lunes, 14 de noviembre de 2016

Food is memories





La comida es muy importante en mi vida. No solo porque ella y yo estamos vinculadas profesionalmente, y es un placer, sino también porque es parte de mi historia, de mis recuerdos. 

Con frecuencia, cuando preparo algún plato o lo degusto, en mi cerebro se activa una tecla y recupero un sensación agradable. Quizá es un sabor, un aroma, un momento, un lugar o una persona. Es, en definitiva, un recuerdo.

Por aquí dicen: 'Food is memories'. Y en mi caso, sin duda alguna, así funciona. 

Cuando escribo esto, vuelve a mi memoria aquella cena en elBulli. La experiencia fue increíble desde el primer momento, pero alcanzó un punto máximo cuando ante mis ojos apareció aquella ensalada de caquis. Entonces, recordé a mi abuelo Juan. 

Él vivía con nosotros tres meses al año. Desde septiembre y hasta enero. Creo que su hija y su nieta, es decir yo, hemos heredado su afición por comer por la noche. Sí, despertarnos, ir a la cocina y comer para luego, sin lavarnos los dientes, volver a la cama. Lo sé: ¡Qué mala costumbre!

Aquella noche, en una cala bañada por el Mediterráneo, el recuerdo fue intenso y vívido porque mi abuelo Juan solía comer caquis en la cama. Y cada mañana, el diálogo se repetía: 

¡Padre, no coma caquis en la cama!

Pero, hija, si no como.

Padre, sí come porque los caquis dejan mancha. 

Así era cada año cuando él nos acompañaba. Siempre aparecían manchas en las sábanas y él lo negaba. Siempre el mismo diálogo y sus nietos muertos de la risa. Este sábado, en Dumfries, volvió a mi memoria otro recuerdo enorme. Y maravilloso. 

Lucille y Guillaume nos invitaron a cenar en su casa, junto a sus hijas. Como era un día frío, habían preparado una cena popular en Francia cuando las temperaturas bajan: raclette. 

Era la primera vez que yo disfrutaba de esta tradición. Sobre todo me gustó porque se trata de una cena que requiere paciencia para disfrutarla. Debes esperar a que el queso se funda para luego ponerlo sobre las patatas, los encurtidos y el fiambre. Y mientras esto sucede, sigues charlando, tomas otra copa de vino o piensas en lo rico que está todo.

La raclette me recordó las fondue de mi infancia. Solíamos celebrarlas en domingo. Nunca fueron de queso, siempre eran de carne. Me divertía la preparación. Idear junto a mi madre el mayor número de salsas para luego colocar en la mesa, la fondue con el aceite caliente y multitud de boles alrededor. 

Recuerdo que nos poníamos nerviosos hasta que saciábamos el apetito con los primeros trozos de carne. También vuelven a mi memoria las discusiones y bromas porque cada uno tenía asignado un color de tenedor y siempre otro se lo quitaba porque no podía esperar más.

Recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, a mi madre y a mi padre diciéndonos que tuviésemos cuidado con el aceite porque nos podíamos quemar. 

He pensado que cuando vuelva a casa, quizá le proponga a mi madre crear un bonito recuerdo en la memoria de mis sobrinos e invitarles a su primera fondue. 

Food is memories, no dejemos de alimentar por tanto nuestros recuerdos. No comamos simplemente por el hecho de alimentarnos. Disfrutemos de ello. 

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