedan. 

Y entre sus fantásticas historias hubo una, para mí, especialmente entrañable: la de Antonio y Antonia. Sí, ese matrimonio al que le fueron concedidos tres deseos, y él, al notar el olor a morcilla que salía de la casa del vecino, deseó inmediatamente un plato. Y lo tuvo. Ella, Antonia, enojada hasta la médula, gritó: 'Ojalá se te ponga una morcilla en la nariz, por torpe'. 

¿Que como gastaron el tercer deseo? Está claro: rogando que desapareciera del rostro de Antonio la dichosa morcilla. 

¿Que por qué me gustó esta historia? Porque siendo niña, en mi otro pueblo, Monteagudo de las Vicarías, junto a mis primas y a Eva, precisamente, representamos este cuento. Y lo de pegar la morcilla (auténtica) con cinta aislante en la cara de una de mis primas, si no recuerdo mal, fue toda una película. Con la propina que los vecinos echaron a la gorra, creo que nos compramos unos helados. Y tan felices. 

Ayer, tras las historias, Gabi invitó a los niños a escribir en una tarjeta sus propios deseos. Después de pensarlo muy bien. Solo uno, eso sí. 

Álvaro, que sigue en sus trece, deseó una bailarina voladora. También una furgoneta, pero como solo se podía pedir uno, le dije que de la furgoneta me ocupaba yo. 

Diego, una moto voladora. Y Claudia, buenas notas (moraleja: estudia y deseo concedido). 

Los niños y los pueblos, infancias inolvidables. Sin duda. 

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