viernes, 7 de julio de 2017

Sobre la muerte (II)

Segundo capítulo de la serie veraniega hablemos sobre la muerte. Quién sabe, quizá las vacaciones y estar relajados sin mucho que hacer o con tiempo libre, sea un buen momento para pensar en ella. 

¡Mira que luego nos pilla por sorpresa!

;-)

La historia de Paloma Rosado no es muy diferente a la de María Leach, de quien hablé anteriormente. Ella también es periodista además de terapeuta gestáltica y rogeriana, y especialista en el acompañamiento de procesos de duelo. Durante años, ha colaborado como facilitadora en el Centrode Ayuda al Duelo Alaia y, en la actualidad, lo hace con la Asociación Luto enColores.



(Foto: Miguel García Castro)

Conozco a Paloma personalmente. Tan solo la he visto una vez, o dos, pero siento que es alguien especial. Superar lo que la vida le puso delante posiblemente contribuyó a que se convirtiera en ello. En alguien muy especial. Ésta es su historia y lo que ha aprendido, que es muchísimo. 

Llamó a la puerta de Alaia cuando falleció su marido. Entonces, Paloma tenía 32 años, hacia nueve meses que se había casado y estaba embarazada de tres. 

“A pesar del enorme dolor, éste no llegó a nublarme la mente, ni a endurecerme el corazón. Fui inteligente y enseguida busqué el apoyo de alguien que pudiera acompañarme en mi proceso sin que se sintiera desbordado ni intentara calmarme con palabras y recetas simplonas”, relata. En Alaia encontró a Marta.

En estos años, Paloma ha entendido que el modo de vida en las ciudades nos aleja de los ciclos de la naturaleza y especialmente de la muerte, que hemos confinado en hospitales y tanatorios. Al mismo tiempo, cree que en lo profundo del ser humano hay una aspiración -a veces apocada y temerosa- a poder aceptar y recibir la despedida que irremediablemente nos visitará algún día. A ello, dice, ayuda vivir conscientemente las pequeñas pérdidas que con el tiempo van llegando: la piel lozana y tersa, el rol de profesional activo y exitoso, las mudanzas, la sexualidad vigorosa, la vista cansada, la energía juvenil...

Esto es, “no acallar nuestros temores sino hablarlos, mostrándonos vulnerables, y escuchar los pesares de los otros, nos ayuda a relacionarnos desde otro nivel, nos reconforta en la vida... y en la muerte cuando llegue. Sí, hablar de lo que duele con la o las personas apropiadas y en un clima de aceptación y no juicio sana las heridas”, añade.

“El duelo es un tránsito, no un estado en el que instalarse. Es un proceso que puede incluso desembocar en el hallazgo de un sentido profundo y personal al dolor. Hay que tener presente que no es una enfermedad, es dolor, dolor por haber perdido a un ser amado y que ante esto lo natural, lo sano, lo adaptativo es llorar, suspirar, enfadarse, languidecerse... Lo importante es que en esta 'circulación emocional' nada se pare. Que no haya atascos que impidan el empuje del 'enganche' a la vida. Ése es el riesgo: que aparezcan la negación, la victimización o la congelación”, afirma. 

A ella también le pregunté por qué cuando alguien cercano ha perdido a un ser querido cuesta tanto acercarse a él y escucharle. Y me dijo que ver el pesar del otro nos sitúa, de algún modo, ante nuestra flaqueza y ante las pesadumbres que pueden aparecer en nuestro horizonte en cualquier momento. 'Nos hablan de lo nuestro' porque los seres humanos, a partir de los 5 años, estamos preparados para ponernos en lugar del otro gracias a la empatía. Así que, me explicó, en el tema de la muerte generalmente vivimos con la pauta de: aquello a lo que no miro, no existe. 

Quise saber, además, su opinión acerca de la falta o no de empatía en la sociedad actual. Su respuesta fue un depende. "En el mundo del acompañamiento del duelo yo he encontrado mucha empatía, aceptación, no juicio, paciencia... Si hablamos de la sociedad en general pues andamos escasos de empatía y otras cualidades y valores. Aunque yo que soy una fan de los estudios de Steven Pinker (psicólogo evolucionista de Harvard) siempre tengo presente sus investigaciones. ¿Un ejemplo? en 1950 el conflicto armado medio mataba a 33.000 personas. En 2007 menos de 1.000. No hay que cantar victoria pero... ¿estamos mejor o peor?", argumentó

En relación a la pérdida vivida en edad infantil, asegura que los niños de entre 3 y 9 años viven la muerte como la viven sus padres. Unos padres bloqueados por la muerte, dejarán en sus hijos esa huella aunque no hablen de ello. En cualquier caso, cuando un niño pregunta acerca de la muerte, cuando saca el tema, hay que darle una respuesta sincera.

Además, recordó las palabras del profesor de Educación, Agustín de la Herrán: "la cultura que no valora la muerte, no valora la vida (…) y el tabú que envuelve este tema se refleja ineludiblemente en la educación como si así estuviéramos protegiendo a los niños/as cuando lo que realmente estamos haciendo es impedir que se vayan enfrentando a pequeñas dosis, a las situaciones difíciles o críticas por las que, ineludiblemente, todos pasamos más tarde o más temprano. Llevar esto a la educación no es nada más que facilitar el espacio para que los alumnos expresen en momentos de sufrimiento, dolor o fracaso".

Cuando no sepamos reaccionar ante la muerte, busquemos a las personas adecuadas. Paloma es una de ellas. 

Y es alguien muy especial. 

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