miércoles, 25 de enero de 2017

Palabras que son infancia

La semana pasada afirmé que soy una persona diferente cuando me expreso en inglés. Publiqué el link en Facebook y Araceli, que también es aragonesa, y yo terminamos encadenando palabras que casi nadie entiende. Encadenamos palabras, recuerdos y risas online. 

Mis primas, Cristi y Sara, también intervinieron. ¡Es lo que tienen las redes sociales! Y confirmaron para mi sorpresa que, cuando éramos niñas y pasábamos juntas los veranos en Monteagudo, el pueblo de mi madre en Soria, ellas flipaban con mis expresiones. 

Lo cierto es que cuando llegué a Madrid descubrí que algunas de mis palabras provocaban caras de asombro y la consiguiente pregunta: '¿CÓ-MO?'. 

Pronto, dejé de contestar aquello de: '¿En serio, no lo entiendes?'. Asumí que el aragonés está lleno de términos maravillosos, cargados de matices, y que a mí, además, me provocan una sonrisa. De hecho, he cogido varios capazos, o disfrutado de largas horas de conversación, con mi amiga Marta, aragonesa y también medio soriana, comentado términos y riéndonos sin parar. 

No me olvido del consabido 'jo-do', sí, ese taco que solo en aragonés suena así de rotundo y que solo en aragonés provoca en tu interlocutor ese 'careto' de: ¿Perdón?. Y yo ya estoy riéndome.

Reflexiono hoy, como la semana pasada, en torno al lenguaje y concluyo que necesito esas palabras para revivir mi infancia. Están íntimamente ligadas a imágenes de aquellos días tan felices, tan despreocupados, tan maravillosos. No las diría en otro contexto, tan solo como parte de mis recuerdos. 

Aquel tiempo suena a esbarizaculos. Nunca me oiréis decirlo para referirme a un tobogán al uso. A mí me remite a aquellas piedras que había en algún cabezo, cuya superficie habían erosionado el tiempo y la lluvia, y era posible deslizarse sobre ellas. El recorrido era breve, casi un suspiro, pero resultaba muy divertido. Sí, aunque el culo a veces se resentía. Y es que yo tardé mucho tiempo en llevar vaqueros. 

Cada verano cuando llegaba a Monteagudo de las Vicarías (uno de mis paraísos) para disfrutar de más de dos meses de aventuras, lo primero que hacíamos mis primas, Eva y yo era bajar al río. Llamémosle así aunque siempre fue poca cosa, un riachuelo. Era tan poco profundo y tan estrecho, tan, tan estrecho que nos chiflaba saltarlo.

La temporada estival quedaba inaugurada cuando capuzábamos en el río, aunque cubriese apenas unos centímetros. Nos encantaba caernos o, incluso, meternos como quien no quiere la cosa y subir a casa chipiadas, es decir, mojadas hasta los huesos. Eva era, casi siempre, la primera en caer. Todavía recuerdo aquel conjunto de pantalón y camiseta, blanco y con perritos rojos, que llenó de manchas de barro y tarquín. 

En aquellos años, no había piscina; la construirían más adelante. Y de vez en cuando, obedecíamos a las tías y renunciábamos a ir hasta el pantano y bañarnos allí, a pesar de las sanguijuelas. Ciertamente era peligroso aunque nunca lo sentimos.

Recuerdo aquella tarde que, de camino, paramos en una de las acequias y yo, con la mano izquierda, soy diestra, lancé una piedra y una rana, inmediatamente, se puso panza arriba. ¡La había escachado! Vamos que se quedó frita.

Entonces, cuando no íbamos al pantano, y aunque hiciera un sol de justicia, jugábamos al frontón y aventábamos una y otra vez la pelota. Así pasábamos la tarde, yendo y viniendo a recoger la pelota que habíamos lanzado con fuerza, lejos, hacia los corrales de la calle. 

Al terminar el verano, la lista de tozolones era infinita. Sí, casi siempre sumábamos una cicatriz más  porque nos habíamos caído y dejado las rodillas en el suelo. Y sí, también habíamos montado algún que otro estrapalucio, es decir, algún que otro escándalo.

Claro, que fruto de mi sangre soriana, a mí la luz me ofende, no me molesta. 

Ahora sé que a mis primas les divertía aquello de 'llévame a corderetas'. Hasta la semana pasada no sabía que también era aragonés. Y sí, era mi abuelo riojano aunque residente en Zaragoza, mi abuelo Constancio el que me llevaba subida en su espalda, a caballito. Mi padre también lo hacía.  

Ni qué decir que siempre he dicho, de forma natural, ir de propio, y he tenido que explicar inmediatamente que había ido solo para hacer eso, exclusivamente y para nada más. Y si había sido al punto de la mañana, debía especificar que significaba muy temprano. 

Cuando se trata de definir a algunas personas, candongo viene a mi mente si se trata de alguien que rehuye del trabajo, de las obligaciones. Y mego si parece alguien bueno, medio bobo, pero no es nada ingenuo y se muestra así para conseguir sus objetivos.

Pero si hay un término que me gusta ése es modorro. Y yo lo sigo utilizando, suele ser de forma cariñosa, cuando alguien de mi entorno no sufre somnolencia sino porque está medio tonto o despistado. 

Ahora, sonrío porque estas palabras me llevan directamente a mi infancia, noto el calor de los veranos sorianos, la sensación de libertad y vuelvo a reírme porque las palabras aragonesas son y serán para mí, siempre, sinónimo de felicidad.

PD. Marta, te dedico este post y espero que te robe alguna sonrisa. 

6 comentarios:

  1. Me encanta!!!! Ir de propio y al punto de la mañana solo lo usamos en Aragón? Alucino!! Pero si es tan práctico... Un "besico" María.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Prueba a decirlo en Madrid y verás... jajajaja

      Eliminar
  2. Jajajaja!!!desde luego es haber estado casado 13 años con una hija de las 5 Villas me ayuda a reconocer cada una de esas expresiones!!!! Sin duda para enmarcar " ir a cordeleras" y " ponerme unos maripis"������

    ResponderEliminar
  3. Jajajaja A mi me encanta decir tozolòn en Madrid y ver la cara que me ponen!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Cada uno tenemos esa palabra que sabemos que no falla y provoca una sorpresa!

      Eliminar