lunes, 9 de febrero de 2015

En este invierno

En mi vida no ha habido nieve. De mi infancia, apenas recuerdo dos nevadas. Pero fueron muy grandes. Los campos se quedaron blancos por unos días y nosotros, los niños del pueblo, convertimos algunos caminos y acequias, cubiertos por una firme capa de hielo, en improvisadas pistas de patinaje.  

Recuerdo que los chicos, todos y de todas las edades, fuimos al lavadero, recogimos botellas vacías de suavizante para la ropa, de las de antes, de ésas que eran todas iguales, azules, y nos hicimos rudimentarios patines. No recuerdo que hubiese ningún herido o brazo roto que lamentar. Tengo un recuerdo de absoluta felicidad, porque aquello era algo inusual e inesperado. 

Antes, las estaciones eran verdaderamente diferentes entre sí. Existía el otoño y la primavera, ahora tan diluidos entre calores y fríos extremos, o lluvias que no corresponden a la fecha. Entonces, hacía frío cuando debía hacerlo, pero en mi pueblo de Aragón, no nevaba. 

En mi vida no ha habido nieve, pero la semana pasada, en el lugar en el que ahora resido, Pamplona, nevó reiteradamente. Y yo sentí una alegría, como en la infancia, cuando levanté la vista del ordenador, miré por la ventana y caían copos de nieve cada vez más gordos. O estando en la clase de yoga, cuando debía tener los ojos cerrados y yo los abrí para descubrir que, de nuevo, empezaba a nevar. 

Me ha gustado esta nieve. Y he sentido el invierno más que nunca, tanto que, como algunos animales, he necesitado dormir y dormir. He comprobado que mi ritmo se hacía lento, pero no le he dado más importancia. He leído, he descansado y he trabajado con menos estrés. ¿Para qué? Si mi cuerpo ha mandado señales de no poder más, de estar en un periodo de ajuste. 

En estos días, verdaderamente heladores, también he reflexionado sobre cuestiones que durante las estaciones cálidas y con más luz, no surgen. Hace unos días, por ejemplo, en la peluquería me contaron que poco antes de que yo llegara, había estado un cliente despidiéndose. Lo hacía porque le habían dado apenas dos semanas de vida. Y quería despedirse de algunas persona. 

Reflexioné sobre si es una ventaja o una tragedia saber que te vas a morir. Creo que es lo primero, aunque no lo parezca. Me reconfortó, aunque suene raro, saber que pronto no estarás y que por tanto es el momento de una gran comida con los amigos a los que hace tiempo que no ves, o de decir esas palabras que siempre han faltado.

Bueno, así pasan estos días de frío y de nieve. Y así los vivo yo. 

Pronto será primavera...

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