lunes, 25 de enero de 2016

Es la realidad

He recuperado a la lectora que fui. Y me siento muy bien. En este regreso a una de mis aficiones favoritas, me he reencontrado con Almudena Grandes, que fue una de mis escritoras clave.

Lo cierto es que en cuestión de libros y de literatura, soy bastante mitómana. Si un libro me gusta, consigue que busque el resto de títulos y los devore uno detrás de otro. Así sucedió con multitud de escritores: Soledad Puértolas, Belén Gopegui, Manuel Rivas y, por supuesto, con Grandes. Era así hasta que, ante su última obra publicada, yo corría a la librería, la abría ansiosa y, entonces, tenía lugar la decepción.

En cuestión de libros y de literatura, también soy muy rencorosa. Esto significa que si aparece ese decepcionante volumen, entonces abandono al autor para siempre. Ya no hay nada que dirija mi mirada y atención hacia él o hacia ella. Sé que puede ser injusto, todo el mundo tiene días mejores y días peores, libros maravillosos y otros... 

¡Pero qué le voy a hacer! Ya no pierdo el tiempo intentando acabar sí o sí ese libro que me entró por el lado izquierdo, y abandono, como digo, al escritor en cuestión dado que existen infinidad de nombres por descubrir.

El final de mi idilio con Almudena Grandes lo provocó Inés y la alegría. Lo dejé a medias. Pero una vocecita interna me aconsejó acercarme a su trabajo más reciente: Los besos en el pan





Y como solía ocurrir en los tiempos en los que la pasión entre Grandes y yo era viva y ardiente, lo empecé y terminé en apenas un par de días. 

No es una novela o sí. Son relatos, piezas de un puzzle que conforman una realidad. La puta realidad. Sí, la que vivimos, la que tenemos ante nosotros, la que estalla cada día frente a nuestros ojos y que vemos o no queremos ver.

Me ha impresionado este conjunto de relatos porque me ha generado tristeza, pena y asco ante la vida que pasa a través y ante nosotros. 

Personas que no encuentran alimento; que perdieron el único techo que habían conocido -aquel que les daba esa supuesta seguridad que los bancos y la sociedad se empeñaron en venderles-. 

Personas que comprueban que ya no merecen las miradas ni palabras de hace apenas un tiempo. Y es que algo cambió: la vida les mostró su cara más amarga y en ella se sumergen ahora, sin que apenas puedan hacer algo.

Personas que se suicidan, que acaban con su vida porque no les quedan fuerzas para nada más. Niños que crecen demasiado deprisa. Personas que llegaron de otros países para confirmar que la puta realidad es tan mala aquí como allá. O peor, porque la de aquí no se la esperaban. Nadie les confesó la verdad. 

Son historias de otros que tienden una mano, que hacen malabares con los recursos y los comparten. 

Los besos en el pan o lo que no queremos ver. Y sucede aquí, justo en la puerta de al lado.

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