sábado, 26 de enero de 2019

Podría empezar de la misma forma

Esto es:

"Mi lectora número uno acaba de enviarme un mensaje presionándome". Pero no lo ha hecho ahora, lo hizo hace unos días. Lo que ha hecho ha sido más especial y he pensado que si ella me regalaba esta fotografía, yo, como mínimo, debía abrir este blog.




Antes de explicar porqué esta foto me ha movido el alma, empezaré agradeciéndole la tarde tan emotiva que viví el pasado 22 de diciembre en nuestro pueblo. 

Presentamos juntas mi librito sobre el Camino de Santiago y conseguimos no llenar el salón de actos del ayuntamiento, pero casi. Hablamos, hablamos... ¡A ver quién me para a mí! 

Vinieron vecinos, personas a las que he visto envejecer y que me han visto crecer a mí. Aunque me digan que tengo la misma cara de la infancia. 

Fue muy bonito, gracias, Ana. Gracias una y otra vez.

Bien, esta foto es maravillosa. Quien leéis estas palabrillas, quizá añadáis: "Pues vaya monte feo...". No os lo tengo en cuenta. 

Para mí no lo es porque el escenario de mi infancia es así: si miras a un lado, corre el río y la vega verde regala frutales por todas partes. Si miras al otro, olivos, montes pintados de color arena y el verde violáceo de los tomillos, los romeros y las aliagas, que cuando florecen lo cubren de amarillo.

Es una foto maravillosa, que me ha emocionado, por el sol, por el cielo azul y las nubes, que posiblemente sean algunos de los elementos que más me conmueven. Pero es preciosa sobre todo porque a ese cabezo, el del búho (nunca supe si había uno), subíamos los chicos y chicas de Arándiga cada año, por estas fechas. No nos importaba el frío ni el viento, que hoy no ha soplado (al menos eso parece), pero que siempre solía pegar peleón. 

Cortábamos romeros y hacíamos el fajo. Volvíamos al pueblo llevándolos en algún carro de agua que habíamos conseguido. 

¿Me pregunto si los carros de agua existen en otros lugares o solo en nuestro pueblo? Quizá ni se llaman así, pero para mí responden a ese nombre porque con ellos, las mujeres (sí, eran las mujeres las que se ocupaban de esta tarea...) bajaban al lavadero con los barreños a rebosar de ropa. 

¡Cuándo pasabas por ahí, ay, cómo olía a Gior!

Recuerdo, como si fuera otro mundo, cómo algunas de ellas (la madre del Pablo, por ejemplo Sí, con 'el' porque en Aragón, nos llamamos la María, la Ana y el Pablo...) no utilizaban el artilugio con dos ruedas y portaban tremendos barreños en la cabeza. Me encantaba verles.

Pero vuelvo al fajo...

Por la noche, los quemábamos en hogueras y saltábamos después de habernos comido unos choricitos y unas buenas morcillas. ¡Ah, y qué ricas las patatas asadas! Así, celebrábamos San Babil (24 de enero).

Hoy estoy especialmente nostálgica, porque a estas horas en otro lugar del mundo en el que fui muy feliz, Dumfries, no hacen hogueras, pero también se reúnen con vecinos y amigos. Celebran La Noche de Robert Burns. Comen esa especialidad (sinceramente, poco rica...) llamada haggis, beben mucho whisky y bailan.

Mi compañero de vida y yo tuvimos la suerte de celebrarlo, hace dos años, junto a mis queridas ancianitas del grupo de caminar de los martes.

Como San Babil, creo que no olvidaré a Robert Burns.

Ay, nostalgia, cada vez que me visitas, tienes algo bueno: haces que valore lo feliz que he sido, y lo afortunada que soy por haberme cruzado con tantas personas.

Gracias, universo.  

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