miércoles, 26 de abril de 2017

Un picnic (y un banco) en el jardín botánico

Monasterios y jardines botánicos. Si tuviera que resumir qué visitaba siendo niña durante los viajes familiares ésa sería la respuesta. Y lo cierto es que nunca me pareció aburrido, de hecho, sigo manteniendo la costumbre. 

Cuando me trasladé a vivir a Madrid, pasé horas y horas en soledad en el Jardín Botánico. Entonces era gratuita la entrada y yo me escapaba hasta allí en cualquier momento. Creo que es uno de los lugares más especiales de la ciudad. 

Tras saber que Edimburgo cuenta también con un jardín, tenía pendiente conocerlo y deseaba que fuera ahora, en primavera. Cabe señalar que está a un paso del centro de la ciudad. 

Visitar jardines botánicos tiene su aquel. Si lo haces como parte de un intensa jornada turística posiblemente no lo disfrutes. Si lo visitas a primera hora, tendrás energía, invertirás tiempo y puede que luego notes el cansancio en tu cuerpo. Si lo dejas para el final, quizá no tengas tantas ganas de explorarlo. Mi consejo es, como dicen en mi tierra, en Aragón, ir de propio. Es decir, programar únicamente esa visita. 

El sábado recorrimos los Borders escoceses deteniéndonos en abadías como la de Melrose o la de Jedburgh. 







Pasamos la noche en North Berwick, en un parking con vistas a Bass Rock, una pequeña isla de 100 metros de altura y de color blanco debido a la presencia de una colonia de 150.000 alcatraces. 





El domingo por la mañana, rumbo a Edimburgo también conocimos el castillo de Dirleton. 






Y justo a la hora del almuerzo, llegamos al Jardín Botánico, donde disfrutamos de uno de nuestros ricos picnics en un banco. 

Recordando la entrada en este blog de la semana pasada, formulé en voz alta el deseo de tener un banco cuando muera. Ya ves, tener... y estaré muerta. 

Bromeamos sobre el lugar en el que situarlo y qué poner en la placa. Después, fui al baño y justo frente al inodoro, había un cartel que indicaba que el precio de un banco en el jardín durante diez años asciende a 2.500 libras. 

Dejemos las últimas voluntades al margen y volvamos al jardín. Es una maravilla por dimensiones, contenido y variedad. La entrada es gratuita, tan solo hay que pagar 6,50 libras si se desea conocer los invernaderos. Y merece la pena. 

Dada mi nueva afición, esto es, la jardinería, me gustó especialmente la parte del huerto y de las plantas aromáticas. Crecían prometedoras fresas y los manzanos estaban en flor. 










Además de árboles, arbustos y muchos rododendros en flor, y la posibilidad de elegir y seguir multitud de senderos, existen 'apartados' de especial interés. Por ejemplo, el de plantas alpinas. 









Durante nuestro tranquilo paseo, nos dimos cuenta de que los pájaros cantaban. Ellos también están contentos ahora que no llueve y luce el sol. También se escuchaba el sonido de los insectos. 

Sin duda, merece la pena pagar la entrada y disfrutar de los invernaderos. Son una decena y reúnen infinidad de plantas. Entre ellas, exuberantes orquídeas. 







El Jardín Botánico es un buen lugar para ir en familia. De hecho, promueven actividades para niños así como paseos guiados para todos. 

Hay costumbres que no se abandonan, en mi caso, visitar monasterios y jardines botánicos. Aunque aquí soy tan afortunada que vivo a un paso de un maravilloso rock garden. No tiene carteles, pero empiezo a identificar las plantas. Y tiene bancos, con y sin placa... Y ya empiezo a imaginar los próximos picnics. 

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