jueves, 14 de abril de 2016

Gratitud, siempre presente

Siento agradecimiento por infinitas razones. 

Sé que multitud de personas en todo el mundo escriben diarios de gratitud. De hecho, en mis manos cayó el libro de Janes Kaplan, El diario de la gratitud, y decidí iniciar el mío.

Fue el pasado 11 de marzo. Elegí un cuaderno bonito, que recibí en mi 30 cumpleaños como regalo y para el que todavía, casi 9 años después, no había hallado merecido destino. Ya lo tiene.




Reconozco que siempre me han gustado los diarios. Siendo niña escribí varios que, lamentablemente, debí arrojar a la basura temiendo, quizá, que los encontraran mis padres o hermanos. Ahora me arrepiento.

Hubiese sido revelador conocer mi forma de expresarme por aquel entonces. Quizá decidiera entonces volver al psicoanalista que visité hace 6 años y explorar qué pensaba y sentía una niña en un pueblo en el que tan solo había otra amiguita de su misma edad. Lo cierto es que prefiero la terapia de la conducta. 

Dicho esto, escribir cada día un pensamiento de gratitud surte efectos positivos. Mi forma de escribir es concisa; también lo son mis agradecimientos. He aquí algunos:

Hacia el sol que calienta mi rostro. Cuando lo hace sutilmente, pero se nota. Ayer, tomé asiento en un banco cercano al Museo Thyssen y cerré los ojos. Desde que vivo en Pamplona agradezco, más si cabe, su luz y energía. 

Hacia las personas que se cruzaron en mi camino y vuelven. Ayer fue Matthew, aquel peregrino que camina por las páginas de mi libro y que ha regresado con un pie biónico.

Me gusta que alguien como él, con el que compartí unos días de nuestras vidas en Check In Rioja, haya vuelto y sentido la confianza de llamar a nuestra puerta y quedarse en casa. La familiaridad y confianza de las personas me hacen sentir bien.

Pienso en estos tiempos en los que algunos se empeñan en poner zancadillas a quienes solo intentan sobrevivir. Pienso en lo fácil que es tender una mano, abrir la puerta de tu casa, conversar. Con frecuencia no entiendo al ser humano ni el mundo que pretende construir. Me quedo con el agradecimiento.

También me encontré con Lola, que llegó en mi último camino. Fue en la Taberna Los Chanquetes, con Pedro y esos boquerones con patatas fritas que me vuelven loca. Gratitud. 

Asimismo siento gratitud hacia las personas que aparecen. Por fortuna, mi trabajo me permite entrar en contacto con profesionales tremendamente interesantes. Ayer, por ejemplo, tuve la oportunidad de conocer a Beatriz Parreño, diseñadora de la carta de tés del Hotel Ritz, en Madrid.




Me fascinó su vitalidad, cuánto sonreía y su pasión hacia el té. Disfruté con su forma de derribar tantos tópicos que acompañan al consumo de esta exquisita bebida. Y claro, sentí agradecimiento por tener acceso a productos excepcionales.

Ayer, la suerte fue doble porque, unas horas antes, descubrí Zalacaín y su lasaña, sus patatas soufle... ¡Ahí es nada!



Siento gratitud por las ciudades que vivo y disfruto, y por las que quedan. Por los libros que leí y por los que leeré. Incluso, por el placer de beber una cerveza.

También porque la semana pasada alguien, a quien hasta entonces no conocía, se empeñó en que yo hiciera un sudoku. Ayer intenté hacerlo por mí misma y no fui capaz, así que necesito volver a encontrarme con él. 

Si no sintiera gratitud por todo lo que me rodea, sería una insensata. Eso y alguna cosa más. Así que no lo permitiré. 

Siento, cómo no, gratitud por quienes me recuerdan que este blog merece la pena. 

2 comentarios:

  1. Por supuesto que merece la pena este blog. Como dejes de darle de comer, la vamos a tener... (¡Abrazo!)

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