lunes, 27 de marzo de 2017

La mirada de Saroo

Con frecuencia causa sorpresa que yo no conozca a personajes de la televisión o del cine que debería conocer porque pertenezco a una época. Nací en 1977, fui a la EGB, pero no crecí frente a una pantalla. Prefería estar en la calle, en los montes y en las acequias de mi pueblo: Arándiga (Zaragoza). 

Tan sólo ví Barrio Sésamo, Un, dos, tres, y los dibujos de las tres. Tiempo después, me reí con Las chicas de oro y Los problemas crecen

Recuerdo haber ido al cine en tres ocasiones: E.T., Karate Kid y Big

Siendo mayor, nada puedo hacer por ver la televisión. No soy capaz de estar una o dos horas sentada con la mirada y los sentidos puestos en la pantalla. Miro la televisión, escucho (o eso creo), pero hago otras cosas. Por aquí cerca hay quien dice que soy hiperactiva aunque yo no quiero creerlo.

Algo ha cambiado desde que vivo en Escocia. La televisión y el cine se han convertido en herramientas para aprender inglés. Y funcionan. Sobre todo el cine. 

En Dumfries hay dos cines: uno grande y otro pequeño, muy acogedor y en el que en lugar de palomitas venden helado y chocolatinas. Solo por eso me gusta. Se llama Robert Burns Centre Film Theatre, aquí todo responde al nombre del célebre poeta. 

En los últimos meses, he visto más películas que en toda mi vida. A la hora de ejercitar el oído funciona sobre todo porque no tienes escapatoria. Las butacas no son tan cómodas como para una siesta y la sala es tan pequeña que abandonarla sería inoportuno. Así que entienda o no, debo estar dos o tres horas con la mirada y los oídos atentos. Y funciona. 

Todo esto para contar que ayer vi una de las películas que más me ha conmovido en los últimos tiempos: Lion. Sobre todo ha sacudido mis emociones la mirada del pequeño Saroo.





Lion es la historia de uno de tantos niños que, cada día, desaparece en La India. Acostumbrado a buscarse la vida desde bien pequeño y a contribuir en la economía familiar, siempre va detrás de su hermano mayor. 

Siempre sigue sus pasos aunque su hermano le repita que es demasiado pequeño. Y lo cierto es que los dos lo son. 

En una de esas salidas en busca de algo que llevar al hogar materno, Saroo es presa del sueño y no es capaz de moverse de un banco de una estación de tren. Algo que me llamó la atención es cómo este niño transmite el sueño, fruto, sin duda, de la poca energía y falta de alimento. 

Promete a su hermano que de ahí no se moverá, y aquel que volverá a buscarlo. Sin embargo, Saroo se queda encerrado en un tren y la siguiente vez que pone los pies en el suelo será a más de 1.500 kilómetros de casa. 

En Calcuta ni siquiera conoce el idioma. Él no habla bengalí. Vivirá en las calles, correrá pese a no tener energía huyendo de quienes quieren venderlo como carne, y terminará en un orfanato. En ese lugar, la película, de nuevo, se centra en su forma de observar, en su mirada. Quizá sea resignación lo que transmite.

Saroo es adoptado por un matrimonio australiano. Su vida da otro giro radical. Nuevo país, nuevo idioma, otra realidad. Durante más de veinte años olvida lo que fue, lo que vivió. Pero en un momento experimenta una profunda crisis de identidad. Siente que buscar sus raíces es una traición a los padres que le dieron una oportunidad, pero sus recuerdos le martirizan. Siente que debe encontrar a su hermano y a su madre biológicos para decirles que ellos no tuvieron la culpa, que se perdió pero que logró estar bien. Y que está bien. 

Lion está basada en una historia real. Gracias a Google Earth y a sus recuerdos, entre ellos, la imagen de un depósito en la estación en la que se perdió y los caminos que recorría siendo niño, el protagonista consigue encontrar la humilde aldea en la que vivió una infancia que él no entendió como infeliz. Él estaba junto a su madre, su hermano y su hermana pequeña. 

La película deja en el aire varios temas. Quizá sea así porque afrontarlos es imposible o incómodo. Nos invita a reflexionar en torno al mundo que hemos construido en el que los niños son sometidos a extrema violencia. Saroo y su mirada. Podríamos continuar hablando sobre adopción internacional y sobre identidad, también sobre la obligación o no, la naturalidad o la incapacidad para adoptarse a otra vida, a otra sociedad. 

Me gusta ir al cine en este momento de mi vida aunque entienda la mitad de los diálogos. Funciona para aprender inglés y no dejar de pensar sobre asuntos importantes. 






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