lunes, 18 de diciembre de 2017

Pamplona, sí, te recuerdo.

Hace unos días, estuvimos en Oporto y coincidimos con una pareja de Pamplona. Al cabo de unos minutos, dijeron LA frase. Sí, LA frase: 'La calidad de vida de Pamplona no se encuentra en otro lugar'. Y nosotros decidimos asentir: 'Sí, sí... claro claro...'. 

Creo que por naturaleza soy nostálgica y por eso, para no quedarme colgada del pasado, me repito tan a menudo keep walking. Lo cierto es que recuerdo la ciudad en la que viví tres años, no hace tanto tiempo, y siento algo que no puedo definir. Quizá porque a ella llegué emocionada con la intención de cumplir unos sueños y al marcharme, podría decir, que del primero al último se habían convertido en fracasos. 

Llegué a Pamplona en el otoño de 2013 y no dejó de llover durante días y días. También nevó. Y yo debí comprarme botas y ropa de invierno, e incluso, térmica, que nunca antes había entrado en mi armario. Fue la etapa de mi vida en la que más horas pasé en casa, aunque fuera mirando por el ventanal, hacia la Plaza de la Cruz, escuchando las campanadas de la iglesia, una y otra vez. 

Éste es un post para recordar qué lugares me gustan de dicha ciudad, pero creo que se me está yendo de nuevo la mano con la nostalgia. Dicho esto, quien decida escaparse a Pamplona que apunte: 

La Servicial, el local de nuestro vecino Hugo, porque los sanjacobos son los mejores del mundo y también la chistorra y la tortilla de patata.

Deborahlibros, la librería de Katixa, con quien tanto charlé y fumé algún cigarrito anti-crisis emocional. Que en la época en la que nos conocimos, las dos las vivíamos e intentábamos verle la parte cómica, por si la tenía... 

El nuevo espacio de Pitxu: Ultramarina (Objetería los Días Felices), donde antes estuvo mi tienda favorita de especias, cereales y frutos secos a peso. Es decir, en el número 16 de la famosa calle Mañueta, donde la mítica churrería que abre tan solo en Navidad y en San Fermín. Cerca del mercado de Santo Domingo, al que tanto me gustaba ir aunque fuera a mirar. 

La Tetería La Luna y sus tartas. 

El Roch y sus fritos. 

El Peregrino y su sándwich de jamón y queso.

Caravinagre y su cerveza Estrella de Galicia.

El Catachu y su menú tan rico aunque yo siempre pidiera lo mismo: sanjacobos. Creo que nunca antes había comido tantos. 

El Parque de la Media Luna y su belleza. 

El río Arga y su paseo por el que tantas veces corrí, a pesar del frío, a pesar de la tristeza, a pesar de todo lo que me costaba. 

El Caballo Blanco y el estudio de yoga de Marta, que tanto me ayudó. 

Katakrak y esas estanterías llenas de libros. Ah, y también por las tartas. 

Café Teo por su café y sus galletas. Y por Teo, tan simpático. 

La Nuez y su salmón, su steak tartar. Y Cristina, siempre tan dulce. 

La tienda ecológica Ortzadar y sus saldos cuando los productos iban a caducar. ¡Mira qué comí tofu!

Presa o no de la nostalgia, ahora, en este preciso instante, me gustaría volver un ratito a Pamplona. Un ratito para charlar sobre cualquier cosa con mi amiga Rocío, por ejemplo. 

Ahora bien, si de calidad de vida se trata, me quedo con la de Madrid. 

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