lunes, 26 de septiembre de 2016

Mi primer festival

Nunca fui a un festival de música hasta el pasado sábado. Bueno, una noche, durante uno de aquellos veranos en los que hice un curso en la Universidad de Jaca y mis padres creyeron que era tan aplicada que hasta en vacaciones quería estudiar, encontré el modo de llegar a Sallent de Gallego, hasta el Pirineos Sur. Allí, asistí a un conciertAZO de unos músicos franco-argelinos. Pero fue ida y vuelta, no viví aquel festival así como mi hermano mayor hizo en más de una ocasión. 

Cuando estudié Filología Inglesa -apenas un curso escolar-, mis amigos contaban los días para el Festimad. Después, se cruzaron en mi vida multitud de personas que eran fieles a la cita en Aranda de Duero y en Benicassim. Incluso algunos se dejaban caer por los Monegros. Yo nunca acepté la invitación a sumarme a una de aquellas fiestas. Será porque las aglomeraciones me gustan lo justo y un poco menos. 

El sábado viví mi primer festival. Resultó por puro azar y esos casi siempre son los mejores planes. Cuando la desesperación ante tanta lluvia nos llevaba de vuelta a casa, cruzamos un lugar llamado Moniaive

En su día, The Times lo consideró uno de los pueblos más bonitos de Reino Unido y tiene mucho encanto, pero sobre todo cuenta con unos habitantes entusiastas y dinámicos que promueven diferentes citas culturales. Desde el Festival de Folk, cada mes de mayo, al Michaelmas Bluegrass Festival, en septiembre.

Cuando atravesábamos la calle principal, descubrimos un cartel y, no lejos, vimos una explanada con multitud de tiendas de campaña, caravanas y furgonetas. Y claro está, nos detuvimos y nos instalamos aunque en un parking con menos barro y unos vecinos realmente simpáticos. En ese preciso instante supimos que no todo estaba perdido pese a la lluvia. 

En España no lo sé, pero en Reino Unido el complemento imprescindible para cualquier festival son las botas de agua. Sí, hace años Kate Moss puso de moda las Hunter en el de Glastonbury; ella sabía lo que hacía y los asistentes al Bluegrass festival, también. Nosotros, por tanto, nos llenamos de barro y nos mojamos de los pies a la cabeza, pero no importó. La cerveza, la pizza y la música fueron la mejor recompensa. 



El bluegrass es la música que los inmigrantes ingleses, irlandeses y escoceses llevaron a Estados Unidos. Los instrumentos habituales son la guitarra, el banjo, la mandolina, el violín y el bajo. Interpretando sus añoradas canciones, aquellos hombres y aquellas mujeres mitigaban la morriña y hacían frente a esos sentimientos tan encontrados que suelen darse lejos de casa.




En Moniaive, hay dos bares y un salón cultural. Las entradas para el concierto en este último espacio estaban agotadas, pero en los pubs había sitio para todo el mundo y gratuitamente. Y así, asistimos a geniales jam session de músicos que se acercaban con su instrumento y sumaban buen ritmo. Cuando uno empezaba, todos sabían cómo seguirle. 

Y éste, claro, no fue un festival de modernos, lo era más bien de gente entrada en años, pero de espíritu joven, y algún que otro niño que se sumó con su guitarra. Ah, y varios perros. 




Sin multitudes, fui absolutamente feliz. Mucho más, al tener la oportunidad de escuchar por segunda vez a Greg Lawson y Pete Garnett. Su arte poco tiene que ver con el bluegrass, como admitieron antes de empezar, pero la lluvia hizo que alguien fallara y, solidarios, decidieron subirse al escenario. 

La semana anterior les conocimos en otro festival, en el Mellow Fruitfulness, éste en torno al otoño, los regalos de la naturaleza y, por qué no, la muerte. Compartimos una agradable cena y breve sobremesa antes de descubrir su forma de entender la música.





Greg toca el violín y la mandolina; Pete, el acordeón. Su discurso sobre la universalidad de la música y cómo el hombre, siempre, hoy como ayer, ha ido de un lugar a otro acompañado por su voz e instrumentos resulta bellísimo. Como emocionante es su manera de interpretar canciones de lugares como los Balcanes. 

Sin duda, hoy por hoy, la música que une a los hombres, que recuerda de dónde venimos y que los sentimientos, preocupaciones y anhelos suelen ser los mismos, sea cual sea nuestro color y origen, es más necesaria que nunca.

Como muestra, decir que nosotros nos encontramos con dos gallegas. 

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