lunes, 2 de febrero de 2015

Lugares a los que regresar

Nunca pensé que viajaría tanto. Según se mire y según con quien se compare, es mucho o no tanto, pero a mí me parecen más kilómetros, hoteles, calles y experiencias de los que nunca imaginé. Me gusta conocer lugares por vez primera y también regresar a los ya vividos. 

Recientemente, he regresado a tres. 

Aunque nunca arrojé una moneda a la Fontana di Trevi, lo cierto es que he viajado en tres ocasiones a Roma. La última fue durante las pasadas navidades como medida de higiene mental y familiar. Y funcionó realmente bien. 




Recorrimos sus calles con el libro de Enric González, Historias de Roma, como guía. Gracias a este periodista miré a los lados y a las alturas. Y así, descubrí una de las barberías con más encanto de la ciudad y en lo alto del edificio, divisé la Torre della Scimmia, con su virgen y ese farolillo que nunca se apaga. 

También seguimos sus pistas culinarias pero no tuvimos suerte: o los locales estaban llenos hasta la bandera o cerrados por ser Año Nuevo. No importó porque tratándose de Roma, fue fácil hallar exquisitos establecimientos en los que yo, al menos, gasté mi cupo de pasta y pizza de los próximos dos años. 

Y gracias a Gabriela yo, que nunca he sentido debilidad por los helados italianos, confirmé que posiblemente el mejor sea el de Grom, en Piazza Navona. Tanto que volví una y otra vez, pese al frío. 

Concluí que la iglesias de esta ciudad están llenas de turistas, sí, pero agotados. De tanto entrar y de tanto sentarnos en sus bancos, yo sentí, sin apenas darme cuenta, que superaba un duelo y que no era la primera vez que esto sucedía en Roma, concretamente en sus iglesias.  

Por casualidad y cuando creíamos que las fuerzas no nos llegaban para un paso más, entramos en un pequeño templo. Actuaba un coro. Sus voces, desnudas pero cálidas, sin instrumentos que las acompañaran, consiguieron algo mágico. Olvidé dónde estaba, repasé la pena vivida y le dije adiós. Lloré en silencio, pero como hacia tiempo que no lloraba. 

Hablando de turistas y de Roma, volví a creer que el hombre es un ser maravilloso y, en ocasiones, también sumamente estúpido. Lo digo por el palito para hacerse fotos con el móvil. Y no añadiré nada más.




Regresé a Londres. Estuve en tres ocasiones, con 14, 15 y 16 años. Lo cual significa que la última vez fue hace más de 20 años. Entonces, en la adolescencia, yo apenas había visitado grandes ciudades, quizá Madrid o Barcelona, pero ninguna otra. De aquellas excursiones desde Cambridge, donde pasaba un mes aprendiendo y desaprendiendo inglés, recuerdo que me causó sorpresa ver a personas de color y con rasgos que nunca antes había visto, pero no me impresionó la ciudad en sí, quiero decir, su tamaño, su volumen, su velocidad. 

La semana pasada, cuando entrada la noche me asomé al Waterloo Bridge y advertí la silueta iluminada del London Eye, a un lado, y la de multitud de rascacielos, al otro, sencillamente enmudecí. Sentí algo parecido a la primera vez que viajé a Nueva York. 

Al día siguiente, bien temprano me calcé las zapatillas y salí a la calle. Como yo, miles de personas, algunas asimismo corriendo y otras a paso acelerado rumbo a la oficina. Al ver que algunos comercios empezaban su frenética actividad cuando apenas eran las 07.30 horas y que infinidad de peatones corrían mientras comían cualquier cosa y bebían ya el enésimo café de la mañana, reafirmé mi necesidad de un ritmo más pausado, más lento. Es lo que pido en mi nueva vida. 

Descubrí Shoreditch, con sus tiendas, arte urbano y pintadas tan sorprendentes como la de 'Rioja independencia'. Recordé cómo durante la adolescencia me entusiasmaron los carteles publicitarios y volví a fotografiar algún otro. Me maravilló, por variedad y calidad, la riqueza tipográfica de los rótulos de tiendas, restaurantes, bares, etc.



(© Fotos Cyc)


Por último, he regresado a Madrid. Ha sido hace apenas dos días y lo he hecho con vocación turística. Es decir, fijándome en los edificios, descubriendo lo que puede llegar a cambiar una ciudad en apenas una década o en tan solo un mes, y dándome el gustazo, como buena turista, de comer en apetecibles restaurantes. Ahí quedan los tacos de mi mexicano favorito Taquería Mi Ciudad y el festín japo en Miyama

Lo bueno de atesorar emociones de hace 20 años es regresar y descubrir algunas parecidas y otras totalmente nuevas. 

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