martes, 11 de octubre de 2016

Fui una niña feliz

Últimamente (o yo me he dado cuenta ahora) Facebook no solo te recuerda tus publicaciones, en su opinión, 'más especiales' de hace algún tiempo, sino que trae a la memoria también días internacionalmente importantes.

Aunque no suelo prestarle demasiada atención, hoy sí me he parado a pensar en el recordatorio y en todo lo que significa. Porque hoy, 11 de octubre, es el Día Internacional de la Niña. Y yo fui una niña feliz.




Sí, fui una niña sin preocupaciones que no imaginaba violencia, guerras ni abusos porque nunca los tuvo cerca. Yo fui una niña feliz y me horroriza saber que para algunas pequeñas la calma y la alegría no son las notas dominantes.

Fui feliz porque me encantaba ir al colegio. Una escuela rural en la que siempre había algún tonto o tonta que se creía mejor o más fuerte que los demás, pero no imaginaba que podía existir algo llamado acoso escolar.

Fui feliz porque disfruté aprendiendo aunque en las clases de matemáticas sufriera un poco. Levantarme cada mañana e ir al colegio siempre fue motivo de alegría. No conservo ninguna amistad de aquella época, pero sé que fui feliz.

Después, a las 17 horas, tocaba regresar a casa a veces tras esperar pacientemente a nuestros padres, que se organizaban cómo podían. No había móviles para avisar del retraso y tampoco importaba.

Y cada tarde, la misma rutina: tomar la merienda viendo Barrio Sésamo, terminar los deberes en unos minutos y a la calle.

Sí, yo fui una niña que no sufrió ante las listas infinitas de deberes. No lo hice porque las tareas para casa eran mínimas. No recuerdo en qué momento se introdujo en mi vida el concepto examen, pero creo que no fue demasiado temprano. Tampoco me exponía a ellos todos los días. Era algo ocasional y me gustaba estudiar.

Fui feliz y tuve tiempo para aburrirme y aprender a divertirme haciendo mil cosas diferentes. Recuerdo cómo recortaba las revistas y componía inmensos collages detrás de la puerta de la farmacia de mi madre. Cómo pasaba las tardes junto a mi abuelo Juan, cosiendo vestidos para la Nancy o jugando con él a las cartas.

No sentí estrés ni necesité una agenda para anotar a qué día de la semana y a qué hora correspondía cada actividad extraescolar. Sencillamente, nunca fui a inglés ni a natación, tampoco a dibujo. Supongo que dejé muchas cosas por aprender, pero en mi pueblo no había tal posibilidad y, en su lugar, yo fui al río, a los montes. Y también al basurero a buscar cacharritos para 'jugar a las casitas'.

Fui una niña feliz que no celebraba Halloween ni que temía a la oscuridad porque se pasaba el verano y también el invierno en la calle. Justo hasta la hora de la cena. Y el mejor entretenimiento era jugar a llamar a los timbres. Nada de 'truco o trato', llamar y salir corriendo para no ser pillada.

Fui una niña feliz con un par de zapatos para la semana y otros, preciosos y de charol, para el domingo. Cuando tocaba ir a misa, recibir la propina y gastársela en pepinillos y cebolletas en el bar de Isabel.

Fui una niña feliz que corría detrás de sus hermanos mayores y aunque estos le trataran con indiferencia, ella no cejaba en su empeño de perseguirlos.

Fui una niña feliz con unos padres que contaban historias y que organizaban excursiones para disfrutar en familia. Recuerdo, cómo si fuera hoy, aquella en bicicleta hasta Purroy, con apenas un cojín azul debajo del culo y agarrada a la cintura de mi padre. No llevábamos cinturón de seguridad en el coche, ni casco y, a veces, en la moto íbamos los cuatro. Pero nunca sucedía nada.

Fui una niña tan feliz que mis rodillas y codos llenos de cicatrices dan buena cuenta de ella. Tanto tanto que no puedo imaginar el sufrimiento de demasiadas niñas en el mundo.


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